Sobre el resultado del balotaje

Mi amor, tenemos que hablar

Por Nicolás Fava
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Consideraciones sobre la relación sociedad y Estado tras el triunfo de Javier Milei.

Perplejidad es la palabra que mejor define la sensación inmediata más extendida frente al resultado del balotaje, al menos entre los sectores que no acompañamos a Milei. Aunque es probable que hasta una buena parte de sus votantes se haya sorprendido. No hubo caravanas, grandes festejos en plazas ni demasiados bocinazos en ninguna parte, como se esperaría luego de la victoria tras una gesta histórica, lo que marca un sentido más reactivo que afirmativo en la elección de la gran mayoría.

Si la población que apoyó la lista de La libertad avanza no lo hizo suficientemente convencida de la literalidad de sus propuestas, tampoco la porción que se inclinó por el candidato oficialista -que se lavó las manos en su primer discurso postelectoral- lo hizo de la mejor gana. Unión por la Patria tenía sin dudas un buen candidato pero no un gran líder. Y nos perdimos la posibilidad de conocer la transmutación definitiva de Massa en Sergio Tomás.

Casi la totalidad del pueblo votó en contra: guiada por el miedo a lo que podría venir, con un primer mandatario desbocado, o por el rechazo de lo que ya ocurre, con un Ministro de economía quizás demasiado adusto para el contexto. Vox guita, vox Dei, según la interpretación más popular. Manual peronista de bolsillo.

A partir del resorte económico, la de Milei se constituyó en una opción popular, de masas, y altamente transversal. A días del balotaje casi toda la institucionalidad argentina se expresó a favor de Massa, lo que se sintetizó en humoradas como los comunicados oficiales en apoyo de los rolingas, las swifties y hasta las nenas de Sandro. Todo el activismo de un lado, las organizaciones, asociaciones, sindicatos y hasta cámaras empresariales. Finalmente, sellos. Hasta la geografía periodística de Corea del Centro se desplazó a último momento hacia un costado empujada por el espanto. Del otro lado, pueblo, mucho pueblo. Desde rapitenderos, choferes de Uber, trabajadores de la economía popular hasta monotributistas, comerciantes y trabajadores estatales. No solo seres odiantes, descorazonados o desmemoriados, irredentos gorilas o multimillonarios.

No obstante, a solo días del triunfo y sin un día de gobierno, ya es posible olfatear un aroma de proto arrepentimiento dentro de una porción de la ciudadanía. En cierto tipo de persona que votó a Milei como travesura, para probar, ensayando un merecido castigo hacia el espacio político que la engañó y la humilló. Con eso de poder comer asados, de bajar la inflación, o de librarnos del Fondo Monetario Internacional. Como si el gobierno hubiera subvertido su propia proclama, empezamos por todes para no llegar a los últimos.

Hay también ahí algo de angustia acumulada, de afectación moral. De sentirse zarpado, no solo en la estabilidad monetaria, desde la foto de Alberto en el cumpleaños de Fabiola en Olivos para acá. Un gobierno que trató a la ciudadanía como espectadora de Gran Hermano, y una buena parte del pueblo que votó comportándose como tal.

El ¿y ahora qué? habrá llegado hasta el círculo íntimo del candidato libertario, hoy con buena parte del potencial gabinete copado por Mauricio Macri. Ni la población, ni la clase política en general y en particular el riñón del equipo de gobierno que vienen improvisando con el ex-presidente tienen idea de lo que pueden esperar, sobre todo considerando la composición parlamentaria resultante de las pasadas elecciones generales. Una selección de macrismo, menemismo y partido militar se prepara rápidamente para entrar a la cancha a poner en marcha su modelo privatizador una vez más.


Pero así como no mucha gente tuvo la disposición anímica para bancar la continuidad, quizás tampoco la tenga para hacerse cargo de las aventuras del señor Milei. El problema es que la picardía electoral de algunos inspiró bromas un poco más pesadas y ciertos sectores se empezaron a sentir habilitados a expresar su esperanza en el avance de la libertad con amedrentamientos y mensajes violentos en locales partidarios de la pronta oposición, en sedes de universidades públicas y hasta con una amenaza de bomba en el Ministerio de las mujeres, géneros y diversidad.

Acontecimientos como estos son prefigurativos y captan un momento de verdad de la alternativa ganadora, que si hace un instante histórico se veía extravagante, irrealizable, inadecuada, más allá de que hayamos estado advertidos de las condiciones que dieron lugar a su emergencia, de repente se presenta en su consagración como resultado natural del proceso político. Más allá de matices y particularismos, la excepcionalidad argentina ya no parece ser tal y finalmente terminamos integrándonos a la tendencia mundial de las alt-rights con nuestro propio Bolsonaro, nuestro propio Bukele, nuestro propio Trump.

El voto a Massa requería perspectiva histórica, memoria, análisis conceptual, cosas que para mucha gente pueden ser obvias y venir por añadidura en sus preferencias electorales pero para otra no. Un voto ideológico, politizado, de algo sofisticada racionalidad, que la campaña del miedo ensayada no estuvo a la altura de provocar. No confundir ingenuos con traidores, reza en unos de sus versos un ya célebre poema político-terapéutico que circuló en la militancia tras la derrota una vez más, como había rodado a partir del gobierno de Cambiemos.

Toda la artillería memética, por su parte, evidentemente no tuvo por resultado en última instancia ridiculizar la opción libertaria sino el de descomprimir la gravedad de su discurso dotando a la propuesta de una dosis de cinismo que paradójicamente faltaba en el discurso de Milei para ser tomado en serio. El humor puede servir para excluir o integrar y, frente a la seriedad de la necesidad y la demanda de un importante giro político, el candidato menos preparado terminó quedando como un bienintencionado gentilhombre bulineado por un gran exponente de la política tradicional.

Si la inflación, la pobreza, la desigualdad han llegado a naturalizarse y el candidato del gobierno no tiene mucho para decir al respecto más que mostrarse con entereza y aplomo ante la escandalosa situación social, quizás no nos sirve un tipo normal, puede haber balanceado de muy buena fe algún votante de Milei.

Más aún, no séria del todo osado afirmar que frente a la precarización de la vida, la irritación y las angustias a las que todo este proceso nos ha sometido -desde la pandemia para acá-, la figura de Milei, de notorio desequilibrio y fragilidad emocional, represente más fielmente a muchas personas que el hiper adaptado superhombre a prueba de balas que Sergio Tomás parecía proyectar.

Huelga decir que ni los votantes de Milei creen que el 10 de diciembre se habilite la venta de órganos, empecemos a cobrar en dólares o podamos comprar armas en los supermercados. “¿Ya nos podemos casar entre hermanos?” fue uno de los tweets que marcó irónicamente el punto a minutos de los resultados.

El programa de máxima liberal tiene límites claros en la estructura política argentina, la organización sindical y la Constitución Nacional, así como seguramente deberá vérselas con el tope impuesto por la movilización de las organizaciones sociales y la militancia popular en las calles. Solo Dios sabe el costo que puede tener el choque de frente de la ideología de Milei con la realidad.

Tampoco estaría tan clara para muchas personas la gravedad de la genealogía dictatorial pro-genocida de la fuerza vencedora, ni que esa circunstancia implique automáticamente un escenario represivo que la ciudadanía deba temer. La historia no se repite pero continua y una buena dosis de imaginación política y creatividad será necesaria, desde ambos lados, para afrontar las nuevas formas de la conflictividad. Un revitalizado y casi redimido Mauricio Macri en busca de revancha pone su fe en un potencial respaldo de la juventud al gobierno entrante, en una incitación al enfrentamiento civil al menos preocupante:

 “Hoy hay un mandato popular muy profundo y encima liderado por los jóvenes, los jóvenes no se van a quedar en casa si estos señores empiezan a tirar toneladas de piedras, los jóvenes van a defender su oportunidad, entonces ellos van a tener que medir muy bien…”.


Hay dos maneras de encarar este resultado desde la vereda de enfrente, que generan dos líneas de intervención diferentes y que, aunque quizás no contradictorias, pueden ser difíciles de articular. Orgullosamente, dando por sentado el ascenso del fascismo al poder, frente al cual no hay mucho para decir y solo quedaría eventualmente sacar pecho y prepararse para resistir; o humildemente, como razonable expresión de un electorado al que le tiene sin cuidado si se privatizan o no sectores estratégicos de la economía en la medida que se abra de alguna manera la perspectiva de mejorar sus condiciones de vida ante una clase dirigente (en términos amplios) que, siente (no sin razones), se le ríe en la cara.

Si no demuestra la adhesión incondicional de la mayoría del pueblo al programa libertario, o una disponibilidad (complicidad) civil para el despliegue del más feroz Estado gendarme, el resultado al menos impugna una forma de pedagogía política, un proceso de selección de dirigencias y un modelo minimalista de gestionar lo público. La democracia es una forma del diálogo social, un mecanismo de construcción de jefaturas y un dispositivo para proyectarnos al futuro como comunidad y, en esta oportunidad, su forma actual fue plebiscitada con una conclusión no positiva.

La pedagogía de la crueldad triunfante puede leerse como el reverso de una pedagogía del cinismo hiper extendida en el campo popular, que no tiene margen para reeditar las tácticas derrotistas del pasado reciente. Si no, ¿cómo continuaría la secuencia Daniel Scioli, Alberto Fernández, Sergio Massa? ¿Con el compañero Rodríguez Larreta como candidato democrático frente a la avanzada ultraliberal?

El desenlace de estas elecciones arrojó además otro dato significativo: alguien puede convertirse en presidente de este país con solo comunicar efectivamente su propuesta sin atravesar todo el cursus honorum de la política tradicional y a la mayoría del electorado esa forma de expresión de la democracia, sin demasiadas intermediaciones institucionalizadas, no le parece mal. Un dato que podemos observar con mayor o menor simpatía, pero que indudablemente pone frente al espejo los procesos de roscas, mesas chicas, disciplinamientos, obsecuencias desleales con el pueblo y luchas intestinas que desangran el movimiento popular en el camino hacia la conformación de sus referencias.

Por otro lado, es un dato por demás subrayable (otra vez, independientemente de cómo valoremos su contenido o imaginemos su puesta en práctica), el hecho de que el programa libertario apunte a reformas estructurales, maximalistas, y que se lo articule discursivamente más allá del cortoplacismo, haciendo hincapié en un proceso de etapas e insistiendo en el hecho de que su implementación definitiva no demoraría menos de 35 años, frente a un candidato que propuso medidas más bien circunstanciales, parches y un vamos viendo que se hizo costumbre en un peronismo que perdió hace rato su perfil planificador. 

Si hubiera que sintetizar este momento histórico, podríamos capturarlo en un gran “mi amor, tenemos que hablar”, como ultimátum vincular de la ciudadanía a la clase política, y todas sus mediaciones incluidas, pues hay pactos que se rompieron y no se van a recomponer así nomás.

Quizás no necesariamente tenga que ser ya. Hay charlas que merecen un tiempo de pre-producción, mascullarse previamente con serenidad y darse el tiempo adecuado para profundizar, de modo que nadie se quede sin decir su parte de la verdad. Si ninguna circunstancia violenta y acelera el ciclo institucional, en dos años llegará el plazo perentorio para, habiendo sacado algunas conclusiones, tomar la próxima decisión de importancia trascendental.

Las militancias populares, a quienes nadie puede reprocharles su sentido de responsabilidad, seguramente tendrán un importante papel en la etapa que se abre. Frente al gobierno entrante, porque deberán poner el cuerpo y el ingenio para enfrentarlo. Frente a la propia dirigencia, porque ya viene siendo hora de un diálogo político intergeneracional que dé lugar a opciones más entusiasmantes. Frente a la ciudadanía en general, porque hay mucho para estudiar y comprender para, después de haberlo pasado por el cuerpo, poder modular con la cabeza y el corazón lo que acaba de ocurrir. Un nuevo tono de pedagogía ciudadana es necesario para interpelar.

Como el más dinámico engranaje entre sociedad y Estado, los sectores organizados y movilizados del campo popular tienen la posibilidad, y la oportunidad, de torcer el discurso político hacia una práctica pedagógica de la solidaridad, exigir a su conducción un relevo dirigencial y desprenderse del cinismo excesivo, el disciplinamiento y la timidez política para avanzar en la construcción de una propuesta de gobierno que no se limite a gestionar la miseria y ofrezca un horizonte de sociedad ambicioso, por el que valga la pena luchar.

Foto de portada: Alan Monzón / Rosario3

Fecha de publicación:
Nicolás Fava

Estudiante avanzado de Derecho (UBA). Oriundo de Eldorado. Revolucionario de tereré. Integrante del Instituto Democracia.