Cambridge Analytica, Santiago Maldonado y los temores del Siglo XXI
Por Nicolás Grossman
La globalización ha muerto

Los temores del Norte y del Sur comparten más de lo que difieren. El miedo al desempleo, a los inmigrantes latinos, al terrorismo internacional, a quedar indefensos sin un arma a mano; el temor al robo a mano armada, a proyectos secesionistas, a una economía volando por los aires por no seguir los preceptos de los centros de poder. Todos ellos calan muy profundo en el mar del liberalismo, donde la gran mayoría de las interacciones sociales suceden en el mercado y las identidades colectivas se ven reprimidas.

Para actuar políticamente, las personas necesitan ser capaces de identificarse con una identidad colectiva que les brinde una idea de sí mismas que puedan valorizar. El discurso político debe ofrecer no sólo políticas, sino también identidades que puedan ayudar a las personas a dar sentido a lo que están experimentando y, a la vez, esperanza en el futuro. (Mouffe, 2011, p.32)

… la memoria del propio sufrimiento genera en cada colectivo una fraternidad vertical fuerte, a la que es necesario agregar una fraternidad horizontal o provisional, producto de ese ejercicio de traducción/articulación en orden de (…) construir una nueva hegemonía capaz de quebrar las resistencias del hegemón vigente y canalizar el conflicto social en aras del beneficio colectivo. (Del Percio, 2014, p.160)

 

Año a año los sucesos informativos se multiplican y la velocidad de sus réplicas crece considerablemente. El destape del caso Cambridge Analytica, la consultora en comunicación on line que utilizó datos de millones de personas para influir en sus decisiones electorales y cuyas estrategias fueron reveladas por un arrepentido, fue uno entre decenas de temas que acapararon la atención mundial durante 2018, pero a diferencia de la gran mayoría, sus aprendizajes y consecuencias siguen generando eco en los medios de comunicación y redes sociales, especialmente ante cada campaña electoral. Las revelaciones de Christopher Wylie, antiguo empleado de la compañía, desnudaron la estrategia para hacerse de datos de 50 millones de perfiles de Facebook y dirigir minuciosamente la campaña on line de Donald Trump, entonces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, hacia los demonios internos de los votantes. Luego de varios meses de estas filtraciones y del lugar privilegiado que las fake news se han ganado en cada una de las elecciones, es válido seguir preguntándose: ¿Qué hay de nuevo en esta metodología que utiliza Big Data para conocer a los votantes y ofrecerle contenido de acuerdo a sus perfiles? ¿Cómo se relacionan estas estrategias con otras dinámicas de la construcción de identidades políticas en las sociedades actuales?

Pospolítica y marketing online

La cabellera fucsia de Christopher Wylie, el soplón de Cambridge Analytica, inundó los medios de comunicación: portales web, TVs, redes sociales, todos tenían su espacio para comentar la novedad. Cambridge Analytica había accedido de forma ilegítima a información sobre 50 millones de perfiles de Facebook y gracias a ellos pudo “construir modelos para explotar lo que sabían de esas personas y apuntar a sus demonios internos”, con contenido especialmente preparado para ellos.

Con el pasar de los días y con especialistas comentando las novedades, fue quedando más claro que la forma en que Cambridge Analyica se hizo con los datos no fue un evidente delito, sino que aprovecharon una herramienta creada exactamente para lo que fue utilizada, pero violando condiciones de uso. Es que justamente el negocio de Facebook consiste en vender información sobre usuarios para que las empresas puedan segmentarlos y enviarles mensajes personalizados, lo básico de toda buena campaña de marketing on line, y la compañía británica compró la información a un académico que la consiguió utilizando una herramienta que la red social creó con ese fin, pero se cruzó de la línea al venderla a terceros.

En retrospectiva, resultó llamativo por demás observar en tantos medios masivos de comunicación notas sobre la “manipulación” o “influencia desmedida” que Cambridge Analytica tuvo en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, siendo que estos debates están ausentes cuando se trata de la información que ellos mismos difunden.

Más allá del debate planteado pero no tan explorado de la influencia de los mensajes en las personas, no debemos olvidar que las noticias e informes minuciosamente dirigidos no operaron sobre receptores vacíos, ni sobre cualquier tipo de personas. Para que los demonios y temores más profundos de las personas se activen cuando ven un inmigrante o una legislación que restrinja el uso personal de armas de fuego, tiene que haber un sustrato sobre el cual operar, subjetividades construidas en el macro de determinadas estrategias discursivas/políticas. ¿Fueron Donald Trump y Cambridge Analytica los que construyeron un orden social que funciona como contexto habilitante para que ese tipo de mensajes calen tan profundo en millones de conciencias?

Recordemos, con Chantal Mouffe, que lo social, es decir el campo de las “prácticas sedimentadas”, como el mencionado rechazo a la inmigración, tienen por detrás, aunque intenten ocultarse, actos de institución hegemónica, es decir que es un orden siempre contingente, que podría ser de otra forma, pero que toma la actual de manera temporal, expresando una estructura particular de relaciones de poder. Este y otros aportes de la teórica belga pueden sernos de utilidad para contextualizar los cruces entre Big Data y estrategias políticas.

Volvamos a la campaña por la presidencia de Estados Unidos en 2016, y allí podremos diferenciar tres tipos de posturas que expresaron los principales candidatos. Bernie Sanders, el contrincante demócrata de Hillary Clinton, podría ser identificado como el candidato más político de los tres. Centrado en la diferenciación entre izquierda y derecha, apelaba al pueblo haciendo referencia a las grandes diferencias estructurales que se observan en la sociedad norteamericana y las consecuencias que ellas tienen en la vida cotidiana de los ciudadanos estadounidenses. Donald Trump, el candidato populista que construyó su “pueblo” en base a una diferenciación con lo extranjero, ya sean los inmigrantes, el terrorismo del ISIS o bien la transnacionalización de la economía que le quitó el trabajo a los norteamericanos. Y por último Hillary Clinton, la candidata pospolítica, favorita de los actores pro-globalización y que al final de las primarias reforzó su imagen anti-Trump, como la única capaz de vencer al populismo políticamente incorrecto.

Esta distinción debe ser tomada como los tipos ideales de Weber, como ayudas para comprender una contienda que, según Gary C. Jacobson, resultó disruptiva respecto de los patrones electorales observados en las décadas previas y que no resulta abarcable completamente dentro de la lógica Demócratas vs. Republicanos.

Identificamos a Hillary como la candidata pospolítica valiéndonos de los conceptos utilizados por Chantal Mouffe en “En torno a lo político”, donde argumenta que en la mayoría de las sociedades occidentales impera cierto sentido común que explica que han ingresado en una “segunda modernidad”, donde los individuos se han desprendido de los vínculos colectivos de la modernidad, lo que los posibilita a elegir distintos modos y trayectos de vida y, por lo tanto, identidades políticas también desvinculadas de lo colectivo. Esto último lleva, entonces, a una concepción consensual de la democracia, cuya base es una comunicación transparente entre participantes racionales.

Si la sociedad funciona de esa manera, entonces el objetivo de la política sería diseñar instituciones imparciales que reconcilien todos los intereses y valores en conflicto, negando el carácter conflictivo de toda decisión política, que debe dirimir entre dos alternativas. Esta lectura, que califica de “pospolítica”, es para ella la expresión del liberalismo en el campo político, entendiendo al liberalismo como un discurso filosófico con distintas variantes, pero cuya tendencia dominante se caracteriza por “un enfoque racionalista e individualista que impide reconocer la naturaleza de las identidades colectivas” y que “es incapaz de comprender en forma adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, con los conflictos que ese pluralismo acarrea; conflictos para los cuales no podría existir nunca una solución racional”. Estas tendencias cierran el debate político y suelen llevar las discusiones a planos técnicos o morales.

La ineludibilidad del conflicto social se explica, según Mouffe, porque las identidades políticas son relacionales, y la afirmación de una diferencia con un “otro” es una precondición para que pueda existir una identidad tal. Si la distinción nosotros/ellos es inevitable, no lo es que aquélla se convierta en una relación antagónica de amigo/enemigo, aunque siempre exista la posibilidad de que ello suceda, especialmente cuando se percibe al “ellos” cuestionando la identidad del “nosotros”.

Esto es lo que identifica como “pospolítica”. Una de las consecuencias de este tipo de construcciones es que al no dar lugar para distintas identidades dentro del marco democrático, dejan el terreno libre a aquellos que quieren debilitar la democracia. Podríamos encontrar bastantes de estos rasgos en la política estadounidense durante las presidencias de Bill Clinton y Barack Obama, apuntando al progreso ilimitado que dejó planteado el “fin de la historia” de los noventa, sin poner en cuestión las estructuras económicas ni fomentar identidades colectivas que potencien el pluralismo de la democracia.

En su lugar, Mouffe propone aceptar el carácter antagónico que constituye lo político y canalizarlo desde una perspectiva agonista, que podría identificarse en mayor medida en la campaña de Sanders. De lo contrario, si no se plantean las contradicciones fundamentales como base para la construcción de identidades, se contribuye a exacerbar el conflicto: “la tarea de los teóricos y políticos democráticos debería consistir en promover la creación de una esfera pública vibrante de lucha ´agonista´, donde puedan confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos” y la relación nosotros/ellos (agonista) no se convierta en amigo/enemigo (antagonista) en el marco de un pluralismo democrático.

En lugar de confrontar con Sanders marcando las diferencias entre sus proyectos y convocando a las masas a identificarse con sus ideas y su construcción política, el tramo final de la campaña en las primarias de Hillary se centró, tal vez demasiado, en diferenciarse del ascendente Trump, pero tampoco de una forma agonista, sino en términos morales, al presentarse como la única “demócrata” capaz de vencer la amenaza del populismo xenófobo.

Pero, como decíamos, el ascenso de Trump no se dio sólo gracias a la segmentación de audiencias en Facebook. El “fin de la historia” asentado durante casi dos décadas y el giro discursivo de Hillary que limitó el debate al transformar la disputa hacia términos morales fueron facilitadores para que Trump pudiera apelar a un “nosotros” construido por el pueblo americano, que se había visto perjudicado por la globalización y la inmigración masiva que dejaban sin empleo a los “verdaderos americanos”. Con un solo paso se ponía en la vereda de enfrente a la elite política y a los trabajadores migrantes, eslabones más débiles de la estructura social norteamericana. El multimillonario, xenófobo y misógino convertido en antisistema representante del pueblo no surgió de la nada, sino que supo aprovechar las condiciones que brindó el contexto. Principalmente, remarcamos el debilitamiento del debate político, consecuencia de un liberalismo racionalista que no fomenta las construcciones ni movilizaciones colectivas: sin identidades colectivas, los individuos entonces deciden racionalmente, en su ámbito privado, sus posturas políticas, scrolleando en Facebook y debatiendo en los foros de los diarios, identificándose con posturas de trolls, creyendo y ofreciendo cualquier información como aperitivo para sus demonios internos.

El joven de pelo fucsia fue, no lo podemos negar, importante en la victoria de Trump, victoria que no habría sido posible por otros múltiples factores, entre los que se destacan las lecturas pospolíticas del liberalismo imperante en gran parte del globo.

Santiago Maldonado y los límites del liberalismo

Ocho meses antes de que la opinión pública occidental se vea sacudida por las revelaciones sobre la campaña de Trump, un joven argentino que se solidarizó con sus compatriotas mapuches murió durante un operativo de la Gendarmería Nacional. Las irregularidades durante el mismo y en el proceso judicial dificultaron hasta ahora la reconstrucción fehaciente de los hechos, pero no quedan dudas de que su muerte fue consecuencia de un accionar represivo desmedido y fuera de los márgenes legales.

De las descripciones que familiares y amigos de Santiago Maldonado ofrecieron a la prensa, una de las características que más se repitió de Santiago es que “se sumaba a las causas que creía justas”, y, lo que es aún más destacable en tiempos donde la sociabilidad y el apoyo suceden con un click, Santiago ofrecía su presencia, su cuerpo, a reivindicaciones que si bien en primera instancia “correspondían” a otros grupos, él las sentía como propias.

Su última participación fue apoyando un reclamo mapuche por territorios, una problemática central de la actualidad, donde se juegan varios de los pilares civilizatorios de la Argentina, Latinoamérica y el capitalismo global en general.
¿Cómo comenzar a contar esta historia? Comenzar el análisis del asesinato de Santiago Maldonado por la conquista española de esta parte del continente americano es tan inevitable como inabarcable, pero resumiremos argumentando que los europeos doblegaron económicamente a los indígenas, conquistando sus tierras más productivas y despojándolos de sus bienes más preciados, y políticamente circunscribiendo sus existencias a las normas y costumbres de los Estados Nación. Con estas dos rotundas victorias, el avance cultural fue arrollador hasta el punto de borrar de quién sabe cuántas almas hasta la última gota de identidad ancestral. Como bien señala Enrique Del Percio en su libro “Ineludible Fraternidad. Conflicto, poder y deseo”, “si un pueblo invade a otro tratará de someterlo política, económica y, sobre todo, culturalmente, pues si el pueblo invadido no es “subalternizado” en estos tres aspectos se puede llegar a sentir como semejante al invasor y el estallido del conflicto es sólo cuestión de tiempo.”

Pero evidentemente no se pudo erradicar todo vestigio, y la resistencia económica, política y cultural sigue viva después de más de 500 años, resistencia gracias a la cual se sancionaron diversas leyes y se convalidaron tratados internacionales reconociendo sus derechos, gran parte de ellos consagrados en la Constitución Nacional a partir de 1994:

“Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible, ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afectan.” (Art.75 inc. 17)

De cumplirse aquellos preceptos, estaríamos ante un escenario donde el Estado Nacional se hiciera cargo de las injusticias pasadas para proyectar un futuro asumiendo la inevitable fraternidad de todos los que habitamos estas tierras. Pero lejos estamos de esa realidad, y los pueblos originarios, al ver frustrados los canales institucionales establecidos para vehiculizar sus demandas y ejercer sus derechos formalmente declarados, ejerce distintos tipos y grados de violencia, como un corte de ruta o una ocupación de territorios, claramente sin llegar nunca a la sufrida históricamente.

La pregunta que tenemos que hacernos es qué pasó entonces con las leyes e instituciones que ya existen para regular estos conflictos. Existe una Constitución Nacional que declara la preexistencia de los pueblos originarios, existen declaraciones internacionales, convenios. Pero no se cumplen, porque de hacerlo, se estaría en contra del proyecto político hegemónico que necesita disponer del territorio y de los cuerpos que lo habitan para mantenerse con vida.

Este proyecto también necesita presentarse como totalizador y abierto hacia todo tipo de formas de pensar y actuar, aunque no lo sea. Presenta la forma consensual de la democracia como la última y mejor versión, capaz de armonizar los distintos intereses que llegarán a un acuerdo luego de un debate racional. El primer paso para desandar esta construcción, entonces, es aceptar que esta forma de comprender la democracia es un proyecto político, al que se le pueden oponer otros, tal como afirma Mouffe:

“En lugar de intentar diseñar instituciones que, mediante procedimientos supuestamente “imparciales”, reconciliarían todos los intereses y valores en conflicto, la tarea de los teóricos y políticos democráticos debería consistir en promover la creación de una esfera pública vibrante de lucha agonista, donde pueden confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos.”

Desde el punto de vista del pueblo oprimido y con canales institucionales que se paralizan ante el reclamo por los derechos consagrados pero no cumplidos, resulta desde ya entendible la reacción por la supervivencia y defensa de sus intereses particulares. Pero no debemos quedarnos solamente con esa mirada, porque la lucha de un sector de la sociedad por el reconocimiento de sus derechos es parte del camino de la sociedad toda hacia una fraternidad que no tiene otra opción que ser universal, pues nadie puede realizarse si no es en el seno de una sociedad que se realiza, dado que como plantea Del Percio:

“la universalidad (…) es una pretensión necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad como tal, para lo cual es preciso que todos y cada uno de los habitantes del planeta sienta que puede encontrar las vías adecuadas para desplegar libremente sus capacidades existenciales, o sea, para ser en plenitud”.

Pues bien. Por un lado tenemos tratados, leyes y jurisprudencia que defienden a las poblaciones indígenas, y por el otro tenemos balas que terminan con la vida de mapuches y simpatizantes con su causa. ¿Qué falla, o qué sucede en en el medio? Los marcos legales antes mencionados pueden leerse como un ejemplo del racionalismo liberal que pretende poder resolver todos los conflictos con un gran consenso racional basado en la razón. Pero todo consenso se basa en exclusión, y en el consenso realmente existente, a pesar de las normas, no es aceptable que determinados territorios queden por fuera de la lógica instrumental capitalista. Querer recuperar un territorio que sería explotado, ya sea por el Estado o empresas privadas, para reconstruir un modo de vivir por fuera de las premisas establecidas, es claramente un acto fuera del consenso real. Pero es, ante todo, un acto político. Y como bien ya ha señalado Chantal Mouffe, “Lo político no puede ser comprendido por el racionalismo liberal por la sencilla razón de que todo racionalismo consistente necesita negar la irreductibilidad del antagonismo”.

Por otra parte, debemos tener en mente que este conflicto no tiene nada de excepcional, sino que, como mencionamos, responde a una lógica global, como se ilustra en los siguientes pasajes de la mencionada obra de Mouffe:

“No existe alternativa a la occidentalización y, como señala William Rasch (…) para Habermas “a pesar de su énfasis en el procedimiento y la universalidad de su denominado “principio discursivo”, la opción que enfrentan las “sociedades asiáticas” o cualquier otro pueblo es una opción entre la identidad cultural y la supervivencia económica; en otras palabras, entre la exterminación física y la cultural.”

“[Giddens] pasa por alto las conexiones sistémicas que existen entre las fuerzas globales del mercado y la variedad de problemas -desde la exclusión hasta los riesgos ambientales- que su política pretende afrontar. Es sólo bajo esta condición que puede concebir una política “dialógica” que trascienda el modelo adversarial y sea capaz de producir soluciones que beneficien a todos los sectores de la sociedad. Tal perspectiva pospolítica, consensual, se caracteriza por evitar los conflictos fundamentales y por una evasión de todo análisis crítico del capitalismo moderno. Es por eso que es incapaz de desafiar la hegemonía del neoliberalismo.”

Preguntarnos ante qué tipo de conflicto estamos puede ayudar a comprenderlo e imaginar posibles maneras de canalizarlo. Si bien el pueblo mapuche y el resto de los pueblos originarios tienen un objetivo propio en cuanto a su desarrollo como comunidades, lo inmediato resulta confrontar con un Estado, con toda una civilización que coarta su modo de vida y comprender el mundo. Lamentablemente, y 500 años después, por el momento parece que seguimos en la etapa del diferendo (Del Percio), donde el sentido dominante calla y niega el reclamo de las víctimas.

Resulta necesario, entonces, tratar de transformarlo en litigio, que se instalen en el debate público las razones y las reivindicaciones indígenas, con interlocutores legitimados y con posibilidad de revertir la realidad. Luego, sí, sería el paso a un protagonismo canalizable, para pasar de una situación en la que todos pierden a una donde se comienza a ganar, ya que en general en el litigio pierden hasta los supuestos vencedores, tanto en términos materiales como de autorrealización. En este caso, si el conflicto permanece, como lo ha demostrado la historia, los subalternos tienen herramientas para obstaculizar los planes hegemónicos, pero no sólo eso, sino que, recordemos, los vencedores encontrarán imposible realizarse en una comunidad donde no todos se realizan. Por el lado de las víctimas, también es conveniente el protagonismo canalizable, ya que en un escenario de violencia abierta, poco se puede hacer frente a los poderes establecidos.

Como venimos remarcando, este conflicto no puede ser entendido sin ir al pasado, sin retomar y considerar todos los sufrimientos que tuvieron lugar en estas tierras. Latinoamérica, la tierra prometida para europeos de todo tipo, hacendados y despojados, y escenario de genocidio y sometimiento para las poblaciones indígenas. Si para algunos es un crisol de culturas, también la podríamos pensar como crisol de sufrimientos de todo tipo y color, de quienes ya habitaban estos suelos, pero también de los millones que huían del hambre, las guerras y las persecuciones del viejo mundo. Esto es importante porque si la memoria se limita al sufrimiento del propio grupo de pertenencia, sólo se engendra odio y nada puede ser construido desde él. Como afirma Del Percio:

“La memoria del propio sufrimiento genera en cada colectivo una fraternidad vertical fuerte, a la que es necesario agregar una fraternidad horizontal o provisional, producto de ese ejercicio de traducción/articulación en orden de (…) construir una nueva hegemonía capaz de quebrar las resistencias del hegemón vigente y canalizar el conflicto social en aras del beneficio colectivo.”

En este punto es que la actitud de Santiago Maldonado al solidarizarse con una causa “ajena” resulta disruptiva. No sólo por el alto contenido de solidaridad horizontal, sino porque ésta aparece en un conflicto crucial de estas tierras, que puede explicar, sino todas, gran parte de las injusticias del presente, como desarrolla María Pía López:

“Martínez Estrada, en “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, considera la guerra de fronteras contra las poblaciones originarias, un crimen fundacional negado y convertido en trauma: porque no somos capaces de señalar ese oprobioso punto de partida, quedamos ciegos o mudos ante las injusticias del presente.”

Pasaremos ahora a analizar algunos aspectos del accionar del gobierno nacional en este contexto. Supongamos que el fortalecimiento de las reivindicaciones mapuches en la Patagonia y su relevancia en la agenda mediática abrieron distintas posibilidades para que los conflictos por los territorios sean procesados por la sociedad. El gobierno nacional, en ese caso, tuvo una gran influencia, por tratarse de los representantes políticos del pueblo y por el poder que tiene para difundir sus interpretaciones.

Volviendo a los análisis de Mouffe, recordemos que propone que solo permitiendo que los conflictos tengan una forma legítima de expresión, se pueden evitar los antagonismos violentos. La autora critica el rumbo que están tomando las democracias occidentales, que pretenden negar los conflictos, y que su lugar sea ocupado por una comunicación transparente entre participantes racionales. “Lo político” sigue teniendo la forma de un ellos/nosotros, pero no ya de una lucha entre ideologías, sino que se mueve a un registro moral, a una lucha entre el bien y el mal, y el mal, por supuesto, no tiene canales para debatir legítimamente. En lugar de canalizar el conflicto, esta estrategia de negar toda legitimidad al adversario no pudo ser mejor expresada por el gobierno argentino que en la construcción del violento “enemigo terrorista” que no cree en la democracia. En lugar de habilitar los mecanismos que permitan un desarrollo agonista, exacerba el conflicto antagónico.

“Lo que requiere la democracia es trazar la distinción nosotros/ellos de modo que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo, que es constitutivo de la democracia moderna”(Mouffe) o, parafraseando a Del Percio, hay que asumir la inevitable fraternidad, la ausencia de un ascendente absoluto, y generar los mecanismos institucionales para canalizar los conflictos.

Por el contrario, desde el gobierno nacional se comenzó una campaña de negación de legitimidad de cualquier reivindicación de los pueblos originarios y la consecuente criminalización de todos sus actos, en una estrategia que apuntaló distintos objetivos: por un lado, claro, el mantenimiento de los territorios en disputa dentro de la órbita del mercado global y, por el otro, con la construcción de un “ellos” violento y terrorista que difunde el miedo y tiende a negar otros debates en distintos frentes. Recordemos que gran parte de la campaña que llevó a la alianza gobernante a los actuales puestos de poder se basó en denuncias de corrupción y la inevitabilidad de reformas económicas para evitar un estallido: registros moral y técnico que velaron una competencia agonista entre proyectos hegemónicos.

Por supuesto que la cerrazón ante las reivindicaciones indígenas no puede atribuirse únicamente al gobierno actual. Fue destacable también en años anteriores la deslegitimación de los mismos reclamos por “hacerle el juego a la derecha”, sin adentrarnos aquí en la pertinencia de ese argumento al analizar las estrategias que se habían utilizado para encarar esos conflictos por parte de los grupos subalternos.

Temores de otras latitudes

Si bien son distintos, los temores del Norte y del Sur comparten más de lo que difieren. El miedo al desempleo, a los inmigrantes latinos, al terrorismo internacional, a quedar indefensos sin un arma a mano; el temor al robo a mano armada, a proyectos secesionistas, a una economía volando por los aires por no seguir los preceptos de los centros de poder. Todos ellos calan muy profundo en el mar del liberalismo, donde la gran mayoría de las interacciones sociales suceden en el mercado y las identidades colectivas se ven reprimidas. Millones de cuerpos con miedo a exponerse se refugian en el pretexto racionalista de la decisión privada frente a la pantalla, al voto cada cuatro años y la defensa de intereses individuales incapaces de ser pensados de forma colectiva.