Sin el populismo latinoamericano no se puede
Por Ulises Bosia Zetina
La globalización ha muerto

Mientras vemos cómo la restauración neoliberal hace agua, ¿estamos en los inicios de una nueva oleada popular? En un continente nuevamente convulsionado, si algo se demostró vano fueron las ilusiones de que las nuevas identidades populares del siglo XXI quedarían enterradas en el pasado por el “fin de ciclo”. ¿Se puede exportar la fórmula argentina?

El triunfo electoral de Mauricio Macri en 2015 fue tomado como un hecho emblemático por quienes pronosticaban la existencia de un “fin de ciclo” en América Latina. Se trataba del presunto cierre de una época marcada por el ascenso de las fuerzas del nacionalismo popular, del progresismo y de la izquierda, que habían conseguido quebrar la hegemonía neoliberal en gran parte de nuestro continente, y obtener logros históricos en el terreno de la lucha contra la desigualdad social, la disminución de la pobreza, la estabilidad y el fortalecimiento en las democracias o la integración regional.

El cierre del ciclo no daría lugar a una etapa de superación virtuosa ni a una etapa de transición, sino más bien de franco retroceso, por lo que el balance de sus logros quedaba relativizado, cuestionado o incluso en algunos casos directamente negado, como si hubiéramos vivido una ilusión.

A la hora de repartir culpas, se producía frecuentemente el exceso de responsabilizar fundamentalmente a las propias fuerzas populares por su derrota, confundiendo las enseñanzas y lecciones que dejan los errores -algunos de ellos muy graves-, con el accionar de los adversarios políticos, siempre más poderosos. El rival también juega, mal que nos pese. Y cuenta con un plantel mucho más cotizado.

Nos acostumbramos a advertir, en ciertas miradas críticas desde el progresismo o la izquierda liberal, cómo se llegaba a insinuar la vieja tesis antipopulista, que afirma que la caída de las fuerzas realmente existentes abriría nuevos espacios para la llegada de nuevos liderazgos más moderados o más consecuentes, según corresponda, cosa que la realidad fatalmente se encarga de desmentir ante cada oportunidad. No hubiera existido Frente de Todos sin Cristina, mucho menos contra Cristina. No existirá nada similar en Brasil sin Lula, mucho menos contra Lula.

Es muy interesante el recorrido intelectual del propio Alberto Fernández al respecto. En un texto muy recomendable por la honestidad de su mirada, escrito en 2017 y rescatado este año por la Revista Crisis, Fernández hace su propio balance del ciclo. Sus temas centrales permiten enmarcarlo perfectamente en el progresismo: la insuficiencia de los cambios económicos estructurales y de la fisonomía del Estado; la crítica de la corrupción y la pérdida de la ética política; la falta de renovación dirigencial y el déficit de republicanismo.

Si relacionamos esta lectura con sus apuestas políticas, como corresponde con un dirigente de su talla, es coherente la apuesta al recambio dirigencial que expresaba Florencio Randazzo en la Argentina. Ahora bien, poco después del fracaso electoral de esa tentativa, en diciembre de 2017, Alberto Fernández sacó una nueva conclusión, sin por eso abandonar su balance del ciclo político: “sin Cristina no se puede”. Y consecuentemente, se puso al servicio de ella para construir una nueva mayoría. El resultado está a la vista.

¿Habrá modificado en algo su punto de vista? ¿Habrá repensado algunos aspectos de su balance? Quizás en algunos aspectos lo haya hecho. Pero en lo esencial lo ratificó. Sin embargo, ello no fue un límite insalvable para hacer política. La enseñanza que nos deja este año es que la negación de los liderazgos y las identidades populares de masas solo conducen a la esterilidad política, y por lo tanto son abiertamente funcionales a la restauración neoliberal.

Un panorama doble

¿Qué queda del “fin de ciclo” cuatro años después de 2015? Indudablemente la situación es diferente, y mucho peor, de la que existía diez años atrás. Esa es la parte en que aquellos análisis acertaron. Pero lo que no se encuentra por ningún lado es la vitalidad de un nuevo ciclo de gobiernos derechistas y neoliberales. El intento existió, pero parece haberse quedado sin nafta antes de agarrar velocidad crucero.

En ese marco se encuentran dos tipos de situaciones distintas.

En primer lugar, los países que protagonizaron la oleada popular de comienzos de siglo. En todos ellos las fuerzas populares dieron lugar a la formación de identidades políticas fuertemente arraigadas en sus pueblos, asociadas directamente a liderazgos personales (y junto con ellas, inseparablemente, sus némesis antipopulistas, base social de los gobiernos opositores). En algunos casos esas fuerzas continúan en el gobierno, aun con grandes dificultades –Bolivia, Venezuela, Uruguay-; en otros fueron desplazadas –Brasil, Argentina, entre otros-. Uruguay y Bolivia afrontan en este preciso momento elecciones. Argentina representa la primera oportunidad para que las fuerzas liberales triunfantes cuatro años atrás sufran su primer retroceso serio, al tiempo que en Brasil el gobierno de Bolsonaro afronta un creciente descontento social, mientras se afirma en un rumbo tan violento como imprevisible.

El denominador común que se puede encontrar en este primer grupo de países es que la exclusión, la estigmatización y la persecución de esas identidades de masas y de los movimientos políticos representativos de buena parte de los sectores populares, conduce directamente al caos y el desorden social. No hay normalidad democrática sin su integración y legitimación como parte fundamental de los sistemas políticos. Pese a la obsesiva propaganda que asocia al populismo con el autoritarismo y la violencia, los últimos acontecimientos conducen a preguntarse con honestidad, ¿quiénes son realmente demócratas? Lo concreto es que los gobiernos que se autodenominan “republicanos”, y supuestamente vinieron a reestablecer el “estado de derecho” y la “República”, se ven envueltos en brutales escenas de violencia institucional. Vuelve a quedar en evidencia que el populismo latinoamericano no solo no es enemigo de las democracias, sino una de sus condiciones de posibilidad.

En segundo lugar, se encuentran los países que estuvieron a la retaguardia de la oleada popular anterior, en los que las fuerzas populares parten de un piso mucho menor. Colombia, México, Perú o Chile podrían ser ejemplos en los que la hegemonía neoliberal no fue quebrada a comienzos de siglo. En ellos se está vislumbrando un proceso muy interesante de surgimiento de nuevas fuerzas políticas capaces de disputar elecciones, encabezadas por el MORENA de Andrés Manuel López Obrador en México, que consiguió llegar al gobierno en 2018. Colombia Humana, la fuerza liderada por Gustavo Petro, por su parte, dio pelea en un disputado balotaje el año pasado, aunque terminó perdiendo con el ultra derechista Iván Duque. El Frente Amplio chileno, por su parte, logró la construcción de una tercera fuerza muy potente, que expresa una agenda de renovación de la dirigencia del país. En Perú, finalmente, el enfrentamiento entre el presidente Vizcarra y el fujimorismo, tras la caída de Kuczynski por acusaciones de corrupción, hundió al país en una profunda crisis política, en la que emerge el Nuevo Perú de Verónika Mendoza como una fuerza de izquierda capaz de dar pelea después de más de treinta años.

¿Es posible que estemos asistiendo a los inicios de una nueva oleada popular en América Latina, que retome la anterior, pero bajo nuevas características? ¿Puede suceder un diálogo entre las fuerzas políticas de cada uno de los dos escenarios? ¿Será exitosa a la hora de gobernar la fórmula argentina que dio lugar al Frente de Todos? ¿Es exportable a otros países? ¿Bajo qué condiciones serían compatibles las ideas del Grupo de Puebla con las del Foro de San Pablo? Por ahora parece muy apresurado responder estas preguntas. Pero sí puede decirse que la restauración neoliberal se encuentra en grandes problemas en todas partes, mientras las fuerzas populares están en pleno proceso de resistencia y, en algunos casos, retomando la ofensiva, mientras nuevas experiencias cobran vigor y viven procesos de acumulación política.

¿Debió estallar antes Argentina?

Para la subjetividad militante, a veces con un poco de liviandad, las imágenes de lucha callejera, los estallidos sociales, las barricadas y los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad tienen su épica. Remiten a una decisión colectiva que grita basta, a la desnudez de todos los fetiches de la normalidad, al desatarse de la rabia popular contenida contra los símbolos del statu quo, al imaginario revolucionario en una época en la que no abundan las tomas de palacios ni las sierras maestras. Desde ese punto de vista, a medida que se viralizan las imágenes de Chile y Ecuador, en las redes sociales se comenzó a formular una pregunta concreta: ¿por qué en Argentina no hubo una rebelión popular? ¿Es que somos un pueblo demasiado sumiso?

Para evitar falsas discusiones, es preciso recordar que los cuatro años de macrismo estuvieron signados por movilizaciones masivas: contra los despidos, contra el 2×1 a los genocidas, los 24 de marzo de cada año, en defensa de la educación pública, por Ni Una Menos, por la aprobación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, los Paros de Mujeres, los paros de la CGT y la CTA, por las reivindicaciones de los movimientos sociales, entre muchas otras. Quizás entre las más recordadas se encuentren las dos jornadas contra la reforma previsional, que en ambos casos terminaron en fuertes represiones policiales. La enumeración deja una conclusión categórica: el pueblo argentino se movilizó, y mucho, contra las políticas macristas.

Sería equivocado creer que todas esas movilizaciones no tuvieron resultados. Ni puntuales, que sí existieron, ni de largo alcance, como forma de erosión del discurso neoliberal y de fortalecimiento y autorreconocimiento de las fuerzas opositoras. Sin embargo, es cierto que no hubo una rebelión abierta contra el gobierno de Macri. No parece descabellado buscar algunas de las razones de que haya sido así en que la política representativa funcionó como una válvula de escape de la tensión social, con las elecciones como momento fundamental.

En ese sentido, los sucesos recientes de Ecuador y de Chile sugieren que los pueblos eligen el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con las fuerzas de seguridad del Estado como recurso cuando la política no ofrece alternativas. Lejos de habilitar un debate sobre el espíritu “combativo” o “manso” de cada pueblo, la cuestión habilita una comprensión de la capacidad estratégica de la conciencia popular.

En Ecuador, el presidente Lenin Moreno traicionó el mandato popular. Como consecuencia perdió gran parte de su legitimidad. Las medidas de ajuste acordadas con el FMI hicieron el resto. En Chile, hace casi treinta años existe un consenso neoliberal inconmovible entre las fuerzas de centroizquierda y centroderecha que se alternan en el gobierno, más allá de las diferencias que efectivamente existen. En Argentina, en diciembre de 2001, salimos a las calles a gritar “que se vayan todos” solamente después de que quedara ultra demostrado que el gobierno de la Alianza -la principal alternativa que había surgido ante el menemismo- no se apartaría ni un milímetro de los dictados del FMI. Ya no había alternativas realistas.

En la política de masas es poco frecuente que se impongan salidas apresuradas. Difícil que el pueblo desayune la cena. Al contrario, como esos dirigentes gremiales experimentados, los pueblos primero agotan cada una de las instancias para entonces pasar a la siguiente. Se podría decir que la rebelión es menos una vocación que una opción necesaria, cuando todas las otras alternativas, menos costosas, se agotan. Por eso cuando los pueblos salen a las calles masivamente, e incluso se enfrentan a las fuerzas de seguridad, tributando muchas veces un sacrificio en sangre, no son presas de la “irracionalidad” ni de la “locura” que siempre se quiere vender. Sino de una inteligencia estratégica.

Alberto Fernández repite una y otra vez durante la campaña electoral que la política es representación de intereses, y que él sabe muy bien a quién debe representar el Frente de Todos. Esa conciencia fue la gran virtud de CFK, la razón y la explicación más profunda de la vigencia de su liderazgo. Por eso de la lealtad de la conducción del Frente de Todos a los intereses populares, frente a las presiones que inevitablemente sufrirá, más allá de marchas y contramarchas, de errores y de aciertos, dependerá esencialmente volver a ver o no, en nuestro país, imágenes como las que hoy vemos en Chile o Ecuador.