¿Diálogos entre oleadas?
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

Encuentros y desencuentros entre el movimiento popular y los liderazgos políticos nacional-populares. Identidades de masas en conflicto, mestizaje y transformación. Un ensayo que intenta hacerse cargo del “déficit de historicidad” del pensamiento de izquierdas en la Argentina.

Si observamos la realidad latinoamericana desde el punto de vista de las fuerzas populares, podemos observar, de un modo un tanto esquemático, que se presentan tres tipos de situaciones políticas.

Por un lado están los gobiernos populares provenientes de la oleada iniciada a comienzos de siglo que, aun con dificultades, hasta ahora lograron resistir los embates del imperialismo, encabezados por Bolivia y Venezuela. Sus principales liderazgos –Chávez, como inspiración política e ideológica, Maduro y Evo como conductores del proceso- mantienen su fortaleza, si bien en ambos casos las fuerzas en el poder están intentando encarar un proceso de actualización para enfrentar los nuevos desafíos y superar las limitaciones que arrastran.

Por otro lado está la situación de países como Argentina y Brasil, en los que la derecha logró llegar al gobierno para interrumpir procesos de transformación más limitados, pero igualmente intolerables para las oligarquías locales. En estos casos las fuerzas populares se encuentran en posiciones defensivas, pero mantienen un saldo de acumulación del proceso político de ascenso previo, expresado fundamentalmente en las figuras de Lula y de Cristina, así como también en la emergencia y la consolidación de distintas organizaciones gremiales, sociales y políticas-no todas disciplinadas bajo esas conducciones políticas-, y más en general en la existencia de una porción de la población movilizada y politizada de características muy progresivas.

Finalmente hay otros casos como los de México, Colombia, Perú o Chile en los que el neoliberalismo no pudo ser derrotado en la oleada previa, y en donde están surgiendo nuevas expresiones políticas, con posibilidades de disputar el rumbo de sus países: el Morena de México, Colombia Humana, Nuevo Perú y el Frente Amplio Chileno. Todos estos casos mantienen una distancia, a veces explícita, con las referencias más importantes de la oleada anterior, y dieron lugar a que algunos analistas ya empiecen a hablar de “un nuevo progresismo latinoamericano”.

 

¿Qué relación puede existir entre el surgimiento de nuevos liderazgos, de nuevos procesos de movilización o de nuevas organizaciones populares; y los liderazgos, referencias e identidades ya existentes?

 

Si en el primer caso las fuerzas populares buscan actualizar referencias y construcciones ya existentes, como el chavismo; en el tercero por ahora recorren un camino despojado de referencias previas.

En cambio, es en el segundo caso donde nos encontramos con una situación más indefinida y un debate abierto: ¿cómo se dará la construcción de una nueva oleada? ¿Qué relación puede existir entre el surgimiento de nuevos liderazgos, de nuevos procesos de movilización o de nuevas organizaciones populares; y los liderazgos, referencias e identidades ya existentes? ¿Se trata de una contraposición, en la que “lo nuevo” se construye delimitándose contra “lo viejo”, el “futuro” contra el “pasado”; o bien de un diálogo, un proceso creativo de mezcla en el que de la combinación de elementos nuevos con elementos previos puede emerger la potencia de una nueva etapa de ascenso popular?

El caso de Brasil

Un interesante escenario para analizar este problema se presenta en Brasil, donde un conjunto de agrupamientos de la izquierda brasileña, respaldado por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), lanzó a Guilherme Boulos como precandidato a la presidencia del país. Boulos, a quien en una interesante nota de la Revista Crisis se lo presenta como un posible “sucesor” de Lula, es el joven líder del Movimientos de los Trabajadores Sin Techo (MTST) de Brasil, uno de los movimientos sociales más dinámicos del presente brasileño.

El encarcelamiento arbitrario de Lula, con el objetivo de impedirle presentarse a las próximas elecciones de octubre, en las que todas las encuestas lo dan como claro ganador, posibilitó el contexto para que Boulos respaldara al antiguo obrero metalúrgico en su lucha contra la persecución política, mediática y judicial.

En el último de los actos que encabezó, todavía en libertad, Lula tomó de la mano a Boulos y ante miles de personas lo presentó: “Nuestro compañero que está participando de esta jornada siendo candidato a presidente de la República por el PSOL, pero es un compañero de la más alta calidad. Ustedes tienen que tener en cuenta la seriedad de este muchacho. Y le digo ‘muchacho’ porque solo tiene 35 años. Cuando yo hice la huelga del 78 tenía 33 años y conseguí, a través de esa huelga, llegar a crear un partido y volverme Presidente. Vos tenés futuro, hermano”.

La tensión es explícita. Boulos se presenta como precandidato a la presidencia por el PSOL, partido que durante el ciclo de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) se mantuvo en la oposición, desarrollando una crítica “por izquierda”, de la misma manera que el MTST de Boulos. E incluso en las próximas elecciones es posible que Boulos enfrente en las urnas a un candidato del PT. Sin embargo, Lula lo abrazó y lo impulsó, entendiendo que su figura condensa la aparición de una nueva generación, de nuevos significantes y por lo tanto abre nuevas posibilidades en el imaginario político.

¿Cuáles son las condiciones que hicieron posible ese diálogo público entre el referente político indiscutible de los últimos treinta años de lucha por la democracia y la justicia social en Brasil y uno de los nuevos emergentes del movimiento popular?

Por un lado la capacidad política de Lula, que es consciente de que un liderazgo popular, a pesar de contar con muchos años en la espalda, siempre debe buscar relacionarse con las tendencias más progresivas de cada nueva realidad.

Por otro lado la determinación de Boulos de apoyarlo frente a la persecución política, desairando los consejos de despegarse y delimitarse de Lula, y contrariando la opinión de quienes creen que un proyecto político de izquierdas debe construirse trabajando por el fracaso de las experiencias precedentes.

Esta imagen de Boulos abrazado a Lula ofrece la oportunidad de imaginar la consolidación de nuevos emergentes, pero teniendo en cuenta que no se crean en el vacío, ni pueden convertirse en sintetizadores de la experiencia de resistencia popular, si trabajan delimitándose de las identidades políticas de masas más progresivas. Permite pensar la posibilidad de que estos nuevos emergentes puedan crecer y potenciarse desde su especificidad si al mismo tiempo logran identificarse, mestizarse y confundirse con los mejores elementos presentes en la realidad.

De la misma manera, si las referencias de la oleada anterior aspiran a ganar capacidad de futuro, deben relacionarse con los nuevos fenómenos políticos, algo que se ve de forma muy cristalina en el giro de Cristina hacia posiciones del movimiento feminista, que las miradas antikirchneristas rápidamente califican de oportunismo, perdiéndose por su ceguera la posibilidad de comprender que ese giro es un signo de vitalidad de su liderazgo.

¿Hasta dónde existe esta doble disponibilidad para hacerlo?

Los liderazgos nacional-populares en perspectiva histórica

La historia de los liderazgos nacional-populares es larga en nuestro país, a pesar de que frecuentemente no está presente en el debate político, quizás por las razones que en su momento esgrimió Rodolfo Walsh: el pensamiento de nuestra izquierda tiene “un déficit de historicidad” enorme. Es así que es poco común analizar la situación política actual tomando precedentes de épocas previas, que por supuesto no son similares en todo a la nuestra, pero ayudan a pensar.

Un elemento claro es que las experiencias nacional-populares están directamente relacionadas a los liderazgos que construyen, no se modifican fácilmente ni renuevan sus conducciones de un día para el otro.

A tal punto son dependientes que por ejemplo, en el caso de Hipólito Yrigoyen, su muerte en julio de 1933, solo tres años después del golpe de Estado que lo derrocó y proscribió, cambió drásticamente las perspectivas políticas de un movimiento que había sido imbatible en las urnas hasta entonces. Buena parte de la dirigencia radical terminó acomodándose al sistema político fraudulento de la época, y solo unos pocos sectores, en la marginalidad, mantuvieron en alto las banderas más progresivas que emergieron del yrigoyenismo, entre los que se destaca el grupo Forja.

En el caso del peronismo la situación fue diferente porque, tras el golpe del 55, Perón se exilió y se mantuvo activo políticamente hasta su muerte en 1974. En este caso estaba imposibilitado de regresar a la Argentina y el peronismo se encontraba proscripto. Sin embargo, existieron todo tipo de peripecias durante los 18 años que duró su exilio: hubo candidatos peronistas en las listas de otros partidos de izquierda legales, partidos peronistas que ganaron pero nunca les fue reconocida la victoria, sectores del peronismo que se presentaron a elecciones con una política de renovación neoperonista -el llamado “peronismo sin Perón”-, momentos en que Perón pactó con sectores desarrollistas para permitirles triunfar a cambio de que se relajen las condiciones represivas, momentos de abstencionismo, hubo momentos de acercamiento a las dictaduras militares, etc.

Pero a través de todas estas idas y vueltas su liderazgo se mantuvo presente, a pesar de que fue discutido y hasta enfrentado por los sectores “racionales” de su propio movimiento –nada nuevo bajo el sol…-, que una y otra vez fracasaron en su intento de renovar al peronismo para volverlo más “presentable”.

La razón principal de ese fracaso no fue “de rosca” o “de aparato”, sino que por un lado se fue forjando una memoria popular en la clase trabajadora que anudaba el recuerdo feliz de los años peronistas con la figura de su líder. Esta memoria logró pervivir a pesar de –y quizás también, gracias a- la persecución política, policial, judicial y mediática con la que se atacaba al peronismo permanentemente.

Y por otro lado porque a lo largo del tiempo el propio Perón fue capaz de relacionarse con elementos sumamente dinámicos de distintos contextos políticos para renovar los significados de su liderazgo ante el pueblo argentino, como ilustra muy bien la designación de Cooke como su delegado y eventual sucesor en tiempos de la resistencia peronista, o la famosa reivindicación del Che ante su asesinato: “hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica”.

Por eso fracasaron todas las tentativas de un “peronismo sin Perón”. Y también por esa razón la muerte de Perón en 1974 abrió un vacío de conducción imposible de suplantar para las fuerzas enfrentadas al interior del peronismo en los primeros años 70, que terminó de manera trágica con el terrorismo de Estado.

Una nueva mayoría… en unidad

Volviendo al presente, nunca es posible anticiparse a lo que pueda pasar en el futuro, pero sí es importante tener en cuenta que, más allá de las limitaciones y errores que forman parte de una mirada retrospectiva, el kirchnerismo es una experiencia política que dejó una marca muy importante en la memoria colectiva, y cuyo balance se está procesando y reprocesando todo el tiempo “a cielo abierto” en nuestra sociedad, en la consciencia de millones de personas, a la luz de las experiencias posteriores. Para bien o para mal, Cristina es indisociable para las grandes mayorías de sus aspectos característicos, especialmente de sus rasgos más positivos.

 

Las experiencias nacional-populares están directamente relacionadas a los liderazgos que construyen, no se modifican fácilmente ni renuevan sus conducciones de un día para el otro.

 

Por esa razón es muy difícil creer que, mientras ella siga activa en política, su liderazgo pueda ser simplemente sustituido y reemplazado por otro, así como también resultan imprudentes las afirmaciones tajantes sobre su famoso “techo electoral”.

Al mismo tiempo, sus principales movimientos después de la salida del gobierno –su posicionamiento antagónico al macrismo, la convocatoria a la formación de un frente ciudadano, el lanzamiento de Unidad Ciudadana, su acercamiento al feminismo y a distintos referentes del sindicalismo combativo y de la economía popular, entre otros- muestran que no se trata de un liderazgo atado al pasado sino que sostiene una aguda sensibilidad para buscar conectar con la realidad de la etapa política presente, e incluso para transformarse bajo su influencia.

Esos elementos le otorgan un rol progresivo en la etapa, en la medida en que bloquea el objetivo estratégico de la clase dominante: clausurar la posibilidad de un regreso del populismo al gobierno, mediante una fuerte actividad de revancha y construyendo una “oposición” funcional.

Ahora bien, por otro lado la irrupción del movimiento feminista, la consolidación de la organización gremial de la economía popular, el reagrupamiento de los sectores sindicales combativos y la persistencia de los organismos de derechos humanos son todos factores muy potentes, que muestran la vitalidad del movimiento popular argentino.

Cada uno de ellos obedece a lógicas, tiempos, organizaciones y liderazgos sectoriales diferentes, y a la vez cada uno de ellos se relaciona de maneras diferentes con las identidades políticas de masas existentes en nuestro pueblo. Sería imposible reducir toda esa diversidad a una unidad política homogénea, mucho menos subsumirla a una voluntad individual. Al contrario, los procesos históricos son mucho más complejos y contradictorios.

En este punto viene en ayuda la distinción que hacía Íñigo Errejón en su último paso por Buenos Aires: “Es como si hubiera dos carriles: uno de la batalla inmediata, mediática, institucional y electoral, que nosotros libramos sobre los temas que queremos ganar (y en eso los partidos siempre son conservadores, es decir van a la ofensiva en los temas que creen que pueden ganar); y un carril más largo, de educación política, de estructuración en el territorio, y de una batalla cultural para que temas que hoy parecen una locura mañana sean muy razonables”.

El movimiento popular argentino puede aportar a generar las condiciones para la apertura de nuevas posibilidades para la acción política, para la construcción de una nueva mayoría popular para derrotar al neoliberalismo: contribuyendo a una actualización necesaria, a la incorporación de referentes de las principales luchas sociales en curso, a la inclusión programática de los temas su agenda, a la superación de concepciones que llevaron a errores o limitaciones en la etapa anterior, a la construcción de nuevas formas de interpelación social apropiadas para disputar el sentido común en los medios de comunicación y en las redes sociales, al acento en la necesidad de protagonismo directo de las organizaciones populares, a la necesidad de una ética y transparencia de las fuerzas populares, entre otras.

¿Es imaginable en nuestro país algo similar a la imagen mencionada entre Boulos y Lula? ¿Es posible en nuestro país un diálogo fructífero entre Cristina, como principal liderazgo opositor, y algunas de las expresiones de la pluralidad de voces del movimiento popular, que pueda dar lugar a una esperanza para la derrota del neoliberalismo?