Radiografía de una derecha moderna
Por Nahuel Sosa
Nuevas mayorías

Del ¡SÍ SE PUEDE! a la Doctrina Chocobar. De la auto-realización a la auto-explotación. Hegemonía, democracia y represión en el mundo PRO. El Lado chick de una CEOcracia que fluye al compás de la hipermodernidad. El macrismo antes de Macri. Dilemas de una élite dispuesta a todo.

Es marzo de 2018 y Macri inaugura, por tercera vez, las sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación. Diputados y funcionarios de Cambiemos se amontonan en el recinto y reciben al presidente con un aplauso cordial, mientras corean con cierta timidez “¡Sí se puede!”. En ese mismo Congreso, meses atrás, se vivían las jornadas agitadas de un diciembre caliente bajo una lluvia de gases lacrimógenos, con mucha tropa riendo en las calles, con las carreteras valladas y jubilados que oían caer sus lágrimas por la reforma previsional. También en el mismo lugar asumían los diputados electos en los comicios legislativos de octubre, en los cuales Cambiemos se consolidó a nivel nacional como la principal fuerza política del país.

Macri tose, balbucea unos segundos, y arranca un discurso monocorde, sin sobresaltos ni grandes arengas. El estilo tranquilo no es sólo una impronta de su oratoria, es uno de los valores que el PRO promueve, el quehacer político zen pareciera ser la mejor fórmula para confrontar las adversidades de la coyuntura.

Palabras como “esfuerzo”, “oportunidades” o “queremos vivir en paz” se repiten varias veces. Aparece con fuerza el derecho a vivir “cerca de un lugar verde” a “sentirnos cuidados y admirar a las fuerzas de seguridad”. De pronto sube el tono y afirma: “tenemos la capacidad de hacer, no me refiero a la política, me refiero a la vida, no me refiero a los partidos, me refiero a las personas”. Aquí introduce un concepto nodal en el imaginario del mundo PRO: los sujetos colectivos no son los actores principales del siglo XXI, por el contrario, muchas veces son los nudos que obstaculizan el cambio cultural. La tesis sería la siguiente: vivimos en una época en la cual la política se ha escindido de la vida cotidiana para recluirse en el campo de la gestión. Los individuos se han desapegado de sus tradiciones, donde ya no se guían por estructuras organizativas clásicas, son flexibles, están desterritorializados y deambulan entre la virtualidad y la realidad.

Por último, sucede algo inesperado, Mauricio entra en la historia argentina como el primer presidente en mencionar, institucionalmente, la palabra aborto. Aclara que está “a favor de la vida” pero que “es un debate muy sensible que como sociedad nos debemos”.

La tesis sería la siguiente: vivimos en una época en la cual la política se ha escindido de la vida cotidiana para recluirse en el campo de la gestión. Los individuos se han desapegado de sus tradiciones, donde ya no se guían por estructuras organizativas clásicas, son flexibles, están desterritorializados y deambulan entre la virtualidad y la realidad.

Ciudad verde, ecología, aborto, cultura entrepeneur, modernización, gestión, timbreos, punitivismo recargado, meritocracia, ciudadanos de bien, urbanización de villas, bicisendas por doquier, autorrealización y meditación, el entusiasmo por hacer, la política de la apolítica, etc. ¿Qué clase de derecha es esta que nos gobierna?

 

Derechas en disputa

Aquel partido distrital, que apareció con fuerza luego de la rebelión popular del 2001, no ha parado de crecer tanto en términos cualitativos como cuantitativos. Surgen una y otra vez las preguntas: ¿qué es realmente el PRO?, ¿son apenas un puñado de ricos de cuna de oro con suerte?, ¿son la sustitución de la UCR, que hace tiempo es incapaz de expresar a los sectores medios?, ¿o estamos en presencia de un proyecto inédito de poder que vino para quedarse?

Luego del triunfo de Cambiemos en las elecciones de medio término, con resultados históricos como la victoria por más del 50% en CABA y la derrota de Cristina Kirchner frente a Esteban Bullrich en la provincia de Buenos Aires, el debate sobre qué tipo de derecha expresa la nueva coalición de gobierno recobró fuerzas. La nota de José Natanson en Página/12 “El macrismo no es un golpe de suerte” despertó un acalorado debate entre intelectuales y periodistas. No es la intención hacer un análisis profundo de los distintos contrapuntos que surgieron, pero sí poder repasar algunos conceptos que desarrollaron ciertos exponentes y nos sirven de insumo para comprender un fenómeno que hasta el día de hoy tiene respuestas incompletas.

A modo general, el artículo sostiene que estamos frente a nueva derecha democrática, socialmente no inclusiva, pero sí compasiva, que practica un neoliberalismo desregulador pero no privatista ni anti-estatista y especialmente que logra expresar valores post-materiales que son determinantes en esta nueva época. También se cuestiona la idea de anomalía que plantea Forster y se apuesta a pensar al macrismo como una fuerza potente que está configurando una nueva hegemonía. Las respuestas no tardaron en llegar… En su mayoría se cuestionó la noción de democracia.

Horacio González, por ejemplo, afirma que el macrismo no es ni una democracia ni una dictadura sino “una dictadura capitalista constitucional limitada”. En ese marco el periodista Granovsky sostiene que más bien estamos frente a un oficialismo con “una inclinación permanente a producir hechos que disminuyen la calidad institucional de la democracia” Forster, por su parte, advierte que no hay que dejarse endulzar por el rostro cool de la derecha.

Sin embargo, hay algunos puntos de consenso: el macrismo no es apenas producto de buenas estrategias de marketing, cualquier tipo de subestimación impide confrontarlo con cierto éxito y esta nueva elite ha logrado elaborar valores y sentidos identitarios que conectan con una parte significativa de la sociedad, especialmente de los sectores medios urbanos.

El macrismo antes de Macri

El ascenso meteórico del PRO nos puso de frente a un hecho inédito en nuestro país: la asunción de un gobierno de derecha a través de elecciones libres.

El resultado de la última elección nacional despejó lo que hace poco era una incógnita: Cambiemos avanza a paso firme en la consolidación de una nueva hegemonía política, económica y cultural. Aquel partido urbano que supo captar, a partir de un discurso desideologizado, a una parte importante de la sociedad que post 2001 hacía de la anti-política un modo de vida, hoy es la vanguardia de las derechas de América Latina.

En su nacimiento, el PRO fue capaz de contener en su seno diversos actores de la sociedad civil. Fundaciones, ONGs, institutos privados, think-thanks, son el génesis de la incipiente formación que ambicionaba con interpelar al hombre común. Esta nueva elite conformada principalmente por multimillonarios, profesionales liberales y CEOs parte de una esencia política que propone opciones innovadoras y que hace de los conceptos de modernización, meritocracia y emprendimiento, los pilares fundamentales para el desarrollo de su proyecto histórico.

Gran parte de su capital político ha sido aparentar que no se inscribe en ninguna tradición política, que no tiene identidades ni ideologías a priori, que el mejorar las condiciones de vida de la gente es su único fin. Guste o no, el PRO ha tenido la habilidad de mostrarse como genuinamente lo nuevo y resignificar las dicotomías kirchnerismo-antikirchnerismo, populismo autoritario-república, por presente-pasado. Ellos son el presente capaz de construir un futuro prometedor frente a un pasado que retorna de maneras cada vez más agresivas y peligrosas.

La respuesta a qué tipo de derecha es la que nos gobierna es por lo menos tentativa y compleja. Suele suceder que cuando el gobierno muestra su faceta más represiva (las jornadas de diciembre, las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel y la promoción de la “Doctrina Chocobar” como estandarte del punitivismo) pierde terreno la idea de que estamos en presencia de una derecha democrática y moderna. Sin embargo, cuando ganan las elecciones arrasando en varios centros urbanos medios y medios-bajos, recuperan iniciativa política e instalan temas de agenda como el aborto o se perfilan como la fuerza que enfrenta a las mafias y al narcotráfico, el proceso es a la inversa.

La cuestión es que el dilema así planteado desconoce la realidad de manifestaciones latentes que exceden y preceden al gobierno. El macrismo existe antes de Macri, porque a modo figurativo el macrismo expresa nítidamente valores que son propios del siglo XXI, es la muestra más cabal de que la subjetividad contemporánea se ha transformado estructuralmente. La derecha no cambió en sus intereses pero sí en su modus operandi y en su capacidad de interpelar a los nuevos sujetos sociales tanto en sus aspiraciones materiales como especialmente en sus deseos post-materiales.

Estos últimos suponen una ciudadanía moderada con preocupaciones como el medio ambiente, la vida saludable, las mascotas, el reciclado, la meditación, la energía positiva, entre otras. Por eso podemos hablar de la derecha (es decir una, siempre la misma) en términos simbólicos para delimitar cierto campo político-ideológico, pero sería más pertinente hablar de derechas (más de una, con distintos estilos). Ésta, en particular, parece bifacética: por un lado construye plataformas electorales y políticas modernas, que logran operar exitosamente en la hiperfragmentación social, mientras, por el otro, ensaya nuevas formas de represión y estigmatización de los sectores opositores.

El macrismo existe antes de Macri, porque a modo figurativo el macrismo expresa nítidamente valores que son propios del siglo XXI, es la muestra más cabal de que la subjetividad contemporánea se ha transformado estructuralmente.

Efectivamente, el gobierno degrada institucionalmente la democracia a partir de la criminalización del quehacer político y el conflicto social, lo cual es acompañado por un neoliberalismo judicial dispuesto a todo. Sin embargo, no solo importan los hechos sino su interpretación, y en la lucha por las interpretaciones esta derecha ha logrado mostrar habilidades superiores a las que tuvo en las décadas pasadas.

América Latina: de la emancipación a la restauración

Cuando se observa el fenómeno del PRO a nivel regional, se hace más evidente que es la expresión de novedad más significativa en el escenario actual. En comparación con otras derechas latinoamericanas Cambiemos se sale del libreto y rompe con ciertos paradigmas ortodoxos. Logra perfilarse como la punta de lanza en la construcción de una nueva hegemonía que expresa a las elites latinoamericanas del siglo XXI para enfrentar los populismos y socialismos. A la vez, es una vía para consolidar un proyecto de poder que impulse una transformación política y cultural en las sociedades: instaurar un nuevo modo de vida.

Aprovecha a la perfección una de las limitaciones más importantes que tuvieron la mayoría de los procesos populares del siglo XXI que fue, como dijo Linera en 2016, la redistribución de la riqueza sin politización social. El vicepresidente de Bolivia sostiene que la ausencia de una revolución cultural que transforme radicalmente las lógicas que tenemos de organizar el mundo trae, como una de sus principales consecuencias, que las nuevas clases medias sean portadoras del viejo sentido común conservador. La nueva derecha ha logrado instalar la percepción de que aquello que ya se obtuvo fue producto de esfuerzos individuales y no de políticas de un Estado presente, y, por lo tanto, de lo que se trata es de aspirar a tener mejores niveles de consumo, ya garantizadas las condiciones mínimas de vida material.

Sin embargo, el “Cambio” no remite solo a la posibilidad de consumir más y mejor, sino también a la posibilidad de transformarse interiormente. La penetración de un relato post-moderno vacío, que fetichiza lo privado y que sólo apela al derecho individual como forma de elevar el bienestar, genera un nuevo tipo de subjetividad en la cual se produce un desplazamiento en las expectativas de los individuos. La meritocracia es la auto-explotación transformada en el valor positivo de la autorrealización plena.

La nueva derecha ha logrado instalar la percepción de que aquello que ya se obtuvo fue producto de esfuerzos individuales y no de políticas de un Estado presente, y, por lo tanto, de lo que se trata es de aspirar a tener mejores niveles de consumo, ya garantizadas las condiciones mínimas de vida material.

El relato del Mundo PRO se constituye bajo la ilusión de que todo individuo es un emprendedor nato que lo único que necesita es que se les generen las oportunidades para alcanzar sus metas. La cultura del entrepeneur es una de las estafas más importantes de nuestro tiempo. La promesa de una sociedad de emprendedores que con audacia, esfuerzo e ideas propias consiguen sus propósitos, es imposible sin democracia económica.

Además de una buena idea, el PRO es una respuesta sistémica: el producto de una renovada Doctrina de Seguridad Nacional que elaboraron las derechas como respuesta a los proyectos de emancipación popular que surgieron a comienzos del siglo XXI (Argentina, Ecuador, Brasil, Venezuela, Nicaragua, Uruguay y Bolivia). Golpes institucionales, lock-out patronales, guerra jurídica (lawfare), desestabilización económica, acuartelamientos y motines policiales han sido algunas de las tácticas predilectas en los diseños de recolonización. El PRO siempre ha sido un defensor a ultranza de los procesos destituyentes y golpes de Estado de nuevo tipo que se realizaron contra distintos gobiernos como, por ejemplo, los de Manuel Zelaya en Honduras (2009), Lugo en Paraguay (2012) y Dilma Roussef en Brasil (2016) -más los intentos frustrados con otras modalidades en Venezuela (2002), Bolivia (2008), Argentina (2008) y Ecuador (2010)-. El reciente silencio del oficialismo frente a la detención del ex presidente Lula Da Silva para impedirle participar de las próximas elecciones, es otra muestra más del entramado de las elites latinoamericanas con los aparatos mediáticos y judiciales.

En este marco es que el PRO opera en dos dimensiones: por un lado, es la expresión de avanzada de una derecha moderna capaz de ganar mentes y corazones; por el otro reproduce tácticas que son propias de esquemas represivos que erosionan el orden democrático. Supo lidiar con una nueva etapa caracterizada por un reflujo, donde la sociedad luego de picos de politización y movilización aspira al retorno de cierta “calma”. Es en estos momentos en los cuales los proyectos populares suelen tener mayores dificultades para volver a enamorar, sin caer en el terreno de un romanticismo testimonial inofensivo para el poder.

Íñigo Errejón, líder de Podemos, viene planteando que es la idea del orden y el tipo de institucionalidad lo que hay que salir a disputarle al adversario. Frente al “sálvese quien pueda” -que es el mayor de los desórdenes que impone el neoliberalismo- hay que oponer que la única forma de crecimiento individual es en comunidad. No se trata de construir “la” mayoría popular, sino de transformar minorías diversas en nuevas mayorías, no se trata solo de derrotar electoralmente al PRO sino más bien de elaborar un proyecto de emancipación que, mirando a la época de frente, escriba un nuevo capítulo en la historia de las victorias populares de este nuevo siglo.