Esa Mujer
Por Agustín Rodríguez Uria
Nuevas mayorías

En su nuevo rol de vicepresidenta, libre de las presiones de la administración cotidiana del Estado, Cristina se dedica a la construcción del mito, a generar un cauce trascendente que permita el emerger de nuevos Acontecimientos de lo igualitario.

Hace algunos años las palabras de CFK solían resultar insuficientes para muchos (militantes, organizaciones, etc.) quienes buscábamos un grado de radicalidad mayor de lo que su propuesta política aparentemente ofrecía. Se podía adherir, en términos generales, a los valores que representaba y sin dudas, se la defendía instintivamente frente al reaccionario odio de clase de la derecha, pero sus intervenciones nunca “terminaban de cerrar”. Han pasado cuatro años y sin duda una de los pocos logros efectivos del macrismo ha sido volver mucho más afín al kirchnerismo a una buena parte de la sociedad y el sistema político antes reticente a identificarse con el liderazgo de CFK. No fue magia ni simplemente un efecto reactivo natural frente a la crisis económica inducida por el macrismo, sino el producto de una nueva relación de fuerzas en la cual se expusieron de manera abierta y descarnada las implicancias históricas de su liderazgo.

Actualmente CFK representa una radicalidad que se posiciona aún más allá de lo que permite la mencionada relación de fuerzas. Su proyecto de país y, fundamentalmente, el tipo de liderazgo entregado a la construcción del pueblo como sujeto político (condición indispensable para una política emancipatoria) son una rareza en el nuevo contexto internacional. Aquello que supo ser identitario de la primera oleada de gobiernos populares, hoy encuentra severas dificultades. El nuevo escenario parece exigirle a los gobiernos populares que para sobrevivir, de mínima, adopten un nuevo semblante socialdemócrata producto de dos décadas de instalación de un relato neoliberal que ha logrado vincular al populismo con diversas formas de autoritarismo, soberbia y corrupción. En este marco debe leerse la brillantez de las últimas decisiones de CFK. La política emancipatoria en nuestro tiempo se realiza escapando de los lugares en donde los dispositivos del poder neoliberal encasillan a los movimientos populares. CFK supo realizar esa operación magistralmente colocando el perfil socialdemócrata hacia el afuera (con la elección de Alberto Fernández) y al populismo hacia dentro, en el corazón mismo del proyecto político (con su condición de vicepresidenta, su hegemonía en el congreso y la provincia de Buenos Aires, así como la evidente vocación de intervenir en las decisiones fundamentales del nuevo gobierno). La astucia de la razón de CFK evitó el aislamiento al cual se buscaba condenar a su corriente política y, a su vez, realizó la apertura justa y necesaria para garantizar un triunfo electoral.

El peronismo y América Latina

Como decíamos inicialmente, durante su gobierno muchas organizaciones planteaban una distancia crítica a los gobiernos kirchneristas. El proyecto argentino se encontraba eclipsado por una supuesta mayor radicalidad de otros gobiernos de signo popular en América Latina (Bolivia, Ecuador y Venezuela) que incluían una simbología abiertamente izquierdista -históricamente esquiva al peronismo- y habían avanzado en reformas que se consideraban más estructurales (como procesos constituyentes que afectaban la estructura misma del Estado) en la búsqueda de solidificar una democracia plebeya. Por otro lado, tampoco se consideraba al kirchnerismo subsumido al grupo de gobiernos progresistas pero tendientes a reducir la confrontación con los sectores de poder y asumir en mayor medida las reglas de juego del neoliberalismo (Brasil, Uruguay e incluso Chile en su versión extrema), sino más bien en una posición intermedia entre ambos bloques. La historia reciente ha demostrado que ni unos ni otros han sobrevivido a la contraofensiva conservadora. Ni las reformas constitucionales ni la radicalidad en los planteos han salvado a las fuerzas populares de países como Ecuador y Bolivia de ser derrotados, en diversas formas, por la ofensiva del neoliberalismo. Sin embargo, es fundamental destacar que ambos gobiernos habían triunfado en sus respectivos procesos electorales y fueron, por un lado, una traición partidaria, y por otro, un golpe de Estado cívico-militar quienes destituyeron los procesos políticos populares de la gestión del Estado.

Para pensar cómo fue esto posible, debe indagarse una de las diferencias fundamentales que existen entre la Argentina y todos los demás países de la región, que sin dudas tiene que ver con la capacidad de sobreponerse a la derrota de 2015 y recuperar la iniciativa estratégica para volver al gobierno: la existencia histórica del peronismo y sus legados. Si consideramos, siguiendo a Jorge Alemán, que un proyecto popular se construye anudándose sobre la triada abierta y compleja entre las formas Estado-Partido-Movimiento, es esta última dimensión la que opera como retaguardia fundamental para la defensa y regeneración, en caso de ser necesaria, del propio proyecto.

El peronismo, lejos de ser una identidad petrificada y primitiva como tanto gusta estigmatizar a la prensa liberal, se ha demostrado una identidad que permanece siempre abierta y en un proceso de continua resignificación en la medida que incorpora las diversas tendencias emancipatorias de cada momento histórico en nuestro país (la lucha armada en los 70, los DDHH durante el kirchnerismo, el feminismo y la economía popular en esta nueva etapa, entre otros ejemplos). Su principal fortaleza radica no solo en su vocación de poder ni en su extensión partidaria territorial, sino también en su dimensión movimientista. Esto, que fue evidenciado una vez más en la última Plaza del 10 diciembre, es la enorme diferencia que distancia a nuestro país respecto de los gobiernos populares del resto de la región. Aquellos lugares donde los proyectos populares se centraron en las dimensiones Estado-Partido, la ausencia de una base social movilizada que desborde tanto las estructuras institucionales como al propio partido es una de las razones que explican la imposibilidad de impedir los golpes de Estado (tanto en Brasil como en Bolivia, donde si bien la estructura del MAS integró a los movimientos sociales, éstos siempre han mantenido una identidad particular-corporativa endeble y nunca plenamente cohesionada con las necesidades políticas urgentes de la coyuntura). El ejemplo más nítido, sin dudas, ha sido el ecuatoriano donde se realizó una traición escandalosa, palaciega y superestructural que encontró muy escasa resistencia social. En Argentina, el peronismo no incorpora a los movimientos sociales (que también lo hace) sino que es un movimiento en sí mismo con enorme caudal militante. Esa es su principal potencia.

Lo Político, la Justicia y la Igualdad

Por todo esto es que el peronismo, resignificado en kirchnerismo, y particularmente el liderazgo histórico de CFK a la cabeza de esa construcción, constituyen actualmente un faro para los proyectos emancipatorios del continente (y en todo el mundo, dado que en América Latina es donde se producen hace más de dos décadas las experiencias de resistencia más interesantes al orden del capitalismo neoliberal).

Estamos en un tiempo histórico donde la izquierda solo cuenta como hipótesis de trabajo con la insistencia por ciertos proyectos nacional-populares, sin un horizonte de llegada determinado ni garantía de irreversibilidad alguna. Por ello en este contexto lo determinante no es ganar o perder una elección sino la apuesta por la existencia histórica de una identidad social cohesionada, que incluya la triada anteriormente mencionada, para estar en condiciones de mantener abierta las posibilidades, siempre inciertas, de la emancipación.

Y, retrospectivamente, ahora es indudable. CFK siempre intervino deliberadamente con esa razón histórica. Allí reside su verdadera radicalidad. Nunca se subsumió, ni siquiera en la adversidad, a las reglas de juego del neoliberalismo (que, cabe mencionar, no es ni un “gobierno” ni una “orientación ideológica”, muchos menos un conjunto de políticas públicas pro-mercado, sino que es que la forma que adoptó el capitalismo posfordista acelerado e hiperconcentrado, en el que seguiremos insertos más allá de los cambios de gobierno) ni tampoco a ninguna forma vacua de realpotilik (donde su intervención en la política se reduciría sólo a una mera “vocación de poder” y gobernar se constituiría como un fin en sí mismo, cuanto mucho con mayor sensibilidad social que la derecha).

Por el contrario, a la luz de los hechos se puede considerar que el horizonte histórico de CFK siempre tuvo otra profundidad y tiene que ver con la construcción de una experiencia social que reivindique la Política como irrupción de la Justicia y la Igualdad. Sin entrar en detalles, y siguiendo laxamente a los autores más importantes de la filosofía política contemporánea, como Badiou o Ranciere, lo que realmente merece ser llamado Política, en su sentido más profundo, nada tiene que ver con la gestión pública o los problemas de administración del Estado, sino con la posibilidad siempre vigente de emergencia de Acontecimientos igualitarios que interrumpen lo históricamente establecido. Cada Acontecimiento construye sus propias Verdades sui generis, sus propios irreductibles de Justicia e Igualdad. En un marco nacional, algo de esto decía también Horacio González en una entrevista hace unos meses: “Abandonar las ideas de Cooke sería abandonar el peronismo. Sería cegar, cortar e inhabilitar el peronismo mismo. Quienes lo hacen, porque temen ciertas palabras o porque dicen que la época ya pasó o este no es el momento, desconocen que siempre hay un momento que atraviesa todos los momentos. Siempre hay un tiempo genérico que atraviesa todos los tiempos. Quien no lo entienda así no está en condiciones de hacer una política más profunda, llamándose como se llame”.

Sin estos Acontecimientos e irrupciones igualitarias (que podríamos ejemplificar arbitrariamente en el 17 de octubre, el octubre del 17, la revolución cubana, la militancia en los 70, la irrupción popular del 2001 y quizás el 10 de diciembre del 2019 sea así considerado algún día) la historia de la humanidad no sería más que la historia de los campos de concentración, las guerras, los centros clandestinos de detención y la reproducción de las desigualdades realmente existentes.

Por estas razones, la Política, en la medida que necesariamente supone una transformación del orden, es siempre emancipatoria. En este sentido profundo, el capitalismo neoliberal no es nunca político, sino que más bien es el conjunto de dispositivos de poder encargados de la reproducción y gestión de las desigualdades ya existentes. Política y neoliberalismo, en definitiva, son experiencias antagónicas, como sugiere Alemán.

Las últimas intervenciones de Cristina, quizás las dos mejores que se le han visto: “He elegido la historia” -parafraseando a Fidel- y “confíe en el pueblo, señor presidente, que ellos no traicionan (..) y siempre estarán acá cuando los llame por causas justas” -evocando a Evita cuando alguna vez le dijo a Perón: “confíe en los pobres que son los únicos que no traicionan”-, dan cuenta de que Cristina asume (y hoy ya podemos decir, siempre ha sido así) deliberadamente su razón histórica.

Liberada ya de cierta presión, quizás, al no tener que involucrarse de manera directa en cuestiones de índole administrativa por su condición de vicepresidenta, Cristina se dedica de lleno a construir el mito. Porque sabe que ese será su mayor legado, mucho más que cualquier política pública. Aquello será lo único verdaderamente irreversible, que va más allá de derrotas coyunturales y que nunca podría matarse por completo. Somos contemporáneos a cómo Cristina termina de construirse a sí misma como el nuevo “hecho maldito” que va a atormentar a las próximas generaciones del país burgués, tal como casi 70 años después de su muerte el fantasma de Evita lo sigue haciendo desde las paredes del Ministerio de Desarrollo Social. Aquello es lo que verdaderamente garantiza su trascendencia, al dejar abierta la posibilidad de que “en su nombre” puedan emerger nuevos Acontecimientos de lo igualitario en el porvenir histórico. Un eslabón más del verdadero hilo rojo de la historia. En nuestro país, el mito de Esa Mujer.