La contradicción principal
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

Tras el esperado triunfo del Frente de Todos, las usinas de opinión del macrismo elaboraron dos respuestas para condicionar a las nuevas autoridades. Por un lado, que en apariencia Macri perdió, pero en realidad habría ganado. Por otro lado, que Alberto y Cristina ya están en plena tensión interna. Grieta not dead.

Una clave de lectura del peronismo en el gobierno es la que permite diferenciar entre dos tipos de configuraciones: los momentos en los que la contradicción principal está planteada hacia afuera y las etapas en las que, en cambio, sufre un desplazamiento hacia el interior del movimiento.

En el primer caso, se enfrentan las fuerzas del campo campo nacional y popular con las del liberalismo (con la excepción de la época menemista, donde la dirigencia peronista se cambió la camiseta). Ambos proyectos históricos, que tradicionalmente se disputan la hegemonía sobre el rumbo de la patria, se sostienen sobre un antagonismo que forma parte de sus propias identidades: se es liberal porque se es antiperonista -o antikirchnerista-; viceversa, se es del campo nacional y popular porque se es antineoliberal.

El ejemplo clásico del segundo caso es el de los años 70, en los que las disputas entre la derecha y la izquierda peronista eclipsaron su contradicción común con las fuerzas oligárquicas. Los riesgos de esas situaciones son evidentes, aunque no siempre sean obvias las responsabilidades, ni fácilmente evitables las tragedias.

Dicho esto, ¿en cuál de los dos momentos habrá que ubicar al futuro gobierno de Alberto Fernández? ¿Estamos presenciando una disputa abierta entre el “cristinismo” y un “albertismo” en formación? ¿Se logrará, en cambio, un equilibrio estable dentro de la coalición triunfante, de forma tal que permita enfocarse en el antagonismo principal con las fuerzas liberales?

El “triunfo” del macrismo

Después de la gran diferencia entre la votación del Frente de Todos y la de Juntos por el Cambio en las PASO, gran parte del debate político se realizó bajo la suposición de que el 27 de octubre confirmaría esa tendencia. De ahí la insistencia por preguntarse si Macri podría conservar su ascendencia sobre la oposición o, en todo caso, cómo se reconfiguraría ese campo. Asimismo, también se desprendía de ese escenario que el Frente de Todos dominaría cómodamente el escenario político y por lo tanto que en sus conflictos internos se resolvería la orientación de la vida política nacional.

Sin embargo, los números del 27 de octubre modificaron las percepciones y expectativas, principalmente por la votación del macrismo, que se preveía menor. Es especialmente remarcable que esa recuperación se haya dado después de una gestión que no dejó promesa sin defraudar. ¿Cómo pensarla entonces?

Dejemos de lado dos vías poco productivas.

La primera, la lisa y llana negación: no puede ser que alguien vote conscientemente a Macri. Si lo vota es porque esa persona fue engañada, o directamente comprada. Si el resultado de las elecciones no coincide con mis expectativas, entonces peor para el resultado: será que hubo fraude.

La segunda, el debate “valores vs heladera” para explicar las razones del voto que, como todo clásico, nunca será resuelto, y donde cada postura conserva algo de razón. En sus versiones fundamentalistas supone: o bien que los seres humanos somos perros de Pavlov que respondemos instintivamente a estímulos materiales, o bien ascetas ideológicos capaces de situarnos más allá de las necesidades y deseos.

Lo cierto es que el 40 por ciento de votantes de Macri que proclamó el escrutinio provisorio, o el porcentaje un tanto menor que se conozca en el recuento definitivo, no nacieron de un repollo. Se enmarcan en un proceso de polarización política que ya lleva más de una década en nuestro país y que, nuevamente, mostró su vigencia.

Tomarse en serio esa comprensión obliga a asumir que existe en nuestro país una suerte de “pueblo antikirchnerista”, un sujeto social que vive un intenso proceso de movilización, que cuenta con niveles de organización, liderazgos propios y que, después de mil batallas, maneja niveles importantes de autorreconocimiento. Las categóricas victorias amarillas en Córdoba, CABA y Mendoza, así como las más parejas en Entre Ríos y Santa Fe, son incomprensibles por fuera de este fenómeno de polarización.

Ese sujeto social es el corazón de la base electoral del macrismo, y todo indica que, ante los interrogantes generados en las PASO, renovó su pacto de representatividad con la dirigencia cambiemita. En todo caso, esta revalidación fue el único “triunfo” del macrismo, en medio de un retroceso general. Claro que no conviene comprar miradas dogmáticas. Si el día de mañana surge un instrumento mejor para oponerse al Frente de Todos, las preferencias políticas pueden modificarse y nuevos liderazgos pueden emerger por dentro o por afuera de la coalición macrista.

Es importante resaltar que los contenidos ideológicos de la campaña de Juntos por el Cambio estuvieron claramente apuntados a cohesionar y movilizar a su base social. Al abandonar el centro político -imprescindible para articular mayorías-, el macrismo exploró en esta campaña una definición más tajante sobre cuestiones como el derecho al aborto, con el fin de neutralizar la posible pérdida de votos por derecha vía Gómez Centurión. En ese sentido, quedan abiertos interrogantes hacia el futuro sobre la creciente inserción de líderes cristianos evangélicos en la arena política.

Además, a través de Pichetto y Patricia Bullrich, Juntos por el Cambio estimuló el racismo, el autoritarismo y el clasismo existentes en una parte de la población. No es que estos elementos no existieran originalmente en Cambiemos, pero al orientar su esfuerzo sobre una minoría, se perdieron las barreras de contención que los frenaban. Juntos por el Cambio mostró en la elección su rostro más “bolsonarista”, lo cual también es preocupante de cara al futuro.

Desafíos abiertos

En síntesis, la elección revalidó la existencia de una fuerte polarización política, geográfica, clasista e ideológica en la sociedad argentina, que se expresará de forma nítida en la composición del Congreso Nacional. La grieta respira y plantea sus exigencias al campo nacional y popular: como (casi) siempre, el conflicto no surge por su sectarismo o intransigencia, sino por el ánimo bélico de su adversario para defender sus privilegios. Pese a la voluntad de “superarla”, ella sigue allí y obliga a administrar sus tensiones con inteligencia y destreza, lo que pondrá a prueba las habilidades de Alberto Fernández. Ignorar la existencia del “pueblo neoliberal” es inútil, lo determinante es trabajar para dejarlo en minoría.

En ese marco, la construcción de una nueva mayoría expresada en el Frente de Todos, fue un enorme logro que no debe ser relativizado, cayendo en la operación mediática del macrismo. Al contrario, es la expresión de esa inteligencia en acción, encarnada en sus principales artífices, empezando por Cristina. Haber triunfado en primera vuelta de forma contundente, en solo cuatro años, ante una coalición que contó con el apoyo de la gran mayoría de los factores de poder locales y globales, es una victoria democrática notable que hay que festejar sin pensarlo dos veces.

Ahora bien, dicho esto, igualmente mantiene sentido reflexionar sobre las diversas tensiones al interior del Frente de Todos. Se trata de una coalición heterogénea, en la que se encuentran representados intereses sociales distintos y hasta contrapuestos, así como grupos políticos de trayectorias diferentes y, en algunos casos, enfrentadas. Sería necio negar la posibilidad de que existan esas tensiones, como las hay en cualquier frente político de esta magnitud. Las preguntas más productivas no versan sobre la existencia de esas tensiones, sino sobre los factores que podrán ser determinantes en la administración de los eventuales conflictos.

¿Un resultado electoral más polarizado, como el del 27 de octubre, potencia la cohesión interna o amplifica las divergencias en el Frente de Todos? ¿Qué efectos tiene en este sentido una Cámara de Diputados sin mayoría propia? ¿Y la existencia de una base social derechista dispuesta a hacer valer su peso callejero cuando lo considere necesario? ¿Alberto tenderá a condicionar su política atento a las demandas del porcentaje opositor, o al contrario, la presión callejera opositora conducirá a una necesidad de mayores grados de movilización y políticas más audaces de parte del nuevo gobierno? ¿Cómo influirá el resultado electoral sobre la capacidad de imponer condiciones favorables a los sectores populares en el “pacto social”? ¿Qué actitud tomará Cristina, que en sus últimas apariciones de campaña dejó definiciones muy contundentes sobre el endeudamiento externo, la necesidad de democratizar la economía o la apuesta por renovar la dirigencia política?

Por ahora parece más productivo para la reflexión política concentrarse en encontrar las preguntas adecuadas para esta transición política, antes que arriesgarse a definiciones tajantes, pero flojas de papeles. Sí puede decirse que tanto la magnitud de la catástrofe económica que deja Macri, como la existencia de un adversario externo claro, son factores que actuarán en contratendencia de las tensiones internas del Frente de Todos. Ambos pueden ayudar a priorizar la unidad y a no perder de vista la contradicción principal.