OLEADA ES LITERATURAAnimales en hueso
Por Tomás Downey
Ficción

Le pedimos a distintes autores que vuelvan sobre su propia obra y recuperen un fragmento de su producción. El proceso de escribir, lecturas simultáneas, decisiones, la posibilidad de una reescritura. Formas de revisitar una obra para que, en su recorte, se deje ver cómo, al menos en parte, les autores se leen a sí mismes en un momento puntual: el de la publicación de esta entrevista.

Tomás Downey nació en Buenos Aires en 1984. Es guionista egresado de la ENERC. Fue premiado en 2013 con el primer premio del concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos Acá el tiempo es otra cosa, publicado por Interzona en 2015 y finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2016. En 2017 publicó su segundo libro de cuentos, El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo), y en 2019 fue ganador del premio de la Fundación María Elena Walsh en la categoría cuento. También publicó cuentos en antologías y colaboró en medios gráficos. 

¿Qué estabas leyendo cuando escribiste esta obra?

—No me acuerdo, la primera versión debe tener unos tres años, pero sí tengo alguna idea de las referencias que tenía en mente: Rulfo, Angela Carter, Robert Aickman, Mariana Enríquez. También puede haber algo de Stephen King, a quien empecé a leer más o menos en aquel momento.

¿Cómo fue el proceso de escritura de esta obra?

—Fue uno de esos relatos (los menos) que salen de un tirón. Probé un par de finales distintos, y corregí mucho, pero el universo del cuento apareció así como está, más o menos completo, en la primera versión. Empecé por la escena inicial, con esa mujer lavando a su bebé en el piletón de un baño de escuela, con todas sus cosas encima, sin saber bien adónde iba ni por qué. Pero más que la imagen, lo que encontré fue la voz de la narradora. Esa voz aportó la lógica y marcó el ritmo, y sobre esos dos pilares se armó el cuento.

¿Compartís con alguien tus textos antes de publicarlos?

—Sí, cuando tengo una versión más o menos sólida la comparto con algunos colegas y después corrijo sobre las devoluciones. En general, las lecturas coinciden, pero a veces son directamente contradictorias, y esos casos son los más interesantes. Primero no sé qué hacer, y luego entiendo, o acepto, que la capacidad de un texto de sostener lecturas opuestas es una virtud, más allá de lo que yo haya querido expresar.  

¿Por qué elegís ese fragmento?

—El cuento ya está publicado en la página web de la Fundación María Elena Walsh, porque ganó un concurso organizado por ellos. Como no tengo previsto publicarlo en un libro, por ahora, aprovecho la oportunidad para mostrarlo acá.

¿Le cambiarías algo?

—Un montón de cosas, seguro. Justamente por eso lo estoy mandando sin haberlo releído.  

Entrevista: Tomás Schuliaquer y Candela Perichon.


Animales en hueso

Desde que llegamos, dormimos en la escuela. La señora Margarita nos venía dejando pero esta mañana nos pidió que busquemos un lugar. Dice que es por los niños, por José y Fermín. Que esa no es forma de vivir. Le respondo que claro, lo sabemos bien. Hace meses que vamos de pueblo en pueblo sin conseguir techo ni trabajo. Porfirio, ofendido, se aleja, carga nuestras cosas y sale a esperarme. Fermín lo sigue. Me gustaría decirle a la señora Margarita que confío en él, que por él me fui de la ciudad y lo seguiría hasta el fin del mundo, pero sé cómo va a mirarme. Entonces sonrío y asiento, llevo a José al baño y lo lavo en el piletón.

A veces consigue empleo por el día, por eso no seguimos viaje. Él conoce las regiones y sus temporadas, y dice que aquí estamos mejor que en el sur. Están construyendo un camino nuevo que baja al pueblo, pero solo necesitan gente cuando vienen los camiones con la grava. Cuando no hay, Porfirio se empeña en quedarse cerca de la obra. Mira a los hombres trabajar a la distancia, como si esperara a que alguno cayera por el barranco, listo para acercarse corriendo al capataz y ponerse el casco, los guantes del muerto.

Insisto con que es mejor irnos. Le digo que si uno persigue su suerte, en algún momento tiene que alcanzarla. Él me pide que lo deje pensar. Esa misma tarde, una mujer en la plaza nos habla de un rancho, una casa y un terreno pequeño, tomado por la maleza. Que no es de nadie, nos dice, que está vacío hace tiempo, que es difícil llegar. Porfirio pide indicaciones, anota en un pedacito de papel. Me mira con ojos afiebrados y sonríe. Cree tener razón en haber esperado. José gatea entre mis piernas y Fermín, en cuclillas, pone ramitas en el camino de las hormigas que van y vienen. Hormigas rojas. Que tenga cuidado, que muerden, le digo.

Salimos temprano. Porfirio lleva los bolsos y Fermín camina erguido, carga una bolsa pesada sin quejarse. Yo llevo a José en brazos. La bajada al valle es fácil, pero luego hay que volver a subir. Porfirio abre camino con el machete, donde el verde creció hasta comerse el sendero. El pueblo queda atrás, lo miramos desde la ladera y se ve pequeño y lejano. Transpiro y me ahogo, temo que nos perdamos. Pero Porfirio se orienta siempre, como si oliera un rastro. 

         Es una casa húmeda, llena de bichos. El piso de tierra apisonada. Me da como una tristeza. No es por la casa en sí, que es sólida y mucho más que nada. Quizás el cielo que se oscurece y el apuro por barrer los bichos fuera, antes de quedarnos sin luz. Porfirio pregunta y miento que estoy contenta. No necesitamos más, dice él, y me acaricia el pelo. Yo digo sí, y me callo eso que siento, el desamparo que veo en cada rincón mugriento, en el olor a moho, en las sombras oscuras de los matorrales del fondo.

Hay un arroyo cerca, se lo escucha. Porfirio busca agua y nos deja solos. Miro alrededor y me digo que está bien, todo está bien. Es una sola habitación, un techo, bah. Hay una mesa y un armario, la madera podrida. Afuera, bajo el alero de chapa, un lugar para hacer fuego.

Tapamos las ventanas con plástico para que no entre la lluvia. El techo gotea aquí y allá pero algunos sectores se mantienen secos. José me llora, no agarra el pecho. Los zancudos zumban en la oscuridad y enciendo un fuego en un rincón para ahuyentarlos, reviso a José a la luz de la llama. Está cubierto de ronchas y tiene los ojos hinchados, como a punto de salírsele de las cuencas. Me asusta, pero Porfirio dice que no es nada, que estará molesto por el picor. Fermín me ayuda a extender las mantas en el piso.

Pelo papas con el cuchillo que me dio Porfirio, las pongo a hervir. José sigue llorando. Sale otra vez, Porfirio, y no sé cómo hace, así a oscuras. Si me alejo del fuego, yo no me veo ni las manos. Vuelve con un yuyo mentolado, lo machaca entre dos piedras hasta dejarlo hecho una pasta y se lo frota al chico en las picaduras. Enseguida deja de llorar. Le pido que me enseñe.

Duermo mal y me levanto al alba para limpiar, arrancamos las malezas que se metieron en la casa. Entre la mugre, tirado en un rincón, casi como escondido, encuentro un animalito tallado. Es un felino grande. Más tarde encuentro una piraña y me sorprenden los dientes, tan chicos y con tanto detalle, labrados por una mano demasiado hábil. Porfirio los mira como encantado. Podríamos venderlos, digo, cuando vayamos al pueblo. Quizás valgan algo. Él sacude la cabeza mientras los sostiene en sus manos como cosas delicadas. Después los deja en un rincón, los acomoda con cuidado uno junto al otro. Recién entonces, a luz del fuego, les veo el fulgor opaco, blanco, y noto que están hechos en hueso. Me da mala impresión y les doy la espalda para no verlos.

Arrastro los muebles podridos fuera, los hacho para el fuego. Porfirio y Fermín cavan una canaleta. Quieren robarle un brazo al arroyo. Hay tanto que hacer, agobia. Pero si no me detengo no hay tiempo para pensar.

Por la tarde, los chicos se duermen y salimos a caminar. Porfirio me lleva por un sendero hacia el norte y señala los yuyos. Hay para los cólicos, los dolores de cabeza, la digestión, la fiebre. Con la pulpa de una hoja carnosa se pueden hacer emplastos para untar sobre un corte. De camino, encontramos un árbol de guayabas. Comemos hasta hincharnos, la boca dulce y ácida. Nos reímos como borrachos y Porfirio me besa, nos recostamos a la sombra. Quisiera quedarme ahí, pero tenemos que volver.

El cauce de la canaleta llega hasta la casa en un charco. Filtramos el agua con piedras y la hervimos. Así y todo es agua sucia, sabe a tierra y bicho muerto.

Por la noche, Porfirio me busca en la oscuridad. Lo siento tantear como si no supiese qué toca y me aguanto la risa. Me respira en la nuca y me subo la falda, lo siento latir entre mis piernas. Cuando le viene, lo empujo fuera. Él me besa y me acaricia una mejilla, le gusta mirarme. Yo le veo el gesto cristalino que me hizo quererlo. Sus ojos parecen estanques de agua clara, de fondo limpio. Pienso que todo va a estar bien.

Porfirio llega del fondo, sudado y con la piel roja, picada de sol. Trae dos pájaros que atrapó por ahí. Negros, de pico ganchudo, patas largas. Eran lerdos, dice, creo que no saben volar. Me da impresión llevarme a la boca algo que no sé cómo se llama, pero peor es el hambre. Los desplumamos juntos, les vaciamos la tripa. Aunque la carne es dura y grisácea, se deja comer.

Seguimos trabajando hasta que baja el sol. Luego entramos a la casa para evitar los zancudos. Es la mejor hora, los cuatro juntos, bajo nuestro techo. Le froto el cuello y los hombros a Porfirio con el yuyo que usó en José. Dice que lo refresca. Tiene la piel caliente e hinchada, los músculos agarrotados. Es un hombre fuerte y lo quiero. Fermín saca las semillas, envueltas en pañuelos, y las mira intrigado. Le explico que aquella es maíz y la grandota aguacate. Las marrones, de cacao.

Porfirio trabaja la tierra, es dedicado y se toma su tiempo. Pero es época de sembrar los tomates, hay que apurarse. Salgo a caminar, quiero explorar para saber dónde estamos. Remontando el arroyo crecen plátanos y papayas, la tierra es buena, hay abundancia. Vuelvo cargada, montones de fruta embolsada en el vestido, y veo a Porfirio quieto, de espaldas. El rastrillo en una mano y la vista fija en el piso. Me acerco. Algo blanco asoma de la tierra. Él se agacha y saca la tierra con la mano, con mucho cuidado. Es un animalito, perfecto como los otros, un búho.

Esa noche no duerme. Me despierto cada tanto y le siento los ojos abiertos. Lo escucho levantarse temprano, sale a limpiar el terreno. Arranca la maleza de a ataditos, y rastrilla tan lento que pareciera no moverse. Me irrita, pero tengo que ser paciente como él.

Ya hay varios: un escorpión, un lagarto, un buitre. Le pregunto a Porfirio qué vamos a hacer, no me gusta tenerlos en la casa. Cuando entra la luna, de madrugada, me despierto y los veo brillar. Ahora sí, se lo digo: tenemos que sembrar, mañana mismo, la tierra da solo cuando recibe, tus palabras. Él me mira en silencio. Luego continúa lo que está haciendo. Con un yuyo seco, como un pincel, le quita la tierra al último.

Cuando descubre un nuevo animalito, Porfirio lo deja sobre una tabla y Fermín, con sus manos pequeñas y una concentración que no le conocía, le quita la tierra adherida en costras. Yo no puedo seguir mirándolos y salgo a cazar lo que encuentre, pájaros, lagartos. No podemos vivir de frutas. Llevo a José conmigo. Siguiendo el arroyo hacia abajo, una hora de caminata, empieza el río, ancho y fuerte. El cauce desborda en un estanque y veo que hay pirañas. Se adivina el cardumen cuando agarran presa, un hervidero bajo el agua.

Todos duermen. Paso sobre los niños y Porfirio, me acerco a los animalitos en el rincón. Un mono tití, peces que no reconozco, una culebra arenera que me da más miedo que el resto. No por el bicho en sí, sino porque no entiendo quién o cómo puede haber tallado semejante perfección. Una línea fina y sinuosa, las rayas sobre el lomo. Los ojos, lo que no se puede creer son los ojos.

Por la mañana pierdo la paciencia y grito. Le exijo a Porfirio que tire todo eso, que los saque de la casa, nuestro techo. O que diga algo, al menos, que me mire a la cara y diga una palabra. Él levanta la cabeza lentamente, con esa parsimonia fantasmal de los últimos días. No, dice, a su debido tiempo. 

José levanta fiebre, Porfirio pasa el día rastrillando. Debería ir al pueblo pero no quiero llevarlo, hace demasiado calor. Tampoco puedo dejarlo solo. Fermín tampoco me habla, ya. Se pasa el día con el padre, quitando tierra y soplando, limpiando los animalitos hasta el último granito de tierra. Abrigo a José para que sude y lo fuerzo a tomar una infusión. No mejora.

Me despierta un ruido en medio de la noche. Porfirio rechina los dientes. Le veo la mandíbula tensa y ese movimiento como si mordiera, hueso sobre hueso. José está muy caliente, tiene la boca hinchada. Sacudo a Porfirio, le digo que su hijo está enfermo. Él abre los ojos y me mira como si estuviese muy lejos. Mañana, dice, y vuelve a acostarse.  

El sol entra por la ventana, la casa en silencio. José está muerto en mis brazos y no necesito mirarlo. Lo lloro sin soltarlo, escucho que Porfirio se levanta y se acerca. No quiero abrir los ojos y siento que me lo arranca. Me levanto y lo sigo hasta el fondo, hay una fosa abierta. Le pregunto cuándo cavó eso pero ni siquiera me mira. Con cuidado, deja al chico ahí. Digo no y él empieza a palear. Digo basta y caigo de rodillas. Fermín ayuda al padre.

Pasan los días como sueños, no me muevo ni pienso. Tengo mi cuchillo escondido entre las mantas. Porfirio y Fermín trabajan el fondo, los escucho entrar y salir, los escucho respirar cuando duermen. No sé qué hacen ni quiero saber. No pronuncian ni una palabra, yo tampoco.

Tengo que levantarme a comer. Me pregunto de qué se alimentarán ellos. Estoy débil pero encuentro el árbol de guayabas, tan cargado que las ramas caen pesadas y casi tocan el suelo. Como cuatro, cinco. No me sacia. Vomito.  

Por la noche me despierto preguntándome de dónde saqué ese ensueño, esa mentira de la mirada clara de Porfirio, cómo lo seguí hasta acá. Siempre fue oscuro y parco. Un hombre que no dice lo que piensa es un hombre peligroso. Despierto a Fermín y le digo que nos vamos. Él se frota los ojos, se pone de pie. Pero en vez de acercarse va hacia el padre y lo despierta. Porfirio me mira sin levantarse y digo que me voy. Ninguno de los dos me responde. Lloro hasta dormirme otra vez.

Por la mañana bajo al pueblo, la gente me mira sin reconocerme. Quizás no me recuerdan, o cambié demasiado, debo estar muy flaca y hace semanas no me miro a un espejo. Mi ropa está sucia y rota. Frente a la plaza hay un ómnibus con turistas, terminaron el camino que baja de la montaña. Me acerco a pedir dinero y muchos me dan, avergonzados de mí o de ellos mismos. Cuento los billetes y monedas y pregunto el precio de un pasaje a la ciudad, alcanza. Vuelvo a la casa con jabón y arroz, guardo el sobrante entre mis cosas.

Me baño en el arroyo y veo dos de esos pájaros que atrapó Porfirio en los primeros días. Parecen pesados, mal hechos. Aletean en el piso sin levantar vuelo y cuando me acerco chillan afónicos. Le abro el pescuezo al más grande con el cuchillo, de un tajo. El otro mira sin entender. Me le acerco y da un paso atrás, tambalea como borracho. Me río sola, entre los árboles y los bichos.

Arrastro los pájaros hasta la casa y los limpio, los preparo en un guisado. Como despacio, dejo que mi estómago se asiente. Más tarde, escucho a  Fermín y Porfirio terminando los restos.   

El sol acaba de salir y abro los ojos. Fermín me está mirando, señala hacia afuera. Me levanto, confundida, y lo sigo. Porfirio está cavando en el lugar en que enterramos a José. Pregunto qué hace. Tiene las manos en la tierra y la remueve despacio. Qué es esto, grito, respóndeme, y él me mira, deja caer la tierra que tiene entre los dedos hasta que aparece un caballito de hueso. Es precioso, un potrillo de cabeza erguida. Paso un dedo por la crin, tan suave que parece pelo, y veo que más atrás hay tres fosas abiertas, que Fermín sonríe, que los ojos de Porfirio parecen transparentes de nuevo. No sé si llorar, si reírme, si gritar.