No faltan huevos, sobran machirulos
Por Victoria Freire
Cuarta ola

La democracia está en peligro. La ofensiva neoliberal es la respuesta al ciclo de gobiernos populares. El enemigo público es el populismo. ¿Cómo aunar mayorías contra la minoría que se hace del poder? ¿La cuarta ola feminista será la nueva clave para fundar alternativas?

Hay una línea común en el proyecto de la derecha en todo el continente: liberal en lo económico y patriarcal en lo político. Esta combinación entre el empobrecimiento de la vida de las mayorías y las desigualdades de género es una fórmula que funcionó a lo largo de la historia. Las estadísticas lo explican con datos ya conocidos como las brechas salariales, los índices de desocupación, la escala de ingresos o la carga de tareas de cuidados no remuneradas. Todos estos índices empeoran para las mujeres e identidades disidentes. No hace falta decir que el deterioro es mayor en momentos de ajuste económico.

La revancha neoliberal es también repatriarcalizante. Confina a las mujeres e identidades disidentes a sus precarios recursos domésticos, pero también busca retirarlas de la política. Ya no hay mandatarias mujeres en América Latina, los gabinetes de ministros son mayoritariamente masculinos, abundan representaciones misóginas, se registra un retroceso de derechos, recortes en presupuestos y políticas públicas en materia de género. La contracara de la feminización de la pobreza es la masculinización de la riqueza.

El golpe institucional que destituyó a Dilma Rousseff de la presidencia tuvo su escenario teatral en el parlamento brasileño. Entre las intervenciones que evocaron a Dios, la familia y la propiedad privada, de los sectores evangélicos y conservadores, se destacó la de Jair Bolsonaro por reivindicar al torturador de Dilma. El diputado ahora es candidato presidencial y, a pesar de su posición abiertamente fascista, xenófoba y homofóbica, mide bien en las encuestas si Lula es inhabilitado a presentarse. La misma trama antidemocrática que derrocó a Rousseff, mantiene impune el asesinato de la concejal Marielle Franco, y aplica la proscripción política de Lula a través de una causa de corrupción sin sustento.

¿Falta huevo?

“Para hacer un flan hacen falta muchos huevos, y en Argentina hubo escasez de huevos para que se avanzara en las causas contra la corrupción”, Esteban Bullrich dixit. La alegoría genital transmite un mensaje: “Ahora, porque tenemos huevos, te vamos a correr”.

Foto: Lucía de la Torre

La ex presidenta y actual senadora Cristina Fernández es la principal figura de la oposición y contra ella se ha desatado una campaña de persecución política que pone en riesgo la democracia. La estrategia es eliminar a la principal adversaria para inclinar a su favor el escenario político y llevar adelante las reformas neoliberales en curso.

En su intervención en el Senado, Cristina denunció la doble vara de la Justicia frente los supuestos casos de corrupción y la invisibilización mediática de los aportantes truchos en la campaña electoral de la gobernadora María Eugenia Vidal, el dinero encontrado en la casa de Gabriela Michetti, el blanqueo de capitales, o la obra pública del gobierno Cambiemos.

Les dijo en la cara que sus políticas son espantosas. Respondió el ataque redoblando la apuesta, asumiendo un lugar de defensa de la educación pública, la soberanía económica y los derechos humanos. Habló de la devaluación del peso mientras señalaba a la presidenta del Senado, como para que no queden dudas de las responsabilidades sobre la situación económica. Su réplica fue valiente.

Más allá de la opinión sobre su gobierno, es claro que es blanco del poder por poner en jaque sus propósitos. Resulta por lo demás evidente que la corrupción es parte estructural del sistema político. Pero esta iniciativa de los sectores dominantes no persigue ningún objetivo de transparencia: es arbitraria y de una espectacularidad sospechosa.

Del otro lado del recinto, Gabriela Michetti es la mayor representante de Cambiemos en la Cámara. Es también una mujer que hace política, pero no hay que confundir. La denuncia sobre la falta de mujeres en los ámbitos de decisión pone en evidencia que el poder es principalmente masculino y antidemocrático, puesto que excluye a las representaciones de las mayorías. Pero el machismo en la política y la desigualdad en el gobierno no mejoran necesariamente por asignación de sexo. Existen figuras femeninas que refuerzan el patrón hegemónico de mujer. El debate sobre la legalización del aborto lo puso al descubierto, colándose en la agenda política para ubicar en el tablero las posiciones de legisladores y legisladoras frente a su rol como tales y su concepción de la desigualdad de género.

Mientras Cristina Fernández reconocía al feminismo como un actor político indispensable para la construcción popular, nacional y democrática, Michetti festejaba el resultado de esa votación que consagró la clandestinidad del aborto junto a sus correligionarios Esteban Bullrich y Federico Pinedo. Ser mujer y hacer política no garantiza la ampliación de derechos.

A pocos días de esa sesión parlamentaria, una mujer fallecía por consecuencias de un aborto inseguro. Tenía restos de perejil en su útero. Según lxs medicxs del hospital hace tiempo que no se presentaba un caso así en la guardia. El ajuste y el patriarcado matan.

Democrático y feminista

A veces la sensación de vivir en este país es como estar en un samba. Todos los días se juega una batalla por la construcción del hecho político, el sentido común y la noticia. Hay conflictos, infinidad de representaciones y organizaciones, movilizaciones de todo tipo, cosas que salen en los diarios y muchas que no. Entre todas esas manifestaciones, dos de ellas ilustran en la calle fuerzas contrapuestas.

La marea feminista es una de las expresiones más dinámicas de la sociedad, una nueva generación que se da cita histórica con las madres, las abuelas, las travas y las lesbianas. Que hace huelga contra las violencias económicas y machistas. Que postula el deseo contra la apropiación del derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Su irrupción en la política argentina puede marcar un antes y después en la construcción de mayorías populares y de proyecto emancipatorio.

Foto: Lucía de la Torre

Por otro lado, la rebelión de los adultos mayores contra la “corrupción K” y el aborto. Una escueta manifestación de la base social conservadora que apoya al gobierno, que ya pasó la edad fértil, y que si bien no es fuerte para poner el cuerpo sí cuenta para colocar el voto. Que alista a Cecilia Pando, Alfredo Casero y Eduardo Feinmann. Que defiende a la dictadura, los intereses del empresariado agropecuario, la represión de la protesta y la confiscación de la voluntad de las personas gestantes ante un embarazo no deseado. Son los reproductores del “algo habrán hecho” si sos pobre, si te violaron, si te meten en cana.

Ven en Cristina la exaltación de los antivalores, una villana déspota y narcisista, como titula La Nación. La cuestionan por su posición política y su condición de género. Su forma de ser en el poder no comulga con el lugar asignado para las mujeres en la esfera pública, por eso inventan razones psicológicas que prueben su locura. Por eso es blanco del ataque de las corporaciones y los empresarios arrepentidos.

El neoliberalismo y el patriarcado aúnan esfuerzos contra la referencia política popular para disciplinar las voces discordantes. Porque cuando las masas -y más aún las masas feministas- se encuentran con el poder, lo transforman y lo ponen en peligro. El escenario democrático latinoamericano está en riesgo, sí. También los derechos conquistados y el estado de derecho.

Pero, al mismo tiempo, las elites gobernantes actúan como reacción al miedo. No solo se acercan los plebiscitos electorales que pueden dejarlos fuera del gobierno sino que hay resistencias vivas en la sociedad. La marea feminista y los diversos movimientos populares proponen nuevos lenguajes que tienen que ser interpretados y asumidos para proyectarse políticamente en una democracia para este siglo XXI.