Enterrar el neoliberalismo, una misión en disputa
Por Axel Kesler
Nuevas mayorías

Este domingo no sólo se definió una elección, se rechazó en las urnas un modelo de país. El proyecto neoliberal que había vuelto a gobernar el 10 de diciembre de 2015 tropezó con sus propias limitaciones y con una fuerza política que supo canalizar esas broncas en un gran frente electoral. Sin embargo, la disputa por la hegemonía sigue latente. ¿Qué expresa la contienda electoral? ¿Podemos hablar de una derrota total del neoliberalismo o la batalla política sigue?

Se cree que las elecciones son show, marketing o peleas por el poder y, está bien, algo de eso pueden contener. Pero no olvidemos que, más allá de esas meras formas o de cómo se da esa “metamorfosis de los gobiernos representativos”, en términos de Manin, hay mucho de trasfondo. Las elecciones definen quiénes tomarán las decisiones sobre nuestro país en los próximos 4 años y, centralmente, bajo qué fuerzas políticas. Cada fuerza política representa una concepción del país, prioridades distintas al momento de gobernar y, en definitiva, un orden particular para el día a día de cada argentino y argentina.

Como analizan Itai Hagman y Ulises Bosia en La izquierda y el nacionalismo popular: ¿un divorcio inevitable?, hay tres proyectos históricos con capacidad hegemónica que disputan los destinos de nuestra nación. Cada uno de ellos porta horizontes de posibilidad y expectativas diferentes en función de los sectores sociales en que se asientan y los intereses que representan.

A grandes rasgos, el primero, liberal (con su actualización neoliberal a partir de la década de 1970), apela a un país inserto de manera subordinada en el división internacional del trabajo, el libre comercio como palanca de inserción, la fascinación por la cultura hegemónica global, el individualismo, el elitismo y la meritocracia como misión civilizatoria. Está representado en nuestro país por la oligarquía terrateniente, a diferencia del liberalismo europeo que es impulsado por la burguesía industrial y comercial, en alianza con el capital financiero internacional.

El segundo gran proyecto es el desarrollista o neodesarrollista. Se opone teóricamente al proyecto liberal sosteniendo que el Estado debe asumir un papel regulador de la economía para orientarse hacia el desarrollo industrial. Para alcanzar el objetivo de crear una burguesía industrial pujante en el mundo, descansa en la premisa de mantener salarios bajos que atraigan inversiones. Está impulsado por la gran burguesía (también denominada “oligarquía diversificada hacia la industria”) en alianza con el capital extranjero.

El tercer gran proyecto es el del nacionalismo popular. Este toma elementos del desarrollismo, entendiendo que para poder salir adelante como país es necesario un desarrollo industrial que genere autonomía, pero, a diferencia del anterior, su horizonte es la disolución de la oligarquía terrateniente como clase dominante. A su vez, la industrialización se dispone al objetivo de redistribuir ingresos y aumentar los derechos sociales. Así es que se conforma por una alianza de clases con fuerte peso de los sectores populares.

Foto: Pedro Palacios

Este domingo el armado político que exponía el proyecto neoliberal, sin el apoyo de la gran burguesía argentina que fue perjudicada por las políticas de apertura y recesión, perdió las elecciones. El Frente de Todes, conformado por una confluencia entre el desarrollismo y el nacionalismo popular, triunfó. Los resultados indudablemente marcan un quiebre en las lógicas que gobernaban nuestro país, pero no dejarán de presentar obstáculos y limitaciones. Por un lado, esto tiene que ver con la crisis social y económica que dejó el gobierno de Cambiemos. Por otro lado, hay que atender a los números: un 40% del electorado siguió eligiendo a Juntos por el Cambio, lo cual no se debe pasar por alto.

Los números hablan

La gran sorpresa de estas elecciones fue la diferencia de votos que obtuvo Juntos por el Cambio con respecto a las PASO. En términos porcentuales, en las primarias los resultados habían sido un 49,5% para el Frente de Todes y un 33% para Juntos por el Cambio, mientras que en las generales (al escrutinio de hoy) es de un 48% y un 40% respectivamente. Si esto lo analizamos en cantidad de votos, refleja que Juntos por el Cambio aumentó aproximadamente 2,7 millones de votos, mientras que el Frente de Todes lo haría apenas en 500 mil votos. El incremento vino, por un lado, de los nuevos votantes con respecto a las PASO (la participación pasó de 76% a 81% con una gran composición de personas mayores y del extranjero) y de las agrupaciones que no pasaron las PASO y, por otro lado, de la reducción de votos de Consenso Federal (500 mil menos), de Despertar y de NOS (400 mil votos menos entre ambos).

En definitiva, las elecciones generales reflejaron una fuerte profundización de la grieta. Si nos ponemos a comparar con elecciones anteriores de nuestro país, nos tenemos que remontar al año 1983 para ver un resultado electoral tan polarizado, en donde el segundo puesto alcanzó un 40% de los votos, y el tercer puesto apenas había obtenido un 2%. Teniendo en cuenta que en este caso Consenso Federal (tercer puesto) obtuvo un 6% de los votos, podemos encontrar como casos más comparables el de 1989 (Menem 48%, Angeloz 37% y Alsogaray 7%) o de 1999 (De la Rúa 48%, Duhalde 38% y Cavallo 10%). En el resto de las elecciones presidenciales desde el regreso a la democracia (1995, 2003, 2007, 2011 y 2015), las segundas fuerzas no alcanzaron el 30% de los votos y la oposición había quedado fragmentada en dos o tres fuerzas políticas. Lo cierto es que pocas veces las fuerzas opositoras alcanzaron tanta homogeneidad.

Esta polarización tiene efectos muy marcados en el juego político. En la Cámara de Diputados, principalmente, ya que quedaría casi en un empate, con 120 bancas del Frente de Todos (incluyendo las listas de gobernadores, las bancas massistas y las de Felipe Solá) contra 119 de Juntos por el Cambio. Los diputados de Consenso Federal tendrán peso propio para romper esa paridad y torcer la balanza. Sin embargo, en el terreno social esto también surte sus efectos.

Es cierto que la democracia, aunque se intente, no se puede reducir a una cuestión meramente procedimental, es decir, en la que cada un periodo específico de tiempo se vota y la expresión de demandas acaba ahí. Hay diversas instancias de participación y protagonismo de los pueblos en que se expresan diferentes reclamos. Aun así, las elecciones plasman, en números, importantes demandas dispersas en el campo social. Con esto decimos que las razones por las cuales se vota a un candidato político no son homogéneas. El voto encadena una serie de demandas que luego se leerán como “números” pero tiene un trasfondo mucho mayor.

Ese voto macrista no es sólo expresión de “lo antiperonista” o “antikirchnerista” que, por cierto, se intensificó con el voto pragmático de las elecciones generales. Si bien puede haber mucho de eso, hay un componente de positividad. Una encuesta realizada por iProfesional refleja que un 60% de los votantes de Juntos por el Cambio lo hacen porque creen que es la mejor opción para el país, mientras que un 40% lo hacen para que no vuelva el kirchnerismo. De esos votantes, un 39% responsabiliza total o parcialmente a Macri de la situación económica actual. Esto rompe con una idea muy latente de que “se vota con el bolsillo”. Hay otras preferencias en el voto.

Foto: Pedro Palacios

Entre las demandas que se articulan, está la del “cambio” en la forma de hacer política que entierre las expresiones más tradicionales y postule algo “renovado”, cercano y “común”, la idea de la “República”, el respeto por la institucionalidad, la transparencia, la sinceridad, la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico.

Nuevos desafíos

Los festejos del domingo en las calles reflejaban esa alegría de volver a ser protagonistas de la política. Un desahogo colectivo de cuatro años de macrismo que se expresó en cánticos, bailes, llantos y abrazos. Una mezcla de convicción por un proyecto ganador con una exacerbación de sentimientos por una identidad política popular. La irracionalidad con la cual se acusa a estos movimientos por parte del “gorilismo” puede tener que ver con una falta de empatía de clase o con un rechazo emocional, pero también esconde significados que hay que atender para ampliar legitimidad y construir hegemonía. Sería un error volver a caer en negaciones como las que aparecieron en 2015, en las que se producía un enojo con la gente y un cierre a pensar que el voto macrista era “facho” e “irracional”.

No es cierto eso que se quiere imponer de que Macri ganó por haber sido el único gobierno no peronista en terminar su mandato desde el regreso a la democracia o por haber achicado la brecha electoral. Tenemos razones para festejar, le hemos puesto freno al neoliberalismo y es la primera vez que lo hicimos en tan poco tiempo (recordemos que los anteriores períodos de neoliberalismo duraron mucho más que 4 años). Pero tampoco es cierto que el triunfo del Frente de Todos es contundente e inamovible. Macri hoy se posiciona como una propuesta competitiva electoralmente, que sumó apoyo con respecto al 2015, y con un fuerte apoyo en distritos claves de nuestro país y a nivel internacional.

Es necesario generar un proyecto que consolide una identidad más amplia y logre enterrar al neoliberalismo de forma permanente. Para esto, la apuesta a tomar esas demandas que el macrismo ha sabido representar es fundamental. Así también, es necesario apostar a construir canales de participación política y de discusión de base para “hiperpolitizar” la sociedad desde una consciencia colectiva que suprima las nociones individuales instaladas por el neoliberalismo. Cuando todxs entiendan que la patria es el otro, el enemigo no va a ser nunca más el de al lado, sino el modelo neoliberal.