Morir queriendo ser libreSobre el crecimiento de la derecha en las PASO
Por Grupo Democracia Derechos y Genero
Ensayo

Algunas ideas para pensar los resultados de las nuevas expresiones políticas de derecha, con epicentro en la ciudad de Buenos Aires.

Son las 22.30 del domingo 12 de septiembre. El hotel Grand View está lleno de seguidores del tercer candidato a diputado nacional más votado de la ciudad de Buenos Aires. Los canales de televisión y las redes transmiten los festejos en el búnker de La Libertad Avanza, la alianza que lleva a Javier Milei a la cabeza. “La casta tiene miedo, la casta tiene miedo”, cantan a la espera del líder. Con los pelos revueltos como una medusa, el economista ultraliberal sale y arenga a los militantes que se amontonan en una imagen que contrasta con la campaña electoral del resto de lxs cantidatxs en pandemia. Acá los protocolos y el distanciamiento no existen. 

-¡Viva la libertad, carajo! 

-¡Viva! 

Dos banderas rodean a Milei. La venezolana cuelga del cuello de una mujer que alienta detrás suyo. La argentina la flamea la segunda candidata de la lista, Victoria Villarruel, ubicada a la derecha. Con este telón de fondo Milei comienza su discurso. 

-Allá cuando estábamos en la plaza Holanda yo les dije: no vine acá para guiar corderos, vine para despertar leones y los leones están despertando. 

Las banderas con leones se agitan y vuelven los cánticos. El rey de la selva fue el animal elegido y repetido durante toda la campaña. Ahora lo acompaña la serpiente, símbolo del liberalismo norteamericano. Milei toma aire y desafía a las ideas distributivas que sostienen que lxs trabajadores y el pueblo deben llevarse el cincuenta por ciento de la riqueza de un país. Y apunta directo a los responsables de la catástrofe: a sus enemigos, a los políticos con los que él no se identifica ni lo hará jamás. 

– Más allá de estos resultados este es sólo el primer paso hacia la reconstrucción nacional, el paso para volver a una Argentina potencia. No hay nada que festejar, porque estamos en la Argentina del fifty-fifty, cincuenta por ciento de inflación, cincuenta por ciento de pobres. Si no hacemos un cambio de ciento ochenta grados, en cincuenta años vamos a ser la villa miseria más grande del mundo, por lo tanto, ¡que tiemble la casta política!

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La ciencia de datos siempre arroja algún que otro resultado curioso: navegando el mapa interactivo del Grupo Octubre, los dos circuitos de CABA donde Milei sacó más votos son el 003 de Puerto Madero, donde tuvo un 20 por ciento y el circuito 091 de Parque Avellaneda, con 19,5 por ciento. La suma total en la ciudad ya es conocida: 13,7 por ciento. 

En 2019 las expresiones políticas de derecha -el Frente Nos, de Juan José Gomez Centurión y Cynthia Hotton y Unite por la Libertad y la Dignidad, de José Espert- no llegaron, juntas, al 3 por ciento de los votos. Pero claro, esas experiencias no son asimilables entre sí. Jugaron en las PASO en diferentes listas nacionales de la provincia de Buenos Aires y tienen en común ser productos más acabados de una derecha reaccionaria vinculada al conservadurismo religioso antigénero. La excepción es Luis Espert, ex socio y en parte “preludio” de lo que referencia Milei.  

Muchos de los análisis que se hicieron en los últimos meses en Argentina estuvieron enfocados en la relevancia que tienen en la sociedad actual estos grupos conservadores, muchos articulados en torno al cristianismo evangélico. El desempeño en Santa Fe de la lista Unite por la vida y la familia, encabezada por Amalia Granata en 2019 con una excelente performance, sumó argumentos a esos análisis. El estreno en Netflix de la serie “El reino” y los debates a los que dio lugar en el mundo del progresismo urbano que estaciona generalmente en Twitter, actualizó muchas de estas lecturas. Pero lo cierto es que los grupos conservadores históricamente no han logrado transformar su nivel de adhesión y organización de feligreses en un caudal de votos importantes. 

Investigadores que estudian el fenómeno hace muchos años (Carbonelli, Seman, entre otrxs) explican que la falta de linealidad responde a que las creencias religiosas no se traducen automáticamente en decisiones políticas. Sobre todo en un país con una tradición de construcción de identidades políticas amplias, como el peronismo, que atraviesan transversalmente otros espacios de organización social. 

Menos se trabajó desde los espacios investigativos o en las notas de análisis previas a los comicios sobre el crecimiento del espacio autodenominado “libertario”, con referencias similares (influencers, tiktokers, tuiteros) a las que surgieron en otros lugares del mundo occidental. Y que se articuló en torno a la figura de un candidato indiscutible: Javier Milei. 

Este economista, tal como se presenta, hace del enlatado de la derecha alternativa mundial su plataforma. A través de las performances “disruptivas” -otra característica que perfila a estas “nuevas derechas” globalmente- logró hacerse fuerte en sectores de la juventud de CABA. Tradujo el descontento y la angustia que en pandemia se agravaron mucho. Y volvió a encender las esperanzas de más de un histórico fascista trasnochado. 

Milei empezó su campaña antes que el resto de lxs cantidatxs. El viernes 14 de agosto de 2020 presentó  PANDENOMICS (No es la Pandemia, es la Cuarentena Estúpido), un monólogo vía streaming. En diciembre de 2020 lanzó un primer spot de campaña junto a José Espert. Cuando el resto de los partidos ni siquiera estaban pensando en definir candidaturas para 2021, se anticiparon y presentaron Avanza Libertad. No fue un spot creativo, no había metáforas visuales, planos embellecidos, no había sofisticación: apenas una sucesión de planos, actos, gente diciendo Avanza Libertad superpuesto con discursos de los candidatos. 

En 2021 Milei recorrió los estudios de TV sin parar. Estuvo en el aire 193.547 segundos: casi 54 horas. En una época supuestamente visual, su campaña no tiene gráficas, no juega con los clichés de la pose electoral. Su diatriba anti política es coherente con la elección de medios y recursos narrativos: no usa los formatos tradicionales. Se mueve ahí donde su look rockabilly se luce: Twitter, Instagram, Tik Tok y los zócalos de TV.

“Saber presentar un conjunto de ideas en una serie de tweets es, más que un valor agregado, una competencia fundamental para los que participan en la gran conversación hipermediática”, dice Carlos Scolari en su libro Hipermediaciones. Y es eso: Milei despliega su habilidad para moverse en esta snack culture o cultura de los formatos breves.

El discurso antipolítica parece nuevo pero se basa en recursos retóricos conocidos: las metáforas animalistas son un lugar común de la cultura popular y de la cultura de masas. Los animales son arquetipos de personalidades y comportamientos, simplifican las identificaciones al representar características ontológicas cristalizadas y jerarquizadas; la mansedumbre es un desvalor frente a la atractiva -y masculinísima- ferocidad. 

¿Cuántas masculinidades asediadas por las discursividades que los feminismos pudimos/supimos instalar en la esfera pública se sienten llamadas a rugir? La metáfora animalista -como  aprendimos a través de las fábulas- es profundamente pedagógica, porque instala una verdad en el “ser” de las especies, la de la propia naturaleza. Ya lo decía Roland Barthes: la naturalización de lo histórico y la despolitización de la vida son rasgos esenciales del habla mítica de las sociedades burguesas.

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¿Por qué creció tanto la derecha en su performance electoral? ¿Por qué acumularon un porcentaje alto del electorado en CABA las opciones dentro de Juntos que están más corridas hacia el liberalismo económico y el conservadurismo o la reacción en lo social? ¿Cuál es la razón del batacazo del espacio liderado por Milei?

En las últimas semanas no paramos de escuchar estas preguntas. Como respuesta surgieron al menos tres hipótesis que circularon en análisis sobre el fenómeno Milei. 

La primera, que podríamos llamar “culturalista” o “civilizatoria”, busca explicar el crecimiento internacional de las derechas haciendo hincapié en el contexto global de pérdida de sentido, pobreza de la experiencia y falta de fe en el futuro. El contexto de disolución del tejido social, por la avanzada neoliberal de las últimas décadas, ha dislocado varios de los pilares ordenadores de la vida del siglo XX (el trabajo, la familia, los espacios de sociabilidad de cercanía). Y a partir de la transformación general de los vínculos dada por el avance tecnológico, aparece la búsqueda de certezas. 

Frente a la incertidumbre, la complejidad y lo contradictoria que es la realidad en que vivimos y actuamos, fragilizados por estos cambios y la precariedad de nuestros arraigos, consumir discursos que proponen volver a cierto estado “natural”, acabar con la corrupción estatal, o avanzar en la privatización de todos los bienes sociales, así como otras promesas restaurativas de un pasado que fue mejor, se transforman en fórmula atractiva para canalizar esta desazón. 

No es la primera vez en la historia que esto ocurre: algo similar pasó en el período posterior a la primera guerra mundial, con un quiebre de sentido en la sociedad occidental que polarizó discursos, radicalizó políticamente a las sociedades y abrió las posibilidades a los peores regímenes de los que tenemos registro. 

Dentro de esta hipótesis, el crecimiento de Milei se explicaría en la captación de ese voto de derechas que encuentran en el ultralibertarismo conservador -una anomalía no tan anómala- una representación que devuelve claridad, acción y un camino. 

Una limitación de esta línea es que hace demasiado hincapié en la globalidad del fenómeno pero no permitiría ver las variables concretas que se jugaron en las PASO 2021 en Argentina, las condiciones específicas en las que se produce. Tampoco serviría para explicar el crecimiento de las izquierdas liberales o clásicas (como el FIT) que aumentaron varios puntos en algunos distritos importantes del país, y no sólo en las grandes ciudades. 

La segunda hipótesis apunta más a lo metodológico de la proyección disruptiva de su figura que a la identificación con el contenido de lo que plantea. Como viene sosteniendo Stefanoni, el autor de “¿La rebeldía se volvió de derecha?”, una característica que define a estos grupos ultraderechistas que irrumpieron a nivel mundial identificados como AltRight o derecha alternativa, es la desfachatez como signo, la irreverencia, apelar a formas novedosas de quebrar el espacio de discusión público. 

Milei cumple a la perfección ese mandato: es una persona que en sus apariciones mediáticas -otra línea debería indagar sobre el rol de los medios en el crecimiento de su figura- apela a alzar la voz, a insultar a candidatxs oficialistas y opositorxs, a la diferenciación constante de cualquier “político” que forme parte de esa “casta” que denuncia y señala como responsable de todos los males en nuestro país.

En esta clave de interpretación, es la metodología disruptiva y la asunción de su rol como vocero del descontento antipolítico lo que coloca a Milei como un candidato ganador en las PASO de CABA. Si bien hay análisis específicos sobre la motivación del voto hacia ese candidato y los factores que lo explican son necesariamente complejos, no es casual que gran parte de la juventud, con afán de rebeldía y enojo contra un sistema del cual se siente víctima, haya encontrado en este tipo “que está enojado, grita y le echa la culpa a los políticos”, como dice Grabois, una canalización de sus frustraciones, enojos, pero también la aspiración de hacer algo diferente. 

Esta hipótesis explica también por qué las derechas que en 2019 se nuclearon en UNITE o en espacios más asociados al integrismo religioso tuvieron un muy mal desempeño y no pudieron captar estos votos castigo. 

Lo que no explica es el crecimiento de un candidato como López Murphy, que no tuvo esa forma de campaña ni apeló a esos sentidos. Y procesada de forma ligera, puede llevarnos a subestimar el peso que tienen la amplificación de esos discursos al impactar en forma directa en sectores donde antes no circulaban.  

En la tercera hipótesis, el crecimiento del voto orientado hacia opciones de derecha, se explica como parte del “voto castigo” o “voto desilusión” hacia el Frente de Todos, que encontraría explicación en el malestar económico y social de estos dos años de gestión, producto de las dos pandemias: la macrista y la del Covid. Es un voto que expresa desencanto frente a la coalición de gobierno que ganó holgadamente en 2019. Según esta hipótesis -respaldada en el análisis numérico de los votos respecto a las últimas elecciones, pero también en referencia a las legislativas de 2017- crecieron las opciones de derecha, pero también las de izquierda. A eso se suma que la cantidad de votantes que participaron de los comicios es la más baja desde que existen las PASO y creció el número de votos impugnados y blancos. 

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El tránsito por la pandemia transformó el vínculo entre Estado y sociedad. También alteró la forma de presentar la política institucional en su intención de organizar diferentes dimensiones de la vida colectiva. Esos cambios impactaron en la propia forma de la comunicación institucional: estas campañas prescindieron de las personas. Nos acostumbramos a las imágenes de reuniones de zoom, a las placas con datos, curvas y cifras, de comparaciones entre países respecto a estadísticas de contagios y muertes. Texto, gráfico de torta, ícono, slogan, hashtag. Ausentes los cuerpos en general. La humanidad se resiente en sus propias representaciones, pues no hubo otras herramientas disponibles para transitar mejor esta calamitosa pandemia. Una convocatoria de retorno a la naturaleza, de cuerpos amontonados y desordenados, una vuelta a lo salvaje (la víbora ancestral, ícono de la relación con la tierra, de lo intuitivo, puro cuerpo en movimiento) también puede tener otras recepciones. 

Milei habla de la superioridad estética del liberalismo. Lo dice explícitamente. Sus seguidores fundamentan en las redes mostrando imágenes rutilantes de ciudades, arquitecturas, objetos producidos en los países capitalistas frente a imágenes monótonas de lugares supuestamente atrasados y empobrecidos. No hay lugar en esas comparaciones para preguntarse por los modos y las razones que imponen modelos unívocos de belleza. Lejos de problematizar la construcción social de los parámetros, Milei y los suyos lo fundamentan en cierta capacidad natural de ser mejores. 

Como dice Pablo Stefanoni, las derechas están logrando ocupar el significante de la rebeldía. Por un lado, canalizando la rebeldía de quienes, perteneciendo al segmento de la juventud, inconforme por definición, encuentran en esa convocatoria a quebrar las leyes, a desafiar el buen sentido, a sublevarse contra la corrección política. Pero por otro, y más llamativo aún, despertando la acción de algunos “boomers” y de unos cuantos que forman parte de la generación criada en dictadura, que históricamente no han encarnado grandes épicas transformadoras, pero que encontraron en la pandemia comandada por un gobierno progresista, la oportunidad de sentirse por una vez desafiantes y alocados.

Para quienes estamos del otro lado de la historia, y seguimos imaginando comunidades realmente libres, donde todxs podamos vivir con acceso a derechos básicos pero sobre todo a la posibilidad de existencias felices, a volver a reclamar la alegría de la proyección de futuro, se presenta un desafío enorme. También los gobiernos que pretenden avanzar en conquistas ciudadanas y en una mejor calidad de vida de sus pueblos, tienen hoy frente a sí el emergente claro de este amenazante espectro de la antipolítica devenida reacción por derecha. 

Para enfrentarla necesitamos que se avance mucho más rápido pero también mejor. Se precisan medidas drásticas que recompongan el rumbo afectado, que recuperen el contrato electoral de votantes que apoyaron a la coalición del Frente de Todos.  Pero, sobre todo, hace falta mucha épica, esa que nunca se consigue por DNU. Necesitamos de la mística de las grandes transformaciones: las que convocan a la calle, las que reúnen corporalidad y afectos, no para canalizar el enojo frente a la precariedad de nuestras frágiles existencias, sino de las que festejan las latencias comunitarias, la que trae la solidaridad hecha acto, y sobre todo, la comprensión colectiva y cabal de que nadie se salva solo… no porque no pueda, sino porque la felicidad y la libertad que la hace posible, depende, en gran parte, de un ejercicio que siempre se realiza en relación con otrxs.