Marx, republicanismo plebeyo y nuevas mayorías
Por Nicolás Fava
Nuevas mayorías

#MarxCumple: ¿De qué manera nos serviría interpretar su legado en la actual disputa democrática? ¿Qué vínculos existen entre el marxismo y el republicanismo? ¿Cabe la posibilidad de una articulación plebeya de esas tradiciones? ¿Hay lugar para una izquierda republicana?

1818-2018. 5 de mayo. Se cumplen 200 años del nacimiento de Marx, un protagonista de la historia de las ideas cuya obra, teórica y práctica, fue determinante para la historia de la humanidad, y en particular para el movimiento obrero mundial. Sepultado y desenterrado mil veces, el fantasma de Marx sigue apareciéndose, cada vez que en algún rincón del mundo un pueblo es impulsado por el deseo de acabar con las injusticias sociales. Por eso, y por el carácter inacabado y casi infinito de su pensamiento, se suele decir que cada generación debe hacer su propia lectura de Marx. Deberíamos entonces preguntarnos: ¿qué tiene Marx para decirnos hoy?

El marxismo como crítica del sistema en el que vivimos aún no ha sido superado, y sigue en proceso de construcción. Baste decir que el proyecto de edición de la obra completa de Marx y Engels (MEGA) aún no se ha publicado íntegramente, entre otras razones porque el genio de Tréveris tenía muy mala letra (lo que le ha costado incluso ser rechazado a la hora de pedir trabajo). Asimismo, aspectos de su vida no han sido suficientemente valorados, como la relación con su esposa Jenny o el rol de esta y su camarada Engels en el desarrollo de su pensamiento.

Hay muchos Marx, que van naciendo y renaciendo al calor de diferentes luchas sociales en diversos contextos históricos. Precisamente porque el marxismo se trata de hacer teoría de y para la praxis y no especulaciones estériles, el mal llamado marxismo ortodoxo que se limita a repetir conceptos marxianos intentando hacer encajar cualquier realidad en los mismos es sumamente impotente para dar respuestas prácticas. En ese sentido, lo realmente ortodoxo sería lo heterodoxo frente al marxismo clásico, y sobre todo lo creativo a la hora de aplicar sus categorías.

Tampoco se trata de inventar la pólvora. El mismo Mariátegui se encarga de advertir en sus Siete ensayos que “no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”. Entonces, ¿qué Marx (re)nacerá hoy? ¿El de la metáfora estructural a la que se pretendía reducir toda interpretación de las relaciones sociales? ¿El de la concepción lineal de la historia y el comunismo que nos espera a la vuelta de la esquina ni bien se desarrollen las fuerzas productivas? ¿El prisionero de la academia, los centros de investigación?

Estamos en un momento en que el avance de la derecha a nivel continental y mundial desdibuja los límites entre la democracia y el absolutismo abriendo paso a verdaderos estados de excepción en el marco de la persecución política de los sectores movilizados de la sociedad, pero amenazando las libertades democráticas más básicas de todos y todas. El miedo, la xenofobia y el resentimiento se constituyen en dispositivos de gobierno cada vez más significativos. El neoliberalismo no puede cumplir su cometido sin violar las reglas de juego y los fundamentos de la democracia liberal. El discurso republicano-democrático de las élites contra el fantasma del populismo enmascara un programa político contrario a ese ideario, que lejos está de contribuir a la construcción de ciudadanía real, es decir garantizar las bases materiales para que la participación social se haga efectiva. Así las cosas, tal vez pueda ser de utilidad releer a Marx desde una perspectiva republicana, en función de las tareas que impone la etapa política.

Puede sonar forzado: ¿Marx y lo republicano? Esa constelación de ideas pareciera ser patrimonio de la derecha. Nos vienen a la mente personajes como @ElisaCarrio o @FerIglesias. Con suerte Alberdi o Sarmiento. Se trata de un discurso al que históricamente se le dio un uso liberal-oligárquico y patriarcal en nuestro continente, para erigir repúblicas nominales, como diría Martí. Cada vez que los poderosos se remitieron a palabras como Estado de Derecho o Libertad, tuvimos que atenernos a las peores consecuencias para los sectores subalternos. Zaffaroni dice que tienen razón nuestros pueblos al desconfiar de esos discursos, pero deberíamos repropiárnoslos.

El republicanismo se remonta al mundo antiguo y ha sufrido al igual que el marxismo innumerables formulaciones y aplicaciones. En las últimas décadas su teorización ha cobrado vigor a partir de estudios de algunos intelectuales anglosajones. Pero la discusión que discurre en ese conjunto de categorías: imperio de la Ley, virtud, patria, debate, separación de poderes o ciudadanía atraviesa la historia de la democracia y siguen siendo elementos en torno a los cuales gira la disputa política.

Fueron republicanos los “jacobinos negros” que hicieron la primera revolución independentista moderna en Haití; lo fue Bolívar y lo fueron los partisanos de distintas partes del mundo que combatieron heroicamente al fascismo durante la guerra civil española. Los socialdemócratas rusos (luego bolcheviques) no llegaron del exilio en el tren con Lenin cantando la internacional, sino entonando La Marsellesa (aunque en una versión modificada).

Los publicistas de la desigualdad se esfuerzan por ligar la libertad política al libre mercado. Pero la democracia es incompatible con el capitalismo, y solo bajo determinadas condiciones históricas se retroalimentan. Entre salvar la democracia y salvar la economía, como dijo Kissinger, ellos salvan la economía. Sabemos lo que significa eso. En Latinoamérica debiéramos ser expertos. El primer ensayo neoliberal no habría sido posible sin el derrocamiento del gobierno democrático de la Unidad Popular en Chile, ni podría haberse expandido sin la masacre de toda una generación.

La historia no se repite, pero continúa. Y lo que antes se impuso a sangre y fuego, hoy es posible a través de mecanismos más sofisticados. El llamado Lawfare o guerra jurídica da cuenta de ello. Los principios más elementales del derecho impiden la prosecución de los intereses de la acumulación capitalista en la medida que no sean sistemáticamente burlados. Según Monedero (2011), si el liberalismo tuvo como contendiente a la monarquía absoluta, el enemigo del neoliberalismo es el Estado social. Un Estado social que existe en nuestro continente gracias al avance popular desde la revolución mexicana en adelante, con la positivización de diversos derechos fundamentales. El Estado ya no es solamente la junta de consorcio de la burguesía.

¿Pero qué tiene para decirnos Marx al respecto? En uno de los pasajes más interesantes de su obra periodística en la Gaceta Renana (1842), realiza interesantes consideraciones sobre la propiedad y el derecho. Por ejemplo en una crítica a un proyecto de legislación que prohibía recoger la leña caída de los árboles a los campesinos, donde defiende el imperio de la Ley justa y el derecho consuetudinario de los pobres a los bienes comunes de la humanidad frente a las costumbres privilegiadas de los ricos convertidas en derecho positivo, discutiendo la noción de ciudadanía. La película El joven Marx, del haitiano Raoul Peck empieza con una escena que ilustra un fragmento de ese texto, en el que Marx cita a Montesquieu.

Las libertades civiles derivadas de la Revolución eran defendidas por la intelectualidad burguesa frente a la expansión del imperio prusiano. Marx, como director de la Gaceta, con 24 años, no duda de qué lado ponerse. Se pronunciaba en sus artículos a favor del debate público y la libertad de crítica, sobre su concepción de la Ley, el Derecho y el Estado, por ejemplo en plena controversia sobre las restricciones a la libertad de expresión: “Las leyes son, antes bien, las normas positivas, luminosas, universales, merced a las cuales la libertad ha ganado una existencia impersonal, teórica, independiente del capricho del individuo”.

En otros escritos, más adelante (1866 -el Manifiesto se había publicado en 1848), persiste en sus convicciones republicanas: “El gran mérito de este movimiento -cooperativo- consiste en mostrar que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, sistema despótico que lleva al pauperismo, puede ser sustituido con un sistema republicano y bienhechor de asociación de productores libres e iguales.”

Althusser destacará lo que llamará La revolución teórica de Marx, para señalar el pasaje de un pensamiento joven, inmaduro e idealista hacia una concepción científica en las obras posteriores como El Capital. Pero hay razones para creer que no solo el joven Marx tenía convicciones democráticas radicales sino que todo su proyecto teórico se inscribe de algún modo en esa tradición.

Entre los autores contemporáneos que emparentan el legado de Marx con el republicanismo se encuentran el cubano Julio César Guanche y el colombiano Santiago Gómez Castro. También los españoles Antoni Domench a través de su trabajo en el portal digital Sin Permiso, o Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (ambos militantes de PODEMOS) con su monumental obra El Orden del Capital. En el prólogo a la misma, dice Alba Rico: “Si hay algo que el capitalismo convierte en imposible es precisamente el proyecto político de la Ilustración, lo que solemos expresar bajo la idea de una democracia en Estado de derecho o bajo el Imperio de la ley.”

Marx no es el único revolucionario que defiende libertades civiles, reivindica instituciones republicanas, o tiene una valoración positiva de conceptos como ciudanía y libertad. Rosa Luxemburgo (1900) caracteriza como “ingredientes puramente democráticos” de la sociedad al sufragio universal y la forma estatal republicana. Trotski (1938) alertará que “tanto la experiencia histórica como teórica prueban que cualquier restricción de la democracia en la sociedad burguesa es, en último análisis, invariablemente dirigida contra el proletariado”.

Gramsci, en tiempos de consolidación de la dominación fascista en Italia, tendría similares preocupaciones. En una escena de la película Los días de la cárcel (1977) de Lino Del Fra, con diálogos construidos a partir de Los Cuadernos y su correspondencia, el revolucionario sardo pasea con sus camaradas en el patio de la prisión, dialogando sobre la necesidad y los límites de la democracia burguesa: república, reforma constituyente, ambivalencia de la forma Estado: “¿Te has dado cuenta que ataron a Gulliver con hilos muy finos? Los fascistas han sido los últimos en llegar.”

Ha corrido mucha agua y no estamos frente al fascismo que enfrentaron algunos de los autores antes mencionados. La realidad es más compleja y el fascismo como régimen político parece haber dado lugar a lo que Sousa Santos (1998) denomina fascismo societal y antes Poulantzas (1970) caracterizó como proceso de fascistización. Sin embargo, hay mucho por rescatar de la experiencia histórica contra el fascismo en todas sus formas, ya que la política sigue girando en buena medida en torno a principios decimonónicos y la disputa por la democracia, claramente no agotada en sufragio universal y elecciones periódicas, permanece abierta. En esa disputa, el aparato categorial del discurso republicano resulta fundamental.

Como decía Laclau (1977), “La interpelación popular-democrática no sólo no tiene un contenido de clase preciso, sino que constituye el campo por excelencia de la lucha ideológica de clases. Toda clase lucha a nivel ideológico a la vez como clase y como pueblo o, mejor dicho, intenta dar coherencia a su discurso ideológico presentando sus objetivos de clase como consumación de los objetivos populares. (…) Si bien se reduce el campo de la determinación de clase, se amplía inmensamente el campo de la lucha de clases, ya que se abre la posibilidad de integrar en un discurso ideológico revolucionario y socialista multitud de elementos e interpelaciones que hasta ahora habían parecido constitutivos del discurso ideológico burgués.”

Es discutible si se puede filiar o no a Marx a la tradición republicana. Se trata de un debate complejo, que se ramifica en múltiples discusiones. De la misma manera, se puede cuestionar si existe un Marx feminista, uno ecologista o uno tercermundista. Pero si hay algo que no se puede negar del legado de Marx es su excepcional honestidad intelectual. Traducido al lenguaje del Che, “su espíritu inconforme, cada vez que surge algo que está mal, lo haya dicho quien lo haya dicho”, y por tanto su necesario contrario: reconocer lo que es valioso, provenga de donde provenga.

Desde hace décadas la izquierda se encuentra en una búsqueda en la que ha explorado variadas estrategias. Las más redituables de ellas hicieron pie en América Latina, reavivando las tradiciones nacional-populares en un sentido radical y democrático al punto de refundar Repúblicas como las de Venezuela, Bolivia y Ecuador, reinventando la democracia e institucionalizando en buena medida las luchas sociales al interior del Estado, dando lugar así a experiencias políticas sumamente innovadoras.

Los conceptos sustanciales del republicanismo se pusieron en juego en cada una de esas apuestas políticas y constituyen un capital invaluable a la hora de pensar un nuevo ciclo de transformaciones. En Europa movimientos como PODEMOS nutrieron con ello su propia iniciativa, dando un giro propio a los aprendizajes extraídos de ese laboratorio social para articular progresivamente elementos como la patria y la ciudadanía, acaparados antes respectivamente por el nacionalismo reaccionario y el progresismo liberal.

En un momento de reflujo, pero también de orfandad y de ausencia de claras estrategias por parte de los movimientos populares que rehúyen a ocupar un lugar testimonial en la disputa política, el horizonte de una república plebeya podría hacer las veces de antigua bitácora en la cual inscribir las coordenadas del presente. Tanto en su carácter táctico-discursivo como en su contenido más profundo (la política no es un concurso literario, diría Errejón) la tradición republicana provee un arsenal inestimable para encarar el desafío de construir nuevas mayorías populares en la actualidad.

En definitiva, tanto el marxismo como el republicanismo son grandes discusiones en la historia de la emancipación humana. Dos tradiciones que, conjugadas, contienen casi todo lo que se puede decir sobre la lucha contra la dominación. Quién mejor para oficiar de guía en esta urgente revisión del pensamiento político que el hombre bicentenario.