Cambiemos: un producto político
Por Aldana Martino
Nuevas mayorías

La consolidación de Cambiemos. ¿Error de la historia o audacia política? Las batallas económicas e ideológicas en sus primeros dos años de gobierno. El 2019, las grietas y la oposición. ¿Y la crisis económica?

Cuando Mauricio Macri se convirtió en presidente en el 2015, nos autoconsolamos explicándonos que había sido una victoria a base de mentiras y puestas en escena ideadas por la mente brillante de Jaime Durán Barba.

En las elecciones del año pasado, Cambiemos logró consolidarse como la primer fuerza política del país. Ganó en los distritos principales y se homogeneizó como un sólo espacio con el mismo nombre, identidad y propuestas a lo largo y ancho del país.

Su victoria electoral luego de dos años de gobierno nos colocó ante la difícil tarea de pensar qué intereses sociales habían logrado representar, con qué factores pudieron empatizar para que gran parte de nuestro pueblo vuelva a apoyarlos, ya sin el empuje de la esperanza del “cambio” ni las mentiras de la campaña anterior. ¿Alcanza con pensar que se trató de un voto de confianza porque sólo pasaron dos años? ¿O que todavía les dura (cada vez menos) el discurso de la pesada herencia para justificar sus políticas? ¿O que los medios de comunicación son de ellos y los blindan de cualquier escándalo?

No hay dudas de que son factores de peso en los resultados. Pero es evidente que Cambiemos logró un vínculo o con una parte de la sociedad, o con una cantidad de anhelos que, dos años después, han logrado seguir representando.

No hay forma de explicar el ascenso de las derechas en América Latina sin hablar del período anterior. Nuestro país no estuvo exento de un fenómeno que se dio a nivel regional y que bien explica Álvaro García Linera. En muchos casos, los procesos populares no lograron que la mejora de las condiciones de vida de la población sea masivamente interpretada como una consecuencia de un proyecto político, de un modelo de país. Difícil tarea, de todos modos, después de 40 años de neoliberalismo que, en forma de dictadura genocida y luego de democracias de vaciamiento económico, hiperinflación y privatización, escindieron “la política” de la vida cotidiana de la gente para reservarla al reducto de “los políticos” quienes, además, eran los responsables de la crisis.

La vara de las necesidades se eleva a medida que se van satisfaciendo y, en la brecha entre los derechos adquiridos por una mejor capacidad de consumo y las nuevas necesidades creadas por esto, logró penetrar el discurso de Cambiemos, meritocrático y liberal.

Íñigo Errejón, líder de Podemos, nos decía el año pasado que hay que tener en cuenta que “los intereses sociales no están dados como para que alguien venga y los represente”. Son construcciones, surgen de las contingencias entre las fuerzas políticas y sociales, de la combinación de los sucesos económicos, sociales y culturales, de la fuerza de la historia. De la política, en resumen.

Que uno de los temas más importantes de la agenda pública sea el derecho al aborto, es una demostración de una necesidad social que el movimiento de mujeres logró instalar a fuerza de muchos años de lucha. La necesidad de comprarse un auto o poder irse de vacaciones, por ejemplo, nace a partir de un piso de necesidades básicas garantizadas, fruto a su vez de la decisión política de un Gobierno que desde el Estado condujo la economía nacional hacia un determinado lugar.

Cambiemos, en todo caso, pudo interpretar los anhelos que la población tenía al momento de la elección. No sin antes construirlos también, por supuesto, con la ventaja de contar con los medios de comunicación masivos a su disposición para instalar temas de agenda que les permitiera transmitir su idea de grieta social.

Con la crisis del 2008, además, los grandes grupos económicos y Estados Unidos ya no podían darse el lujo de no disponer de los recursos de América Latina que avanzaba desde 1998, con la victoria de Chávez en Venezuela, hacia un camino de integración regional y soberanía.

Sobre la base de los límites de esos procesos, las derechas en todo el continente supieron cómo fogonear las demandas sociales, para luego individualizarlas, convertirse en los garantes de un futuro “moderno” y después ganar el poder político. Construyeron la grieta a su medida y le sumaron la demonización del proyecto adversario: libertades versus Estado totalizante, esfuerzo personal versus corrupción, participación individual versus partidos políticos vetustos y tradicionales.

Ganaron, entonces, porque supieron hacer política. Igual que sabemos hacerlo nosotros, pero esta vez, tuvieron ellos el sentido del momento histórico y supieron cómo aprovechar la parte decreciente de nuestra oleada.

La victoria del Gobierno en las elecciones del 2017 demostró algo: pueden ser oficialismo y pueden gobernar con un programa clásico de regresión al neoliberalismo sin crisis. Un programa que, por supuesto, se ven obligados a llevar adelante asumiendo la década anterior.

Construyeron la grieta a su medida y le sumaron la demonización del proyecto adversario: libertades versus Estado totalizante, esfuerzo personal versus corrupción, participación individual versus partidos políticos vetustos y tradicionales.

Así, las batallas que ideológicamente les interesa dar, fueron ensayandolas a prueba y error porque tienen que desandar algunos consensos muy fuertes que existen en nuestro país sobre determinadas cosas. La desmemoria y reconciliación con la dictadura, por ejemplo, es un pilar ideológico fundamental para la sociedad que ellos pretenden construir, como lo es también la mano dura, la represión de la protesta y la paulatina deslegitimación de la educación pública. Todas sus medidas para avanzar en ese sentido encontraron resistencia. Horacio González decía hace unos días que “se mimetizan con todo aquello que no pueden destruir”. Se trata, sin dudas, de un mecanismo político: han sabido qué batallas dar y con cuáles esperar para estar en mejores condiciones.

Podemos decir, entonces, que Cambiemos es un producto político de nuestra época. Una combinación de la audacia política de quienes son los verdaderos dueños de este país y de la Argentina real que dejó el período anterior. Esta derecha naif, moderna, pretendidamente despolitizada, que sostiene algunas conquistas ganadas para arremeter contra las más estructurales sin crisis sociales, es también la derecha “que puede ser” luego de 12 años de recuperación política, económica, cultural y social. Más bien, la que supieron que podría triunfar en la Argentina post 2001 y post Néstor y Cristina.

¿Hay 2019?

Está claro que los dos primeros años de gobierno le sirvieron al macrismo para consolidarse, lejos de nuestras expectativas de que la realidad de la gestión echara por tierra sus promesas de futuro. Desde la oposición venimos lamentándonos porque la derrota generó dispersión y división y a su vez un escenario más propicio para el fortalecimiento del PRO.

No hay dudas de que la dispersión es un problema fundamental a saldar. Pero mientras tanto, urge pensar cuáles son las discusiones que tenemos que instalar y que podemos ganarles para ir construyendo un escenario más favorable: una pelea por el sentido que nos permita ganarle a su promesa de futuro “que justifica el sufrimiento actual, necesario pero pasajero, de los argentinos y las argentinas”.

Esta derecha naif, moderna, pretendidamente despolitizada, que sostiene algunas conquistas ganadas para arremeter contra las más estructurales sin crisis sociales, es también la derecha “que puede ser” luego de 12 años de recuperación política, económica, cultural y social. Más bien, la que supieron que podría triunfar en la Argentina post 2001 y post Néstor y Cristina.

Ahora: ¿hay posibilidad de ganar en el 2019?

Es cierto que el horizonte aparece muy neblinoso. Todo parece caminar hacia una reelección del PRO a nivel nacional y, al menos, en la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires.

Pero tenemos que tener mucho cuidado de descansar en la idea, de nuevo autocomplaciente, de que tarde o temprano ganaremos porque el proyecto económico del gobierno es inviable y nos llevará inexorablemente a una crisis de tal magnitud que el pueblo va a clamar por que vuelva Cristina, o el peronismo, o el progresismo, o cualquier cosa menos el monstruo neoliberal. Primero, porque hay que preguntarse si existe tal monstruo en el imaginario colectivo. Probablemente no, y gracias a que la estabilidad política, económica y social del período anterior permitió que los monstruos neoliberales hagan uso de ese viento de cola para vestirse de modernos gradualistas.

Segundo, porque es irresponsable con nuestro pueblo. Hay que asumir la tarea de construir una alternativa de poder en estas condiciones, con estas correlaciones de fuerzas. Los cambios de gobierno no se producen sólo en crisis. La derecha no ganó durante una crisis: ganó en el momento más estable y creciente del país en los últimos 40 años. La crisis es hambre, pero también es violencia, es ruptura del entramado social, y genera un descreimiento en la política del que es muy difícil recuperarse. No podemos esperar a esa crisis porque no queremos un país que quiera que se vayan todos. Y, además, porque no sabemos cuándo y cómo va a llegar.

Y esa es la segunda gran cuestión. ¿es inexorable la crisis?

Cualquiera diría que sí: especulación financiera, corridas cambiarias, apertura indiscriminada de importaciones, caída estrepitosa del salario, desocupación creciente, etc., etc. Ya lo vivimos. Y por supuesto que el anuncio de la vuelta al FMI confirma todas nuestras suposiciones.

Artículo de la revista Forbes luego de la corrida cambiaria que llevó el dólar a 23 pesos

Pero el modelo del PRO, aunque sea a costa del endeudamiento indiscriminado, parece buscar algo distinto al neoliberalismo de los 90. Combinando tácticas políticas con medidas económicas regresivas como la pretensión de trasladar el costo político de los tarifazos a los gobernadores e intentando administrar el conflicto social, este partido nuevo, distinto de los partidos tradicionales de la Argentina, que sentó a los CEOs más importantes en cada ministerio, parece caminar a un modelo de desigualdad estructural, hacia la normalización de la idea de las élites gobernando, el libre mercado conduciendo y los individuos recluidos al ámbito privado. Un modelo a la chilena o la colombiana o la mexicana. Y mientras les dure el financiamiento externo, tienen resto para intentar estabilizar lo más posible la exclusión.

Tenemos que ver cómo se combinan estas expectativas con la realidad del modelo económico que parece ir abandonando de a poco el gradualismo. Lo cierto es que cuanto peor es la situación de la gente, peores son las condiciones para la organización, y por eso también se impone la necesidad de construir la alternativa hoy, lo antes posible.

La derecha no ganó durante una crisis: ganó en el momento más estable y creciente del país en los últimos 40 años. La crisis es hambre, pero también es violencia, es ruptura del entramado social, y genera un descreimiento en la política del que es muy difícil recuperarse. No podemos esperar a esa crisis porque no queremos un país que quiera que se vayan todos. Y, además, porque no sabemos cuándo y cómo va a llegar.

La movilización en la calle, mayormente convocada por los sectores gremiales que, en la pelea por cuidar el trabajo en todas sus variantes, han sido los dinamizadores de la organización en la oposición, hasta ahora sirvió para resistir. Aunque no sin dificultades, porque salvo las movilizaciones de Diciembre, no han generado grandes costos políticos para el Gobierno (lo que no significa, por supuesto, que haya que abandonar las calles).

Volviendo al principio, hay que agregar a la situación económica un factor que no podemos desconocer, y es que el PRO logró una asimilación social de sus líderes, de su mensaje. Pudo, y esa es la novedad en nuestro país, construir una derecha que genere una identificación en el plano de lo afectivo/emocional con una parte del electorado.

Habrá 2019, o 2023 en el peor de los casos, no sólo si la oposición avanza en mayores niveles de unidad y la gente sigue estando dispuesta a resistir, sino si las fuerzas populares somos capaces de tener la audacia para imponer agenda, para oponerle a su individualización la construcción de nuevas mayorías, y para dar la batalla por el sentido. Si logramos develar que, en realidad, la grieta es otra: es individuo versus ciudadano y ciudadana titular de derechos, es meritocracia versus proyecto político inclusivo, es liberalismo versus soberanía nacional. Si podemos volver a hacer de todo eso, una alternativa de gobierno y de poder para la Argentina.