Amor romántico y fotografíaUn negativo difícil de relevar
Por Marina Amabile
Ensayo

La enigmática Vivian Maier nos ayuda a pensar a través de su fotografía las tensiones y articulaciones entre deseo, violencia y erotismo en la construcción del “amor romántico”.

John Maloof se topa con las fotografías de Vivian Maier de pura casualidad. En una subasta adquiere una caja con cientos de negativos sin saber muy bien de quién y de qué eran, y al revelarlos se encuentra con el universo de Vivian Maier. El coleccionista filmó el documental Finding Vivian Maier con la intención de dar a conocer su vida y obra. Vivió entre 1926 y 2009, pasó los primeros años de su vida entre Francia y Estados Unidos, y en 1951 se mudó definitivamente a Nueva York y trabajó casi toda su vida como niñera. Pero además de trabajar, tomó cualquier cantidad de fotografías que se conocieron luego de que muriera. Definida por las personas que más la conocieron, las familias para quienes trabajó, como “solitaria”, “extraña”, “inusual”. Esta mujer, que usaba ropa de hombre, no tenía prácticamente relaciones fuera del mundo laboral y vivía con una cámara colgada al pecho, fue una fotógrafa callejera devenida en niñera, extrañamente sociable con los desconocidos y tremendamente cerrada con los cercanos. Su vida fue una especie de negativo encontrado difícil de revelar.

Hasta el 15 de noviembre estará exponiéndose en la Fototeca Latinoamericana de Buenos Aires (FOLA) la muestra “Vivan Maier: the color work”, que reúne las fotografías que tomó desde 1970 en adelante. Según explican desde este espacio, de la transición de la cámara que utilizaba (de formato medio) a una de 35 mm junto a la elección de utilizar color se deduce que Maier atravesaba un momento de experimentación.  Ingresando a la web es posible adquirir un turno para asistir a la muestra, con los protocolos y cuidados necesarios, claro. La obra es vastísima, dado que pareciera que no hubiera habido ningún tipo de filtro o freno a la hora de fotografiar sino más bien una especie de catarsis continua donde no había revisión del material. 

La exposición sobre Vivian Maier permite que, desde este espacio, pueda enfocarme en una sola fotografía que siempre me pareció muy sugerente para pensar las relaciones en el amor romántico. El retrato de dos parejas, que a priori se ajustan a las categorías de “mujer” y de “varón”, y que hasta donde podemos ver, se vinculan de modos distintos. Pareja A y Pareja B. Lo particular de la fotografía -cualquiera que sea- es la gran cantidad de información que este material brinda sobre un momento. En este caso, la Nueva York de la década del 60 me permite, a los fines de esta nota, la intromisión de diferentes teorías, encuentros y desencuentros analíticos a la hora de plantear las problemáticas y los devenires en las relaciones románticas –¡qué término cargado de significados!-, en los vínculos heterosexuales.

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(…) intentar convertir el deseo, todo el deseo, en discurso.

Foucault

Es en este punto donde pretendo introducir el primer elemento de la fotografía en cuestión: no sabemos nada de las personas que están en la imagen, pero la hipótesis que más se ajusta a esas figuras es la de algún tipo de relación romántica, de pareja. Es al menos, la primera intuición. Las dos parejas están en situaciones completamente distintas, una pareciera que está en medio de una pelea y la otra camina en armonía, el articulador en común en la fotografía está dado porque entre esas personas imaginamos que allí existe algún tipo de vínculo romántico-sexual.

No hay contacto que dé cuenta instantáneamente del deseo. Hay, incluso, una pareja peleando –la divergencia como elemento erótico es también un elemento de esta nota-  pero el simple indicio de que un varón y una mujer aparezcan en cercanía ya es suficiente para liberar y confirmar un imaginario de deseo sexual recíproco, de vínculo entre esos dos individuos. En Historia de la Sexualidad I (1976), Foucault reconstruye el vínculo social en relación a la sexualidad. A partir del siglo XVIII en adelante, la sexualidad en occidente pasa a ser objeto de investigación, de confesión, de verdad, de construcción discursiva. Las prácticas que se sitúan por fuera del límite de la normalización son estudiadas con más vigor, mientras que a la monogamia heterosexual se le concede la posibilidad de mayor discreción pero se le pide que se enuncie día a día, que se legitime a sí misma. La fijación con la incitación discursiva sobre el sexo tiene una relación muy fuerte con el poder. Y que alcanza altos niveles de efectividad en el imaginario social al asociar instantáneamente, sin mucha más información que una imágen de un instante de una escena aparentemente cotidiana, que el vínculo entre esas personas es romántico.

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Con el tiempo fui aprendiendo a ser robot, era programable en cuestiones del amor, y en la misma fantasía me fundía y me reía de los dos.

Babasónicos

Eva Illouz, socióloga y escritora, analizó los cambios en los modos de relación sexoafectiva en la contemporaneidad en comparación con los rituales del siglo XVIII, en un libro titulado Por qué duele el amor (spoiler: no deja de doler después de leerlo). A la luz de las novelas de Jane Austen, que es uno de los elementos en los que Illouz se para para contrarrestar la actualidad, aparece que los cursos de acción en las relaciones románticas del inicio de su análisis estaban fundados sobre categorías moralmente objetivas, o sea, un entramado socialmente compartido. Esa construcción se desmoronó en las últimas décadas y es hoy continuamente objeto de búsqueda.

Surge entonces a partir de la lectura de Illouz la posibilidad de cotejar qué elementos hicieron posibles la manera de vinculación actual, y cuáles quedaron obsoletos a la hora de pensar las relaciones románticas, en relación al imaginario romántico presente en la imagen de Vivian Maier, que marca un punto intermedio entre todos los matices que se configuran si tomamos como extremos la época de Jane Austen (murió en 1817) y la actualidad. Podemos deducir que al momento de la imagen, situémosla aproximadamente en los 60, el mundo estaba ante la víspera de un montón de transformaciones que configuraron un escenario que posibilitó los modos de relaciones actuales. La llamada revolución sexual, el individualismo más álgido, la masificación de las terapias psicológicas, la demanda de autonomía constante son expresiones de la actualidad. En línea directa, Illouz habla de un descreimiento o mirada irónica sobre el amor, lo romántico no produce el mismo efecto que producía anteriormente. En la imagen podemos observar, por ejemplo, que en la pareja que está caminando, el hombre está del lado de la calle. Un detalle de caballerosidad que, como abrir la puerta para que pase la mujer, acercar la silla o pagar, eran parte de las reglas de comportamiento. Las transformaciones sociales a las que asistimos las últimas décadas -por ejemplo, la entrada de la mujer al mercado laboral- no están exentas de tensiones en torno a una estructura que sigue reproduciendo patrones de desigualdad de género, y es parte de lo que Illouz revela en su libro al visibilizar que si bien las mujeres asistieron a un paradigma de liberación sexual, esas prácticas son parte de una lógica mercantil donde en términos sentimentales seguimos reproduciendo patrones románticos en las relaciones heterosexuales.

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We drive each other mad, mad, mad, But baby, that’s what makes us good in bed.

Dua Lipa

La figura que más nos deja en tensión en la fotografía es la de la pareja que pareciera que está peleando. La posición del varón respecto al cuerpo de la mujer es de inmovilización, la actitud de ella no es pasiva aunque no responde con la misma agresividad: está hablando o gritando. Al respecto me interesa repensar esa ambigüedad presente para hacer foco en otra muy característica en las representaciones de amor romántico: la pelea con motivo de arreglar, ese famoso vínculo entre erotismo y violencia.

Además del amor romántico, otro componente permeable a la violencia es el erotismo: luego de la agresión surge el placer, la reconciliación. Es vasto el imaginario social correspondiente a esta lógica: la pelea erotizante, la búsqueda de intensidad a partir de la agresión, que culminó en intimidad sexual. Sobran los ejemplos para verificar esto, en canciones, películas, etcétera.

Sin embargo, hay otro detalle en la fotografía que permite repensar configuraciones habilitadas de la violencia: la pareja que pasa caminando no mira a quienes están peleando. El registro de lo que incluso en público responde a la esfera privada fue transformándose muchísimo a lo largo del tiempo, sobre todo en las últimas décadas con el trabajo de visibilidad y reconocimiento de la violencia de género como un problema social, cada vez menos asociado a la esfera individual y más conectado con un entramado estructural. Alejarse del mundo, como de algún modo hizo Vivian Maier con sus intentos de pasar desapercibida, tiene sus beneficios, pero además nos permite repensar vínculos, aplacar hábitos socialmente construidos con los que podemos no comulgar y tener más tiempo para asistir a una muestra fotográfica maravillosa.