Macri o la filosofía Solari
Por Lucas Villasenin
Nuevas mayorías

El discurso macrista apela al espíritu sacrificial para travesar la crisis que provocó en el país. Del otro lado tenemos a la filosofía Solari, a la revolución feminista y a los deseos una mayoría que busca terminar con la pesadilla neoliberal.

En las últimas páginas del libro Recuerdos que mienten un poco, el periodista Marcelo Figueras cita una entrevista al Indio Solari de agosto de 1985. La misma hace referencia a algunos principios del espíritu ricotero. El primero de ellos reivindica “el principio ordenador del placer: desconfiamos de lo que nos hace daño y creemos en lo que nos gratifica”.

Lejos de constituirse en un principio olvidado, esta máxima es utilizada en reiteradas oportunidades por el Indio para justificar su cosmovisión del mundo a lo largo de las 857 páginas del libro.

El principio ordenador del placer que impregna el espíritu ricotero es un mensaje certero para la coyuntura política a la que el macrismo ha conducido al país: incapacitado de formular cualquier propuesta esperanzadora solo apela al espíritu sacrificial de los argentinos y las argentinas. Veamos.

El espíritu sacrificial del macrismo

Una vez pasados los días más turbulentos de 2018, el núcleo duro del macrismo -con Marcos Peña a la cabeza- dejó de lado la tarea de gobernar y comenzó a enfocar todas sus energías en anticipar el clima electoral. Incapacitado de reeditar los discursos marcados por los ejes de “pobreza cero”, “unir a los argentinos” o “combatir al narcotráfico” que lo llevaron a la Casa Rosada, elige hacer ruido promoviendo la belicosidad política para evitar dar respuestas concretas a la crisis que se vive en el país.

El discurso macrista nunca fue un dispositivo ajeno a una estética. En la concepción de sus intelectuales orgánicos (Durán Barba, Rozitchner, etc.) los discursos ocuparon un lugar relegado respecto a la misma. Actualmente el valor estético de la cercanía, tan promovido por Cambiemos, está tan en crisis como la economía nacional. Sus dirigentes ya no pueden salir a hacer timbreos o hacer actos públicos sin dejar como resultado escenas patéticas de debilidad que emulan a los últimos meses del gobierno de De la Rúa.

Ante la imposibilidad de desplegar su envejecida estética, el oficialismo se encuentra ahora prácticamente obligado a exagerar el tono y la relevancia de su discurso. La numerosa cantidad de discursos presidenciales durante la segunda quincena de marzo demostraron que el macrismo busca presencia mediática y reforzar cotidianamente el marco discursivo inaugurado oficialmente el 1 de marzo en la apertura de sesiones del Congreso. La vuelta de Marcos Peña a las entrevistas con medios afines es otro ejemplo de ello.

El gobierno busca hacer responsable de su desastre económico a los propios argentinos y argentinas. La recurrente idea de que los problemas del país tienen “70 años” y que se conjugan en la palabra “populismo”, es la caracterización compartida por una base electoral policlasista que incluye desde Mirtha Legrand hasta Margarita Barrientos. Frente a este diagnóstico, el macrismo le ofrece como salida un camino sacrifical que, al igual que los caminos religiosos, cruza a todas las clases sociales.

Se asume que hay un “momento muy duro y hay que ajustarse el cinturón”. Se da por supuesto que “la gente tiene que aguantar, tenemos que tirar del carro juntos” o que “hay que remarla”. La única respuesta política es que: “hay que persistir en este camino”. Para mostrar una actitud empática con su base social el mismo presidente dice: “estoy caliente”.

Las herramientas de la psicología positiva se intentan cruzar con la misma biografía del presidente. “La cultura del esfuerzo” es parte de su “sangre italiana”, dijo en el Seminario Antimafia ítalo-Argentino que inauguró. La “Argentina del esfuerzo” es el imaginario al que apela el discurso oficialista para empatizar con el núcleo duro de apoyo que aún le permite tener alguna expectativa electoral.

En ese camino cuasi religioso al gobierno solo le queda reivindicar el valor estético de “la verdad”. Un valor ligado a la agenda de combatir a la corrupción sustentado en las operaciones de una parte del poder judicial cada día más deslegitimado.

Macri se bolsonariza y la guía del éxito se quema

En 2016 el funcionario Hernán Iglesias Illa publicó el libro Cambiamos. Es un diario de la campaña que llevó a Macri a la presidencia. Allí hay ideas ilustrativas para comprender lo que está sucediendo.

“No debemos ser anti-nada, necesitamos votos de todos en segunda vuelta” decía Durán Barba desde mediados de 2014. El 19 de marzo de 2019 Infobae titulaba que los intelectuales de Cambiemos (entre los que se encuentra Iglesias Illa) se reunieron a debatir sobre su futuro político. Destacaba que “antipopulismo”, “antikirchnerismo” y “antiperonismo” fueron algunos de los conceptos que surgieron para definir a la alianza Cambiemos.

Otra de las máximas del “gurú” ecuatoriano que guiaron la campaña de 2015 fue: “si nos gorilizamos, perdemos”. Esa hoja de ruta condujo a que el candidato presidencial inaugurara junto a Moyano el primer monumento a Perón en la Ciudad de Buenos Aires. Cuatro años después el mensaje ha cambiado. Hay una alusión sistemática a que estamos padeciendo una crisis como consecuencia de los últimos 70 años -el peronismo sería el principal ordenador de esa temporalidad-. Y los dirigentes peronistas (de todos los colores posibles) serían los responsables de bloquear los cambios que propone su gobierno. La retórica gorila a flor de piel.

Pero también hay otras diferencias importantes. En 2015 se buscaba que Macri tome “una distancia no confrontativa directamente pero sí muy evidente en el lenguaje, el estilo y las señales” respecto del kirchnerismo. Hoy el oficialismo tiene un discurso subido de tono y cuenta con un estilo épico con señales alejadas de la moderación -como golpear la mesa en el Congreso-. Las referencias directamente confrontativas hacia el peronismo, que fueron evitadas durante sus primeros años en el gobierno, hoy se hacen cotidianas.

Durante aquella campaña de 2015 se pergeño la idea de “gradualismo” y la aplicación de medidas que no confronten con las políticas kirchneristas valoradas positivamente por la parte de la sociedad que definiría la elección. Según Marcos Peña ese cambio de discurso irritó al círculo rojo pero logró su objetivo político. Cuatro años después Macri reconoció ante Vargas Llosa que de ganar lo que haría es profundizar y acelerar el camino seguido hasta ahora. Es decir que no sólo el gradualismo quedó atrás, sino también cualquier tipo de pragmatismo.

Uno de los principales contrastes se da en cuán lejana quedó “la revolución de la alegría” que proponía el macrismo. Actualmente cualquier mensaje que reivindique desde el oficialismo algún tipo de “alegría” está condenado a provocar la furia incluso de quienes lo han votado. Los aún oficialistas reconocen su frustración y entre quienes no lo son predomina el humor social propio de cualquier crisis económica. Un síntoma de ello es el Informe Mundial de la Felicidad 2019, elaborado por la ONU, que descendió a la Argentina del puesto 29 en 2018 al 47 en 2019.

De derrochar sentimientos positivos y despreciar la racionalidad política tradicional, lo único positivo que terminó transmitiendo el macrismo en el último mes fue el dato del buen resultado en Lengua en las Pruebas Aprender.

Algunas preguntas básicas que deja su cambio de discurso son: ¿Se puede ganar una elección siendo tan explícitamente antiperonista? ¿Puede tener éxito el discurso que apela a la racionalidad positiva ante el descontento generalizado? ¿Triunfarán proponiendo profundizar y acelerar un camino que es rechazado por la mayoría? ¿Alcanza con invocar al espíritu sacrificial del esfuerzo colectivo dejando atrás los deseos y las expectativas? ¿Cambiemos triunfará invirtiendo la guía que tanto éxito le dio en 2015?

El macrismo pareciera estar tejiendo un cerco propio en lo que hace a su discurso, su estética y sus propuestas. Para quienes enfrentamos al macrismo pareciera haber llegado la hora de ponerle el candado a la jaula de los gorilas.

Los deseos de una nueva mayoría

Enfrentar al macrismo no fue una tarea sencilla desde que surgió en la arena política porteña. Sus éxitos electorales rompieron muchos de los preconceptos establecidos. Definir cómo derrotarlo no es un debate ajeno a una coyuntura crucial como la actual.

Hay que reconocer que cuando el macrismo se expresa, junto con él lo hace una parte de la sociedad, que en algunos casos incluso incluye a quienes lo enfrentamos. El espíritu sacrificial del macrismo apela a sentidos arraigados en la filosofía occidental, en el cristianismo, en las relaciones sexo-afectivas, en todas las fuerzas políticas y hasta en la cultura futbolera.

Hoy es posible encontrar en Macri al Platón de La república, que oponía el orden de la polis a un gran banquete de placer. Su ideología neoliberal es heredera de una racionalidad castradora de utopías colectivas. En su discurso se presenta aquella faceta sacrificial del cristianismo que permitió a Rousseau etiquetar a sus seguidores como esclavos.

Para completar la vigencia de la épica del sacrificio alcanza con recordar que Romeo y Julieta estuvieron decorando la Casa Rosada el día de San Valentín como modelo del amor romántico. O que en Argentina los verdaderos hinchas aguantamos a nuestro equipo en las buenas y en las malas.

Pero los peronismos, los progresismos o las izquierdas no somos ajenos a este espíritu sacrificial. En muchos registros militantes está más presente la resistencia peronista que los logros del “primer peronismo” o los sufrimientos de quienes nos antecedieron en sus luchas que sus propios sueños. La cultura futbolera del aguante también cruza a toda la política.

La cuarta ola feminista siembra la idea de que “nos mueve el deseo” como motor de demandas diversas por la libertad y la igualdad. No es casual que cuadre tan exacto con el principio ordenador del placer del espíritu ricotero que marca a nuestra cultura hace décadas.

En 2019 enfrentar al macrismo rompiendo con su marco de expectativas no es apelar a una resistencia sin rumbo ni a un orden racional castrador de potencialidades populares. El triunfo popular (si así es) será más parecido a la alegría de gritar un gol a los 50 minutos del segundo tiempo, a la irrupción de sujetos políticos como lo hicieron los descamisados cuando invadieron la ciudad el 17 de octubre de 1945, a la festividad de las misas que brinda el Indio Solari y al cuestionamiento radical a la racionalidad conservadora que plantea el feminismo.

La tarea de la política, de su discurso, de su estética y sus propuestas es ponerle un poco de orden y articulación a los deseos de una nueva mayoría que quiere terminar con la pesadilla macrista. El infierno puede estar encantador si nuestros deseos le ganan a sus sacrificios.