La crisis desatada tras la irrupción del COVID-19 nos obligó como humanidad a afrontar que si no podemos garantizar la vida no hay sistema económico que aguante. Sin embargo, esto no es una novedad. El movimiento feminista viene denunciando ya hace decadas la desigualdad estructural sobre la que este sistema se erige: las mujeres e identidades feminizadas son quienes sostienen la vida y así garantizan que el resto de la economía siga funcionando. Es momento de afrontar este problema, cada día más evidente: ¿cuál es el valor que le asignamos a los trabajos de cuidados, y a la vida misma?