Tres elementos que nos dejó el 27-O
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

El alto corte de boleta en la provincia de Buenos Aires muestra una disminución del “efecto arrastre” de la boleta presidencial; la apuesta cristinista por la renovación de la dirigencia política que se vislumbró en agosto, quedó a mitad de camino; la “desconurbanización del peronismo” resultó más difícil de lo esperado. Una lectura de los resultados del 27 de octubre.

Tras las elecciones nacionales, y remitiendo para un análisis general acá, surgieron tres cuestiones que ameritan detenerse para interrogarnos sobre diversas transformaciones que está sufriendo nuestra sociedad.

Un primer elemento interesante es que se profundizó la tendencia a un desacople del electorado entre las distintas categorías. El 27 de octubre solamente la CABA y tres provincias -La Rioja, Catamarca y la provincia de Bs As- eligieron sus autoridades junto con la elección nacional. Pero de esos cuatro casos, al menos en tres hubo fuertes tensiones para desdoblar, como hicieron el resto de las provincias.

Este año se hizo costumbre ver cómo armados locales se hicieron muy fuertes en los comicios provinciales, pero se debilitaron en los nacionales. A veces se trata de partidos provinciales -como en Misiones, Neuquén, Río Negro o Chubut-, otras veces de liderazgos locales que participan de partidos nacionales -como en Corrientes, Jujuy o Córdoba-. Pero en general, los intentos por nacionalizar las elecciones locales dieron pocos resultados, como se vio en Mendoza y se espera confirmar el 10 de noviembre en Salta, en la última elección provincial del año.

El dato nuevo del 27 de octubre fue la potencia que tuvo esta tendencia al interior de la provincia de Buenos Aires. En numerosas intendencias el corte de boleta fue muy alto, llegando a definir elecciones. Los casos más llamativos, entre muchos otros, quizás sean los de municipios como Lanús, Tres de Febrero, La Plata, San Miguel o San Nicolás, en los que se verificaron grandes diferencias entre la boleta presidencial y la municipal, resultando a favor de los candidatos de Juntos por el Cambio. Pero el corte no fue unidireccional: en los casos de Luján y Mercedes, por caso, se dio una inversión opuesta, que dio lugar al triunfo de los intendentes del Frente de Todos; así como en Chivilcoy, donde Consenso Federal se alzó con la victoria local. Por el momento, esta tendencia no da lugar a la proliferación de partidos vecinales -que solo en Villarino y Tres Arroyos ganaron la intendencia-, sino que se da al interior de las grandes coaliciones.

Pese a la eterna tentación conspirativa, por los porcentajes de los que hablamos y por su extensión en tantos territorios, el fenómeno del corte no puede reducirse al “fuego amigo” de sectores perdedores en las PASO, aunque por supuesto este factor influye. Por otro lado, no se observa un proceso por el que la dirigencia nacional pierde representatividad, mientras que crecen los liderazgos más “cercanos” y las agendas locales. Una cosa no va en desmedro de la otra. Al contrario, parece más razonable postular que ambos niveles logran desplegar su propia capacidad de traccionar actores políticos y sociales, de construir marcos de alianzas propios y de interpelar a electorados que, a veces, no son completamente convergentes.

Un revés para las expectativas de renovación política

Un segundo elemento para analizar es el resultado, en estas elecciones, de la apuesta a la renovación de la dirigencia política que viene impulsando Cristina dentro del campo nacional y popular. Se trata de una decisión estratégica de parte de ella, a tal punto que estuvo presente explícitamente en sus discursos de los cierres de campaña bonaerense y nacional. Luego de las etapas anteriores de esa apuesta, centradas hasta 2015 en la gestión en el ejecutivo nacional, y luego a nivel legislativo, lo característico de este 2019 fue la intención de ganar en territorialidad.

A lo largo del año, esta tendencia se había expresado, entre otros casos, en los triunfos de candidatos camporistas en las intendencias de ciudades como Ushuaia, Río Grande y Santa Rosa, así como en la decisión de apostar por Anabel Fernández Sagasti para la gobernación de Mendoza, quien consiguió imponerse en las PASO pero no pudo triunfar en las generales.

Pero la provincia de Buenos Aires indudablemente era la apuesta mayor. Desde luego, la llegada de Axel Kicillof a la gobernación bonaerense es el mayor avance en esta política, convirtiéndose en un logro muy trascendente de la estrategia de Cristina. Por el peso del puesto que obtuvo, por la manera en la que realizó la campaña y por el porcentaje electoral que consiguió, Kicillof concentra las mayores expectativas hacia el futuro del mapa político argentino.

Axel Kicillof y Mayra Mendoza, triunfadores el 27 de octubre

Sin embargo, a nivel de las intendencias, los resultados de las PASO habían ilusionado con la posibilidad de que algunos de los municipios más populosos pudieran ser gobernados por dirigentes muy cercanos al dispositivo cristinista. Florencia Saintout en La Plata, Fernanda Raverta en Mar del Plata, Juan Debandis en Tres de Febrero, Edgardo Depetris en Lanús, Federico Susbielles en Bahía Blanca, Mayra Mendoza en Quilmes. De todos ellos, la única triunfadora fue Mendoza, que consiguió el objetivo de que una dirigente de La Cámpora pueda asumir el desafío de gobernar uno de los distritos más importantes de la tercera sección electoral. La reflexión sobre las razones de estas derrotas seguramente sea un tema destacado de cara a la continuidad de esta apuesta en los próximos años.

Un caso diferente, porque no forma parte del dispositivo cristinista, pero que es interesante resaltar dado que indudablemente tiene que ver con la renovación política es el de Mariel Fernández, referente del Movimiento Evita que llegó al Municipio de Moreno tras imponerse en las PASO del Frente de Todos. En parte por ser una de las pocas intendentas mujeres, y en parte porque es una dirigente proveniente de los movimientos sociales que representan a los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, Fernández genera expectativas en el oeste del Gran Buenos Aires.

2008 no, 2013 sí

Finalmente, es interesante ver, a la luz de los resultados, las dificultades para modificar algunos datos estructurales del voto que se vienen repitiendo en los últimos años.

Desde un principio, uno de los objetivos centrales de Alberto Fernández fue ampliar la representatividad de la propuesta electoral, a partir de un diagnóstico de las derrotas previas. Si el Frente de Todos partía del altísimo piso electoral de Cristina, puesto en evidencia en los resultados de 2017, entonces ahora se trataba de ensancharlo a nuevos sectores del electorado, difíciles de captar para los armados nacionales y populares de las últimas tres elecciones de 2013, 2015 y 2017.

Para pensar esta tarea de ampliación, se pueden usar dos criterios. Uno geográfico y otro sociológico.

En el primer caso, la tarea bien podía describirse como “desconurbanizar el peronismo”, núcleo central del peso electoral de la vicepresidenta electa. Naturalmente, no se trataba de ignorar ni de negar el trabajo en la principal concentración poblacional del país, sino de ser capaces de interpelar especialmente a la franja central del país, que recorre las provincias de Entre Ríos, Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis, Mendoza y la CABA (en el NEA y el NOA, así como en la Patagonia, era más previsible el dominio de la boleta del Frente de Todos). No casualmente, se trata de la franja que contiene a las regiones rurales más productivas y pujantes, además de a los distritos electorales con mayor número de electores del país, con los que el Frente para la Victoria sufrió una ruptura después de 2008.

De izquierda a derecha: Omar Perotti, Gustavo Bordet, Alberto Fernández, Sergio Uñac, Juan Manzur y Sergio Massa.

El presidente electo hizo reiterados esfuerzos durante la campaña para recorrer esas provincias e integrar a sectores de su dirigencia -especialmente antes de agosto-. A pesar de que, salvo Buenos Aires, en todas ellas ganó Macri, sería exagerado decir que ese esfuerzo no tuvo resultados cuantitativos. Un triunfo en primera vuelta hubiera sido imposible sin avances en este terreno. Sin embargo, no deja de llamar la atención que la diferencia de votos obtenida en el Gran Buenos Aires -al menos 1.635.000, que seguramente se amplíen en el escrutinio definitivo- explica el 80 por ciento de la diferencia total del país. Al mismo tiempo, los triunfos contundentes en Córdoba, CABA y Mendoza, así como los más ajustados en Santa Fe y Entre Ríos -virtuales empates-, dejan en claro las dificultades existentes para el Frente de Todos.

En el caso del criterio sociológico, el diagnóstico existente era que Cristina aportaba una amplísima representatividad en los sectores populares del país, especialmente en las franjas más pobres, así como también un piso entre sectores medios progresistas en las grandes ciudades.

El desafío de ampliación pasaba, entonces, por lograr captar el voto de esa franja gris que puede ser pensada como clase trabajadora sindicalizada o clase media, que en 2015 había optado por Cambiemos, enojada por el pago del impuesto a las ganancias, atravesada por las demandas sobre la inseguridad o consumidora del discurso crítico de los “planes sociales”. Es lo que algunos llamaron el “peronismo social”, que se había desprendido del Frente para la Victoria en 2013.

Esta apuesta fue muy visible en los esfuerzos por sumar al Frente Renovador de Sergio Massa. A la luz de los resultados en la provincia de Buenos Aires, hay que decir que dio sus frutos, especialmente en el Conurbano, donde se ganó la primera sección electoral -principal área de influencia del massismo- por más de medio millón de votos.

Pareciera que –grosso modo– fue posible recuperar la unidad previa a 2013, pero no así la previa a 2008. Suficiente para garantizar un triunfo contundente en primera vuelta. Ahora, queda ver el desafío de gobernar.