En busca de la excepcionalidad en tiempos de excepción
Por Santiago Hernández y Luis Luna-Angulo
La globalización ha muerto

En medio de la pandemia, nos invaden las preocupaciones intelectuales de una centralidad mundial en decadencia. Es tiempo de sustituir la importación de miedos y buscar nuestras propias coordenadas latinoamericanas en este interregno caótico.

Un freno

El Coronavirus parece haber accionado el freno de emergencia que precipitaba a las grandes mayorías del mundo al abismo. No fue una revolución la que detuvo a la locomotora del progreso que todo lo tritura, como vaticinaba Benjamin, pero acá estamos, en una inédita coyuntura donde gran parte de la dinámica global se encuentra excepcionalmente suspendida por una exigencia de autoconservación. Una plaga que se esparce con más voracidad que el capital financiero y sobre todo, que invita a pensar que difícilmente el orden global siga siendo el mismo.

El Covid-19 accidentalmente actúa sobre el neoliberalismo según lo que los virólogos definen como un “virófago”: un virus que en ciertas ocasiones tiene la capacidad de parasitar en otro virus, debilitándolo. La peste momentáneamente ha infectado el sistema de ideas que venía racionalizando y justificando el contrato social neoliberal en dos de sus puntos de equilibrio.

Por un lado, en el mito a partir del cual la democracia representativa y el libre mercado garantizaban el reino de los “últimos hombres”, diagnosticado hace mucho tiempo por Nietzsche cuando percibió que la civilización occidental se transformaba en un bicho sin grandes pasiones o compromisos, incapaz de soñar, donde “la gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud”. El coronavirus se ha comportado como la flecha que roza el talón de Aquiles arrebatando la salud de gran parte de los sectores integrados, que con sus “pequeños placeres” hacían que la rueda gire. La peste dejó expuesto su poco valor para el sistema, poniéndolos en cercanía con los descartados, sino basta con leer hoy cómo se decide en la guardia de un hospital europeo quién tiene respirador y quién no, similar acto a la perversa suerte de quienes se subían a un barco sin saber cuál llegaba a la costa y cuál se hundía en el Mediterráneo.

Por otro lado, la peste ha dejado a la vista el fallo lógico e intrínseco al neoliberalismo, según el cual discursivamente detesta al Estado, pero en los hechos depende por completo de él para reproducirse, en lo que se conoce como “el socialismo para los ricos”. Las élites ven cómo momentáneamente todo lo sólido se desvanece en el aire y deben ceder la orientación estatal hacia las acciones que requieren afrontar la pandemia con poco margen para que las medidas como en el 2008 solo los salven a ellos.

La Batalla Mundial contra el coronavirus sin duda tendrá un día después. Cada nación sanara sus heridas, llorará a sus muertos (o no) y sobrevendrá la evaluación de daños económicos, de la cual irán surgiendo estrategias postcoronarias, las cuales cabe preguntarse si profundizarán las contradicciones que nos trajeron hasta acá en el desorden mundial en el que nos encontramos desde la caída de las torres gemelas.

Muchos han escrito en estos días sobre los riesgos para las libertades positivas y negativas de los modelos tecno-biopolíticos que se están experimentando para el control de la pandemia, y para nosotros, simples mortales de la periferia del mundo, carentes de la mayoría de los derechos de justicia esenciales sobre los cuales se edifican las libertades, sería saludable dejar de importar las preocupaciones de una centralidad en decadencia.

¿Y el orden en este desorden?

Miedo es lo que dispara el coronavirus: potencialmente todos podemos matar a uno de nuestros seres queridos, y miedo ha sido el hilo conductor de casi todas las narrativas hegemónicas de los últimos 20 años.

Miedos que desde el Sur Global hemos importado con sus respectivas soluciones, agravando nuestros padecimientos y balcanización. Importamos el miedo al caos global exacerbado por la creación de villanos, ablandándonos, para aceptar cualquier orden precario sin una reflexión acerca de la justicia, porque ahí en el fracaso de la moral el cínico es rey. Miedo al declive de una civilización y su democracia que nunca dio sus frutos, tan prometidos en nuestras latitudes, impidiéndonos pensar otras formas de democracia. Miedo al terrorismo y preocupación sobre la identidad del enemigo, olvidando que somos mayoritariamente pueblos de paz. Miedo al cambio drástico como si el actual orden condenado nos hubiera dejado beber de sus mieles.

Ahora el miedo es realmente compartido a nivel global, aunque es falso lo que dicen algunos intelectuales acerca de que el miedo nos iguala, y por eso estamos todos en el mismo barco. El yate con personal médico y equipamiento para una emergencia sanitaria del milmillonario que llegó a él luego de tomarse un avión privado y su helicóptero en una región tropical, no está en “el mismo barco” que cualquiera de las familias de nuestros países que tarde o temprano tendrán que debatirse entre virus o hambre. El virus podrá no tener fronteras pero cómo enfrentarlo tiene muchas, mi querido intelectual de pies calientes frente al hogar.

Nadie tiene muy claro el impacto de estos días “donde la tierra se detuvo”, se habla de que sin una guerra nuestras economías quedarán golpeadas como si la hubiera habido. Lo que sí debemos saber es que los grandes sistemas de ideas globales no van a cambiar sino que endurecerán sus explicaciones, los viejos conceptos con los que creíamos contar en el mundillo de politólogos, sociólogos, comunicólogos y demás fauna variopinta, hoy más que nunca no calzan, no embonan, han desaparecido de la alacena de donde los sacábamos cada tanto para discutir en sobremesas absurdas que amenazan con convertirse en un lujo decimonónico. La imposibilidad de vislumbrar el día después de la pandemia de COVID-19 más que hacer futurología corresponde a un ejercicio parecido al de un ciego tratando de cruzar una transitada avenida: puede guiarse por sus otros sentidos pero hay una altísima posibilidad de terminar pegado al suelo arrollado por un camión frénetico y desbocado al que no le importa si vive o si muere.

Si algo podemos anotar de todo esto sin caer en el catastrofismo, es que la disputa de los próximos años es clara: libraremos una batalla entre un modelo que se basa en la muerte y en una vocación enfermiza por la extinción de la vida en sí, ni siquiera de la ‘’vida humana’’, sino más bien de la vida en su sentido más amplio, un sistema que aborrece la capacidad que tiene el planeta tierra para generar formas y organismos interdependientes, conectados, que se reproducen, recrean sucesivamente, que busca arrancarlos, exterminarlos, extinguirlos, donde la vida es desechable en su ecuación, y viviremos una exacerbación de las condiciones en las que nos encontramos.

Después de esto ya no nos será difícil comprender que realmente vivimos una representación cuasidistópica del mito griego con que Freud explicaba la pulsión de vida y la pulsión de muerte: somos y seremos partícipes de una trifulca encarnizada entre Eros, que se deja palpar en nuestra capacidad para organizarnos, en mecanismos que salvaguardan la vida y su capacidad de florecer ante nosotros como florecen los más puros sentimientos en los más sensibles pechos e iluminar como iluminan las grandes ideas las profundas oscuridades del desasosiego; o si no será el triunfo de la muerte, el reino de Thanatos será inminente y nos sentaremos como el coronel demente de texana de Apocalipsis Now que después de bombardear a su alrededor con NAPALM y masacrar cualquier atisbo viviente, se sienta en la colina árida solo, vacío, derrotado, como el boxeador que llega a ser campeón y se da cuenta que ese lugar al que llegó derrotando a todos no era la cima sino más bien el abismo.

Los nacionalismos imperialistas encabezados por los Estados Unidos de Trump hablarán del virus chino, exacerbarán al máximo el odio occidental a los responsables de la “peste amarilla” que infectó sus sociedades y colapsó sus economías, todo para justificar nuevas ofensivas militares o ataques brutales a los migrantes intramuros que le quitaron las camas hospitalarias a los nacionales. Y sus derivados berretas en nuestras tierras que potenciarán la xenofobia. Asistiremos a una exaltación de las verdaderas intenciones de los políticos irresponsables que gobiernan algunos de nuestros países, el tristísimo caso de Brasil, país de 210 millones habitantes, en manos de un psicópata que muestra a cada momento su intención de asesinar y de exterminar bajo cualquier circunstancia lo que considere distinto, o a un Lenín Moreno, presidente de un país pequeño en proporción a la tragedia que cargará sobre sus hombros infectados de COVID-19, anunciando un préstamo con el FMI que había sido aplazado con el baño de sangre que significaron los altercados de octubre de 2019. Así el virus no hará la revolución por sí solo, pero sí marcará la cancha entre un bando y otro.

El globalismo que reclama viejas glorias pasadas sostendrá que el fracaso de la lucha contra el coronavirus fueron las respuestas nacionales que desperdiciaron tiempo y coordinación de recursos. De esta manera el discurso globalista y sus poderosas usinas atacarán todo intento proteccionista y estatista, pues en definitiva, ¿qué culpa tiene el libremercado de que el mundo se haya infectado?

Las élites locales, en su intento de preservación, harán donaciones (bienvenidas) y tibiamente reconocerán los problemas sociales -la pobreza extrema y el alto desempleo- como injusticias derivadas de ciertos “desbalances” que deberán abordarse para ganar tiempo hasta que puedan volver a ser nuevamente considerados como consecuencias del comportamiento personal, de defectos individuales e incluso de una elección, porque en definitiva los de abajo “tienen ese olor”.

China se encontrará más coaccionada a jugar una partida que venía evitando. El manejo de la crisis desatada por la pandemia los oficializó en su estatus de gran país del mundo. Intentará ralentizar lo máximo posible, tratando de mantener su avance lo más oculto que pueda, y el camino oficial la obligará a asumir responsabilidades que entrarán en contradicción con sus objetivos económicos y sociales internos, condición indispensable para la supervivencia de su sistema político y la estabilidad social de una nación que representa un cuarto de la población mundial. Por ahora, China venía aprovechando el desgaste de las ambiciones intervencionistas y expansionistas del “resto”, desde Estados Unidos hasta Rusia. Asumiendo más responsabilidad sobre su “espacio vital”, tratará de no quedar en el centro de la escena.

La configuración geopolítica de los grandes centros de poder mundial hasta antes de la pandemia podía distinguir tres sectores de tensión o de disputa por la hegemonía entre las potencias mundiales. Uno, la cuenca del Pacífico, escenario de la batalla comercial entre China y Estados Unidos donde intrínsecamente está vinculada Latinoamérica dada la relación que tiene con las dos potencias. La segunda, los acontecimientos que han hecho que la región polar del hemisferio norte sea conocida como “la ruta de la Seda Ártica’’ impulsada por China y apoyada por Rusia, que representa un potencial peligro estratégico para EE.UU. Y la tercer región, repartida por todo el continente europeo, cuna de la civilización occidental y emanadora de lo que conocemos como Modernidad Europea, que experimenta la tensión por el futuro de la Unión Europea posterior al Brexit, en medio de las tensiones entre los intereses estadounidenses y los intereses rusos.

Los acontecimientos desarrollados en las últimas semanas, y sobre todo la exacerbación de la tragedia que significó la expansión del COVID-19 en países que transitaban largas y sostenidas crisis políticas como Italia y España, desgastados por la resaca que los experimentos neoliberales dejaron en sus economías, muestran cómo se acelera la pandemia cuando encuentra tierra fértil en países golpeados estructuralmente. Vemos en ciudades como Madrid, cuyo sistema de sanidad ha sufrido severamente las políticas de ajuste, ejemplos de cómo funcionan los sitios donde se registran las escenas más escalofriantes y donde la sensación de vulnerabilidad, desechabilidad e insignificancia de la vida humana son más explícitas. Estas circunstancias parecen atacar a toda la construcción ideológica que implica la Europa Occidental. La Unión Europea, que había “salido a ‘flote” liderada por Alemania, hoy enfrenta este cataclismo sumida en una recesión económica que sólo puede agravarse en estas circunstancias y que la esterilizan para erigirse como un actor que contenga los intereses que la circundan.

No bromeaba Macron, presidente de Francia, al dar por muerta a la cultura occidental, ni tampoco fue un gesto prematuro el desdén con el que Donald Trump se aisló del continente europeo y reforzó el vínculo con Gran Bretaña y no bajo un criterio técnico, para contener la propagación del COVID-19, sino con criterio geopolítico. Además, los resultados de la cancelación de vuelos con Europa no parece haber dado resultados, pues hoy tiene irremediablemente a EE.UU. como el país con más contagios confirmados.

El mundo sigue en vilo la reconfiguración de los intereses internacionales, una pandemia en el umbral de las elecciones yankees que lucen ser las más complicadas en la historia contemporánea. Los países de la Unión Europea diezmados, política, económica, física y moralmente, incapaces de poner sanciones o repetir crimeas para detener el avance ruso. Nos hace pensar que la imagen que dio la vuelta al mundo, donde misiones médicas rusas con banderas zaristas ondeando irrumpían en Italia para auxiliar en esta crisis, podrían ser más habituales de lo que creemos.

En busca de la excepcionalidad

A las naciones que integran el territorio comprendido desde los recónditos archipiélagos patagónicos hasta las laderas ensangrentadas del Río Bravo, atravesadas y yuxtapuestas con la costra orográfica que recorre la corteza terrestre y divide al mundo entre extremo occidente y extremo oriente del mundo, y que además tiene la simpatía camaleónica de ser llamada “diferente” desde donde se la mire, a los pueblos de Latinoamérica nos toca buscar la excepcionalidad en tiempos de excepción. En este sentido las características que encarnan la cultura latinoamericana son intrínsecamente excepcionales, contingentes, de emergencia, como nunca han dejado de ser desde que el primer conquistador pisara el continente para propagar una ruptura intestina del orden establecido y desatar una larga historia de disputa hegemónica irresuelta que ya ha transitado muchos estadios.

La situación de América Latina antes de la pandemia de COVID-19 era ya de excepción: nos entregamos a la segunda década del siglo XXI, en medio de una aguda conflictividad entre procesos políticos de impugnación al neoliberalismo y procesos de restauración conservadora, que tenía dentro de sus últimos desenlaces el final de la primera oleada de gobiernos progresistas materializada en el golpe de Estado a Evo Morales, la derrota del Frente Amplio en Uruguay y la consolidación de una segunda oleada de gobiernos progresistas, en países de larga hegemonía del proyecto neoliberal, como el México de Andrés Manuel López Obrador, o en la Argentina de Alberto Fernández, que derrotó al proyecto de restauración conservadora de Mauricio Macri. También estábamos viviendo las grandes movilizaciones sociales que tuvieron lugar en Chile y Colombia en disyuntiva con una sanguinaria reacción conservadora expresada en figuras tan aberrantes como desprestigiadas y severamente comprometidas en términos de gobernabilidad de sus países como Jair Bolsonaro, Lenín Moreno, Sebastián Piñera y Mario Abdo Benítez.

El COVID-19 impacta a Latinoamérica en plena resistencia al modelo de muerte neoliberal. Por primera vez en mucho tiempo el modelo se encuentra severamente golpeado, la meritocracia se enfrenta a un virus que no reconoce méritos, la combinación de pandemia y desigualdad irá visibilizando cada vez más la miseria de los descartados frente al decorado minimalista de los millonarios que ya no logran tapar la obscenidad de sus riquezas.

El neoliberalismo se caracterizó por erradicar cualquier forma de alternativa real posible, como si de la mítica hidra de Lerna habláramos, las miles de cabezas neoliberales ya no tenían aliento venenoso pero sí un susurro poderoso, permanente y constante que sostenido en el tiempo se convirtió en sentido común y políticas estables. Covid-19 ha funcionado como la espada de Hércules cortando las cabezas que susurran libremercado, consumismo, meritocracia, hedonismo en nuestras sociedades, pero debemos recordar que Hércules no venció sólo a la Hidra sino que fue la brillante idea de su sobrino Yolao cauterizando los cuellos abiertos lo que impidió que brotasen nuevamente.

La historia de la región es testigo de innumerables gestos vitales de nuestros pueblos ante pulsiones de muerte, desde la solidaridad nuestroamericana de San Martín con su épico cruce de los Andes, allá lejos en los albores de nuestros nacimientos, hasta la ola de organización ciudadana que estremeció a México durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 y se repetirá durante esta pandemia.

Los pueblos latinoamericanos, hijos de la excepción en toda la extensión del término, nos encontramos ante un período excepcional; sin duda asistimos a la muerte de la Modernidad Europea el día de nuestro nacimiento como entidad cohesionada en la disputa real del mundo para las próximas décadas. Los países periféricos que parecíamos no tener destino estaríamos encontrándolo en un horizonte que se nos había negado pensar y al que llegaremos por la búsqueda de formas de construir entramados políticos, sociales y culturales donde la solidaridad y la igualdad corresponden al punto de partida de una nueva relación entre el Estado y la sociedad, sobre la cual se construya la realidad latinoamericana post-peste, un Estado comunitario y una Comunidad organizada, porque como nos enseña la historieta de El Eternauta, luego de la nieve de copos fluorescentes que destruyó la civilización, las acciones heroicas fueron las acciones colectivas. Encontrar nuestras propias coordenadas en este interregno: ahí reside la excepcionalidad en tiempos de excepción.