Turquía en las urnas: el nuevo siglo de Erdogan
Por Julián Aguirre
La globalización ha muerto

El pasado imperial, un siglo XX de modernización entendida como occidentalización y un régimen político islamista que se consolida en el siglo XXI, hacen de Turquía un enigma en el marco de un mundo donde la hegemonía neoliberal ha muerto. Las recientes elecciones presidenciales como excusa para pensar uno de los países claves desde el punto de vista geopolítico.

El domingo 24 de junio, Turquía celebró elecciones generales para definir quién ocupará la presidencia así como los 600 puestos de representantes en la Gran Asamblea Nacional, el parlamento unicameral. Fueron comicios de gran importancia en la historia reciente de la República, siendo la primera votación desde que se plebiscitó la reforma constitucional que transformó el sistema político del país desde uno parlamentario hacia un régimen presidencialista, que otorgó mayores poderes y prerrogativas al Poder Ejecutivo.

Además se trata de un punto de inflexión en las reformas sociales y políticas que ha impulsado el gobierno islamista del Partido Justica y Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), liderado por Recep Tayyip Erdogan, quien ha alcanzado la reelección como presidente, así como una mayoría legislativa para su coalición de gobierno. Tras 16 años de gobierno y un nuevo mandato, Erdogan coloca al AKP en el periodo de mayor continuidad política en la historia de la democracia multipartidaria turca desde 1950.

Con una participación de 51.178.630 de votantes (más del 86% del padrón electoral), el AKP logró la reelección de Erdogan en la presidencia adjudicándose más del 52% de los votos. Victoria determinante, con más de 20 puntos por encima del segundo candidato, Muharrem Ince, del Partido Republicano del Pueblo (CHP). Al superar el umbral del 50%, Erdogan logró evitar ir a una segunda vuelta, escenario que habría sido más desafiante si la oposición en su conjunto se unía tras una misma opción.

Si bien su desempeño en la instancia legislativa no fue el mismo -el AKP arrastró el 42% de los votos-, los 295 escaños que ganó serán complementados con los 49 otorgados a su nuevo aliado, la derecha del Movimiento Nacionalista (MHP), reuniendo así más de la mitad de representantes. Esta coalición electoral inédita hasta entonces, que se presentó bajo el nombre de Alianza Popular, supone la continuidad del acuerdo entre ambos partidos que permitió la victoria del “Sí” en el referéndum a favor de la reforma constitucional de 2017. Este compromiso entre nacionalistas de derecha y el reformismo islamista conservador da señales más que contundentes sobre la orientación del gobierno en los años próximos.

La principal coalición opositora que se presentó para la legislatura -la Alianza Nacional formada por tres partidos de distintas tradiciones- quedó por detrás con 189 asientos, en un escenario que ha sido calificado de competencia desigual por la pronunciada concentración de recursos y medios de comunicación que favoreció una mayor exposición de la campaña oficialista.

La izquierda del Partido Democrático de los Pueblos –HDP, cuyo candidato presidencial, Selahattin Demirtas, cumple sentencia en prisión desde noviembre de 2016, haciendo campaña tras las rejas- fue relegada de esta lista, pese a lo cual logró superar el restrictivo umbral del 10% de votos que se requiere para entrar a la Asamblea, guardando para sí 67 representantes y posicionándose como tercer bloque legislativo.

La grieta en una democracia autoritaria. Cuando la excepción coloniza la normalidad.

La entrada en vigencia del nuevo sistema ha eliminado la figura del primer ministro, otorgando y concentrando mayores poderes y prerrogativas en la figura presidencial. Entre otras cuestiones, el ejecutivo podrá formar su gabinete ministerial, elegir un mayor número de personas en los altos puestos de la Justicia o elaborar el presupuesto nacional por iniciativa propia, todo sin necesitar de la aprobación parlamentaria.

Eliminada además la restricción que impedía que el presidente fuese simultáneamente el jefe de su partido, todo ello conlleva la institucionalización del liderazgo fuerte, sobre las lógicas y reglas mayoritarias que ensanchan el margen de maniobra y acción del bloque de gobierno.

Las elecciones se han dado bajo un clima de profunda polarización entre la opinión pública. A esto se suma la incertidumbre por el deterioro económico y la inestabilidad regional, que ha visto un mayor involucramiento militar turco en países vecinos en los años recientes; así como la creciente degradación institucional y democrática prolongada en estos últimos años, que han hecho del gobierno turco objeto de críticas dentro y fuera del país.

La continuidad de las leyes de emergencia y el estado de excepción declarado tras el fallido golpe de Estado de julio de 2016, ha habilitado el corrimiento gradual de derechos y garantías a merced del ejercicio cada vez más cotidiano de la coerción sobre la prensa, las demostraciones de disenso o minorías étnicas y religiosas. En el sudeste del país la militarización, fruto de la nueva ronda de combates con la guerrilla kurda, trae a la memoria imágenes de la violencia política de los años ’80.

Entonces, ¿qué significa que, en un clima así de enrarecido, un gobierno que ha hecho de la polarización una herramienta de su política se imponga electoralmente con tanta participación?

La elección pasada llega entonces para sintetizar un punto de quiebre en la historia moderna de Turquía. Pero el mismo no supuso un hecho aislado, espontáneo, sino que es el resultado de un recorrido y una acumulación determinada de factores. Ante todo, viene a consolidar un proyecto que supone no solo una reforma del Estado sino una reinterpretación completa de la nación y la sociedad en Turquía, sus contornos y lo que ello conlleva para sus habitantes.

¿Estamos, como algunas voces vienen advirtiendo, ante el fin de la democracia en Turquía y el inicio de un régimen de nuevo tipo, que se legitima sobre una fusión de elementos nacionalistas y religiosos? Es pronto para sacar conclusiones categóricas, lo cierto es que el gobierno aún funda la legitimidad del sistema y la autoridad de sus acciones en mecanismos democráticos representativos y en las decisiones que emanarían de una ratificación popular, por más deteriorados que estos se encuentren.

Lo cierto es que, lejos de ser excepcional, Turquía vendría así a confirmar la tendencia creciente observable en buena parte del globo, donde se está produciendo una creciente revisión de las libertades y garantías reconocidas por los Estados, en función del combate a las llamadas “nuevas amenazas”, de las cuales ese fenómeno tan vagamente definido y diverso como el terrorismo está a la cabeza.

Precisamente, el carácter difuso de las amenazas internas o externas que gobiernos evocan como justificación de su accionar permite el ejercicio igual de prologando y extendido de medidas que cada vez más dejan de ser excepcionales y proceden a ocupar mayores espacios de la vida cotidiana.

No obstante ello, parte de la sociedad pareciera conceder su apoyo o al menos tolerar el giro autoritario en nombre de la seguridad interna, como atestigua el hecho de que el AKP no ha sufrido una caída en su caudal electoral. La pregunta es si la ratificación de su gestión en las urnas suavizará el uso de estas medidas de fuerza por parte del gobierno, o conducirá a un afianzamiento de la coacción en el ejercicio del poder.

El ejercicio de la coerción directa no es ajeno a la historia de la República turca ni es exclusivo del periodo de Erdogan y el AKP. Más bien la imposición de la fuerza estatal ha caracterizado al ejercicio del poder a lo largo de su historia, desde que Mustafá Kemal encabezara un sistema de partido único entre 1923 y 1950 para dirigir la fundación y modernización del país; pasando por los intervalos entre gobiernos presididos por juntas militares y gobiernos civiles severamente condicionados por los comportamientos pretorianos de las fuerzas armadas.

Los mismos islamistas que hoy conforman el gobierno, en el pasado fueron objeto de la coacción por distintos medios. El Estado turco ha sido más bien terreno y botín de disputa entre distintas fuerzas políticas y sociales y, como principal articulador de la sociedad, tan pronto como un bando se hacía con su control se volcaba a subordinar al resto por la combinación de medios necesaria.

Los hijos malditos de la modernidad. Redefiniendo la globalización.

Cabe recalcar estos eventos recientes dentro del marco de la historia turca moderna y el rol o status que desde el gobierno se aspira asumir para el país en el sistema global.

La política, pero también buena parte de la mentalidad y las tendencias políticas, sociales y culturales deben comprenderse en función del lugar único de Turquía como punto de contacto entre zonas geográficas, tratándose del puente que une Asia y Europa sobre el estrecho del Bósforo; y económicas, donde Estambul es un punto nodal en las rutas comerciales entre el Mar Negro (en la periferia inmediata de la Federación Rusa) y el Mar Mediterráneo. Pero también como ha sido forjadora de civilizaciones enteras, donde el Imperio Otomano supo ocupar un lugar como poder de primer orden. Durante varios siglos tanto en su interacción con Europa como gobernando sobre vastas extensiones de lo que suele llamarse Medio Oriente y el Norte de África, antes de su declive a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Finalmente debilitado por el influjo de movimientos nacionalistas/independentistas dentro de sus fronteras, derrotas militares ante potencias rivales y su tardía y débil modernización económica, entre otras razones, el final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) encontró al Imperio en el bando de los perdedores, sellando su destino y disolución en 1922.

Sobre sus ruinas se levantaría la actual República de Turquía, fundada bajo el liderazgo de Mustafá Kemal “Atatürk” (1881-1938), quien fundaría los cimientos de un proyecto de construcción de la nación como modernización radical y occidentalización de las instituciones y la sociedad. Llegó a reformar la escritura (reemplazando el alfabeto en uso de tipo árabe por un nuevo sistema de inspiración occidental), la constitución (donde el Islam fue retirado como religión oficial de Estado), la economía, el sistema político bajo la dirección de un partido único, el Partido Republicano del Pueblo (CHP).

Pero quizá más importante, le imprimió tanto al Estado como al dominio de lo público en general un remarcado carácter secular (incluso en comparación con muchos países occidentales de su época), llevando el abandono de las costumbres tradicionales desde los códigos de vestimenta hasta las relaciones entre géneros y, por supuesto, la subordinación del clero y de la religión formal bajo la autoridad estatal, expresada en el Directorio de Asuntos Religiosos o Diyanet.

Aún después de su muerte y de la derrota electoral de su sucesor en las primeras elecciones multipartidarias celebradas en 1950, el carácter secular del Estado y sus reglas serían compartidas (con variaciones de grado) por las élites tanto de gobiernos civiles como de las sucesivas juntas militares que se alternaron en la segunda mitad del siglo XX.

El siglo XX trajo cambios acelerados en una población que vio sus números multiplicarse desde 1970, donde contaba con poco menos de 35 millones de habitantes, hasta 2018, alcanzando casi 82 millones de personas, con alrededor de un 70% asentado en zonas urbanas.

Esto se dio en una economía marcadamente diversificada, a la par que el país es un miembro dinámico del G-20, la OCDE, mantiene diferentes tipos de vinculaciones comerciales, financieras e institucionales con la Unión Europea, aunque la aspiración a ingresar a ella hoy parezca un objetivo relegado a un segundo plano.

Su ejército es el segundo más grande en número entre los estados miembros de la OTAN, detrás de los EEUU, y las fuerzas armadas han sido beneficiadas por una extensa red de empresas y sectores que conforman el complejo militar-industrial turco.

Expresiones quizá menores frente a estos indicadores, como el crecimiento de Turkish Airlines o el boom reciente de producciones turcas para las audiencias televisivas mundiales son otras señales de un proyecto con múltiples caras que ha solidificado el status de Turquía como poder consolidado.

El país es a su vez barrera o punto de fricción entre movimientos de poblaciones, al punto tal que desde marzo de 2016 rige un acuerdo con la Unión Europea por el cual Turquía se ha comprometido a recibir y retener a refugiados y migrantes que sean deportados de suelo europeo, a cambio de una sustancial suma millonaria dada por Bruselas en concepto de asistencia económica. Con esta revisión por demás superficial, puede constatarse que lo que suceda en/con Turquía debe entenderse en la conjugación entre factores internos y externos.

En el proyecto que expresa Erdogan y su revisión y redirección de la nación turca conviven tensamente las dos grandes experiencias del pasado: hay una constante alusión y reivindicación de una lectura mistificadora del pasado imperial otomano que se superpone con el republicanismo moderno de tipo occidental.

Una propuesta de reforma cultural y moral que busca reorientar a la sociedad hacia un nuevo/viejo sistema de valores, dentro de los esquemas del Estado nación turco inserto en la economía global como una potencia, ya en un proceso de consolidación avanzado. Propuesta que ha logrado empatizar con las inquietudes y demandas de una parte de la sociedad que puede encontrar un acervo de resguardo en un mundo donde las dinámicas de cambio y tensiones se han vuelto tan estrepitosas y caóticas que bien puede reforzar el apego de las sociedades por ofertas conservadoras.

En ese sentido, el liderazgo fuerte de una personalidad como la de Erdogan no solo se alinea con una historia en la que ha sido común el ejercicio autoritario o dominante del poder en el gobierno, sino también logra encontrarse con una tendencia global dada a la aparición de líderes y personajes de este carácter. Podemos traer a colación a Trump, Putin, a la nueva ola de las derechas europeas, al nacionalismo indio de Modi, por nombrar algunos.

¿Quién sos? ¿Quién soy? Construcción de nación, hegemonía e identidades en tiempos de crisis

Las tendencias electorales parecen consolidadas, por el momento, en beneficio del oficialismo. La oposición encabezada por el CHP mantuvo sus baluartes tradicionales en las urbes cosmopolitas de la costa mediterránea en el oeste del país. Mientras tanto, el HDP, una opción de izquierda radical, se sigue manifestando con fuerza en las provincias de mayoría kurda del sudeste del país, a pesar de los golpes sucesivos que ha padecido bajo las medidas de excepción.

Militantes de base, legisladores y alcaldes han sido a menudo blanco preferencial de acciones judiciales como también de atropellos por parte de las fuerzas de seguridad, donde la acusación de pertenecer o colaborar con la guerrilla kurda ha sido suficiente para retirar la inmunidad parlamentaria e intervenir gobiernos locales.

Ambas opciones no han logrado trascender de sus bases de apoyo convencionales, en tanto el AKP sigue conversando un respaldo mayoritario en la región central de Anatolia, al igual que en Estambul, la ciudad más poblada del país.

El consenso político prevaleciente entre las elites turcas –tanto durante gobiernos civiles como militares- que encabezaron el modelo de desarrollo del siglo XX estuvo marcado por una forma de modernización equivalente en muchos casos a occidentalización, con el abandono, subestimación o desplazamiento de todo aquello que fuera asociado al pasado –formas de autoridad, códigos de conducta y vestimenta, tradiciones comunitarias, legislación e institucionalidad, etc.

Ese modelo legado por el padre fundador de la República, Mustafá Kemal Atatürk, fue el que entró en crisis a finales del siglo XX, a partir de un agotamiento del mandato militar, una crisis prevaleciente de los partidos políticos tradicionales y una aguda caída de las condiciones de vida de buena parte de la población. Crisis que se saldó con el ascenso del AKP en el año 2002.

Erdogan ha afianzado, por el momento, la adhesión a su autoridad por parte de una masa de la población que muestra mayor cohesión que sus oponentes. ¿De qué sectores estamos hablando? Un elemento que resalta es el contraste con las provincias del interior de Anatolia, donde el AKP se ha consolidado en todos estos años, que albergan a una población que ha vivido la modernización acelerada de sus modos de vida con una mezcla de resistencia y adaptación, pero que sin duda logra conectar con el ensalzamiento de las tradiciones y valores de una forma del “ser nacional turco” que el discurso gubernamental constantemente utiliza.

Si un ejemplo ilustra esto, ha sido la reforma de los códigos de vestimenta implementados por la junta militar de 1980 y modificados en 2013. Los mismos prohibían el uso del hijab o velo islámico por parte de las mujeres dentro de instituciones públicas, dado su carácter de símbolo religioso. Una mujer no podía cubrir de esta forma su cabello si quería asistir a una universidad estatal o obtener un empleo público.

Entonces se convirtió en una conquista paradigmática del proyecto encabezado por el gobierno de Erdogan cuando se habilitó a las mujeres musulmanas piadosas a que pudieran vestir acorde a los códigos tradicionales dentro de espacios del Estado.

Por otro lado, la educación ha sido uno de los frentes predilectos de la reforma cultural y moral islamista, siendo restablecida la legalidad de las instituciones de enseñanza religiosa conocidas como escuelas Imam Hatip, abolidas por el régimen militar en el siglo pasado. El Ministerio de Educación se ha entrelazado en varias de sus funciones con el Diyanet, el Directorio de Asuntos Religiosos, agencia creada en los primeros años de la República con el fin de centralizar el control y la dirección del clero bajo la autoridad del Estado.

Hoy el Diyanet ha crecido en tamaño y presupuesto, pero sobre todo ha cambiado en orientación, pasando de la regulación restrictiva de la actividad religiosa a su promoción, participando de iniciativas conjuntas con otras agencias estatales, como el ya mencionado aparato educativo o también con agencias de asistencia social y asuntos familiares.

Finalmente, no resulta menor el giro agresivo, proactivo, que ha adoptado la relación de Turquía con respecto a sus relaciones exteriores. Comprendiendo su importancia como mercado emergente, poder militar y ubicación geográfica privilegiada en la intersección de importantes rutas y zonas económicas, Turquía ha reclamado para sí un lugar en igualdad de condiciones en pos de sus intereses nacionales.

De esa manera se comprenden las polémicas declaraciones del mismo Erdogan, donde a menudo se permite no solo responder a críticas sino también criticar el comportamiento de otros Estados, tanto socios como rivales. Aún si eso no comprometerá la raíz de sus relaciones en el seno de la OTAN, o su interacción con la Unión Europea, Rusia y sus vecinos regionales, habla de una vocación por proyectar poder e influencia en un contexto de cambios acelerados en los equilibrios internacionales.

Dicho esto, la “agresividad” que las intervenciones del presidente Erdogan otorgan a la diplomacia turca tienen menos que ver con las reacciones de una “caricatura” de autócrata oriental, como se ha tendido a representarlo, y más con la exigencia de participar como un igual en la mesa de las potencias. Y el rescate del pasado imperial otomano juega al conectar la promoción de un nacionalismo doméstico con una policía exterior asertiva.

Esa pretensión de reclamar el lugar “merecido” que le corresponde a Turquía en las dinámicas globales, como puente entre esferas de influencia y bloques de poder, pero también como potencia en sí misma, alimenta en el plano doméstico estas mismas narrativas nacionales. Esto vendría también a explicar por qué la adhesión actual de parte del electorado nacionalista, históricamente escéptico de la llegada de un islamista al gobierno.

El AKP ha reclamado su propia cuota de protagonismo en el proceso de construcción de la nación, imprimiéndole sus propias características: la promoción de una nueva/vieja moralidad en las relaciones personales y el comportamiento público y el rescate de un pasado otomano mitificado dentro del relato histórico. Una reforma de los contornos mismos de la identidad –que deja poco espacio a la expresión de subjetividades disidentes- en un momento donde se percibe una reacción por parte de muchas otras sociedades, más sensibles al resguardo de lo propio frente a las caóticas dinámicas globales.

La protección y reafirmación de un “nosotros” exclusivo y excluyente en un mundo marcado por fronteras soberanas que se han vuelto más y más difusas a fuerza de migraciones, transnacionalización del capital, crisis y colapso de Estados enteros, ascenso de actores no-gubernamentales, etc. En ese sentido, lo sucedido en Turquía, con sus peculiaridades, no es un caso único sino que responde a una problemática común a muchas sociedades que discurren sobre la tensión de tener que redefinirse abrazando o resistiéndose a la fuerza de cambios abruptos.

A menudo, solemos dar por sentada la existencia fija, natural, de las identidades, de ese mundo de sentidos que organizan nuestro mundo individual o colectivo. Hoy ese territorio no solo está sujeto a cambios acelerados, sino que es el escenario central de las disputas que rigen los procesos de nuestros días.