¿Cristina tiene que dar un paso al costado?
Por Ulises Bosia Zetina
Nuevas mayorías

Sustentada en la teoría del techo electoral, una presión sistemática emerge de los medios de comunicación y de sectores de la dirigencia política para exigir un gesto de grandeza que pueda dar lugar a un “gobierno de transición”. Un paralelo histórico con el pacto Perón-Frondizi.

Hace casi sesenta años, tras su incumplimiento, el general Perón divulgaba el pacto secreto al que había llegado con el radical intransigente Arturo Frondizi a comienzos de 1958. En aquel momento, ante la proscripción política del peronismo, la intervención de la CGT y las consecuencias ruinosas de las políticas liberales aplicadas por la dictadura que lo había derrocado tres años atrás, Perón decidió facilitar la elección como presidente de Frondizi como vehículo para obtener una derrota de las fuerzas dictatoriales, a cambio de una serie de reivindicaciones que nunca serían cumplidas por el presidente desarrollista.

Aquel documento histórico estaba encabezado por el siguiente texto:

“Con el fin de encontrar una salida a la actual situación de la República, promover la convivencia normal de los argentinos, poner fin a la política económica y social llevada a cabo a partir del 16 de setiembre de 1955, que ha significado un marcado sometimiento de la Nación y un progresivo empeoramiento de las condiciones del pueblo, el gral. Juan D. Perón y el Dr. Frondizi acuerdan el cumplimiento del siguiente plan político”

Se trataba de que el líder proscripto, impedido de presentarse como candidato y de que su fuerza política participe de las elecciones, pero que contaba con una masa determinante de votos, abandonara su posición proclive al voto en blanco, desautorizara a los partidos neoperonistas que habían surgido y así permitiera que la dictadura de aquel entonces fuera derrotada, utilizando como instrumento al radicalismo intransigente. La decisión táctica que Perón tomó de firmar el acuerdo, muy polémica en su momento, es incomprensible sin repasar las posibilidades realmente existentes en aquel contexto debido a la proscripción. Incluso firmó con plena conciencia de que los compromisos asumidos por Frondizi difícilmente fueran respetados, porque “los pactos políticos entre fracciones adversas son siempre de mala fe, aunque sean convenientes”, tal como el general Perón le manifestó a Cooke a tiempo real en su famosa correspondencia.

Perón en el exilio junto a Cooke, su delegado en aquellos años.

Este recuerdo viene al caso porque en la actualidad asistimos a una presión política y mediática sistemática para que Cristina, dueña también de una masa de votos determinantes, dé un paso al costado y facilite una derrota del macrismo utilizando como instrumento a algún candidato confiable para los grandes grupos económicos y dando lugar a un “gobierno de transición”. Naturalmente, un pacto “Cristina-Massa” o un pacto “Cristina-Lavagna” de ese tipo contemplaría como primer punto que ella no se presente como candidata presidencial.

La diferencia central entre ambas situaciones es que, a diferencia de los años cincuenta, aún no pudieron proscribir legalmente a la principal líder popular de la actualidad, aunque no se puede descartar que avancen en los intentos por la vía judicial. Las presiones apelan entonces a la “verdad” de las encuestas, convirtiendo a la teoría del techo electoral en la base de una argumentación presuntamente indiscutible, que la lleve a dar un paso al costado como un gesto de grandeza.

Nacionalismo popular y desarrollismo

El paralelo histórico es interesante porque invita a pensar en cuáles son las relaciones entre los programas políticos nacional-populares y del desarrollismo: ayer representados por las fuerzas lideradas por Perón y Frondizi, de acuerdo a las circunstancias del mundo de posguerra; hoy por las que encabezan Cristina y Massa, recreadas en las coordenadas que impone el siglo XXI.

Las relaciones entre ambas corrientes históricas de la vida nacional son sumamente promiscuas: en 1945, en 1973 o en 2003 aparecieron reunidas bajo la formulación de un “frente nacional”, aunque las correlaciones de fuerzas entre ellas fueron siempre diferentes, expresando en el terreno político las distintas posiciones de fuerza que asumían las diversas fuerzas sociales de acuerdo a las pugnas de cada momento histórico. Al mismo tiempo, así como por momentos se reunieron, también se distanciaron cuando las fuerzas sociales que sostienen al desarrollismo entraron en contradicción con los procesos nacional-populares y en todos los casos abandonaron el “frente nacional” y se aliaron al liberalismo. 1955, 1976 o 2015 son fechas claves de esa genealogía que siempre dio lugar a los peores procesos de destrucción de los intereses nacionales, por lo que después de un tiempo esas fuerzas también terminaban sufriendo los perjuicios del programa liberal y se acercaban nuevamente al nacionalismo popular. En este exacto punto estamos nuevamente.

Buscando una síntesis, puede decirse que el desarrollismo es históricamente el programa de las fracciones industrialistas de la burguesía argentina, al que en determinadas circunstancias la clase trabajadora se asoció con una motivación defensiva; mientras que el nacionalismo popular es el programa industrial de la clase trabajadora, al que también fracciones de la propia burguesía circunstancialmente apoyaron buscando condicionarlo desde adentro. En ambos casos son programas policlasistas, que apuntan a una integración social, pero la disputa por el liderazgo de una u otra clase determina las características de cada proceso a lo largo de nuestra historia.

Por eso se pueden encontrar coincidencias entre las realizaciones del peronismo y el programa desarrollista con el que Frondizi se presentó a las elecciones de 1958, especialmente en su énfasis en las políticas industrialistas, así como también se puede constatar su oposición común al programa liberal agroexportador. Pero al mismo tiempo el acercamiento entre el peronismo y el frondizismo se chocaba contra una divergencia en dos puntos centrales: la prioridad del mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares y la defensa de los intereses nacionales, ambos aspectos que en el desarrollismo eran subordinados al beneficio de los grandes capitales, y especialmente a la llegada de inversiones extranjeras. En aquel caso la política de entrega petrolera de Frondizi y el enfrentamiento con la clase trabajadora, que llegó a su momento máximo con la toma del frigorífico Lisandro de la Torre y el Plan Conintes, expresaron esas divergencias.

En nuestro tiempo también se puede reconstruir ese vaivén. Si la alianza social que sostuvo a Duhalde y llevó al gobierno a Néstor Kirchner en 2003 estaba liderada por los grandes grupos económicos locales, en buena medida se puede decir que su distanciamiento posterior del kirchnerismo tuvo como prematura expresión precisamente la salida de Lavagna del Ministerio de Economía. La razón de su renuncia fue que el presidente Kirchner se negaba a adoptar las recomendaciones económicas que lo invitaban a “enfriar la economía” para combatir la inflación y promover la inversión, tal como insistentemente sostuvieron los voceros del establishment hasta 2015.

Más adelante ese distanciamiento gradual, que se había profundizado por el sacudón de 2008, se convirtió en ruptura definitiva tras el lanzamiento del Frente Renovador en 2013, cuando los grupos económicos se jugaron a fortalecer una representación política propia por fuera del Frente para la Victoria, a través de Sergio Massa. Para ese momento ya estaban convencidos de que no era satisfactoria la estrategia de condicionar desde adentro al gobierno de Cristina -que respondió a ese desafío ubicando a Axel Kicillof como ministro de Economía-, y se aprestaron a construir una sucesión por afuera.

Cristina junto a De Mendiguren, vocero político de la burguesía industrial, en tiempos de acercamiento político.

Finalmente, con la llegada al gobierno de las fuerzas liberales en 2015, una vez que su proyecto político más afín había quedado relegado a un tercer lugar, optaron por alinearse y dar pelea al interior del macrismo, mientras alentaban un proceso de renovación en la oposición, precisamente liderada por Massa, a través del impulso de una política “racional” y colaboradora con Cambiemos.

Pero sus planes sufrieron duros reveses. La renovación de la oposición no triunfó sino que fue derrotada a través del voto popular a Unidad Ciudadana en 2017, y mientras tanto el explícito programa antiindustrial del macrismo paulatinamente fue modificando las cosas. Después de tres años, importantes sectores industriales empezaron a sufrir las consecuencias de un proyecto de país que no los contempla y las quejas se empezaron a sentir incluso entre las autoridades de la Unión Industrial Argentina. La actual crisis entre Techint y el gobierno nacional, producto de la imposición de un recorte millonario de subsidios por parte del FMI, es la última muestra de una relación que ya no muestra signos de buena salud.

En ese contexto se entiende la voluntad que manifiestan algunos de sus voceros políticos para reconstruir el frente social de 2003, antes de lo que consideran su “desviación” populista, bajo la fórmula de un “gobierno de transición” que “supere la grieta”.

El empresariado en su laberinto

Estos sectores del poder económico se encuentran así en un laberinto: o bien volver a subordinarse a Macri y aceptar las consecuencias del programa liberal conducido por el capital financiero internacional, al que no pudieron condicionar y que económicamente es un fracaso, aunque política y culturalmente resulta afín a sus intereses por la restauración de un orden jerárquico y excluyente; o bien subordinarse al liderazgo de Cristina y volver a intentar condicionar al programa nacional-popular, que pone en el centro el mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, con el que supieron juntarla con pala pero en el que se consideraban desplazados del centro del poder de decisión y al que además juzgan peligroso por sus consecuencias políticas y culturales de empoderamiento e inclusión social.

La primer opción tomaría la forma concreta de una presentación electoral de Alternativa Federal, en lo que sería una apuesta a dividir la oposición y un discurso “contra los fracasos de Macri y Cristina” funcional a la reelección del macrismo. La segunda opción se haría concreta si se anunciara un acuerdo de Massa con Cristina donde se acepte la candidatura presidencial de la ex presidenta, incluso en unas PASO de las que ambos participen.

Por el momento se resisten a tomar cualquiera de las dos opciones y buscan la manera de generar una tercera vía: sostienen a Alternativa Federal como una fuerza autónoma mientras presionan para que Cristina dé un paso al costado y ellos puedan acceder al gobierno con sus votos prestados, integrando en un lugar subordinado al kirchnerismo. Por eso las fórmulas que invitan a un “gobierno de transición” no son solamente una cuestión de nombres ni de facciones políticas en pugna, sino que esconden los equilibrios de fuerzas en los que se podrá dar un eventual gobierno que derrote al macrismo en las urnas.

Lógicamente, estas pugnas no se dan en el aire, sino en el contexto político concreto del país. Es así que la intervención del conjunto de los sectores populares en esas peleas, a través de la movilización y la lucha social, es fundamental para forjar una correlación de fuerzas favorable. En esta consideración es necesario resaltar que los últimos meses la intensidad de la movilización popular fue más baja de la esperada, sobre todo teniendo en cuenta la magnitud del ajuste que estamos viviendo, abriendo interrogantes sobre el estado de ánimo real de las mayorías populares.

Como sea, por el momento las fuerzas nacional-populares esperan y avanzan en la conformación de un Frente Patriótico. Cristina está concentrada en el acercamiento de la mayor cantidad de sectores políticos y sociales posibles, e incluso tiende una mano a representantes políticos del establishment, siempre que reconozcan su liderazgo. Se acerca el momento en el que se pondrá en debate cuáles son las correlaciones de fuerzas sociales realmente existentes y, sobre esa base, se tomarán decisiones políticas de largo alcance.

¿Es posible que, retomando la necesidad de “encontrar una salida a la actual situación de la República”, Cristina juzgue necesario ceder tácticamente y haga un nuevo pacto, como hizo Perón en el 58? ¿Podrá forzarse en cambio a los sectores del poder económicos descontentos con el macrismo a disciplinarse bajo el liderazgo de Cristina? ¿Se realinearán todos ellos con el macrismo y la confrontación política entre proyectos opuestos de país tomará una forma más directa?