No hay lugar para el temor ni para la esperanza. Sólo cabe buscar nuevas armas.
Por Juan Monteverde
Nuevas mayorías

En medio de los debates sobre la derecha en Argentina y Latinoamérica, proponemos por un momento suspender esa tónica y debatir más sobre nuestros proyectos e ideas de sociedad, de política y de poder. Una mirada hacia atrás y hacia delante, para construir el futuro.

Hay quienes dicen que a las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierden los gobiernos.

Rastrear las claves del retroceso en América Latina es fundamental, no por un interés hipoalergénico de academia sobre “los alcances y los límites de los gobiernos populares”, sino para activar proyectos políticos de cambio que entusiasmen a las grandes mayorías en el siglo XXI. Las que antes confiaban, las que nunca confiaron y las que podrían llegar a confiar en nosotros. (Uso en todo el texto la idea de un “nosotros” genérico, más allá de banderas políticas, países o pertenencia a tal o cual gobierno. Uso el nosotros como ese nosotros que debería ser más grande que el que realmente supimos conseguir).

Hay una idea que viene instalándose, que intenta explicar y a la vez exculpar, que reza que los gobiernos progresistas habrían sido “víctimas de su propio éxito”. Que esos “millones de pobres que sacaron de la pobreza” se habrían convertido en clase media y un egoísmo súbito los habría raptado, para comenzar imbécilmente a votar contra sus propios intereses. Así se explicaría por qué los millones de “ex pobres brasileños” no están en la calle de a montones pidiendo por la libertad de Lula, o cómo esos mismos “ex pobres” argentinos votaron por un empresario multimillonario en el balotaje. La desafortunada metáfora del “síndrome doña Florinda”. Ese vicio tan argentino de la clase media diciendo que el problema es la clase media.

Así, el pueblo sería maravilloso, formado y consciente cuando nos vota a nosotros y estúpido, egoísta y vilmente engañado cuando vota a otro. Ni una cosa, ni la otra. Ni tan tan, ni muy muy. Todo en su justa medida y armoniosamente, decía el General.

Y allí radica parte del problema. Sin dudas fue y sigue siendo un problema grande que el horizonte de muchos proyectos nacionales se haya agotado en la inclusión en los circuitos de consumo de los que hasta ayer estaban privados de ellos. Que sin duda es un avance y un derecho, un punto de partida. Pero nunca puede ser un punto de llegada. Básicamente por dos cosas: la discutible idea de que la gente “sale de la pobreza” solo por tener más plata en el bolsillo, cuando sigue viviendo en el mismo barrio, en el mismo pasillo, con las mismas calles de tierra, sin agua (¡sin agua en el 2018!), teniendo que poner en riesgo la vida cada vez que una tormenta desengancha el cable de la luz y ahora con los transas cagándose a tiros en la puerta de su casa. Eso de clase media tiene bastante poco. Y, por otro lado, porque la inclusión vía consumo es una amiga traicionera y demandante. Una amiga que siempre pide más. El consumo en el siglo XXI es más el deseo de consumo que la posibilidad material de satisfacer una necesidad. Y, como ya decía Spinoza, el deseo solo quiere desear. Problema grande para economías primarizadas y con restricción externa.

¿Redistribuir el ingreso o redistribuir el poder? 

No casualmente los proyectos nacionales que perviven son los que, además de distribuir el ingreso, dedicaron parte de su tiempo y su energía a distribuir también el poder. A generar políticas de empoderamiento real de los ciudadanos, instancias más allá y más acá del Estado en las que se puedan experimentar nuevas formas de sociedad, que funcionen mejor y que sean más justas. Porque, en definitiva, de eso se trata la política cuando es “de fondo” y no consiste solo en una serie de intentos por administrar la escasez y resolver los conflictos. Es decir, hay que construir poder, pero tiene que ser un poder distinto.

El consumo en el siglo XXI es más el deseo de consumo que la posibilidad material de satisfacer una necesidad. Y, como ya decía Spinoza, el deseo solo quiere desear. Problema grande para economías primarizadas y con restricción externa.

Para avanzar en eso tenemos que hacer dos cosas: perder el miedo y saber adónde vamos. Las derechas, democráticas y antidemocráticas, siempre acuden al miedo. Porque el miedo inmoviliza, y por lo general la derecha es conservadora, quiere dejar las cosas como están, no cambiarlas. El statu quo siempre es de derecha. Por eso es toda una innovación, y parte de su éxito, el nombre de la derecha en Argentina, Cambiemos.

Dice nuestro amigo Juan Carlos Monedero que “si es cierto que la felicidad es la ausencia de miedo, los pueblos en actitud de buscar son más felices que los pueblos que encontraron y andan preocupados por no perder lo que consiguieron. La felicidad está más en buscar que en encontrar (un mecanismo para ponernos siempre en marcha) y más en encontrar que en preservar. La felicidad, dice Eduardo Punset, está en la antesala de la felicidad (…). Hay una gran diferencia entre los pueblos que quieren ganar algo y los que temen perderlo. Unos tienen esperanza, los otros miedo”.

La esperanza siempre fue nuestra, y el miedo de ellos. Pero en los últimos tiempos, antes de que llegue el tren de frente, eso se empezó a torcer y casi ni nos dimos cuenta. Los gobiernos populares estaban más preocupados por la celebración de lo conseguido que por seguir buscando lo que faltaba. Y así nos volvimos un poco conservadores. Y el miedo y la esperanza cambiaron de bando. Ahora estaban los buenos defendiendo el statu quo y los malos levantando las banderas del futuro y la esperanza.

Porque el miedo, de nuestro lado, no funciona ni cuando tiene razón. La llamada “Campaña del Miedo” durante el balotaje en Argentina, (que anunciaba el apocalipsis del asado a 200 mangos) no solo no funcionó sino que se quedó corta. Hoy tenemos el asado más caro y el gobierno de Macri en pie.

Vivimos en una época en la cual los productores de la angustia y la infelicidad de la gente son capaces de capitalizar la bronca que ellos mismos generan. Convivimos con un sistema económico que ya no necesita ni como productores ni como consumidores a más de un tercio de la población, a quienes excluye de casi todo lo que tiene que ver con la dignidad humana, y que a su vez tampoco da respuestas satisfactorias a la mayoría del resto incluido. La precariedad de la vida, el estar preparado todo el tiempo para que se vaya todo al carajo, la angustia de no saber cómo será mañana, la impotencia de no dar nunca la talla. Los estándares cada vez más elevados e irrealizables. Ser joven, creativo, atlético, cool, sano y sustentable. Juntar likes y mostrarse feliz todo el rato. Este sistema no funciona ni para los que tendría que funcionar.

“¿No os parece extraño que esta sociedad que promueve tanto la búsqueda de la felicidad sea una fábrica de depresivos y neuróticos? ¿No es curioso que esta sociedad supuestamente de bienestar genere tantas enfermedades del alma: gente ansiosa, angustiada, estresada, deprimida… niños hiperactivos, fatiga crónica, alteraciones de la personalidad? Todo el mundo está obsesionado por cuidarse físicamente. Todo el mundo quiere estar cachas… ¿Y por dentro qué? Yo les diría: ¡Menos gimnasio y más psicoanálisis!”, dice Merli, el profe buena onda de la aldea global de Netflix.

 

Si este sistema excluye y pone al borde de la violencia a casi el 30% de la población, y al resto que zafa de eso solo le ofrece ser empresario de sí mismos con la angustia como invariante, ¿no es tiempo de que cambiemos las preguntas? ¿O de que nos hagamos otras nuevas?

Reitero, ¿no es curioso que los que generaron este mundo hoy sean los que capitalicen su descontento? ¿No es eso Trump? ¿No es eso Macri? ¿El Brexit o los brotes fascistas en Europa? ¿Donde cada cual, con su estilo, nos viene a decir que esto así no va más, que la política es una mierda, que el sistema es una mierda y que nadie escucha a la gente común?

La precariedad de la vida, el estar preparado todo el tiempo para que se vaya todo al carajo, la angustia de no saber cómo será mañana, la impotencia de no dar nunca la talla. Los estándares cada vez más elevados e irrealizables. Ser joven, creativo, atlético, cool, sano y sustentable. Juntar likes y mostrarse feliz todo el rato. Este sistema no funciona ni para los que tendría que funcionar.

“La posición emancipatoria ante la crisis de civilización no puede ser meramente racional. También reclama su contenido emocional. La política institucional no entiende que hay demandas que sólo pueden ser satisfechas de otra manera. ¿Puede ganarse con razón a quien está pidiendo corazón? ¿Está ahí el éxito de una derecha irracional que encuentra cada vez más audiencia?” insiste Monedero. Necesitamos un horizonte, una promesa para caminar entre los escombros que deja este sistema. Sin embargo necesitamos también que sea otra promesa y otro horizonte, no el mismo que el del neoliberalismo, pero más democratizado.

Por eso recuperar la esperanza es recuperar el futuro. Pero el futuro no se recupera poniendo la palabra futuro en cada flyer, en cada convocatoria o en cada afiche. Recuperamos el futuro si somos capaces de pensar formas de salir de ese péndulo de la historia argentina donde lo que cuesta una década construir (lo mucho o lo poco) se destruye en unos pocos años y vuelta a empezar. Ahí no hay futuro. Ahí hay un loop eterno y desgastante donde a la mayoría se nos va la vida.

“El secreto es tener siempre más huevos que esperanza” dice un graffiti en una pared, y parece contener parte del problema y de la solución. En este espacio y en este tiempo, en esta Argentina donde recuperar la esperanza se vuelve en cada vuelta más difícil, quizá “tener huevos”, es decir, no tener miedo, sea otra de las formas de la esperanza. Pero, también, quizá en esa forma de no tener miedo o de demostrar que no tenemos miedo, esté otra parte del problema.

La política y el poder, y su forma hegemónicamente masculina de ejercerlo, son, sin duda, parte del problema. Por eso, no estaría mal pensar que las claves de la reconstrucción de este futuro, de esa esperanza y de ese perder los miedos sea femenina. Feminizar la política no es solo que haya más mujeres haciéndola, sino cambiar los estándares, los valores y las formas en las que hacemos lo que hacemos. Tener huevos, ver quien la tiene más grande, son las formas del fracaso que nos trajeron hasta acá. La competencia menor, la desconfianza permanente, la duda como debilidad, etc. Esa forma de hacer política del hombre “todopoderoso” no va más.

Quizá en el siglo XXI el secreto sea tener siempre más ovarios que esperanza, para construir sin miedos y sin prejuicios un mundo mucho más humano y habitable. Un proyecto más humano es un proyecto más feminista.

Entonces, como dijo alguna vez el filósofo francés Gilles Deleuze, “no hay lugar para el temor ni para la esperanza. Sólo cabe buscar nuevas armas.” Feminizar la política, construir un poder distinto, un horizonte diferente, estar dispuesto a jugársela, no dejar nunca de buscar lo que falta, dejar de especular y ponerse a trabajar, son, sin dudas, algunas de esas armas. Empezar a vivir hoy la sociedad que queremos para mañana, el desafío.

Forma y contenido. Lo que hacemos, las peleas que damos, pero también cómo y con quiénes las damos. Así como somos iguales en la lucha por la igualdad, debemos ser felices en la lucha por la felicidad. Y no hay tiempo que perder.

El neoliberalismo no es un modo de producción más

Y ahí volvemos al principio de este artículo. Creo que perdimos demasiado tiempo caracterizando al adversario y lo hicimos mal. Cuando, en cambio, la pregunta era más básica. Y era sobre la naturaleza de la especie humana. Si somos buenos o somos malos, si tendemos a ayudarnos y cooperar entre nosotros para cumplir metas y objetivos comunes o si somos más propensos a competir y matarnos entre nosotros por satisfacer nuestros deseos individuales.

Y lo más importante, perdimos el tiempo necesario para pensar cómo construimos las instituciones que expresen y promuevan más una de esas ideas sobre la naturaleza humana que la otra. Que elaboren un cuadro deseable de la sociedad que queremos y que muestren los elementos de cómo hacerlo. No hay proyecto político sin una idea de nuestra propia naturaleza, los objetivos comunes que nos trazamos y la forma de llegar a ellos.

Quizá en el siglo XXI el secreto sea tener siempre más ovarios que esperanza, para construir sin miedos y sin prejuicios un mundo mucho más humano y habitable. Un proyecto más humano es un proyecto más feminista.

Dice otro amigo, Ezequiel Adamovsky, al respecto: “Michael Albert, un veterano militante de la izquierda norteamericana con quien tuve el gusto de trabajar, insiste siempre en que, para ser exitosa, una izquierda revolucionaria debe estar firmemente parada sobre tres patas: la crítica del presente, una visión deseable y realista de futuro, y una fórmula estratégica clara que explique cómo recorreremos el camino entre el hoy y el mañana. Albert insiste en que la militancia suele hacerse fuerte en la crítica: somos los mejores a la hora de denunciar las injusticias del presente, pero descuidamos completamente las otras dos patas.(…) Sin una imagen clara de hacia dónde pretendemos conducir la vida social, es improbable que alguien nos acompañe. Y lo mismo vale para la estrategia, el planteamiento del camino político y organizativo por el que imaginamos que llegaremos a ese objetivo. Mi amigo norteamericano dice que, en ausencia de respuesta a esos dos temas, la capacidad de crítica del presente se nos vuelve en contra. Porque nadie quiere que le machaquen todos los días que el mundo es un lugar horrible si no le ofrecen un camino factible hacia un mundo mejor. Si ello no existe o no es creíble, entonces la gente prefiere más bien que no le recuerden lo mal que vivimos…”

Y Adamovsky agrega un elemento más, que viene en sintonía con lo planteado en este texto:

“Yo agregaría una cuarta pata, entre las que nos faltaría fortalecer: un firme compromiso con las clases populares tal como ellas son (y no como nos gustarían que fuesen). Un compromiso ético firme con el cuidado del prójimo, con sus penurias y reclamos reales, con sus valores e identidades, que nos aleje de las exageraciones, desprecios y manipulaciones en las que, muchas veces, incurrimos a la hora de plantear nuestros activismos. Si la izquierda, antes que una ideología, una identidad o un programa para el futuro, no es primero un nuevo tipo de vínculo humano concreto y real en el momento presente, entonces no será nada.”

El neoliberalismo no es un modo de producción más, el neoliberalismo arrasó con todo (y lo reconfiguró todo) y todavía no nos dimos cuenta. El neoliberalismo es una forma de vida que persiste incluso cuando no es gobierno. Y parte de la desnudez que se siente ahora que se perdieron las elecciones, y vemos como se desmontan rápidamente muchos de los derechos alcanzados, es producto de ello. El neoliberalismo nunca se fue porque anida no solo en la economía, no solo en el Estado, no solo en el gobierno. Sino en la cultura, en lo más profundo de nuestras relaciones humanas cotidianas. Ya lo decía Marx, que cumple ahora 200 años (!!!), “hay relaciones humanas entre los objetos, y relaciones materiales entre las personas”. Y lo dijo en un momento donde todavía el capitalismo no había mutado en este horrible monstruo contemporáneo que es hoy.

Muchas veces, para entender fenómenos políticos y sociales complejos, recurrimos a figuras e imágenes de otros ámbitos de la vida, para tratar de comprender y de explicar, para que la conversación no se convierta en una discusión entre tres militantes entendidos, porque necesitamos que sea más y no menos la cantidad de gente que quiera hacer política.

Y si bien las metáforas biologicistas no son mis preferidas, sí podemos pensar que el proyecto de ellos, el proyecto neoliberal, se parece más a una bacteria y el nuestro a un virus. Una de las diferencias fundamentales entre uno y otro es que el virus necesita sí o sí de una célula para vivir, necesita de un huésped para sobrevivir y reproducirse. Es decir, no hay virus por fuera del cuerpo humano, sin cuerpo al cual infectar muere al poco tiempo. En cambio una bacteria puede estar en un cuerpo, pero también puede vivir fuera de él, no lo necesita porque tiene vida propia.

Así el neoliberalismo tiene etapas donde vive y se reproduce dentro de un cuerpo, dentro del Estado, y tiene etapas donde está fuera de él, pero sigue viviendo y reproduciéndose. Pero parece que los procesos de cambio en América Latina no pueden vivir sin Estado y, más temprano que tarde, desaparecen. Nacen, se desarrollan y mueren, todo rápido, explosivo, y dentro del Estado, como si fuera un virus. Y hay que volver a empezar de cero cuando se pierde una elección. Ellos no. Ellos, por el contrario están siempre avanzando. Hace varios años, en 2008, en pleno auge de la unidad de la Patria Grande, acá en Rosario, donde tiene sede uno de los think tanks más importantes de la derecha latinoamericana, la Fundación Libertad, el ex presidente español José María Aznar (firme abonado a estos encuentros) decía: “Los miro y tengo fe. Cuando empecé en la política, los liberales cabíamos en un taxi. Hoy aquí hay más de 1500 personas”.

En suma, el debate y el problema que tenemos es mucho mayor que si un gobierno es más o menos democrático. El problema es que durante estos años nos hemos dado cuenta que estar en el poder y tener el poder son cosas distintas. Y de eso hay que aprender. El problema es mucho más profundo porque el adversario es mucho más poderoso y se puede dar el lujo de no “estar en el poder” por más de doce años y después volver intacto, porque nunca se fueron. El “vamos a volver” de ellos es, sin dudas, mucho más efectivo.

Por eso, más que debatir sobre ellos, tenemos que debatir sobre nosotros. Analizar lo que pasó, por qué pasó y cómo seguir. Porque partiendo de diagnósticos equivocados solo podremos construir herramientas inútiles. Va a resultar difícil redibujar el futuro si nos conforma pensar que la gente fue engañada y solo basta con denunciar la mentira. La política nunca es puro engaño así como nunca es pura coerción. Siempre hay razones para lo obediencia.

Hay que reinventar las formas de acción política para que se alejen de la mera lógica representativa y propongan a la gente otro punto de contacto con la realidad que no sea la televisión. Multiplicar las experiencias militantes de la vida cotidiana. Recuperar las relaciones de cooperación y solidaridad con nuestro entorno. Mientras para las mayorías la política siga siendo ir a votar cada dos años, el proyecto de ellos llevará ventaja. Cuando, en cambio, podamos reproducir y multiplicar los espacios donde albergar esas bacterias que engendran nuevos mundos, el día que se ganen las elecciones habrá mucho más que solo votos o solo jefes.

Pero para eso hay que cambiar bastante los lentes con los que miramos la realidad. Hay que construir nuevas plataformas para nuevos lenguajes políticos, que configuren de otra forma el tablero político, para la construcción de una nueva alianza social ganadora. Pero no solo para ganar elecciones, sino para cambiar el mundo. Y esa alianza no puede ser otra que la lucha del 99% que padecemos las decisiones que toma el 1% más poderoso de la población. Hacen falta para eso instancias donde esta abrumadora mayoría social pueda reconocerse. Eso no está en ningún partido ni en ninguna fuerza. Eso no es de ningún color sino de muchos. Solo tenemos que empezar a mirar y mirarnos distinto.

Dicen que en la antigua Roma a los esclavos les tenían prohibido uniformarse. Para evitar así que se visualice un potencial ejército, conformado por 3/4 partes de la población.

Si todavía es muy temprano para recuperar la esperanza, pongamos ovarios, que lo que viene no es fácil pero es lo mejor. Porque todavía depende de nosotros.