Otra vez la policía
Por Axel Kesler
Nuevas mayorías

El asesinato de George Floyd generó un terremoto mundial de repudio. Lo que pasó en EEUU se volvió reflejo de una lógica que impera, a su modo, en nuestro país. Esto puede ser una oportunidad para repensar las fuerzas de seguridad desde el campo popular y construir nuevos puntos de fuga

El pasado 25 de mayo un policía asesinó a George Floyd, un ciudadano afrodescendiente del Estado de Minnesota. En un video que se viralizó se ve cómo el oficial Derek Chauvin lo estrangula con la rodilla mientras él mismo pedía por favor que lo dejen respirar. A poco tiempo de que ese video se haga viral, comenzaron las manifestaciones de repudio al asesinato y, más que nada, a un sistema racista que impera en EEUU hace larga data y que su principal ejecutor es la policía.

En nuestro país no quedamos al margen. No sólo porque los videos circularon y los reclamos se hicieron globales, sino porque también reflejó que el problema en sí mismo es global. Hizo falta que el hecho político se de en un país potencia para que el peso simbólico recaiga sobre la sensibilidad social y se empiece a viralizar lo que antes era ignorado. Ese es un gran punto para replantearnos, pero no para inmovilizarnos. Puede ser un buen puntapié para plantear la discusión de otros temas que hace rato tenemos pendientes.

En la Argentina, cada 19hs muere una persona en manos de las fuerzas de seguridad (eso que tuvimos que ponerle nombre por hacerse tan frecuente: “gatillo fácil”). Quizás no sea tan inocente tener que recalcar el carácter de persona en una realidad que deshumaniza e invisibiliza a determinados sujetos. Las muertes y las persecuciones en manos de las fuerzas de seguridad no son inocentes, mantiene su propia lógica: apuntan a perseguir un “sujeto peligroso” que “amenaza el orden social” y que por eso debe ser aislado y sometido a un proceso de “corrección”. Esa peligrosidad es todo aquello que se empuja hacia los márgenes de la sociedad y que representa tanto los miedos como los odios (si podríamos hacer una distinción entre eso) instalados en el sentido común de forma tipificada (lxs negros, lxs pobres, lxs que usan gorrita, la “vagancia”, lxs migrantes, lxs que cortan la calle, entre otrxs). El orden social muchas veces busca un chivo expiatorio para mantenerse cierta cohesión y ahí es donde se construye esa idea de lo peligroso. Así, como expresó Identidad Marrón, el racismo que hoy se visibiliza nuevamente en EEUU es algo que en nuestra sociedad se dice en otras palabras, pero que no deja de ser lo mismo: es racismo camuflado. Camila Arjona, Walter Bulacio, Rafael Nahuel, Cristian Toledo, Facundo Ferreira, Luis espinoza, Carlos Abregu, Emanuel Ojeda, son algunas de las tantas víctimas de esa lógica.

Frente a esto, un debate que muchas veces se evade desde el campo popular es el que problematiza a las fuerzas de seguridad desde un lugar propositivo. Hay una simplificación de ambos lados de la grieta en la concepción sobre la policía: si para la derecha ésta es buena y hay que reivindicarla, para la izquierda es mala y hay que repudiarla. Esto es lógico si se entiende que son lxs compañerxs de los barrios aquellos que sufren día a día sus abusos. El gran dilema surge cuando volvemos a pensar qué se puede hacer con eso y si es posible imaginar otros horizontes.

Pensar la policía

Hace algunas semanas circuló una nota de Página 12 en la que se “elogiaba a la policía del cuidado”. En ésta se reivindicaba el rol de cuidado que se le estaría dando a estas fuerzas de seguridad en el marco de la pandemia por sobre un paradigma securitario punitivo. Poco tiempo después hubo cierto repudio en las redes sociales y en algunos artículos que proponían continuar el debate[4]. Se le criticaba un “sesgo” o “encubrimiento” a las prácticas de abuso policial que se seguían produciendo en los barrios y que volvían a dejar al descubierto una policía que no deja de servir a los intereses del control y la represión social.

Ninguna institución política se salva de un entrecruzamiento de significados, prácticas, intereses que la vuelven contradictorios más allá de ciertos patrones. La función social histórica de la policía es la de garantizar la seguridad; cuando ese concepto de seguridad queda completamente ligado a la idea de peligrosidad que antes describíamos y está atravesado por otras lógicas de violencia social, las prácticas se vuelven un problema grande. Pero en esa complejidad también existen fuerzas que entran a disputar sentidos y que pueden tener mayor o menor predominancia. El Estado entra en ese juego y tiene un gran peso: no genera los mismos efectos un gobierno que premie y abrace el accionar violento, desmedido y selectivo de las fuerzas de seguridad que uno que persiga esos delitos, los condene públicamente e intente repensar su rol. En ese sentido, no es lo mismo elogiar las tareas de cuidado que se le asignan a la policía que elogiar a la policía como institución en su totalidad.

Pensar en los condicionantes que llevan a los policías a cometer ese tipo de abusos nos da una serie de pautas para reflexionar sobre otros modelos. No se trata de justificar el accionar policial ni mucho menos victimizarlos, sino de encontrar algunos elementos que sirvan como herramientas para otros horizontes. El policía que mata por la espalda a un pibe en nuestros barrios está atravesado por un conjunto de valores y expectativas sociales que llevan a actuar de esa forma. La institución policial es capitalista, así como es patriarcal, racista y xenófoba. Son lógicas que circulan en muchos estratos sociales y que se ponen sobre los hombros de una institución que es su brazo armado. Desde ese lugar, actúan y construyen nuevas grietas sociales incluso al interior de los barrios populares donde la misma policía apunta a agrandar su escuadrón y a la vez a perseguir. La guerra social, los sentidos que se construyen acerca de lo policial, el odio y la grieta es producto de una distinción que se va construyendo en todo ese entramado.

Del mismo modo, el sometimiento a pruebas de estrés, a malas condiciones salariales y desprotección, a una educación para el odio, así como a la precarización laboral, alimentan al sistema. Zaffaroni en varias ocasiones ha problematizado las condiciones de trabajo de la policía y propuesto la sindicalización de ellas (con algunos controles específicos) como algo que permitiría cierta democratización. Quizás en torno a eso está la oportunidad de construir otro vínculo entre policías y ciudadanía que verdaderamente sea más cercano. El rechazo hacia un supuesto sector “desclasado”, es decir que renunció a su condición de clase para servirle a la burguesía y que no puede ser parte de esa clase trabajadora, solo empuja hacia la perpetuación de un sistema donde la policía va a seguir siendo el brazo armado del conservadurismo. Por el contrario, reconocerlos como trabajadores, lo que incluye no dejar de construir mecanismos de control civil y sanción estricto a los abusos y a las violencias, puede posibilitar una cercanía que rompa con algunos de esos esquemas. Como se ha expresado en gran parte de nuestra historia, el refuerzo de la condición de trabajador tiene una potencial dignificador y constructor de otras subjetividades más ligadas al ideal de ciudadanía.

No se trata de olvidar que las fuerzas de seguridad como institución sirven a un sistema capitalista y a un conjunto de racionalidades del sentido común que requieren de una deconstrucción social muy compleja y urgentemente necesaria, así como de seguir denunciando cada uno de estos abusos, sino de partir de esa base para pensar transformaciones. Después de todo, la misma policía es en gran medida la que sale de los sectores más humildes de nuestra sociedad, desde donde queremos construir alternativas políticas. A su vez, nos guste o no, para una gran parte de la sociedad sigue representando una serie de expectativas de certidumbre que son necesarias para la convivencia social (¿a quién se le sigue pidiendo socorro en momentos de violencia extrema?).

Debemos pensar políticas emancipatorias que no apunten a reproducir las lógicas dominantes de forma inversa. Es poco probable que con esto se erradiquen los abusos y las violencias, pero puede desarticular varios patrones. Para eso, por más difícil que nos resulte, el debate propositivo sobre las fuerzas de seguridad —que muchos trabajos y debates ya vienen abordando— es una tarea urgente.