El peronista progre
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

Nos acercamos a los primeros cien días del gobierno, que tradicionalmente marcan el plazo de finalización de la luna de miel con la sociedad. Mientras calma ansiedades, el presidente progre que llegó al gobierno por sus amistades conservadoras, deja traslucir los primeros rasgos de una nueva etapa. ¿CEOcracia vs CONICETcracia?

Estamos presenciando un fenómeno particular, con algunos rasgos paradójicos que mueven a la reflexión política. Alberto deja muy en claro cada día su identificación con el progresismo, sin rehuir temáticas que dividen aguas: la reivindicación del derecho al aborto, las referencias a Raúl Alfonsín, la defensa de los organismos de derechos humanos, la prédica republicana en defensa de las instituciones, hasta los inquietantes hits ochentosos que toca en la guitarra… En esa combinación dinámica de tradiciones político-culturales que es el peronismo, probablemente estemos asistiendo a la síntesis con mayor cuota de liberalismo político que dio a luz nuestro país o, en otras palabras, al presidente peronista más progre. En rigor se podría decir que, en una paleta de matices que se inició en 2003 -no olvidar que Alberto suele rememorar el nacimiento del kirchnerismo con el recuerdo del día en que Néstor lo convocó a “dejar de ser el polo progresista de grupos conservadores”-, el tono de Alberto acentúa aún más los componentes progresistas ya presentes en sus dos antecesores.

Sin embargo su mayor valor como dirigente político no es el progresismo -que hasta no hace mucho era identificado por diversos sectores del peronismo como una de las limitaciones de Unidad Ciudadana, a la que juzgaban un “frepasito”, según el bautismo de Jorge Asís-, sino la capacidad para articular la heterogeneidad que compone el Frente de Todos. Alberto fue el hombre capaz de sumar la parte que “le faltaba a Cristina” para poder gobernar. Lo cual, traducido al lenguaje político, implicó en gran medida el acercamiento de dirigentes políticos y gremiales del peronismo, muchos de ellos de tinte conservador popular. De esa manera, por esas cosas de la astucia de la razón, un porteño liberal como Alberto fue la persona indicada para atraer a sectores conservadores, muchos de ellos de zonas periféricas del país.

Por otra parte, ese rasgo progre de Alberto también permite pensar el acercamiento y hasta la integración en áreas sensibles de su gobierno de diferentes personas con sensibilidades de izquierdas. Así, dirigentes, periodistas e intelectuales que en tiempos de Cristina cuestionaban por insuficientes las políticas del kirchnerismo, por ejemplo en cuanto a su manejo de la deuda externa o su política petrolera, hoy se sienten muy cómodos en un gobierno que, en términos de confrontación con los poderes reales, difícilmente pueda ser ubicado a la izquierda de aquél. ¿Cómo pensar esta capacidad de aglutinamiento, también “por izquierda”? El grado de liberalismo político compartido es una hipótesis que parece tener fundamento, lo mismo que la seducción que ejercen desde siempre sobre los sectores medios las ilusiones de modernización institucional.

¿CONICETcracia?

“Somos un gobierno de científicos, no de CEOs”, afirmó el presidente en la apertura de sesiones legislativas. La CEOcracia del macrismo se apoyaba en la tesis de que si los gerentes habían gestionado bien sus empresas, entonces también iban a ser buenos para gestionar el Estado. Continuando con la analogía el gobierno de Alberto Fernández, por su parte, parece decirnos algo así como que si estudiaron y debatieron el Estado en papers, congresos y publicaciones, entonces los científicos van a ser buenos para gestionarlo. Durante el macrismo el razonamiento era el resultado de una búsqueda de dar legitimidad al ejercicio de la función pública desde afuera de la clase dirigente, desde el exterior de la política, que siempre fue bastardeada en su discurso. Desde el pensamiento de Alberto, en cambio, ¿cuál sería la razón de buscar una legitimidad exterior a la política para su praxis de gobierno?

La relación entre saber y poder en la construcción de legitimidad es un tema constante en el pensamiento político. Si se fuerzan las cosas, en un extremo hipotético de 100 por ciento saber se ubicaría una tecnocracia, bajo el criterio platónico de que debe gobernar quien “sabe más”; el extremo hipotético opuesto de 100 por ciento poder, en cambio, llevaría a imaginar una situación en la que el know how no fuera relevante para conducir el gobierno, sino exclusivamente la popularidad. Curiosamente, es posible interpretar al macrismo desde cualquiera de los dos extremos… el primero sería más cercano a cómo se percibían ellos mismos ante el espejo, el segundo más próximo a cómo los imagina la mayoría de la sociedad después de sufrir cuatro años de su gobierno. Alberto sin dudas apunta a un equilibrio diferente entre ambos aspectos. Recurre a la intelectualidad para muchos cargos políticos, algo que se agradece porque valoriza la construcción de conocimiento por parte del sistema público universitario y de investigación, después de tantas agresiones. Pero no parece posible interpretarlo como una suerte de invitación a una tecnocracia progresista, en desmedro de la política, si se recuerda que se trata del primer presidente que se ganó su cargo desde el oficio de armador.

Incluso más, de ese mismo discurso ante la Asamblea Legislativa se puede desprender una primera respuesta a la pregunta por el sujeto político que Alberto imagina a la cabeza de las transformaciones que propone: las instituciones y, dentro de ellas, el Estado. Pero no parece ser ya un “Estado militante”, como el que promovía el discurso cristinista. En este caso la apelación es a que el Estado logre dotarse de una burocracia profesional, eficiente y motivada, como propuso el presidente retomando una intención alfonsinista, que pueda construir los consensos necesarios para dirigir el desarrollo nacional.

En este rasgo institucionalista se puede reencontrar toda una tradición del pensamiento político argentino de corte liberal, cuyo aporte central tiene que ver con el diseño institucional. Su punto débil y su mayor riesgo de frustración, es que los cambios no queden en los organigramas y se plasmen en la vida concreta de la ciudadanía, que sean sentidos y apropiados por las grandes mayorías, que las organizaciones libres del pueblo tengan su protagonismo en esas políticas y no sean simplemente espectadoras. Que no haya solo forma sino también sustancia. Viene al caso el apotegma del peronismo vaticano que anuncia que “la realidad es superior a la idea”. En el equilibrio entre ideas y realidades se irá plasmando el significado histórico de la presidencia de Alberto.

Ansiedad y épica

Mientras todo esto sucede en el palacio, ¿qué pasa en las calles? Desde la épica de la resistencia al neoliberalismo hasta la gris administración del Estado hay una abrupta distancia, caracterizada por el alivio de haber dejado atrás una situación intolerable y las expectativas de que las esperanzas de cambio se hagan realidad. Pero, al mismo tiempo, se puede encontrar en una parte del electorado del Frente de Todos un sentimiento de pérdida, una insatisfacción de no saber qué hacer con toda esa energía que estaba depositada en trabajar para el final de la experiencia macrista, una ansiedad por cambios repentinos que no llegan. Los debates sobre prisiones arbitrarias / presos políticos son una muestra de ello.

En cierta forma es más fácil cuando el adversario está parado enfrente, poderoso, y la única posibilidad es enfrentarlo junto con todos los que se encuentre a mano, sin prestar demasiada atención a posibles desencuentros, considerados secundarios. A la hora de gobernar, en cambio, las opciones son mayores y los costos y beneficios potenciales de cada una de ellas se dibujan en el aire como posibilidades; los actos de gobierno son juzgados por el conjunto de la sociedad y generan responsabilidades, para bien o para mal; la heterogeneidad de la coalición gobernante empieza a generar rispideces y disgustos.

En su momento Cristina supo conjugar épica y gestión, sobre la base de mostrarse como un gobierno a la defensiva frente al ataque de las corporaciones, los medios o los fondos buitres. En aquel tiempo, sostenerse y gobernar era una epopeya ante los ánimos destituyentes. Era una épica de la resistencia desde el gobierno, una combinación extraña, que tendía a excluir la heterogeneidad. Hoy, en cambio, el gobierno parece buscar su épica en la tarea de poner a “Argentina de pie”, para la que se propone convocar ampliamente, pero esta ardua tarea no encuentra enemigos definidos. Ni tampoco el ánimo componedor de Alberto demuestra voluntad de definirlos, al menos por ahora, más allá de apelaciones generales a la especulación financiera o a la “viveza” de algún empresario remarcador de precios. El desafío actual parece ser salir del laberinto de los imposibles, afirmar la voluntad libre de la mayoría del pueblo argentino que optó por terminar con las políticas de ajuste y, a partir de ello, lograr los primeros resultados. La negociación de la deuda, por supuesto, es el primer mojón que se presenta en ese camino.