El aborto y el 2019
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

¿Cómo impactará la discusión sobre la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en las elecciones de 2019? Un análisis del resultado del Senado. Identidades dinámicas, disputa hegemónica y construcción de un pueblo feminista.

La pregunta quedó en el aire tras el “vencieron, pero no convencieron” que agitó el senador Pichetto al cierre del debate, y que, en rigor, buscaba introducir en el recinto el sentimiento y la voluntad que expresaba la marea verde en las calles, donde cientos de miles de personas siguieron el debate hasta las tres de la mañana, en una noche de frío, viento y lluvia como pocas, y se levantaron al otro día con la sensación de “una derrota que no se siente como tal”, como señala Vicky Freire.

¿Cabe creer que cada uno de los candidatos y candidatas para la presidencia de la Nación el año que viene pueda desentenderse de la respuesta a la pregunta sobre si impulsaría la aprobación de la IVE durante su eventual mandato? ¿Habrá quien haga campaña con el pañuelo celeste? ¿Veremos por primera vez a un candidato o candidata presidencial con el pañuelo verde?

¿Se puede pensar que el voto a quienes aspiren a ingresar a la mitad de la Cámara Baja y al tercio del Senado que se renuevan el año próximo, y podría alterar el parejo equilibrio de posiciones que se expresó en ambos resultados, no sea influido por su postura sobre el derecho al aborto? ¿Cómo no imaginar que habrá quien pagará costos y quien cobrará dividendos en función de la decisión que tomó en estas semanas a la hora de tomar partido, o de abstenerse de hacerlo?

La noticia del fallecimiento de Liz, una mujer de 34 años que murió tras la realización de un aborto clandestino en la zona norte del Gran Buenos Aires, desató en las redes sociales la indignación y mostró la cara más dramática de una decisión política que optó por el status quo de clandestinidad, sin ofrecer ninguna respuesta a la demanda social. Por eso no extrañó que rápidamente se viralizara el hashtag #El SenadoEsResponsable.

El proceso de feminización de la política, del que habla Majo Gerez, parece irrefrenable y no hay razón para creer que las elecciones presidenciales serán una excepción.

Algunas variables de análisis

En una detallada infografía publicada en La Nación puede verse que, en este debate, la heterogeneidad, la transversalidad y la complejidad fueron la regla.

En el caso que se tome como criterio el género, las diputadas mujeres “verdes” fueron levemente mayoría en Diputados -50 a 47- y en cambio hubo empate en el Senado -14 a 14-. Desde luego, hay que tener en cuenta que actualmente en el Congreso está significativamente sobrerrepresentado el género masculino, algo que va a cambiar a partir de que se implemente la Ley de Paridad de Género aprobada a finales del año pasado.

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Pero aun cuando todo hace pensar que una nueva composición más equitativa genere un mejor escenario para el tratamiento de cualquier iniciativa que remita a los derechos de las mujeres, es llamativo tener en cuenta un caso extremo que muestra la complejidad de esta variable. Se trata de la provincia de Santiago del Estero, que cuenta con 6 diputadas sobre un total de 7 y 2 senadoras sobre 3, pero a pesar de ello el derecho al aborto solo obtuvo un voto a favor en Diputados y ninguno en el Senado.

Por otro lado, si se toma la distribución geográfica se encuentra que hubo pocas provincias en las que el voto fue unánime, como los casos de Río Negro y Tierra del Fuego en Diputados, y Chubut y Córdoba en el Senado, que fueron “verdes”, mientras que Salta y San Juan fueron las únicas que repitieron su voto “celeste” tanto en Diputados como en Senadores, donde las acompañaron también La Rioja, Jujuy y Santiago del Estero.

Se puede pensar que se trata de un reflejo de la existencia de opiniones divididas a nivel social a lo largo y ancho del territorio nacional. Así y todo se puede encontrar en la dirigencia política una tendencia clara al verde del centro hacia el sur del país, mientras que una tendencia al celeste desde el centro hacia el noroeste del país, desmintiendo el prejuicio portuario que en primer lugar asume que el “interior” es una sola entidad homogénea y que en segundo lugar lo asocia automáticamente con el “atraso”.

En parte se puede hacer un correlato entre las posiciones de la dirigencia y las de las poblaciones que representan, como propone Julio Burdman argumentando a favor de la congruencia entre lo que pasó en el Congreso y en la sociedad; en parte también seguramente haya que pensar en la desigual capacidad de influencia de las jerarquías religiosas en las élites dirigentes, como desarrolla Marcos Carbonelli.

En ese sentido llama la atención la disparidad en la representación legislativa de la Ciudad de Buenos Aires, que en el Senado fue “celeste” 2 a 1 mientras en la Cámara Baja la proporción prácticamente estuvo invertida 16 a 9. Y un fenómeno inverso se dio en el caso de Córdoba, donde entre sus diputados y diputadas se impusieron 12 votos “celestes” contra solo 5 “verdes”, mientras en el Senado sus tres representantes optaron por el “verde”. En estos casos las elecciones del año próximo pueden llegar a funcionar como una suerte de “sintonía fina” que ajuste la representación legislativa a las opiniones predominantes entre los electorados sobre este tema. El caso del único diputado nacional que representa al socialismo santafesino, que votó en contra, es otro caso donde es imaginable que se dé un proceso de estas características.

Otra variable interesante para el análisis es la de la edad, donde es tan claro el predominio “verde” entre quienes son menores de 40 años en ambas Cámaras -33 a 19 y 3 a 0-, como la tendencia a la inversión de ese resultado a medida que aumenta la edad, aunque no alcanza un desequilibrio extremadamente pronunciado para quienes tienen entre 41 y 60 años -66 a 76 y 17 a 20-, ni tampoco más de esa edad -21 a 23 y 11 a 14-.

La cuestión generacional presenta un desafío complejo para la institucionalidad política, con un promedio de edad en la representación legislativa de 47 años en la Cámara de Diputados (de un total de 257, solamente 3 tienen menos de 30 años) y 57 años en el Senado (solo 4 tienen menos de 40 años). Frente a la ola feminista, con un fuerte componente juvenil, la distancia etaria se convierte en algunos casos en un verdadero abismo generacional, en el que amplios sectores ven cómo se legisla sobre su cuerpo y su deseo con gran ausencia de empatía. “Las jóvenes abortan, pero no votan; los Senadores votan, pero no abortan”, puso en palabras este sentimiento Luciana Peker.

La senadora del peronismo sanjuanino Cristina López Valverde incluso lo hizo explícito en su intervención en el recinto: “tal vez si yo hubiese ocupado esta banca hace 30 años, con el ímpetu de mi juventud, con una mirada muy inmediata, hubiese votado a favor. Pero los años no vienen en vano”. El caso contrario fue la intervención de Pino Solanas, a quien sus 82 años no le impidieron decir: “hablo en nombre de una Argentina que quiere acabar con todos los miedos y que no quiere una juventud reprimida. Ahí está esa gloriosa juventud en las calles: una oleada verde de chicas que está luchando por el reconocimiento igualitario de sus derechos”.

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Finalmente es interesante detenerse en el voto de los y las representantes de extracción gremial, en el que a pesar del imaginario extendido en los sectores medios sobre el sindicalismo, y también de la muy escasa presencia de las mujeres en las cúpulas gremiales, se impuso claramente el “verde” -8 a 3 en Diputados y 2 a 1 en Senadores-.

Ideología, populismo y partidos políticos

Quizás puede decirse que estas variables son secundarias en este debate, cuando en verdad tiene más peso la orientación ideológica y/o religiosa de cada representante, con la dificultad de que el sistema político argentino está estructurado hace décadas alrededor de dos partidos nacionales que nunca se pudieron clasificar fácilmente a través de las variables progresismo/conservadurismo o izquierda/derecha, ni mucho menos de acuerdo a una relación explícita o excluyente con una determinada institución religiosa.

En efecto, el cambio de posición de CFK dejó en evidencia nuevamente una de las características esenciales del peronismo: su capacidad para escuchar las demandas y los procesos de movilización social, y dejarse transformar por ellos. Las quejas de quienes sienten que CFK les está quitando sus banderas (otra vez, ¡ya cansan!), emparentan por la negativa el gesto de la ex presidenta con muchos otros en la historia de su movimiento y no comprenden que de esta manera relanza la vitalidad de su liderazgo político, del mismo modo en que lo hacen todas las grandes personalidades políticas: forjando su destino al calor de las corrientes más dinámicas y transformadoras de cada época.

Esa forma de construcción populista de la identidad política, que le permite interpelar a amplios sectores sociales y en cambio genera irritación en los cultores de todas las formas dogmáticas de identidad, sean de izquierda o de derecha, laicas o clericales, forma parte del mismo proceso histórico que en nuestro país hizo inviables los sucesivos intentos por construir partidos políticos orientados a la representación de intereses particulares.

Es decir, en Argentina no pudieron crecer los intentos de partidos laboristas porque el peronismo consiguió absorber esas demandas y ser la representación política principal de la clase trabajadora por largas décadas, aunque no se trata de un movimiento clasista. Es así que diversos dirigentes gremiales aprendieron por la vía de los hechos que la capacidad de movilización de los trabajadores y trabajadoras no equivale necesariamente a una capacidad de acumulación electoral, algo de lo que también son conscientes los y las dirigentes de los movimientos sociales.

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Y en relación con el debate sobre el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, es interesante resaltar que en nuestra historia tampoco prosperó la idea de un Partido Demócrata Cristiano, ni tampoco los intentos mucho más modestos y recientes de representar el voto evangélico, a diferencia de otros países de América Latina en los que ambas propuestas sí pudieron desarrollarse con mucho éxito.

Al menos hasta ahora, la mejor manera de captar el voto de la clase trabajadora no fue a través de un partido autónomo, como tampoco la vía más efectiva para atraer el voto de un determinado credo religioso fue la formación de un partido confesional. La representación política es sin dudas un lazo misterioso…

El feminismo y la disputa hegemónica

Con esos precedentes no parece previsible tampoco que emerja con fuerza un “partido antiderechos” ni tampoco un “partido de mujeres” hacia 2019, sino más bien que en lo esencial ambas demandas se expresen a través de formaciones políticas más amplias que estén dispuestas a dejarse transformar, aun con las tensiones que eso supone, o al menos a guardarles un espacio. Por eso este debate probablemente transforme el sistema político argentino.

Es posible imaginar en consecuencia que el feminismo, pensándolo en la línea que sugiere Lucho Fabbri más como una relación que como una identidad cerrada, también viva un proceso de síntesis y mestizaje con otras demandas de distintas vertientes para dar lugar a la organización de diversos -e incluso antagónicos- discursos políticos, que modelen y feminicen el campo político: contra el neoliberalismo y en nombre de los derechos de los sectores populares, en el caso de los feminismos populares que vienen creciendo en las calles; con la cosmovisión liberal, en sus variantes progresistas, y también en sus expresiones más elitistas y antipopulares.

En el campo de la disputa central que vive nuestro país entre dos proyectos con vocación hegemónica, uno de carácter nacional-popular y el otro neoliberal, la irrupción de la cuarta ola en 2015 generó escenas de una transversalidad tan inédita como, al menos por ahora, circunscripta a sus demandas. Los dos sectores leyeron que se abrió una oportunidad para desnivelar los términos de la ecuación que encierra el enigma del drama nacional hace diez años, lo que provocó que el feminismo fuera disputado por los sectores más lúcidos de ambos bloques, en busca de concentrar la mayor parte de energías sociales posibles para dirimir una batalla cultural en la que, desde fines de 2015, lleva la delantera el segundo de ellos.

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Desde ese punto de vista es auspiciosa como hecho y síntoma la definición de CFK, alentando al peronismo a asumir una identidad “nacional, popular, democrática y feminista”. En efecto, aún con cierta heterogeneidad a su interior, existió un visible polo favorable a la ampliación de derechos de las mujeres y personas gestantes encabezado por el Frente para la Victoria en ambas cámaras, acompañado por bloques progresistas y de izquierda, así como por fracciones minoritarias –en algunos casos muy minoritarias- de los otros partidos.

En el resto de los espacios políticos la situación se inviertió y, con diferentes niveles, el apoyo se volvió minoritario. El caso de la UCR en el Senado, donde tuvo 9 votos “celestes” y solo 4 “verdes”, sorprende solamente hasta que se repasan sus votaciones ante debates emparentados, como el caso de la Ley de Matrimonio Igualitario, tal como demuestra el politólogo Andy Tow.

Es llamativo el derrotero del PRO en esta discusión: empezó buscando capitalizar un perfil democrático al “abrir el debate”, con el cálculo de que le traería significativos dolores de cabeza a la oposición, y especialmente al kirchnerismo; pero terminó con su fuerza parlamentaria y su base social más dividida que ninguna otra, con Rodríguez Larreta consagrando su gestión “al Sagrado Corazón de Jesús por medio del Inmaculado Corazón de María” ante el arzobispo de Buenos Aires Mario Poli, con Vidal posando con el pañuelo celeste y declarando en los medios su “alivio” ante el rechazo en el Senado y con la vicepresidenta festejando la victoria parlamentaria con un “vamos, todavía” que retumbará en los oídos de más de uno de sus votantes en el cuarto oscuro. Pese a los esfuerzos del bueno de Lipovetsky, la “derecha moderna” parece haberse replegado en las catacumbas de Cambiemos.

A pesar de la victoria en el resultado, del debate en el Congreso parece haber salido mejor parado el kirchnerismo que el macrismo, es decir con más capacidad de ampliar su representatividad. Si esa tendencia se consolida, será una gran ayuda para la disputa hegemónica, que es lo mismo que decir para la construcción de una nueva mayoría, o como lo llama María Paula García, un nuevo pueblo antineoliberal y feminista.