La grieta y la pasión por la moderación
Por Martín Cortés
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El autor propone una reflexión crítica sobre una suerte de “consenso antigrieta” que se apoderó en los últimos tiempos de distintas revistas y publicaciones argentinas. Paradojas inquietantes, miradas superficiales y dogmatismos varios desnudan que la moderación también puede ser una irrefrenable pasión

Una hipótesis. Cuando Susana Giménez dice: “Le tengo miedo al populismo, al comunismo, a la zurda”, provee elementos para aproximarse de un modo infinitamente más rico al fenómeno macrista que cuando José Natanson lo define como una derecha democrática y renovada. Hay que retener la última figura que utiliza Susana: “la zurda”. Esa expresión no es una referencia a Cristina –como se interpretó livianamente-, sino una actualización de las pulsiones más constitutivas de las derechas argentinas, una revitalización de un lenguaje que nuestros fascistas supieron utilizar en tantas ocasiones (y todavía lo hacen, evidentemente): “la zurda” es un ente sin forma, quién sabe si un sustantivo o un adjetivo, pero que designa con desprecio a los enemigos del orden. Claro, Susana no es una analista como Natanson, es claro que la contraposición no es del todo legítima, pero lo que ella deja ver, de modo muy claro, son las raíces más profundas de aquello que hoy tan simpáticamente se llama “grieta”.

Existen diversos modos de entender la grieta, o diversos “niveles” de grieta, por decirlo de algún modo. De los grandes y el pueblo de Maquiavelo, a la lucha de clases de Marx, podría sugerirse una suerte de fractura estructural, que atraviesa en lo más hondo a las sociedades. Por supuesto que no da lo mismo el modo en que esa fractura se procesa, se metaforiza, produce identidades y conflictos. Todo esto correspondería, precisamente, al orden de la política. Es cierto que este modo de concebir la historia, con una suerte de invariante que le subyace (“la historia es la historia de la lucha de clases”), conlleva sus riesgos, pues podría sugerir también un sentido, una dirección, y, peor aún, un sentido positivo. Parte del marxismo tuvo problemas significativos con esta trampa, tanto como también es cierto que otra zona del marxismo imaginó que no se podía seguir trabajando con la hipótesis de una historia con sentido (o que, si lo tenía, era el de la catástrofe). ¿Podemos retener la idea de una fractura constitutiva sin ceder a alguna dialéctica que la resuelva? Sí, podríamos pensar en una suerte de materialismo político, ajeno a las garantías filosóficas pero atento a ese núcleo irreductible de antagonismo que nos constituye (al menos hasta nuevo aviso). En ese caso, sin una norma que resuelva problemas desde alguna certeza teórica, el enfrentamiento es más crudo aun, toda posición vale solo en relación a la posición del adversario.

Por eso Susana es importante: sus palabras muestran hasta qué punto los sectores dominantes argentinos se han sentido agredidos en los últimos años. Lo muestran no porque sean afines al repertorio de políticas que el macrismo despliega como revancha contra el proceso político anterior, sino porque sugieren que esas políticas pueden inscribirse en la larga historia de la grieta -nuestra grieta, la grieta argentina-, que alguna vez destinaba a las capacidades populares de organizarse el nombre de “la zurda”. De ese modo, la grieta no sería una invención del kirchnerismo, en su afán de potenciarse a sí mismo como proceso político, sino una fractura estructural, cuya visibilidad es el efecto de algunas de sus políticas más agudas. Si la zurda molesta, la grieta ingresa en el lenguaje político. La grieta como nombre mediático, pero también como estructura profunda que distribuye desigualmente las posiciones sociales, y que por ello está siempre cargada de tensión. Si la grieta es un dato, una estructura que da forma a nuestra sociedad, ello implica un juego de repeticiones y diferencias, esto es, que toda novedad nunca es solo una novedad, sino también un modo de reescribir esa fractura.

A un par de años de aquella nota en Página/12, hay que reconocer que no terminamos de salir del Natansondebat, y cientos de páginas (muchas de ellas escritas por él mismo), se han dedicado a discutir si esta derecha es democrática, y si es nueva. No es menor el mérito de poder desatar tal discusión, por lo cual supuso una “provocación” productiva. Pero habría que preguntarse qué tipo de tablero propuso el debate, es decir, cuáles fueron las posiciones interpeladas por Natanson -y de qué manera lo fueron-. La provocación se dirigía, claramente, hacia el kirchnerismo, acusado de cerrazón y tozudez, negado a comprender la complejidad de un fenómeno a causa de sus anteojeras talladas en el Patio de las Palmeras. Para las derechas, no mucho más que el gesto de reconocerles su novedad y su sensibilidad social (de hecho, creo poder afirmar que ningún macrista se interesó en tal debate).

Para distribuir las piezas de ese modo, es imprescindible obviar la grieta o, mejor dicho, considerarla una especie de artificio político –otra producción del Patio de las Palmeras- que crispa pasiones hasta tornarlas irracionales. “Kirchnerismo sunnita” llamó Natanson (a ese chiste se le ve la grieta, y un poquito de racismo también, pero eso lo dejamos para otro momento) a sus objetores, de modo que lo que parece abrir una discusión en realidad ya la cerró: de un lado un agudo analista que, armado de ciencia política más o menos clásica, lenguaje moderno y un poquito de empatía, comprende lo “inesperado” del macrismo. Del otro, obtusos personajes que solo ven idénticas repeticiones.

El macrismo seguramente sea novedad y repetición, pero el problema no es sólo de énfasis, sino de fondo: ¿sobre qué base analizamos lo que tiene de nuevo y lo que tiene de viejo? Natanson, en su lectura, combina una politología estricta con una excesivamente atenta escucha a lo que el macrismo dice acerca de sí (siempre tan enfático en presentarse como novedad), y esa combinación le da un resultado: una derecha democrática y renovada. Se extraña un análisis que conecte esas dimensiones con su proyecto económico, y que busque en tal sentido hilvanarlo en una historia que lo precede (Susana sí hace eso, encarnando una suerte de lapsus del macrismo), lo cual quizá conmovería ese resultado. De allí la necesidad de las teorías fuertes, aquellas que invitaban a análisis globales y que decían que para saber cómo es una sociedad no se comienza por sus ideas acerca de sí (que, en realidad, son parte de lo que debe ser explicado).

Consenso antigrieta y pasión por la moderación

La moderación puede ser también una irrefrenable pasión. La voluntad de salir de la grieta “por arriba”, para citar mal a Leopoldo Marechal, tiene también su historia, y en los últimos tiempos se viene asomando cada vez con más fuerza. De cara al año electoral, tomó ahora el nombre de Roberto Lavagna pero, vulgar estructuralismo mediante, se trata de una posición que muchos otros podrían ocupar -y posiblemente ocupen de aquí a octubre-.

Lo que importa es la operación que funciona en el fondo del clamor por Lavagna. El mismo Natanson, en un giro no inesperado, explica, en una nota reciente en el New York Times, que la aparición de Lavagna en la escena política implica la posibilidad, hasta hace poco difícil de imaginar, de “cerrar la grieta”. Podría parecer tan solo un diagnóstico, carente de gestos valorativos, si no fuera porque el mismo texto se inicia caracterizando a la situación política argentina como “trágicamente congelada”, hace una década. Hay un deseo de cerrar la grieta, y ahora también un personaje capaz de hacerlo. Esto presupone entonces que la visibilización de la grieta, aquello que señalamos como el efecto de la aparición de una serie de políticas que perturbaron la dominación, equivale al congelamiento trágico de la política argentina. Donde Natanson ve frío, podría verse también una apuesta política virtuosa, precisamente porque dejó ver la grieta, y porque provocó –provoca- las más rabiosas reacciones del adversario.

Ahora bien, este paso adelante, este pronunciamiento por el fin de la grieta, tiene como supuesto él éxito y la coronación de la anterior operación de Natanson: si el kirchnerismo es un conjunto dogmático, podría establecerse que la grieta distribuye sus lados de modo simétrico: a los efectos de glorificar su cierre, los dos lados de la grieta no parecen presentar diferencias significativas entre sí (esto suele ser matizado, obviamente con una mayor simpatía hacia el lado del kirchnerismo, pero poca simpatía). Son dos minorías intensas, dos conjuntos casi indistinguibles de fanáticos, y son principalmente los kirchneristas el objeto de la lección: se trata de señalar sus excesos e invitarlos a la reflexión. Tanto es así que la superación de la grieta se presenta como una especie de oferta de expiación y redención para los pecadores del Patio de las Palmeras. Pablo Semán elige una imagen diferente a la de Natanson, para decir algo similar: la ciénaga. “En esa tensión [la grieta] nadie gana y todos nos empantanamos”. Kirchnerismo y macrismo no son estrictamente equivalentes en sus efectos, hay que reconocerle, pues el primero pareciera haber tenido en algún momento buenas intenciones y políticas interesantes. Pero sí lo son en su presunta tozudez política, y allí el kirchnerismo se lleva la peor parte: devenido “increpación”, “mesianismo” y “justificacionismo”, es de todas maneras invitado a subirse al “deseo Lavagna” -aunque no en su conjunto, sino tan solo en “sus vetas más nobles”-. Como Natanson, política de cerrar la grieta, y de invitar a la reflexión autocrítica sobre la exageración que habría implicado abrirla.

 

Tramposa dialéctica de la pasión: lo que comienza como una crítica a las excesivas –y aparentemente innecesarias- pasiones que la grieta pone en juego, se trastoca en un apasionadísimo discurso en contra de la grieta, capaz de lanzar duras invectivas hacia quienes son incluidos en ella.

 

Dos ejemplos más. En un artículo reciente publicado en Nueva Sociedad, Soledad Montero se dedica a analizar los “tres relatos” de la actual crisis argentina: macrismo, kirchnerismo, Lavagna. Una vez más, el procedimiento convergente: se presentan, con matices, las características que hacen equivalentes a los dos primeros, y que le ofrecen al tercero una posición de superación. El macrismo presentaría una hipótesis de crisis económica con un origen moral, concretamente la herencia recibida de un adversario que no es más que una máquina de corrupción. El kirchnerismo, por su parte, se enredaría en un discurso que parte de sostener que los irrefrenables intereses concentrados precipitan la crisis, arribando incluso a una tesis de continuidad entre el plan económico de la dictadura y el del macrismo. Esto último es particularmente sancionado por Montero, que encuentra allí un vulgar economicismo que sería incapaz de distinguir dictadura de democracia (sólo al pasar, cabe decir que es sumamente problemática esta interpretación, ya que omite tantas investigaciones –y procesos de lucha- que justifican la posibilidad de pensar continuidades del plan económico –y no sólo económico- de la dictadura luego de que ésta concluyera, y que no por eso igualan sin más las cosas). Entre moralistas y economicistas, emerge Lavagna, quien entonces retiene para sí el monopolio de la política. Contra la grieta (aquí no es ni congelamiento ni ciénaga, sino “juego de suma cero” y “parálisis política”), el único diagnóstico político de la crisis sería el del sector de Lavagna, que la considera “una ruptura de los horizontes de convivencia”. Sólo hace política quien pretende salir de la grieta.

Pablo Touzón y Martín Rodríguez, que hace ya tiempo despliegan en provocadores escritos una ácida distancia con los excesos que entrañaría la grieta, anuncian la próxima publicación de un libro sobre, precisamente, la grieta. No sé lo que dirán, lógicamente, pero adelantan la percepción de que, si la grieta encarnó en algún momento una división efectiva de la sociedad argentina, hoy no sería mucho más que un artificio político, “un artefacto cultural”. La razón del desplazamiento no está del todo clara, no al menos en el adelanto del libro que publican en Le Monde Diplomatique. El asunto es que la grieta no habría dado más que una “década perdida”, donde, una vez más, se configuró un enfrentamiento entre fuerzas especulares. Por debajo de la persistente crispación, sin embargo, aparece un viejo drama argentino: la restricción externa. El problema estructural argentino, en este caso, es el que permite a los autores distribuir simétricamente los dos lados de la grieta, pues nadie habría podido resolverla: “Con la remera del Che o la de Milton Friedman, con patio militante o equipo homogeneizado”. En otro lugar, Touzón había sostenido algo parecido, con una contraposición todavía más ácida: “la incapacidad de las elites argentinas, de izquierdas a derechas, del Nacional Buenos Aires al Cardenal Newman”. Los dilemas de la restricción externa, la imposibilidad de resolverla, vienen siendo discutidos hace décadas, y figuras tan relevantes como Oscar Braun, Marcelo Diamand, Juan Carlos Portantiero y Guillermo O’Donnell mostraron la complejidad del problema y, sobre todo, la significativa diferencia en términos de efectos sobre la vida de la nación de acuerdo a cuál sea el lado del ciclo en curso. Contra eso, que seguramente requiera ser actualizado, aplanar la diferencia en términos de “élites” contrapuestas en un juego meramente artificioso -más allá de la crítica de tal o cual colegio secundario, que todo el mundo tiene derecho a hacer-, no parece ser la forma de encarar el problema en toda su densidad. Hay en los textos una percepción de la gravedad del experimento macrista, pero, nuevamente, la resolución parece orientarse hacia la deseada salida de la grieta. La cual, hay que decir, parece apoyarse más en algún tipo de reserva política que se intuye en la sociedad argentina –en sus movimientos, en sus sindicatos, en sus luchas- que en la oferta Lavagna. Sin embargo, claro está, para Cristina sólo queda la sugerencia de que ella constituye el último escollo para desarmar la grieta (“Mañana Cristina dice que no es candidata y Cambiemos terminó”, dice Touzón, con envidiable certeza).

Tramposa dialéctica de la pasión: lo que comienza como una crítica a las excesivas –y aparentemente innecesarias- pasiones que la grieta pone en juego, se trastoca en un apasionadísimo discurso en contra de la grieta, capaz de lanzar duras invectivas hacia quienes son incluidos en ella. Esta inesperada simetría de pasiones, además de sugerir que quizá la grieta no sea tan fácil de conjurar y que quizá designe algo mucho más profundo que un mero artificio político, constituye una oportunidad para la discusión, lo cual requiere perforar esta suerte de “consenso antigrieta” que puebla muchas revistas y publicaciones argentinas, quien sabe si por línea editorial, por “espíritu de la época”, o por una compartimentalización del debate (cada grupo escribe para sí mismo) que evidentemente no ayuda.

El antifascismo precede a la autocrítica

El macrismo es una revancha de clase. Con sus singularidades y con sus novedades, pero también con sus repeticiones (1), porque no es la primera revancha de clase que existe en la Argentina. Es una revancha ligada íntimamente con la percepción de que la visibilización de la grieta que implicó el kirchnerismo constituyó una afrenta al orden natural de las cosas. Incluso podría hipotetizarse que son precisamente sus novedades las que se van diluyendo en la medida en que la crisis se intensifica y su estabilidad política flaquea. Es en ese marco que hoy es más visible el lado autoritario del discurso macrista, y que sus promesas de dar vuelta la página en el tablero político argentino se van transformando en una forma más o menos ramplona de antiperonismo (“setenta años de fiesta”).

Claro que el macrismo explota la grieta, y la estimula. Y actúa de modo muy preciso con ella: lo que queda del otro lado de la grieta no constituye una alternativa política, sino una enfermedad moral, que debe ser extirpada. Esa es su propuesta para cerrar la grieta, que uno de sus lados desaparezca. Las recientes revelaciones del contubernio entre servicios, justicia y política muestran que ese propósito se persigue sin prestar demasiada atención a pactos democráticos o reglas de juego consensuadas, lo cual se inscribe, de paso, en la larga lista de cuestiones que ponen un manto de dudas sobre la vocación democrática de esta derecha.

 

El macrismo pretende cerrar la grieta expulsando al kirchnerismo del tablero político. Quienes sueñan con cerrar la grieta a través de salidas intermedias, por su parte, piden al kirchnerismo una suerte de autodisolución. Esa afinidad debería ser, cuanto menos, perturbadora.

 

Si aceptáramos la grieta como fractura estructural, no se acabaría la discusión, sino que una compleja serie de problemas emergerían. El hecho de sostener que el kirchnerismo no inventa o produce la grieta, sino que la hace visible, cuando sus políticas horadan el consenso que la escondía, introduce la cuestión de los modos de procesar políticamente la grieta, las tácticas y estrategias para producir transformaciones, bajo la creciente tensión que implica esa apuesta política. Sobre esto podrían decirse muchas cosas, podría incluso situarse allí la tantas veces mentada “autocrítica”. La autocrítica como ejercicio es imprescindible, pero solo si ella es una pregunta por las formas más o menos efectivas de metaforizar la grieta, de convivir con ella y de tensarla hacia el lado de los intereses populares. Sólo de ese modo es efectivamente autocrítica, es decir, preguntas que un proyecto político se hace a sí mismo para, cómo decirlo, “volver mejores”.

El problema es que, desde el campo descripto en el apartado anterior, se suele dar por sentada la incapacidad de autocrítica del kirchnerismo. Es algo paradojal la autocrítica que se solicita desde fuera, no porque sea lógicamente inconsistente (se puede pedirle a otro que se autocritique), sino porque difícilmente pueda dar cuenta de las ambivalencias de su interlocutor. Se supone al kichnerismo como un ente monolítico, incapaz de revisar sus propias posiciones. Esto es un error, existen divergencias internas, espacios diversos que lo componen, tensiones que lo habitan de modos por momentos casi explosivos (claro, con una líder y todas esas cosas, con una resolución que tiende a darse en una “mesa chica” y con problemas derivados de eso, pero supongo que todos saben que ese tipo de estructura no es sólo patrimonio del kirchnerismo –hasta Lavagna tiene una “mesa chica”-). Es cierto que el kirchnerismo es, evidentemente, el interlocutor privilegiado del mentado sector moderado (dicho esto a su favor, en tanto probaría que no es tan simétrica la contraposición que proponen entre macrismo y kirhcnerismo), pero ello suele venir acompañado de una selección de sus cepas más nobles, de los sectores que, se adivina, son pasibles de ser llevados a otra experiencia política (más moderada, pero, atención, igual o más heterogénea e impura, si se mira el extraño y variable mapa de apoyos que estructura la política argentina). El macrismo pretende cerrar la grieta expulsando al kirchnerismo del tablero político. Quienes sueñan con cerrar la grieta a través de salidas intermedias, por su parte, piden al kirchnerismo una suerte de autodisolución. Esa afinidad debería ser, cuanto menos, perturbadora.

Cerrar la grieta es imposible. Lo que es posible es reconstruir una forma pacificada de ocultarla. Pero a condición de que los fundamentos mismos de la grieta no se vean amenazados, de que se diluya aquello que amenaza el orden de las cosas. La Argentina de la grieta visible es intensa, por momentos demasiado, pero es también la condición de posibilidad de que las grandes líneas maestras que explican sus persistentes injusticias sean cuestionadas. Lejos de significar una renuncia a la política, en la grieta se experimentan quizá las formas más intensas de la política, las que se juegan en los modos de procesar la guerra que le subyace.

Guerra. En un sentido profundo, como grandes surcos de la historia, y también en un sentido más inmediato. Atravesamos una situación global inestable, y una situación regional dramática, plagada de las más antidemocráticas formas de revanchismo que atacan cada avance, por más mínimo que fuera, que se había logrado en los últimos años. No es una guerra abierta, sino jugada en las formas de metaforizarla políticamente, y eso requiere mucha agudeza y astucia. Es también una guerra en el marco de la cual las fuerzas populares fueron capaces de producir, en buena parte de América Latina, grandes momentos de experimentación democrática. Esos momentos de algún modo precipitaron las formas más crueles y actuales de revancha, porque fueron percibidos como brutales agresiones. La confrontación está: parece más interesante, política y democráticamente, asumirla en toda su densidad que pretender que se pacifique. Por eso es fundamental la revisión de los propios problemas, errores, insuficiencias. Pero, antes, hay que elegir lado.

(1) Sugiero en esta clave el libro de Andrés Tzeiman: Radiografía política del macrismo. La derecha argentina: entre la nación excluyente y el desafío democrático (Buenos Aires, Caterva, 2017), donde no solamente se lee el fenómeno macrista en clave de revancha, sino que se sugieren paralelos con el proyecto de la dictadura, sin por ello hacerlos equivalentes.