La peste de lxs que mandan
Por Marina Mariasch
Cuarta ola

En este ensayo Marina Mariasch recoge un par de anécdotas trístemente célebres de los últimos días encuarentenados, protagonizados por sujetos de clase alta y clase media aspiracional y se pregunta ¿por qué? “Puede que exista algo del orden del rasgo de excepción, de no sentirse sujetxs de la ley común, como si el Estado les hablara a otrxs cuyas vidas habitualmente controla porque provee, y no a ellxs”, propone.

Artículo publicado originalmente en Latfem (¡gracias por la gentileza!)

La cuarentena empezó hace tanto que ya perdimos la cuenta. En el medio, mientras la vida parece suspendida en el interior de las casas —de lxs que tienen casa— el clima político y social fue cambiando. Al principio la tradicional grieta argentina pareció haberse achicado, sosteniéndose finita en la cuestión sobre si había o no pocos test para el Covid19. Pero otras grietas quedaron expuestas. Una evidente es la que divide a pobres y ricxs. Esta grieta por supuesto preexistente cobra notoriedad ante la situación de emergencia sanitaria que estamos atravesando. Si bien el virus no discrimina entre ricxs y pobres, algunas actitudes y prácticas pueden recogerse en el manto real de los rasgos de clase. Y no empezaron con la cuarentena que dictó Alberto Fernández. Muchas se remontan al Medioevo. Esta semana se sumaron los cacerolazos para que “lxs políticxs” se bajen los sueldos. De esa movida participan ricxs y no tanto, reforzando la grieta original. No sabemos cómo se armará el nuevo mapa pero rastreamos algunas pistas.

¿Qué tienen en común un surfer, la empleada doméstica Juanita, un ex funcionario macrista en un Mercedes Benz rajando a la costa, Alexander Caniggia vestido de traje camuflado y una familia tratando de entrar a un barrio cerrado con la empleada doméstica en el baúl del auto?

Durante la peste que arrasó con una cantidad de personas que se calcula cerca del 40 por ciento de la población de Europa, lxs ricx también quisieron huir a sus casa de veraneo en las afueras, como ahora. Recogiendo los textos históricos, en un artículo para Jezebel, Emily Alford resume que en la peste bubónica lxs ricxs “adoptaron una especie de eslogan para la época de la plaga: “cito, longe, tarde”, que se traduce como “huye pronto, ve lejos, regresa tarde””. Y eso hicieron, yéndose en buena parte a sus villas en Italia. Los sirvientes se quedaron para limpiar las casas de la aristocracia ausente, “arriesgándose a la infección y muriendo a tasas aún más altas que la de la población en general”. Y agrega: “abundan los informes de lxs muchxs que quedaron en las ciudades gritando mientras eran encerrados vivos en bolsas para cadáveres con destino a los pozos de la peste. A menudo, los clérigos asistían a los hospicios, que bendecían a los moribundos, mientras que los médicos huían con los ricos”.

 

 

Ante la aparición del Coronavirus Covid19, lxs ricxs de Nueva York aprovecharon los días de tregua que les dio la demora en decretar el aislamiento obligatorio para huir a sus mansiones de relax en Los Hamptons. El cabotaje local huyó a Cariló y Pinamar, incluso con la cuarentena ya decretada. No parece tratarse sólo de privilegios económicos —casa en la costa, avión privado, un Mercedes blanco (de un ex funcionario macrista), empleada doméstica full time, casa con jardín—. Estas actitudes parecen caberle también a gente que no tiene tanto poder adquisitivo, la clase media aspiracional. Puede que exista algo del orden del rasgo de excepción, de no sentirse sujetxs de la ley común, como si el Estado les hablara a otrxs cuyas vidas habitualmente controla porque provee, y no a ellxs, ciudadanxs del mundo, liberales libres, propietarios y dueñxs de lo suyo. Como si ellxs no fueran sujetxs de las políticas de control ni de cuidado porque se cuidan solxs. No parece ser sólo testarudez la del empresario que violó 15 veces ya no sólo la cuarentena sino la prisión domiciliaria. Pero hay que ser muy cuidadosxs con este tipo de generalizaciones porque la prepotencia no distingue clases ni cuentas bancarias. Aunque el dinero puede comprar algunas cosas.

En los barrios privados, los guardias de seguridad intentaron ser sobornados para que lxs chicxs pudieran salir a corretear. Tenerlxs adentrx era imbancable. Otrxs empleadxs directamente tarifaron el permiso para romper la cuarentena dentro del country: mil pesos por día. Hay barrios cerrados enteros o poblaciones privadas, como Nordelta, que funcionan como microclima de muestra: allí, hay muchas empleadas domésticas que “quedaron” en las casas en las que trabajan para pasar la cuarentena o que “eligieron” pasarla en la casa de sus patronxs. Y cuando ni las comillas funcionaron para estas excepciones, aparecieron los sobornos y los certificados truchos para que volvieran. Las comillas aquí no son aleatorias, intentan poner en evidencia lo relativo de esas opciones y eventualmente analizar sus motivaciones.

Cuando Catherine Fulop salió en una historia de Instagram mostrando a su empleada, Juana, casi a pesar de ella, preguntándole a cámara por qué eligió quedarse, Juana utilizó su espacio para dejar bien claro que ella es negra y pobre. Pero algo que no queda tan claro es si Juanita está en la casa de Fulop por elección o por obligación. La señora en el baúl del auto —que de alguna manera le hizo un homenaje oblicuo al aniversario del golpe el 24 de marzo— ¿fue secuestrada? Norma, la señora que trabaja con Silvina Luna en su departamento de Puerto Madero, que asoma atrás de Luna en un videíto, o las empleadas de Nordelta y otros barrios cerrados que aparecen como escenografía de fondo en las fotos de Instagram, o pasan llevando un juguito en una story mientras su patrona hace rutina de gym, ¿son esclavas?

Es probable que muchas de ellas hayan optado por pasar la cuarentena en casa de sus patrones, trabajando. Es probable, también, que en la casa de sus patrones conserven el trabajo y la paga que no tienen asegurada si vuelven a sus lugares de residencia. Es probable, además, que sus lugares de residencia sean mucho más inhóspitos e incómodos que la casa en la que trabajan como empleadas domésticas “cama adentro”. Y esto no hace más que revelar lo perverso del sistema. Pero tampoco hace menos respetable esa elección. Así como no queremos ser condescendientes y descalificar las elecciones de ciertos oficios, no lo seamos tampoco en estos casos.

La primera persona muerta por coronavirus registrada en Brasil fue una empleada doméstica. Había ido a trabajar sin que los dueñxs de casa le advirtieran de los posibles peligros: habían vuelto de viaje. En los años de la peste de 1593 y 1603, los registros parroquiales de Londres muestran que la mayoría de lxs adultxs que murieron de peste bubónica eran sirvientes.

“Yo le pregunté a Hilda si quería irse a su casa y me dijo que prefería quedarse acá”, dice Caro, madre de tres, diseñadora, que vive con su marido e hijes en un duplex con terraza en Belgrano. “Y sí, si ella vive en un cuartucho y acá tiene todo, comida, espacio, y bueno, los fines de semana no le pido nada”. Caro golpeó la cacerola para que Alberto se baje el sueldo. “¡Que den el ejemplo!” Le preocupa la economía, las empresas van a tener que empezar a despedir gente. Lo hizo coordinado con su prima que vive en Miami. “Allá hubo miles de argentinos que cacerolearon. Nos conectamos por Houseparty”, cuenta. “A mí ya me dijeron que este mes me pagan pero el que viene no”. Hilda, la señora que trabaja y pasa la cuarentena con ella también golpeó la olla. Quiere que su patrona tenga trabajo y le siga pagando.