¿El candidato?
Por Sergio Amor
Nuevas mayorías

Porteño de Recoleta, egresado del Nacional Buenos Aires, funcionario menemista y ex aliado de Macri, Felipe Solá debería ser –al menos de acuerdo a esta enumeración algo arbitraria– el peronista menos pensado. Sin embargo a medida que se acerca 2019 su figura se acrecienta como el candidato de la paz panperonista, el dueño de la llave que abre las puertas de la Rosada. ¿Será cierto?

Dicen que el poder es como el agua, y que a quien cree tenerlo en sus manos se le está por escurrir entre los dedos. Hace no mucho más que un mes el futuro era de Macri. Tanto, que los gobernadores peronistas -que deben renovar sus 14 provincias en 2019- evaluaban la posibilidad de adelantar los comicios provinciales para escapar al efecto arrastre de las elecciones nacionales que consideraban perdidas, mientras Monzó se daba el gusto de anunciar su alejamiento del gobierno y se proyectaba armador de una tercera lista peronista en la provincia de Buenos Aires. Gioja, lejos de ofenderse, lo convidó a volver al nido.

Hoy el escenario no podría ser más distinto. La estampida del dólar, el pavoroso retorno del FMI y la caja de pandora abierta por la investigación de Juan Amorín sobre los aportantes a la campaña de Vidal mostraron los límites de la presunta fortaleza de la imagen pública del gobierno, que parecía impermeable a sus fracasos, escándalos y crímenes. Todo lo sólido se desvanece en el aire: la caída en picada de la imagen del presidente no solo arrastra la de Mariu, sino que hace crecer la de Cristina. Resguardada en su silencio, la ex presidenta se convirtió, sin pronunciar palabra, en presidenciable.

El PJ no tardó en reaccionar y de la diáspora y la balcanización de la mayor fuerza política del país aparecieron, de pronto, dos polos de atracción con llamados a la unidad complementarios e irreconciliables: de un lado el partido del orden y de la gobernabilidad, encabezada por Pichetto y una liga de gobernadores bastante más escueta de lo que al patagónico le gustaría alardear; del otro un cristinismo no tan acérrimo, que tiene su cara más visible en Rossi –el único que no rompió con el PJ tras el lanzamiento de Unidad Ciudadana– y en el que La Cámpora, gran protagonista de la discordia peronista, juega un rol discreto, sino secundario. Para los primeros, la unidad es fundamental pero excluyente: el límite es Cristina. Entre los segundos el sustantivo mágico es aún más problemático: no se lo pronuncia sin que alguien recuerde a los “traidores” que rompieron el bloque y garantizaron la gobernabilidad amarilla. Unidad declamada, acaso deseada, pero a todas luces imposible. O no.

¿El candidato?

Si es cierto que existe el karma algo bien debe haber hecho Solá en alguna de sus vidas pasadas, cuando asesoraba a Cafiero en la provincia de Buenos Aires o cuando la gobernó junto a Néstor, cuando recibió órdenes de Menem o cuando le declaró la guerra a Duhalde, para ser, después de dos traiciones, tres cambios de partido y dos derrotas consecutivas, no solo el emisario de la unidad panperonista sino el dueño de las esperanzas de victoria.

Macri, De Narváez y Solá en 2009, unidos contra Kirchner en la provincia de Buenos Aires.

Recordemos: en 2009, tras una larga serie de desencuentros con el gobierno nacional que empezó con los fondos coparticipables y terminó con la 125, Felipe Solá, que en 2007 había encabezado la lista de candidatos a diputados en la provincia de Buenos Aires, se abrió del Frente para la Victoria para integrar, junto a Macri y De Narváez, el frente Union-PRO que venció al kirchnerismo en las legislativas de ese año. Dos años después abandonaba las huestes amarillas para unirse al Peronismo Federal, que buscaba reunir a todo el peronismo no kirchnerista y terminó en la solitaria candidatura de Alberto Rodríguez Saá que salió cuarto con el 8% de los votos, por debajo de Binner y Ricardo Alfonsín pero por encima de Duhalde, ya en franca decadencia. Dos años después recala en el Frente Renovador, al cual aún pertenece pero a cuyo jefe no responde, y desde ese sello compite dos veces en la provincia de Buenos Aires. Salió tercero en 2015, muy lejos de Vidal y Aníbal Fernández, y tercero de nuevo en 2017, esta vez por debajo de Ocaña y Fernanda Vallejos, con solo el 11% de los votos

Qué tendrá el petiso

Si existe un ámbito poco propicio para la generosidad desinteresada es el de la política partidaria. Dicho de otra forma: nadie regala nada en un mundo donde las ambiciones son muchas y los cargos, pocos. Ni un elogio, ni una sonrisa (basta ver la foto del Papa con Macri), ni mucho menos una candidatura. Cuando Menem lo ungió a Pichetto como candidato del peronismo “responsable”, este le devolvió una serie desmedida de cumplidos que lo hicieron poco menos que inventor de la rueda. Por qué, entonces, tanta atención a Felipe Solá. La respuesta parece sencilla: porque gana. O al menos parece que gana, lo cual no es poco.

Perón decía que el poder, como una guitarra, se toma con la izquierda pero se toca con la derecha. Menem ganó y gobernó con esa fórmula. Néstor Kirchner, dicen los que lo quieren, con la contraria. Existe otra máxima, menos marketinera pero más constante: las elecciones se ganan en la provincia de Buenos Aires –donde vive un tercio de la población del país– pero se gobierna con el interior sobre-representado en las dos cámaras del Congreso. Con los nombres y apellidos de 2018, eso quiere decir que se gana con Cristina, dueña indiscutida de los votos en el mayor distrito del país, pero se gobierna con Pichetto. Los dos polos irreconciliables de la unidad panperonista.

Santa María, Arroyo, Fernández, Filmus, Navarro, Rossi y Solá, a comienzos de 2018 en la UMET.

Solá aparece entonces como el candidato de los que creen, como los griegos, que no hay mayor virtud que la moderación, y que la justicia reside en el punto medio. No tendrá con los gobernadores el trato fluido que tiene el patagónico, pero tampoco tiene conflictos, y se entiende con varios. No es del agrado del militante kirchnerista, pero se reúne con Rossi y Filmus, y algunos dicen que Cristina le dio su visto bueno. A unos puede decirles que trabajó junto al Flaco para salir de la crisis; a otros, que fue el primero en rebelársele a la Jefa. La introducción de la soja transgénica y su voto contra la 125 lo hacen aceptable para el círculo Rojo, su vínculo con el Chino Navarro y el acercamiento del triunvirato de la CGT le ofrecen la base territorial que le falta. El candidato perfecto. O no.

El peronismo será revolucionario o no será nada

La candidatura de Solá representa para el peronismo la posibilidad de convertirse, después de 70 años del más irregular de los derroteros de los partidos-estado latinoamericanos, en un partido del orden. Es cierto, en muchas provincias el peronismo ya es eso desde hace mucho. Podría decirse que siempre lo fue: Perón crea el movimiento sobre varios pilares, y uno de ellos son los caciques conservadores del interior.

Pero a nivel nacional fue también exactamente lo contrario. Fue revolucionario en las calles del 17 de octubre, en la Resistencia, en la JP. Pero también, a su manera, con la Renovación y el kirchnerismo. El peronismo se impuso al tiempo porque está vivo, porque no lo constriñen, como al socialismo o a la UCR, estructuras partidarias e ideológicas que otorgan solidez al precio, hoy fatal, de restar movilidad. Menem expresó el espíritu de su época tan bien como lo hizo después Kirchner.

Los que quieren, como Pichetto (y Monzó), un Cambiemos peronista, o lo que es lo mismo, una centro-derecha con dos dedos de frente, consideran que hoy es Macri quien encarna ese espíritu de la época, y que Cristina es el pasado. Pero si la capacidad de movilización es expresión de la representación de mayorías, esa capacidad de Macri murió tan pronto llegó a la Casa Rosada. Quienes hoy ganan la calle contra cada medida antipopular del gobierno son espejo de aquellos que lo hacían en las manifestaciones antikirchneristas del 8N o el 18A: tienen una idea clara de lo que no quieren, carecen de estructuras que los organicen y tienen como referente a una líder que decide -porque le suma- no hacerse cargo, públicamente, de ellos.

La pregunta entonces es si se puede encabezar esa masa crítica, que no se da por enterada de que su tiempo -dicen-ya pasó, sin dar las batallas que se exigen en cada movilización. Si alcanza con frenar o atenuar el ajuste y la destrucción de puestos de trabajo o si quien herede -o subrogue- el liderazgo de Cristina deberá retomar la ley de medios, delimitar las atribuciones de la corporación judicial, recomponer el poder adquisitivo de los asalariados, recuperar la soberanía territorial y defender los procesos democráticos de integración latinoamericana.

¿Es posible dar esas batallas desde el centro político, desde el corset de un pacto de gobernabilidad? ¿Es posible liderar lo que queda (todo lo que queda) del kirchnerismo sin darlas? Si se erige en candidato del Orden, Solá se convertirá en el primer presidente peronista que no es líder del peronismo desde la vuelta de la democracia. Un administrador del poder en el mejor de los casos. En el peor, una cáscara vacía. ¿Candidato perfecto? Puede ser. La pregunta es para qué.