Un Sur para la certeza
Por Santiago Hernández y Luis Luna-Angulo
La globalización ha muerto

A medida que los días pasan, puede que nos aumente la incertidumbre sobre muchas cosas. Lo que parece empezar a ser un lugar común es la certeza de que nada va a ser igual que hace unos meses. Las preguntas en términos individuales o colectivas respecto a cómo salimos de la pandemia, qué va ser de nosotros después de la peste nos resuenan en la cabeza permanentemente.

En un artículo reciente tratamos de poner sobre la mesa lo que consideramos que son los principales movimientos del reordenamiento global y la excepcionalidad de la coyuntura que nos toca vivir, donde cada proyecto geopolítico hegemónico en pugna, más que seguro, reafirme su cosmovisión agudizando las contradicciones. La disputa entre política de la vida en contra de política de la muerte puede verse explícitamente en el asedio de EE.UU. a Venezuela en pro de mantener el control de recursos estratégicos como el petróleo o la reticencia del grupo rentista dentro de la Unión Europea por parar la asfixia en la que mantiene a gran parte del sur del continente con políticas de austeridad, también la ofensiva israelí en territorio palestino.

Transitamos entonces un momento de excepción que en toda su complejidad invita a ser pensado con prudencia, evitando cualquier declaración rimbombante del fin de algo. Del neoliberalismo, por ejemplo. Y tenemos también la certeza de que “no todo será como fue” como una especie de invitación a la construcción de respuestas audaces como ha sabido tener Nuestra América.

Interregno

En tiempos turbulentos, en los interregnos, van despuntando las fuerzas capaces de articular una nueva forma de vida, conformando un nuevo sentido común y rearticulando los lazos sociales.

¿A qué deberíamos prestar atención quienes creemos que se puede ensanchar la ventana de lo políticamente posible? Como si de un ejercicio de cordelería se tratara, proponemos enumerar algunos nudos del interregno en América Latina e ir deshilachando de a uno, para luego esbozar una hoja de ruta.

• El Nudo de las fallas

Una punta de uno de ellos está conformado por lo que Hayek define como el fallo del mercado, que es esencialmente un mecanismo de aprendizaje mediante “ensayo-error”, por el cual los mercados estimulan a los agentes a que aprendan e innoven. Incluso en esos momentos puede que se requiera la intervención del Estado, por lo que estamos ante un ejemplo de lo que cualquier neoliberal diría que ha sido la asignación ineficiente del servicio salud que requiere durante un corto plazo de acciones estatales hasta que el mercado vuelva a tener la capacidad de mediar en la asignación eficiente. La otra punta del nudo es la Falla de Estado que se basa en la creencia de que los Estados tienen la información necesaria, las capacidades organizativas internas y fuerza de intervención externas para asegurar los objetivos públicos tendientes al bienestar de la población.

El interregno de este nudo se debe describir por un momento finito de tiempo entre que el neoliberalismo consuma su capacidad adaptativa y las fallas del Estado minen la legitimidad del proyecto de gobierno. El deshilachado de este nudo consiste en desautorizar las voces de los escuderos de la yihad neoliberal, dejando claro que la peste ha avanzado rápido porque se montó sobre el raquítico sistema de salud heredado de gobiernos neoliberales; y aclarar que si en China las medidas de aislamiento obedecieron a contener una pandemia por los daños posibles que podía causar en relación a la escala poblacional del gigante asiático, en Occidente tuvo más que ver con ganar tiempo mientras se le aplicaban anabólicos al raquítico sistema de salud que se veía desbordado ante la pandemia. Por otro lado usar toda nuestra creatividad para que la “vuelta al Estado” contemple las debilidades actuales de los mismos, que son muchas, y se reflejan en la incapacidad de asegurar los precios y abastecimiento de los bienes esenciales para enfrentar la peste.

• El nudo de proyectos

La pandemia golpea a América Latina en plena ecualización de las correlaciones de fuerzas luego del quiebre de los procesos conducidos por fuerzas del campo popular, por parte de los establishment colonialistas. El inicio del siglo XXI, que abrió un primer ciclo de acumulación popular, tuvo como característica el desarrollo de proyectos políticos redistributivos pero con economías enfocadas en el rentismo, consecuencia ampliamente vista en las dificultades que tuvieron que atravesar algunos países con la caída de los precios de las commodities y el desgaste producto de la intestina disputa por el sentido contra los grupos históricamente hegemónicos, que no sólo controlaban los medios de comunicación, sino que también eran representantes del sector financiero que había llevado a la quiebra a esos mismos países. La incapacidad para consolidar alternativas de organización basadas en el ejercicio del poder popular y en casi todos los casos luchar con el reto de tejer un sistema de liderazgos que escapen de la ficcionalidad del personalismo, llevaron a un eventual fortalecimiento de la derecha sustentada en la explotación del discurso hegemónico que nunca se llegó a deconstruir. Los gobiernos del primer ciclo de acumulación generaron mejores condiciones materiales para las mayorías y emprendieron proyectos importantísimos en terrenos estratégicos, pero la escalada del conflicto social y político en Venezuela en 2014, el triunfo de Mauricio Macri en 2015, la destitución de Dilma en 2016 y el triunfo de Bolsonaro en 2018, demostraron que un gran porcentaje de la población que había sido favorecida por las políticas populares terminó votando a proyectos conservadores. Esta situación, que develó falencias en el trabajo ideológico y el problema en la sucesión en el liderazgo, lleva a la traición de Lenin Moreno como uno de los ejemplos más grotescos.

El interregno de este nudo se sitúa entre la asimilación de aprendizajes del primer ciclo de acumulación popular y el estado en el que se encuentran los procesos de avance autoritario en este momento. Ecuador a cargo del gobierno de Moreno protagoniza una de las escenas más dramáticas de Latinoamérica en lo que respecta a la propagación del virus que lo llevó desesperadamente a apurar una condena en contra de Rafael Correa, mientras ciudades como Guayaquil son arrasadas por el COVID-19. O el caso de Brasil, donde la actitud genocida de Bolsonaro, que ha sumido al Brasil en el desgobierno en medio de la peor crisis sanitaria de la edad moderna, ha hecho que estos dos casos pierdan el rumbo políticamente.

El deshilachado de este nudo depende del debilitamiento de los proyectos de restauración neoliberal frente a la potencia existente en cada país de articular una nueva relación entre la sociedad, basada en reivindicaciones solidarias, en defensa de valores y conceptos esenciales que se antepongan al abismo de mortandad donde los ha arrojado el neoliberalismo, e impulsar alternativas políticas plurales que rearticulen una unidad de destino entre los sectores medios y las grandes mayorías populares, de forma tal que permita consolidar las bases para el regreso de un proyecto popular o afirmar la base de sustentación donde se es gobierno.

• El nudo del horizonte

La pandemia atraviesa y pone en disputa por un lado el horizonte de las comunidades imaginadas por los pueblos y por otro el horizonte propuesto por los poderosos establishment locales.

Por un lado se esboza el horizonte democrático popular que abarca desde la Cuarta Transformación iniciada por Andrés Manuel López Obrador, que cambió el panorama geopolítico de la región, dado el viraje popular de México donde 36 años de continuismo neoliberal habían alcanzado el punto más bajo de decadencia. La vuelta del campo popular al gobierno en la Argentina, que constituyó un segundo golpe a la restauración neoliberal que había exhibido a Macri como la nueva derecha democrática. Pasando por Perú, Chile, Ecuador y Colombia donde el movimiento social estuvo en las calles en 2019 marcando el pulso y acorralando a los proyectos neoliberales.

Por otro lado, se afirma el horizonte autoritario neoliberal donde Iván Duque pareciera no tener límites institucionales que puedan ejercer control político a sus medidas, pues no se encuentran funcionando ni el poder legislativo ni la Suprema Corte de Justicia, lo que le da facultades ilimitadas que podrían derivar incluso en una agresión a Venezuela, como ha podido verse en la región fronteriza donde la militarización va en escalada, e incluso existe presencia de tropas estadounidenses. O el caso chileno, donde la pandemia fue la única fuerza capaz de hacer que la gente dejara las calles que habían ganado para confinarse y logró que se pospusiera el proceso para constituir una asamblea constituyente. Llama la atención, en este caso, la actitud desafiante del desahuciado Sebastián Piñera posando en la Plaza de la Dignidad. El apuntalamiento del gobierno de Martín Vizcarra en la cúpula militar peruana que ha ejercido un abusivo estado policial durante la pandemia y políticas económicas contrarias a las mayorías.

El interregno de este nudo incluye la capacidad de los Estados gobernados por proyectos progresistas de ejercer grandes transformaciones que sean transversales, pero también exige una reinvención de la territorialidad política de movimientos en oposición a gobiernos neoliberales.

La disyuntiva se centra en la posibilidad de que la apatía general profundice los valores individuales en un contexto de supervivencia como alimento para los proyectos autoritarios. El panorama otorga en este caso un momento de latencia entre el shock mundial y la reorganización política, económica y cultural que acarrea. El sistema con que el neoliberalismo se seguía manteniendo en la región sufre una grieta crítica, y la astucia de los proyectos encaminados a acumular reivindicaciones populares radicará en identificar este momento histórico. En el caso de Argentina y México, con proyectos gubernamentales de impronta popular, las exigencias son aún mayores porque recae en ellos la reinvención en la praxis de una nueva idea de orden dentro de sus países, que empuje un nuevo ethos que ayude a los movimientos de oposición a generar propuestas verdaderamente en conjunción con la política de la vida que tiene que consolidarse como piedra angular de la nueva idea de orden y que rearticule la integración regional.

La crisis que se nos presenta en este momento es tan grande que ideas fuerza de muy larga data en el ideario de la cultura occidental, que constituyeron las piedras angulares de los proyectos hegemónicos de la modernidad, identificados en algunos autores bajo los conceptos de “modernidad americana” y “modernidad europea” han perdido el eslabón, o al menos por un momento, eso que los unía con las distintas interpretaciones particulares que en la región se construyeron y se materializaron en instituciones.

La historia de disputa hegemónica de Nuestra América refleja la voracidad del capitalismo abalanzándose sobre el poco tejido simbólico y cultural construido con base en sus propias raíces que permitieron desarrollar una vida interna que resista a sus designios; los tiempos que corren nos demuestran que el vacío que existe no solo en Latinoamérica sino a nivel global, habla más de la ausencia de un discurso que le entregue a la especie humana un orden para continuar con su destino, que la inauguración de un mundo multipolar.

Agotados los sistemas que dotaban de contenido a esa idea, la capacidad que demuestren estas experiencias populares en torno a construir una nueva política podría convertirlas en las propuestas que intenten llenar ese vacío. Lo nuevo sólo puede venir de los lugares que resurgen continuamente. Sorprendentemente el sistema valorativo que suceda al de la modernidad establecida, con su libre mercado, su democracia liberal y su individualismo podría nacer de la convulsa América Latina: la modernidad latinoamericana tiene posibilidades de surgir sólo si enfrenta sus propias contradicciones y supera las improntas colonialistas autoritarias y depredadoras.

La disyuntiva

El interregno se perfila en una disyuntiva entre convertirse en un interregno duradero basado en el caos y el desorden, donde seremos algo menos que sociedades en una precaria convivencia de individuos infragobernados. O puede ser la oportunidad para fundar un “Ordine Nuovo” que penetre lo más profundo de las convicciones y los modos de vivir la vida.

La tarea para la política que viene es moldear un nuevo centro de gravedad que no es la mitad de camino entre dos extremos preexistentes, sino reagruparse en torno a un nuevo punto que no es otra cosa que un proyecto con la capacidad de crear una “comunidad de trascendencia” que nos cobije bajo un manto de bienestar, seguridad y protección en clave no autoritaria.

Una comunidad que necesariamente debe ser organizada bajo la potencia del poder popular para que el Estado que sustituya los desastres del mercado no sea un Estado tecnoprogresista que es fácilmente reversible a Estado tecnocrático. Una comunidad organizada sobre pilares que desarrollaremos en un próximo artículo: 1) Democracia; 2) Soberanía; 3) Feminismo; 4) Ecologismo.