Hablemos de religión, de política y de golpe de Estado
Por Nicolás Fava
La globalización ha muerto

Un referente político boliviano elegido por nadie llega en un patrullero al Palacio de gobierno y se arrodilla para la foto con una biblia y un pedido de renuncia. Luis Camacho se había convertido en la semana anterior al golpe en el vocero de la oposición radicalizada contra el gobierno de Evo, desplazando al expresidente […]

Un referente político boliviano elegido por nadie llega en un patrullero al Palacio de gobierno y se arrodilla para la foto con una biblia y un pedido de renuncia. Luis Camacho se había convertido en la semana anterior al golpe en el vocero de la oposición radicalizada contra el gobierno de Evo, desplazando al expresidente Mesa y encarnando el giro destituyente de la oposición.

Luego de la mística performance, las Fuerzas Armadas encabezadas por Williams Kaliman -que terminaría renunciando- sugirieron a Evo Morales abandonar su cargo. Más tarde, presidente y vice presentaron su dimisión, con el objetivo de frenar la persecución a familiares, funcionarios y simpatizantes, caracterizando la situación como golpe cívico-político-policial y agradeciendo la protección de un sector de las fuerzas.

El discurso del golpe se articuló sobre ejes que, si no fascistas, al menos son marcadamente neomacartistas, con un condimento particular de agitación religiosa: República, anticomunismo y tradicionalismo conservador contra la cosmovisión andina. Merece ser analizado ya que, aunque no es el único factor explicativo, y la batalla cultural sea más integral, forma parte de un relato que se viene instalando como punta de lanza del neoliberalismo en la región.

 

 

Sujetos y predicados

Videos de policías rezando arrodillados y besando la bandera tricolor o recortando los escudos de sus uniformes, manifestantes quemando la bandera Whipala, fueron las postales cibernéticas que mostraron al mundo la ideología conservadora, racista y colonial del golpe. No se trata solamente de derrocar a un presidente, sino de desbaratar un orden social que desde 2006 favorece sistemáticamente a los más y garantiza el crecimiento del conjunto, pero produce urticaria en una inmensa y poderosa minoría.

La Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia, que entró en vigencia en 2009, habla por primera vez de la Sagrada Madre Tierra como inspiración del nuevo orden (a diferencia de la anterior, que instituía al catolicismo como religión oficial); declara al Estado independiente de la religión, y establece la bandera Whipala, junto a la tricolor, como símbolos oficiales. Además, el gobierno de Evo sancionó este año, basada en ese artículo 4°, una ley de libertad de cultos.

“Dijimos desde un inicio que Dios tenía que volver al Palacio”, dijo el 4 de noviembre Luis Camacho, antes de leer en un espectacular acto público la carta con el ultimátum: “El pueblo boliviano va a resguardar a partir de hoy las instituciones del Estado. Usted tuvo la oportunidad de renunciar cuando era el primer servidor público de la nación, ahora su renuncia será sin Estado que gobernar.”

El día 7, el vicepresidente García Linera le contestó públicamente, mencionando que, como cualquier ciudadano, tiene derecho a acercar una carta al Presidente, respondiéndole con versículos de la biblia, y reprochando las faltas de ortografía de la misiva.

El lunes 11, Camacho difundió un video afirmando que no se trató de un golpe de Estado: “No tumbamos gobierno, liberamos un pueblo en fe. Solo se llevó una biblia a Palacio, una biblia y una carta de renuncia, y a los 15 minutos renunció el presidente. Este gobierno renunció sin una bala por parte del pueblo. Renunció solo con la fe puesta en Dios.”

 

 

Lejos del cuadro pacifista que pinta Camacho, el golpe se dio en un contexto de terror instaurado por sectores de las fuerzas y grupos de derecha. Se incendiaron casas de funcionarios que se tuvieron que asilar en embajadas; una alcaldesa fue secuestrada y torturada; se hostigó y apaleó a cholas de pollera; se pudo ver a un grupo de encapuchados bajando la bandera Whipala del Palacio de Gobierno; se intrusó y destruyó el interior de la casa de Evo; y hasta se intentó quemar el domicilio de Álvaro García Linera, que cuenta con una de las mayores bibliotecas del país.

Algunos predicadores ya lo venían “profetizando”, como el Pastor Fernando Guillén, cuyo mensaje circuló en septiembre a través de un video y luego del golpe se viralizó en internet: “Dios está operando una transición profética y está sacando un gobierno para posicionar otro. El próximo presidente de Bolivia va a ser cristiano, y te voy a decir de dónde va a salir. En el plan del Señor, el oriente boliviano iniciando por Santa Cruz se volvió el campo de activación profética. El próximo presidente de Bolivia va a salir del oriente.”

El martes 12, en una jornada llena de irregularidades y un parlamento casi vacío, la senadora Áñez, que figuraba en la línea sucesoria, se autoproclamó presidenta. Un militar le puso la banda presidencial, y su primer gesto público fue posar con una enorme edición del nuevo testamento.

Áñez forma parte del espacio del senador Ortiz, que en octubre no llegó al 5% de los votos. En materia celestial, su discurso no dista del de Camacho. Entre sus primeros actos de gobierno de facto recibió a las Fuerzas Armadas y a la Conferencia Episcopal, que emitió un comunicado negando la existencia de un golpe. El viernes 15, firmó un decreto exonerando de responsabilidad penal a los militares que participen del “restablecimiento del orden”.

 

Uno de los tuits que la presidenta autoproclamada de Bolivia borró.

 

Como profetizaron los pastores que apoyan a la derecha, la autoproclamada viene de Beni -al lado de Santa Cruz-, una región conocida como la media luna boliviana, la zona más rica del país.

El lado oscuro de la media luna

Apodado como el “Bolsonaro boliviano” o “el macho”, Luis Camacho es empresario e hijo de empresarios. Abogado de universidad privada con posgrado en derecho financiero, a sus 40 años ya registra cuentas off-shore en su haber y estuvo involucrado en los Panama Papers. Es parte de la logia “Los caballeros del oriente” y lidera una importante organización de la “media luna”.

Desde que la crisis se agudizó y la oposición dejó de conformarse con que las elecciones se hagan de nuevo, el empresario personificó el giro táctico de la derecha, desde la denuncia de fraude a la exigencia de renuncia al presidente.

Si bien utiliza una retórica outsider similar a la del líder brasilero y no se candidateó en las últimas elecciones, no es un ciudadano espontáneamente movilizado ni un amateur en política. En su juventud lideró la Organización Juvenil Cruceñista, que algunos califican como paramilitar y otros como neo-nazi. Desde entonces, viene agitando la consiga “Dios volverá al Palacio”.

Perón decía que si Dios bajara todos los días a solucionar los problemas de la gente, ya le hubiéramos perdido el respeto. Pero Camacho no deja en paz al barba y aprovecha toda oportunidad para justificarse en su nombre. Así, deja en claro que el antagonismo que representa va más allá del respeto a las instituciones y la defensa de la República, dando lugar a suponer que en realidad impulsa un programa político inconfesable, que no admite diálogo racional ni se somete al escrutinio público y necesita ser enmascarado en una narrativa mística.

De origen católico, el “macho” despliega en sus intervenciones una puesta en escena y un discurso cuyo contenido remite al de algunos predicadores evangélicos. Para el politólogo Marcelo Arequipa, el empresario logró integrar el discurso de una derecha tecnocrática -representada por el senador Ortíz- con el discurso conservador del pastor coreano-boliviano y candidato del Partido Demócrata Cristiano, Chi Hyun Chung, que obtuvo un sorpresivo 8,77 % de apoyo en las elecciones de octubre.
Como si fuera hijo de un hipotético matrimonio entre Espert y Gómez Centurión, “el macho” es una mezcla de las derechas más radicalizadas. Fue precisamente lo que en Brasil dio impulso a la corriente regresiva que, con sus más, sus menos y sus singularidades nacionales, se cierne sobre todo el continente. Una mezcla de conservadurismo religioso y liberalismo económico a la medida de los intereses geopolíticos del imperio en la región.

 

 

Para Suely Rolnik, la alianza neoliberales-conservadores se basa en una moral compartida y un modo de identificación subjetiva: el “inconsciente colonial-capitalístico”. De ahí la persecución a feministas, indígenas o identidades disidentes, que encarnan una transformación micropolítica y el blanco preferido del neomacartismo. El panorama se ajusta a la descripción de la filósofa brasilera: dentro y fuera de los cuerpos y las instituciones, los conservadores le hacen el trabajo sucio al neoliberalismo. Tal como hizo Camacho al abrirle las puertas al partido de Ortiz. Son los sicarios del neoliberalismo y han venido a quedarse, asegura Rolnik.

Parte de la religión

El movimiento religioso en general no tiene un compromiso político predefinido. Su forma de politización es contingente y sus bases sociales están en disputa. Pensemos, por ejemplo, que el gobierno de Lula, a través de su vicepresidente, contó con gran apoyo de iglesias evangélicas.

La narrativa de la fe es articulable en la misma medida con la esperanza y el miedo, dos disposiciones vitales que rivalizan en la disyuntiva que enfrentan nuestros pueblos: democracia o neoliberalismo. Si la desconfianza interpersonal, la destrucción del tejido social, y la realización individual corroen el sentido común, el neoliberalismo gana la pulseada. Si vencen la solidaridad, la organización comunitaria y la empatía, la democracia tiene chances de sobreponerse a una pulsión autoritaria que tiene una forma estructural, pero también una dimensión micro que anida en la sensibilidad de cada una de las personas.

A su modo, CFK tomó nota de esto al proponer en el Foro Internacional de CLACSO en 2018 la unidad con los pañuelos celestes en un amplio frente que deje de lado las, según ella, perimidas categorías de izquierda y derecha. Le valió la crítica inmediata de intelectuales como Rita Segato, que calificó la idea como un “error inmenso”, o como el portugués Sousa Santos, para quien “la distinción entre izquierda y derecha nunca fue tan importante”.

Según expresó Segato en el mismo Foro, hay un plan para crear un escenario de guerra religiosa parecido al de Medio Oriente en nuestra sociedad que abriría la puerta al fascismo, impulsado por los fundamentalismos cristianos: sectores reaccionarios de las iglesias evangélicas y católica.

La relación entre militancia popular y religión nunca fue sencilla. Repasando, en el mismo texto que Marx habla de “opio del pueblo”, afirma que la religión constituye el “sollozo de los oprimidos, la expresión de la miseria y la protesta contra ella”.
Antonio Gramsci, por su parte, sin descartar el efecto narcótico, señaló respecto del cristianismo que es “una forma necesaria de la voluntad de las masas populares, una forma específica de racionalidad en el mundo”, y advirtió contra toda lectura simplista que no se puede “juzgar un movimiento histórico por su literatura de propaganda y no comprender que también unos folletos vulgares pueden ser expresión de movimientos sumamente importantes y vitales”. En Nuestramérica, desde los 60´ la teología de la liberación contó con participación destacada de católicos y evangélicos que articularon la potencia transformadora de la fe con el programa de las organizaciones revolucionarias.

Luego del golpe en Bolivia, parte la progresía urbana e ilustrada despotricó en las redes sociales contra “los evangelistas”. Inculpar a una determinada forma de religiosidad o espiritualidad a partir de una etiqueta, es una generalización que puede ser errónea, sirve solo para estigmatizar y discriminar, y es poco redituable en términos pragmáticos. Es una forma de actuar en espejo de lo mismo que rechazamos. Como decir que los judíos en Israel masacran a los palestinos. No son los judíos, son los gobernantes de derecha del Estado de Israel.

 

 

Los nativos democráticos solo conocimos estos niveles de autoritarismo en nuestra región a través de los libros. No era extraño, hasta no hace mucho, que los analistas subrayen la consolidación democrática y la inexistencia de graves problemas de discriminación o conflictos religiosos. Pero los dinosaurios todavía están allí y los conflictos latentes emergen en río revuelto como deshechos que salen a flote.

“¡Volvimos al medioevo!” Es la primera reacción que tenemos todos los “progres”. Pero es que nunca nos fuimos. Los momentos previos de luchas sociales están encimados como capas de sentido que se superponen y se afectan mutuamente. La historia no se repite, pero continúa. Es lo que explica García Linera. No hay progreso lineal, sino avances y retrocesos. Hay oleadas.

Considerando que parte del discurso del golpe apuntó contra la cosmovisión andina, una reacción ilustrada simplista contra la fe o la religiosidad puede convertirse en una trampa que encierre nuestras discusiones políticas en la guerra de dioses a la que a algunos les conviene circunscribir las diferencias sociales.

Dios no hace golpes de Estado. La que hace golpes de Estado es la derecha neoliberal cuando se da cuenta que su programa económico es incompatible con la democracia. La biblia, como cualquier corpus de texto complejo, dice un montón de cosas contradictorias entre sí. Cada cual puede usarlas conforme a sus propios intereses, ordenar jerárquicamente sus principios doctrinarios según la ocasión y reformular la propia gramática en un acto de creatividad poética.

El cristianismo empieza por casa

El desafío de una lectura crítica de los procesos políticos-religiosos que se dan en el continente por supuesto no es ajeno al país de @Pontifex_es. El universo religioso argentino es diverso y con un crecimiento de iglesias evangélicas que algunos ven como una explosión. Los que saben, hablan de una expansión sostenida que lleva décadas.

Si bien la Iglesia Católica ha iniciado trámites para renunciar al financiamiento estatal, la separación entre Iglesia(s) y Estado todavía está lejos. Con la emergencia en el escenario político de actores que abrazan una retórica conservadora basada en creencias y la incorporación de referentes religiosos como agentes del Estado, que las relaciones políticas y sociales dejen de estar de algún modo atravesadas por la religión parece todavía una ilusión.

La asociación evangélica más importante de Argentina, ACIERA (Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina), emitió un comunicado donde a pesar de que no reconocen el golpe en Bolivia, realizan una denuncia sobre el uso político de la fe y defienden la separación de la Iglesia del Estado. La asociación evangélica que sigue en el ranking nacional es FAIE (Federación Argentina de Iglesias Evangélicas), que denunció a través de una declaración tanto el golpe de Estado como los discursos de odio y pidió por la integridad física de Evo.

En este marco de efervescencia religiosa también surgen expresiones alternativas desde las bases de las iglesias que complejizan más el panorama. Por ejemplo, la CGT pidió al Vaticano declarar santa a Evita, iniciativa estratégica de implicancias geopolíticas que, más allá de su resultado definitivo, habla de una intervención simbólica de peso en una lucha de representaciones.

Dentro del mundo evangélico también hay iglesias con gran compromiso ecuménico y social como las nucleadas en la Pastoral Social Evangélica -que repudió el golpe en Bolivia- y evangélicos comprometidos con el activismo LGTBIQ+ como la Iglesia de la Comunidad Metropolitana o la de la pastora Gabriela Guerreros, públicamente conocida por su defensa del proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Congreso de la Nación.

Todo lleva a pensar que lo que llamamos secularización tiene algo de mito y que la presencia de lo sagrado en la vida pública tiene más importancia que lo que cotidianamente podemos ver o estamos dispuestos a reconocer.

Religión y política están emparentadas por la estructura mítica. Constatarlo no es hacer apología pre-moderna, sino una forma de estricto realismo político. Es lo que recuperaron simultáneamente, y sin conocerse, pensadores como Gramsci y Mariátegui de la obra de Sorel, cuyos aportes haríamos bien en revisitar en estas coyunturas, no para repetir lo que dijeron sobre su propio tiempo, sino para ayudarnos a pensar originalmente el nuestro.

En Bolivia y en todo el mundo las religiones pueden servir para oprimir o liberar, como cualquier otra institución. Las simplificaciones no siempre contribuyen a comprender y desde luego todavía queda mucho por decir y ver. No hay última palabra, solo algo así como un eterno retorno que siempre trae alguna novedad. Por eso la historia suele ser esquiva para las mentalidades de manual.