El posmacrismo
Por Lucas Villasenin
Nuevas mayorías

Las primeras semanas del gobierno de Todos abren el debate sobre qué coyuntura se vive en el país. ¿Qué predomina entre los deseos de una Argentina de pie y las consecuencias inmediatas de la gestión macrista?

Kirchner y Macri: el mismo problema diferentes resultados

Cada cambio de gestión en las últimas décadas trajo consigo un cambio significativo en las formas de expresar una racionalidad y una estética alternativa. El mismo Néstor Kirchner cuando asumió en 2003 mostró que venía a terminar con la fiesta noventista y a restituirle poder simbólico al ejecutivo separándose de los gobiernos predecesores. Su estilo, sus discursos y las primeras medidas cruzaban audacia y sesgos refundacionales. 

Desde 2003 se le volvía a dar poder al atril presidencial pero también se demostraba una cercanía sin precedentes con la población (graficada en la mítica foto de Villa Palito o en sus repetidos choques con los camarógrafos). La Argentina aún estaba lejos de ser “un país en serio” como culminaría proclamando la primer gestión kirchnerista en la campaña presidencial de 2007. El poder y la legitimidad de aquel gobierno se construyó menos en promesas y grandes acciones (aunque las hubo) que en pisar el legado menemista en nuestra sociedad.

Con el triunfo de Cambiemos en 2015 el liderazgo de Macri contrastó desde el primer instante con el de Cristina Kirchner. Discursos cortos, cercanía con la gente, estética posmoderna y contraposición permanente entre el pasado kirchnerista y el futuro que proponían las mentes cambiemitas. Al igual que en 2003 se presentaba un cambio radical con la época precedente. Pero a diferencia de la gestión nestorista, el macrismo sí basó sus propuestas en grandes promesas y en iniciativas que fueran a alcanzar la pobreza cero, el fin del narcotráfico y la unidad de los argentinos.  

A los pocos meses de iniciada la gestión de Cambiemos se abrió el debate oficialista que duraría hasta los últimos días de gobierno. Aunque poco se recuerde, el concepto de “pesada herencia” no surgió a partir de los principales voceros de la nueva gestión sino de los principales medios de comunicación oficialistas. A pesar de que se presentaron documentos como “El estado del Estado”, el discurso oficial no buscaba destilar odio contra “el pasado”. Macri no nombró a Cristina Kirchner hasta 2018 cuando estalló la crisis en el país. Durante sus primeros años (cuando se acusaba a Marcos Peña y Durán Barba de comunicar mal) el discurso oficial se plagó de esperanza y positivismo. Durán Barba y Rozitchner se jactaban de que el macrismo era más de izquierda y progresista que sus opositores y hasta renegaban de las agendas tradicionales de la derecha. 

Mientras el macrismo expresaba la revolución de la alegría, los medios y periodistas oficialistas construían el concepto de “herencia recibida” y machacaban al gobierno de no resaltar la situación desastrosa en la que habrían recibido el país.

Este debate se representó en las principales candidaturas de 2017 con Carrió en la Ciudad y Bullrich en la Provincia. La agenda de la corrupción “k” y el odio tuvieron vigencia en la Ciudad superando el 50%. Mientras que la agenda del “sí, se puede” y la esperanza triunfaron con un candidato de pocas palabras ante Cristina Kirchner. 

En 2019, con un gobierno golpeado por la crisis, los voceros mediáticos del oficialismo reivindicaron su verdad frente a los principales ideólogos y dirigentes macristas. Y finalmente, el mismo macrismo centraría sus campaña en el odio al “pasado” (curiosamente representado en Pichetto). Antes no se nombraba a Cristina y en campaña se buscó hacerla el centro de todos los ataques. Lo único cierto en aquel dilema oficialista es que ningún actor advirtió el desastre que causaría al país el modelo neoliberal implementado. Ninguno puede cantar victoria pues, en política, de poco sirve una verdad ante un cadáver.

A diferencia del primer gobierno kirchnerista, que empezó sembrando un sueño ante el pasado y terminó hablando de un país levantado desde las cenizas, el macrismo duro hizo lo contrario: empezó ignorando “el pasado” para terminar destilando odio contra él.

Un discurso dinámico para una realidad incierta

Como bien sostuvo Jorge Alemán en un debate radial reciente con Daniel Tognetti, que se viralizó entre ambientes politizados, Argentina tiene complejidades adicionales a las del primer kirchnerismo. Los gobiernos que rodean a nuestro país están lejos de emular el “No al ALCA” de 2005 y en el mundo gozamos de una alta estigmatización mediática. El macrismo deja un país destruído en materia financiera y económica, además de contar con una base política consolidada (por nombrar algunas diferencias). La copia siempre es necesaria si sirve para recrear, pero siempre corre el riesgo de transformarse en un plagio improductivo. 

Hay dos factores que dificultan cualquier discurso sólido en torno a la propuesta política de Todos. El primero está ligado a la negociación de la deuda externa, cuya resolución en el corto plazo determinará a toda la gestión. El segundo se vincula con la inestabilidad política regional con gobiernos neoliberales en llamas en Chile, Ecuador y Colombia, un golpe de Estado en Bolivia, la crónica crisis venezolana y Bolsonaro con un bidón de combustible en la mano en Brasil. Ninguno de estos factores permiten vislumbrar soluciones inmediatas a los problemas locales. Cualquier discurso ingenuo en este escenario conduce a un optimismo de la razón consecuentemente naif.

Estos dos factores determinantes tienen referencia ineludible en el macrismo. El triunfo de Macri en 2015 fue un punto de inflexión en la región que habilitó a las derechas para avanzar en el tablero polìtico. En algunos casos tuvieron éxitos electorales, en otros apelaron a la traición y cuando fue necesario volvieron a los golpes de Estado. El fracaso económico del neoliberalismo sumerge al continente en el caos (como ya pasó en las rebeliones sociales de fines de los 90´ y los primeros años del siglo XXI) y lo pone en permanente tensión con la democracia. Por eso abre las puertas para que al gobierno lleguen los Bolsonaro (o sus socios bolivianos). En este escenario regresivo, en el mejor de los casos, el gobierno argentino puede presentarse como un antídoto democrático y una esperanza progresista. Cualquier discurso grandilocuente al respecto será extemporáneo o anacrónico.

Si el contexto regional es complejo, más aún lo es el ahogamiento financiero que el macrismo dejó al país. El préstamo más grande de la historia del FMI existe porque la deuda tomada en los años previos hicieron que la Argentina fuera país que más se endeudó en el mundo en dicho periodo. El modelo de endeudamiento y fuga de capitales (mal llamado “liberalización”) deja un arma en la cabeza de la economía argentina. Cualquier debate sobre el futuro del gobierno de Todos y del país no puede más que tomar el asunto con seriedad. Tan grave y evidente es la situación que hasta el mismo Macri salió a responsabilizar a sus funcionarios por el endeudamiento buscando exculparse (como tantas otras veces). Ante esta realidad sólo puede haber un épica del sacrificio, la solidaridad y el acompañamiento colectivo frente a una tragedia con resolución aún incierta.          

El posmacrismo

Un discurso político que pretenda un mínimo de eficacia debe dar cuenta de sus condiciones posibilidad. El macrismo no pudo construir la hegemonía que proyectó en sus primeros tiempos de gobierno. Lejos estuvo de lograr que sus coordenadas polìticas perduren más allá de su gobierno como soñara Massot en los momentos de gloria del macrismo cuando apelaba a que un “peronismo repùblicano” o “racional” continúe por el mismo sendero.

Pero el macrismo no es historia muerta o un fenómeno que requiere mucha resignificación para traerlo al presente. Así como para Kant sin tiempo ni espacio no hay experiencia para el gobierno de Todos hay elementos a priori determinantes para su existencia. Sí una experiencia nacional-popular no fue subalternizada por el macrismo no sólo se debió a los méritos de sus dirigentes y dirigentas (que los hubo) sino fundamentalmente por los fracasos de quienes intentaron construir una hegemonía neoliberal en el país. 

Estos fracasos que cimentaron el éxito electoral de Todos son las condiciones de posibilidad de su gobierno. El aumento de la pobreza y la desocupación, los comercios y PyMeS fundidas, el endeudamiento impagable, los presos políticos, los grupos de derecha organizados y desbocados, una región sumergida en el caos y la incertidumbre son algunos de los a priori de la gestión que lidera Alberto Fernández.

Ante esta coyuntura formular un discurso político sustentado principalmente en una Argentina de pie (como inteligentemente proyectó Todos en su campaña) o que tenga su punto de partida en los errores de la nueva gestión de gobierno (que obviamente los hay) carecen de cualquier sustento a partir de las condiciones en las que se encuentra el país. No se trata fundamentalmente de debatir sí “se le hace el juego a la derecha” o sí se es más (o menos) “radical” o “utópico”. Argentina para ponerse de pié o poder radicalizar cualquier perspectiva de justicia social necesita decirle nunca más al neoliberalismo y para eso hay que salir de la crisis macrista con la principal herramienta que permitió derrotarlo: la unidad popular. Para que este nunca más sea efectivo no alcanza con ganar una elección o proclamarlo como slogan ideológico sino demostrar que es posible reparar el desastre generado. 

Hay que asumirlo con claridad. Vivimos el posmacrismo y no la Argentina que deseamos. Superarlo implica que cualquier debate al respecto debiera no existir dentro de algunos años. Para ello se requiere inteligencia, audacia, deseos y crítica pero siempre pisando sobre el estiércol que dejó el macrismo.