La provocación del lenguaje inclusivo
Por Baal Delupi
Cuarta ola

En la discusión por una definición que dé cuenta de lo que nombramos como “lenguaje inclusivo”, la puja por el sentido está en boca de todxs. Si bien hay diversas opiniones al respecto, lo seguro es que este debate llegó para quedarse.

Hace algunos meses, la discusión por el lenguaje inclusivo viene siendo un tema recurrente en distintos ámbitos de la sociedad. ¿Cuándo y cómo hay que usarlo? Primero fue la “x”, después el @ y ahora la “e”. Son modificaciones que se quieren introducir para que se logre una paridad de género en el lenguaje y, por ende, en el resto de las prácticas cotidianas. Como decía Althusser hace ya más de 40 años: “la lucha por las palabras determina, en gran parte –no es lo único-, la lucha de clases”. Hoy podríamos pensar quizás, alejados del marxismo ortodoxo de aquella época pero en sintonía con ese postulado, que la puja por el lenguaje determina la forma en que concebimos los objetos que nos rodean y, por ende, nuestras experiencias diarias.

Si bien es una discusión contemporánea, el debate sobre estos términos tiene más de 40 años, solo basta recordar el escrito de Álvaro García Meseguer de 1976, donde empleaba el uso de la “e” para denunciar la desigualdad de género reinante. También son valiosas las discusiones propiciadas por la UNESCO hace veinte años, apuntando a que se hablase de niños y niñas en vez de apelar al masculino genérico, algo que desde entonces llegó incluso a cuestionarse por “sexista”. En los trabajos de Benjamín Arditti, se puede observar la lucha que llevaron a cabo miles de mujeres por el sentido del término “los derechos del hombre”, en la Inglaterra de los ´60. Es decir que este tema, lejos de ser algo nuevo, tiene décadas de debates en algunos espacios.

Gabriel García Márquez dijo alguna vez “hay que jubilar la ortografía”, hablando del poder de la palabra y la importancia de emplearla de manera adecuada: “el imperio de las palabras” decía, a la vez que denunciaba el maltrato de la prensa y la publicidad hacia determinados términos. Por ese entonces, sus declaraciones despertaron muchas polémicas. Alguien se había animado a criticar los lineamientos generales de la lengua. ¡Y miren quién! Nada más ni nada menos que uno de los mejores escritores contemporáneos. “Simplifiquemos la gramática, antes de que la gramática nos termine de simplificar a nosotros”, concluía en 1997, mientras daba inicio al I Congreso Internacional de la Lengua Española.

https://www.youtube.com/watch?v=W53r_9OpAVM

Más allá de las referencias citadas y de entender que es un debate que tiene su historia, podemos marcar aquella “entrevista” realizada por Eduardo Feinmann a la vicepresidenta del centro de estudiantes del Colegio Carlos Pellegrini (Ciudad Autónoma de Buenos Aires), como punto de inflexión que marcó un antes y un después en este tema, en la escena pública. Sumando el contexto sociocultural y político que transita Argentina hace ya algunos años: los estudios de género, las discusiones acerca de la desigualdad, el desconocimiento y la discriminación hacia otros y el debate sobre el aborto; podemos afirmar, tomando prestado el marco conceptual de Angenot, que hizo que los discursos acerca del lenguaje inclusivo pudieran emerger en un momento histórico y, a su vez, que ingresaran dentro de la hegemonía discursiva de una época dada.

“Creo que es conveniente tomar lo que sucede con el lenguaje como síntoma de una demanda que excede a la lengua” dice el ensayista, poeta, traductor, filósofo y miembro correspondiente de la Real Academia Española, Santiago Kovadloff. En sintonía con estas declaraciones, hay algunos escritores que manifiestan que “la lengua necesita responder a una realidad que ya cambió”.

La RAE se manifestó en contra de la inclusión de estos términos: “El uso de la letra «e» como supuesta marca de género es ajeno al sistema morfológico del español, además de ser innecesario, pues el masculino gramatical funciona como término inclusivo en referencia a colectivos mixtos o en contextos genéricos o inespecíficos”, dijeron los encargados de este organismo.

https://www.youtube.com/watch?v=zOfAhpJJcRM

En síntesis, podemos decir que hay tres posturas, a grandes rasgos, sobre el tema:

1) La de la RAE: rechazo a este lenguaje. Dice que el nosotros masculino incluye a diversos colectivos.
2) La de las personas que reclaman el uso legítimo del lenguaje inclusivo.
3) Las que piensan que se podría evitar el género en el uso de las oraciones. Es decir: en vez de decir los trabajadores, referirse a “quienes trabajan”.

Más allá de este planteo interesante, otros piensan que es fundamental que los sujetos incluidos en el lenguaje puedan ser nombrados como mujeres, hombres, o de la manera que se sientan representados, es decir, que no desaparezca esa marca que nombra a un sujeto en particular.

La lucha por el lenguaje inclusivo, entonces, es la lucha por el sentido, por un lenguaje más justo y menos violento, un lenguaje que no sea utilizado contra nadie de manera excluyente y opresiva. Asimismo, esta disputa por el sentido de las palabras es la que mantiene viva otras luchas.

Problemas con la RAE…

Es importarte inmiscuirnos en la discusión acerca de si la RAE debe aceptar, o no, el lenguaje inclusivo dentro de sus palabras “legítimas”. Podemos pensar que si la RAE legitima este lenguaje y la agrega a su listado de palabras “oficiales”, la lucha que esos términos representan desaparecería, dado que ya quedarían instalados en el campo hegemónico que determina lo decible y lo enunciable. Esto es, sin duda, lo peor que nos puede pasar. No están saldadas las cuestiones de género, mucho menos la desigualdad que sufren miles de personas todos los días. Es decir que la puja por los términos inclusivos representa un eslabón más de una cadena de lucha y resistencia que viene desde hace muchas décadas. Esa disputa por el sentido mantiene viva la discusión, pone en jaque el sentido común y nos invita a deconstruir lo establecido. Entonces, es importante decir que el lenguaje inclusivo está para eso, para molestar, para cuestionar lo dado, para disputar ese sentido por el lenguaje que siempre es polémico y político.

En tanto, solemos atender lo urgente y no lo importante, lo de fondo, aquello que hiere y que merece ser modificado. Me refiero a que estamos más pendiente de si el otro utiliza la “e” o la “x” en facebook o en un mail, que en si hay personas que se sienten excluidas a partir del lenguaje y, por ende en las prácticas cotidianas; y en ese caso debemos preguntarnos ¿por qué lo están? ¿Cuál es la cuestión estructural que no estamos viendo? ¿Por qué nos molesta tanto cambiar o que el otro cambie? Pareciera que nos sale un instinto conservador que condice con aquellos que dicen frases como “todo pasado fue mejor”, o “sabés lo que te falta para saber x cosa…”. En este sentido no hay empatía, no parecemos comprender que hay un otro que existe, que tiene su visión de mundo y que quiere cambios sustanciales; es decir, un otro que me desafía (su sola presencia me desafía, en términos de Sartre) y que merece ser escuchado y comprendido.

Quiero decir, en síntesis, que el lenguaje inclusivo está para eso, para provocar, para ser testigo de esa desigualdad, para denunciar y ser el francotirador (en términos de Said) que denuncia la dominación y explotación reinante. La necesidad de cambiar el lenguaje se impone, no necesariamente para que la RAE lo legitime, ni para que sea aceptado por el cien por cien de la población, sino para que algunos que no se sienten identificados con el lenguaje reinante, puedan vivir un poco mejor.