Nestorizarse, sin perder la ternura
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

El video de Cristina produjo una discontinuidad en la dinámica nacional, genialidades que solamente dirigentes de su estatura pueden provocar. De ahí su impacto paradójico: se apartó de la cúspide de la fórmula presidencial, pero al hacerlo revalidó su lugar central en la escena política. Así, inició una reconfiguración del campo político, proceso que recién está en sus comienzos.

Este artículo se propone debatir con una tesis que vienen argumentando una serie de intelectuales y analistas, muy bien resumida en un artículo escrito recientemente por el dúo que quizás sea la versión más lúcida de ese punto de vista. Vamos a llamarla acá, en pos de la claridad, “tesis anti-grieta”. El planteo de Martín Rodríguez y Pablo Touzón afirma que “más allá del álgebra electoral, Cristina en la elección de este posible sucesor cristaliza un sinceramiento implícito: esta fue la década perdida de la grieta”.

En un movimiento similar, José Natanson escribió en Página/12 que “la candidatura de Alberto Fernández es una hipótesis de fin de la grieta”. Esta tesis, entonces, puede ser pensada desde diversos puntos de vista, pero todos confluyen en interpretar la decisión de Cristina como una ruptura con la lógica de la grieta, practicada desde su propio interior. “El deber es el final del amor”, podría haber opinado Jon Snow sobre el tema.

No resulta forzado trascender sutilezas del ámbito intelectual y conectar estas opiniones con un balance de los doce años de Néstor y Cristina que dio lugar a una suerte de “kirchnerismo originario” en el campo político. Según este punto de vista, el año 2008 fue un parteaguas que divide el periodo en una primera etapa altamente exitosa que es preciso reivindicar y retomar, y una segunda etapa de estancamiento y retroceso de la que es preciso tomar distancia.

De la primera, que grosso modo se identifica con el gobierno de Néstor, se recuerda “la salida del infierno”, la transversalidad política y la implementación de un modelo económico que dio lugar a sus mayores éxitos: crecimiento a tasas chinas, cinco millones de puestos de trabajo formales, disminución de la pobreza, etc. De la segunda etapa, asociada a los dos mandatos de Cristina, el “kirchnerismo originario” no necesariamente reniega en su totalidad, pero sí es implacable en marcar un progresivo repliegue del kirchnerismo en torno de sí mismo al que juzgan culpable de los reveses electorales de 2009, 2013 y 2015, y una incapacidad para formular una política económica que pudiera afrontar de manera exitosa la aparición de la restricción externa.

Queda claro, entonces, por qué desde estos puntos de vista la candidatura presidencial de Alberto Fernández es vista con euforia. Se trataría de la victoria del “kirchnerismo originario” en lo político y de la “tesis anti-grieta” en lo intelectual.

“La anti-grieta menos pensada”

Claro que hay un aspecto difícil de explicar desde este punto de vista: la que tomó la decisión de modificar el panorama político fue Cristina, símbolo máximo de “la grieta”, convirtiéndose en “la anti-grieta menos pensada”. ¿Por qué lo hizo? Sobre todo, ¿por qué si las encuestan empezaban a darla ganadora en un eventual balotaje?

Atentos a esta cuestión espinosa para los tesistas anti-grieta, Rodríguez y Touzón postulan como respuesta el sinceramiento implícito, por la vía de los hechos, naturalmente más tolerable que la autocrítica explícita. En otras palabras, que finalmente llegó la autocrítica, entendida casi como una negación en toda la línea -aceptar que la última fue una “década perdida”-. Sin embargo, esta explicación choca con un escollo de importancia.

La misma Cristina acaba de publicar “Sinceramente”, donde pueden encontrarse elementos de autocrítica, pero sin dudas englobados en una reivindicación muy fuerte de sus periodos de gobierno y de su liderazgo. En consecuencia, cuesta entender la simultaneidad de ambos acontecimientos desde la interpretación “anti-grieta”. El libro estaría negando la decisión política, y viceversa. Para encontrar la “verdadera sinceridad” de Cristina solo quedaría hacer un careo entre sus opiniones y sus decisiones.

 

 

Hay otro escollo significativo. La tesis “anti-grieta” afirmaba dos cosas. En primer lugar, que Cristina tenía un techo electoral insuperable que determinaba que ella no le ganaba a Cambiemos. En segundo lugar, que ella era un obstáculo para la unidad opositora. Ambos planteos reforzaban una conclusión común: era preciso que diera un paso al costado para terminar con el gobierno neoliberal. Sin embargo, temporalmente, venimos siendo testigos de un proceso inverso. Por un lado, todas las encuestan marcaban hasta la semana pasada que Cristina había roto su techo electoral y se había consolidado como posible ganadora de un eventual balotaje. Por otro lado, antes del video del sábado 18, ella ya había logrado unir a gran parte de la oposición política, incluyendo en ese proceso a dirigentes como el propio Alberto Fernández, Hugo Moyano, Juan Grabois, Pino Solanas, Felipe Solá, Victoria Donda y muchos otros. El objetivo formulado por José Luis Gioja de reunir al 80 por ciento del peronismo todavía no se había alcanzado, pero era factible. En otras palabras, en lugar de que las dos condiciones se volvieran posibles luego del paso al costado, lo sucedido fue lo contrario: su anuncio fue posible luego de haber cumplido en buena medida ambas condiciones.

Si la “tesis anti-grieta” no explica satisfactoriamente la decisión de Cristina, ¿cómo pensarla entonces?

La mujer, o la mujer y sus circunstancias

Está por verse el impacto electoral de la fórmula anunciada por Cristina, que evidentemente no fue planificada como resultado de un estudio de marketing, sino de la intuición y el cálculo político, que Rodríguez y Touzón reivindican permanentemente ante el avance de la política on-demand promovida por las usinas positivistas de Jaime Durán Barba. Por ese motivo, conviene buscar los motivos últimos de su anuncio, como ella misma explica en el video, más en el ámbito de la gobernabilidad que en el de la estrategia electoral.

En nuestra opinión, simplemente Cristina llegó a la conclusión de que era posible que ella ganara las elecciones, pero que no iba a serle posible gobernar con éxito. Mejor dicho, que no le iba a ser posible gobernar de acuerdo a las condiciones en que ella juzga que el país va a estar el próximo 10 de diciembre y en consecuencia, al tipo de gobierno que cree necesario para esta etapa.

Este criterio de historicidad es clave para un relato alternativo al de la “tesis anti-grieta” desde 2003 hasta la actualidad. El gobierno de Néstor hubiera sido totalmente diferente de no haber sido por una lectura sumamente lúcida de la crisis de 2001, ante la cual articuló una amplia coalición nacional capaz de poner en marcha la economía del país y autonomizarse del FMI, mientras al mismo tiempo logró construir su legitimidad desde la Casa Rosada con políticas trascendentes entre las que se destacan la de derechos humanos o el rechazo al ALCA. Como suele remarcar Alejandro Grimson, se trató de una articulación heterogénea -valga la redundancia-, en la que no faltaron los conflictos –quizás el mayor entre ellos fue el enfrentamiento de Kirchner con Duhalde-, pero cuyas contradicciones internas lograron ser firmemente subordinadas a una delimitación frente a un adversario superior: el neoliberalismo de los años 90 y particularmente el capital financiero internacional, considerado en aquel momento como su actor fundamental. Imposible interpretar ese gobierno desligado de las condiciones históricas en que se dio.

Lo mismo sucede con los gobiernos de Cristina. De hecho, Néstor y Cristina -quizás ahora convenga decir Néstor, Cristina y Alberto- prepararon el recambio presidencial de 2007 previendo un escenario totalmente diferente al que más tarde sucedió. Pasaron desde la transversalidad a la “Concertación plural”, se recostaron en el PJ y formaron una coalición con una parte importante de la UCR, representada en la fórmula presidencial por Julio Cobos. Se trataba de un intento de estabilización de la crisis política de 2001 inspirado explícitamente -hasta en su propio nombre- por la experiencia bipartidista de la Concertación chilena. Es decir, todo lo contrario de prepararse para una ruptura y un enfrentamiento. Entre paréntesis, también vale este recuerdo para resaltar la fragilidad de la planificación política, que siempre se ve sometida a los embates de los acontecimientos, por lo que conviene tomarse con prudencia lo que puede suceder en nuestro futuro próximo.

La ruptura con “el campo” y luego con el Grupo Clarín, la estatización de las AFJPs y de YPF, la sanción de la AUH y tantas medidas más de aquellos años, difícilmente pueden ser interpretadas como el cumplimiento progresivo de un plan de operaciones previamente delineado. Mala suerte para las conciencias esquemáticas de las izquierdas, el peronismo nunca respondió a ese tipo de manuales.

Todas esas políticas se entienden mucho mejor como respuestas concretas frente a circunstancias que irrumpieron por fuera de la voluntad del gobierno: la rebelión de las patronales agropecuarias ante la Resolución 125, el impacto de la crisis financiera internacional tras la quiebra de Lehman Brothers en Estados Unidos, la aparición de la restricción externa sustentada en un brutal déficit energético.

Tiene popularidad la idea de que la progresiva ruptura de la coalición social y política que sostuvo al gobierno de Néstor se explica por la falta de muñeca política de Cristina, agravada después del fallecimiento de Kirchner. Pero no resiste un análisis histórico. La identidad kirchnerista como hecho de masas, entendida como una recreación en el siglo XXI de la tradición nacional-popular, nació al calor de ese proceso, como resultado de un juego en el que distintos poderes fácticos presionaban sistemáticamente al gobierno, que respondía con políticas alternativas al rumbo de ajuste que estos sectores reclamaban. Cristina debió gobernar en esas condiciones y el rumbo tomado debe adjudicarse tanto a ella como a Néstor, quien vivió para ver la mayor parte de esas políticas, tanto sus éxitos como sus errores.

Precisamente en este contexto los medios de comunicación opositores inventaron “la grieta”, buscando invertir los hechos históricos y convertir al gobierno de Cristina en factor de división “de los argentinos”, cuando en realidad la iniciativa había surgido de los propios poderes fácticos para defender sus privilegios. Se puede decir, incluso, que la identidad kirchnerista tal como la conocemos hoy, nació como resultado de la ofensiva antikirchnerista, tal como también sucedió setenta años atrás con el antiperonismo y el peronismo.

Claro que si el kirchnerismo se hubiera subordinado a los reclamos de las corporaciones “la grieta” nunca hubiera existido. En ese preciso sentido, el kirchnerismo es responsable de visibilizar la grieta, o mejor dicho, los antagonismos y conflictos estructurales que recorren desde siempre a nuestra sociedad, como explica de forma muy lúcida Martín Cortés. En buena hora.

 

 

El proceso de ruptura de la coalición social y política que se había formado en 2003 culminó en 2013, cuando los grupos económicos locales tomaron la decisión de formar su propia representación política mediante el lanzamiento del Frente Renovador, logrando una división del Frente para la Victoria que sería fatal en 2015. En este sentido, si en la primera etapa existió un frente nacional que implicaba la articulación de intereses diversos opuestos a las fuerzas del capital financiero internacional, en la segunda etapa los grandes grupos económicos de la oligarquía diversificada rompieron ese frente nacional dando lugar a una experiencia nacional-popular de gobierno, tomando prestada esta conceptualización de Eduardo Basualdo, quien invierte los términos del “kirchnerismo originario”, que fundamenta la idea de que existió un proceso de profundización positivo y abre la puerta a una reivindicación crítica de los gobiernos de Cristina.

A la vista de lo que vivimos después de 2015 es legítimo preguntarse honestamente por los ritmos, las marchas y contramarchas para construir en nuestro país de forma duradera un proyecto nacional-popular, de acuerdo a las correlaciones de fuerzas realmente existentes, a nuestro lugar periférico en el mundo, a la organización y las características de las fuerzas populares, a la falta de patriotismo de los sectores empresariales, etc. ¿En qué circunstancias la división del posible frente nacional termina por ser funcional a una restauración neoliberal? ¿En cuáles otras permite un salto adelante con posibilidades de éxito? Pero estas preguntas tienen sentido solo manteniendo un apego a la historicidad concreta. Entre otras cosas, teniendo en cuenta que la decisión de quebrar esa coalición nacional tiene como primer responsable a los poderes fácticos que, como sucedió reiteradamente en nuestro país, prefieren aliarse a las fuerzas liberales antes que subordinarse, aunque sea circunstancialmente y mientras “la juntan con pala”, a una conducción del Estado nacional-popular.

2015, 2017, 2019

Siguiendo esta línea de reflexión las decisiones electorales de Cristina en 2015, 2017 y 2019 mantienen una coherencia. En 2015 el adversario central era la restauración neoliberal impulsada por Macri, ante lo cual ella buscó articular un frente nacional defensivo con un candidato dialoguista capaz de interpelar a amplios sectores del poder económico. Pero el poder económico no acudió a la cita, al menos no lo hizo en grado suficiente, bajo el cálculo de que tenía más por perder con la “continuidad con cambios” que ofrecía Scioli que con “el cambio” que prometía Macri. Hoy, después de cuatro años de retroceso de los sectores populares, es posible que la respuesta a la convocatoria sea diferente, habrá que esperar para ver qué sucede.

El fracaso de la propuesta de 2015 generó una crisis en el peronismo, ante lo cual los sectores más afines al poder corporativo se agruparon en el intento de aliarse al macrismo para sepultar el liderazgo de Cristina y más en general los rasgos nacional-populares que ella representa. Por eso en 2017 ella decidió formar y liderar Unidad Ciudadana, aun cuando no estuviera garantizado el triunfo, de manera tal de sostener la representatividad de su fuerza al interior de la oposición. La elección mostró que el gobierno había logrado una fortaleza muy importante, superior a la de cualquier fracción opositora, pero también que Cristina seguía siendo la columna vertebral de la oposición.
Llegada la actualidad, en cierta forma la apuesta defensiva de 2015 se reitera, aunque en otras condiciones. Ya no se trata de continuar un sendero de desarrollo nacional buscando respuestas más conservadoras o mercado-friendly a las tensiones que se acumulaban en el terreno económico, sino de afrontar las consecuencias catastróficas de cuatro años de endeudamiento, fuga de capitales, desindustrialización y redistribución regresiva del ingreso.

 

 

Cristina va desde su posición en busca del centro político, para construir una nueva mayoría. Pero a diferencia del mismo movimiento que hizo Macri en la campaña electoral de 2015, este es un giro pensado para sustentar la gobernabilidad.

En estas circunstancias, nuevamente Cristina propone un frente nacional, con la diferencia de que ella llega más fortalecida que en 2015, cuando la elección de Scioli fue asumida casi como una retirada pactada. La elección de Alberto Fernández, en este caso, deja entrever que ella cree que no puede conducir al Frente Nacional, lo cual desmiente cualquier idea de “Alberto al gobierno, Cristina al poder”. Pero al mismo tiempo, deja en claro que también es inviable un frente nacional que excluya la representatividad construida por su liderazgo. Sin Cristina la fórmula no lograría legitimidad. Sin Alberto no conseguiría una articulación suficientemente amplia de intereses.

La fórmula Fernández-Fernández expresa una combinación original, un acuerdo entre partes, al que Cristina se refirió en la Feria del Libro como un “nuevo contrato social”. Cristina, en nombre de los sectores populares, ofrece un pacto social. Ahora resta ver si del otro lado lo firman, o hacen como en 2015, cuando lo rechazaron.

Interrogantes de cara al futuro

¿Cómo juzgar la decisión de Cristina? Con el diario del lunes perdió sentido preguntarse si en realidad hubiera sido viable un gobierno de unidad nacional conducido por ella. Es imposible saberlo a ciencia cierta. Más productivo puede ser pensar por qué el conjunto del campo popular no generó las condiciones para que ese gobierno fuera posible. O cuáles habrían sido esas condiciones.

La propia Cristina se refirió en la Feria del Libro al pacto social intentado por Perón -y fallido-, en su tercera presidencia. Es interesante tomar la comparación para advertir que Perón logró volver a gobernar el país después de 18 años de exilio y, sobre todo, después del Cordobazo y en medio de un proceso de ascenso social en el que existía una gran presión desde abajo y por izquierda.

 

La oposición por izquierda al pacto social, hace 45 años, se hacía en nombre de la revolución socialista. Hoy, la situación no guarda punto de comparación.

 

Esas circunstancias le permitieron aparecer ante el empresariado local en 1973 como una garantía de orden social que no encontraba por otras vías, cuando sus privilegios estaban profundamente amenazados. Desde ese lugar les propuso el pacto social, que ni siquiera en esas condiciones el empresariado cumplió. También es preciso recordar que desde la izquierda, incluso al interior del peronismo, el pacto social fue visto como un freno que debía ser combatido, justamente porque existía una expectativa de avance popular muy importante. Las tensiones de aquellos años son irrepetibles, pero la comparación puede ayudar a pensar el presente.

En la actualidad los sectores populares venimos siendo agredidos duramente. El proceso es de resistencia a la ofensiva neoliberal. Por eso la propuesta del “contrato social de ciudadanía responsable” de Cristina difícilmente puede ser interpretada como un pacto para impedir una revolución socialista imaginaria. Es más bien un intento defensivo para terminar con el gobierno neoliberal y generar condiciones mínimas para la recuperación de un proyecto nacional. Por eso es un movimiento que debe ser acompañado sin reservas, para garantizar el triunfo electoral imprescindible y luego salir de la catástrofe neoliberal. Es tiempo de “nestorizarse”.

Por otro lado, sin ninguna ingenuidad, es evidente que en caso de que esta fórmula se afirme y prospere, se abrirá un escenario pleno de interrogantes por el rumbo de este proceso. La unidad de ninguna manera va a negar las disputas, pero la tremenda fuerza del adversario común puede ayudar a soldar un acuerdo que, como todo en la historia y en la política, estará sujeto a las circunstancias. Los acontecimientos irán poniendo a prueba el rumbo tomado y obligarán a tomar decisiones, ante las cuales no hay manera de prescindir de la experiencia vivida en la última década, mucho menos considerarla una “década perdida”. Por eso conviene “no perder la ternura”.