¿Qué puede un Chaleco Amarillo?
Por Manuel Tangorra
La globalización ha muerto

Hace dos semanas que Francia está sacudida por un masivo movimiento social cuyo alcance aún no puede determinarse con claridad. Los Gilets Jaunes (Chalecos Amarillos) se expresaron por primera vez el 17 de noviembre en todo el país y el último fin de semana provocaron el sublevamiento en París.

¿Cuál fue el disparador? La decisión del gobierno de Emmanuel Macron de imponer un impuesto que aumenta el precio del combustible a partir del 1 de enero del año próximo.

¿Cuál es el símbolo? El chaleco amarillo obligatorio que los automovilistas deben llevar en el vehículo. Es un emblema del “rutero”, de aquél que vive alejado de las grandes urbes y utiliza el auto como medio de vida y trabajo. Pero esa primera pertenencia está hoy resignificada. El chaleco expresa la bronca de aquellos a los que se ha excluido económica y políticamente del mundo construido por la tecnocracia neoliberal; es el símbolo fluorescente para hacer visible a aquellos a los que las élites han buscado condenar a la invisibilidad.

Aquí, un análisis y reflexión sobre el movimiento que sacude Francia.

El malestar en la civilización (europea)

En los últimos años hemos sido testigo de diferentes movimientos que han convulsionado la vida política francesa y que han hecho de Paris el escenario de importantes movilizaciones. La lucha contra la reforma laboral, la toma de las universidades, las asambleas nocturnas de Nuit Debout, la huelga ferroviaria, fueron algunos de los sucesos que sacudieron últimamente a la Ciudad Luz.

Sin embargo, este movimiento reviste una singularidad que desconcierta a propios y a ajenos, que vuelve difícil la tarea de categorizarlo y de pensar su desarrollo.

¿Por qué? La primera respuesta tiene que buscarse en su surgimiento. A diferencia de las manifestaciones populares de los últimos tiempos, los chalecos amarillos no tienen su origen en la capital, sino en el interior del país y especialmente en las ciudades pequeñas y medianas. En un país tan centralista como Francia, esto constituye una anomalía, cuya primera explicación es el hecho de que los afectados directos por la suba del combustible son quienes dependen de forma vital del automóvil. Son quienes se encuentran a distancias considerables de las escuelas, lugares de trabajo, comercios y demás. El carácter singularmente “federal” –por usar un argentinismo absolutamente ajeno al vocabulario político francés– tiene un arraigo en un malestar más profundo por parte de los franceses que no habitan los grandes centros urbanos y para los cuales este nuevo impuesto viene a coronar una exclusión económica y política que se arrastra hace décadas.

Si la situación económica empeora en todo el territorio –caída del poder adquisitivo, aumento del desempleo, etc.– esta debacle se siente con mucha fuerza en las zonas desindustrializadas, en las antiguas cuencas mineras abandonadas, en los enclaves semirurales donde la vida se ha hecho cada vez más difícil.

Los chalecos amarillos son también producto de la crisis de la clase gobernante para generar una efectiva integración política nacional. No solo es un grito contra los estragos económicos sino también una catarsis contra los significantes de la “corrección política” que emana desde las élites. La pretendida intención “ecologista” del nuevo impuesto –que es ante todo una operación de marketing que encubre una redistribución regresiva de la carga fiscal– no hizo más que contribuir a la gestación de un enérgico rechazo a la arrogancia de un “progresismo” neoliberal que cada día se muestra más insensible frente a las demandas de importantes sectores de la población.

Foto: Vincent Jarousseau

Contra este discurso bien pensante –encarnado como nadie por Macron pero que se extiende en buena parte del arco político– se sublevan aquellos que sufren desde hace décadas el abandono del Estado, la pauperización de sus condiciones de vida y la exclusión de la vida pública donde se determinan las decisiones políticas.

El carácter sui generis del movimiento, el hecho de que el impulso inicial de la movilización no provenga de los bastiones tradicionales del activismo, condujo a los analistas a definirlo como una revuelta del hombre y la mujer “común”. En efecto, se trata de una insurgencia de aquellos que sienten que el mundo de los tecnócratas franceses (y europeos) les da la espalda, que los hace culpables de su propia miseria y que les señala de modo altivo un ideal de bienestar, a la vez ajeno e inaccesible. Cansados de que les digan qué hacer y pensar –en este caso bajo el imperativo “mudarse a la ciudad, dejar el auto, agarrar la bici”– el movimiento pretende ser portavoz de una mayoría silenciosa. Frente a este fenómeno buena parte de los análisis, en especial aquellos salidos de las usinas de la “gauche caviar”, se apresuraron a decretar el carácter intrínsecamente reaccionario del movimiento. Sin dudas, y mal se haría en soslayarlo, las manifestaciones dieron muestra de todas las contradicciones que atraviesan a los perdedores de la globalización en los países centrales.

En los primeros cortes de ruta –espontáneos y coordinados solo por los intercambios en redes sociales– no faltaron escenas de discriminación, agresiones racistas y reacciones sexistas y homofóbicas. No hay dudas que el rechazo a las medidas neoliberales convive con automatismos xenófobos, anti-fiscalismo en general, anti-ayuda social, etc. No obstante, el pasar de los días mostró que esos discursos no lograron cristalizarse como los ejes que orientan el movimiento. Las reivindicaciones se expandieron notablemente más allá del impuesto al combustible, pero siempre con la cuestión de la injusticia fiscal como articuladora.

En la última semana –en la cual ya los sectores del activismo organizado de las ciudades se plegaron a la lucha– los chalecos amarillos hicieron llegar pliegos a los representantes, reclamando el restablecimiento del impuesto a las grandes fortunas (recortado por el presidente a poco de asumir), la suba del salario mínimo, e inclusive una verdadera transición ecológica que castigue a los responsables reales del daño ambiental. Al calor de los acontecimientos no se puede hacer caracterizaciones definitivas. Los últimos episodios posicionan al movimiento como un cuestionador del desguace del contrato social perpetuado por el neoliberalismo macronista.

Un movimiento en disputa

La singularidad del movimiento primero, su masividad después, descolocaron al gobierno que consideró que no iba a transcender más allá de ciertos enclaves aislados. Pero no fueron los únicos. La izquierda socialdemócrata creyó ver, en un primer momento, un simple brote de bronca conservadora, un levantamiento anti-ecológico en plena sintonía con el acenso derechista global. Incluso la principal central sindical del país, la CGT, de tradición comunista, tardó en tender puentes por considerar que las manifestaciones estaban incentivadas por grupúsculos derechistas. Los esquemas de análisis de la izquierda clásica, no dejaban ver nada más que un descontento reactivo del pequeño burgués, una nueva variante del viejo poudjadisme[1] francés.

Quizás la misma evaluación hicieron, esta vez con entusiasmo y esperanza, el Ressamblement National de Marine Le Pen y Les Republicains, conducidos por Laurent Wauquiez. Desde el comienzo alentaron las protestas, y buscaron posicionarse como representantes de ese clamor de la Francia periférica, que bajo su mirada es víctima de la asfixia fiscal, pero sobre todo de la pérdida de los valores identitarios, que las “élites parisinas” han sacrificado en el altar de la globalización. Combinar el rechazo al impuesto con la xenofobia antiinmigrantes, considerar la “urbanofobia” del movimiento como una fronda de las buenas costumbres galas; tal fue la apuesta tanto de la extrema derecha como de la derecha tradicional, cada vez más mimetizadas en su afán de una salida conservadora a la crisis.

No obstante, a pesar de la coincidencia sociológica de los votantes de la derecha con los participantes del surgimiento de los chalecos amarillos[2], la operación de “recuperación” política distó de ser exitosa. La dinámica de las protestas expone, a todas luces, que el hecho de tener una base de votantes de un sector social no equivale inmediatamente a convertirse en el representante de sus explosiones de descontento o de sus irrupciones por fuera de los canales institucionales que surgen bajo formas organizativas novedosas. Incluso la propia metodología inicial –básicamente el piquete– generó rispideces con la prédica derechista, para la cual la legalidad y el respeto del orden público son imperativos absolutos.

La radicalidad discursiva y metodológica de los chalecos, como también los choques inevitables con las fuerzas de seguridad rebasaron rápidamente el intento de capitalización reaccionario. La situación de movilización social es tal que parece, al menos por el momento, haber neutralizado la impostura conservadora de presentarse como antisistema.

En el otro borde del tablero político, Francia Insumisa (FI) fue la excepción en cuanto al escepticismo inicial de la izquierda. Desde el comienzo, la fuerza conducida por Jean-Luc Mélenchon se pronunció en contra de la nueva medida y comenzó una campaña contra el “ecologismo de salón” propio de quienes defienden el impuesto. Alentando las protestas, haciéndose presente en los cortes, la intervención de la FI contribuyó a que el movimiento se abra hacia diversos sectores, que integre en sus reivindicaciones la idea de una transición ecológica socialmente justa y que se reclame una reforma global del sistema político. Mélenchon –y otros referentes de la fuerza como François Ruffin– jugaron un rol importante para que el movimiento repercuta en Paris y en las otras grandes ciudades. Así también para que el conjunto de la izquierda política y social abandonen el escepticismo inicial.

Se incitó a que las fuerzas organizativas y teóricas del activismo se pusieran al servicio de un movimiento heterogéneo que en muchos aspectos no se corresponde con el ideal que los esquemas partidarios proyectan. El resultado es en este aspecto positivo en la medida en que el chaleco amarillo se convirtió en un polo de aglutinamiento antineoliberal, que más allá del desenlace que tenga, ya modificó el escenario político y la correlación de fuerzas. Sin embargo, la acumulación política de FI o de otras organizaciones de izquierda no está garantizada. Como en todo movimiento de contestación radical, las representaciones institucionales de todos los colores están puestas en la mira y la convergencia en nuevos horizontes políticos no se da de manera espontánea, ni tampoco por meros artilugios de propaganda.

La posibilidad de condensar en un bloque histórico progresivo depende de la capacidad de establecer mediaciones reales y genuinas entre el movimiento social y la organización política.

Potencialidades y límites de la “recuperación” política

Si las reflexiones llamadas “postmarxistas” sobre el discurso aportaron una claridad preciada sobre la construcción de mayorías emancipadoras en tiempos de fragmentación de los sujetos subalternos, una cierta simplificación podría llevarnos a pensar que las prácticas discursivas son artificios simbólicos subjetivos que determinan “desde afuera” el movimiento “real” de lo social [3]. Si hay algo que nos muestran los últimos sucesos de Francia, es que ninguna estrategia discursiva opera ex nihilo, y que se encuentra siempre determinada por el resto de los significantes que componen la realidad social en la que se inscribe. La “recuperación política” del movimiento social –de la que tanto se habla en Francia en estos días– es inefectiva cuando se la piensa como una maniobra ideológica que podría capturar el descontento de las masas que le precede.

Foto: Boris Allin

El intento por parte de los sectores reaccionarios de hacer nacer una estrategia “populista de derecha” a partir de los chalecos amarillos, encuentra sus límites en la dinámica política que tomó el movimiento; en las prácticas (ellas mismas discursivas) que lo enfrentan a una idea de orden que los fascistas no pueden más que defender. Sin negar el éxito que tienen actualmente las construcciones simbólicas de los neofascismos para agrupar la indignación de sujetos excluidos por el neoliberalismo, haríamos mal en considerarlas de una omnipotencia invulnerable. La estrategia reaccionaria -como cualquier otra- se inscribe en un entramado discursivo más general que está sometido a las vicisitudes de la lucha social y política.

Por su lado, quienes quieren ver una salida progresiva o incluso revolucionaria de este sublevamiento social, deberán rechazar la ilusión socialdemócrata de “sobrevolar” la bronca de la rebelión, para intentar luego encajarla en alguna campaña política determinada. Como lo demostró el activismo en estos días –donde a los chalecos se suman los estudiantes, los sindicatos y distintos sectores– se trata de poner la voluntad y la inteligencia para que el movimiento sea condición de posibilidad[4] de una opción política por izquierda. Si se construyen las relaciones virtuosas entre la lucha reivindicativa del movimiento y las fuerzas políticas de cambio, los chalecos amarillos no serán el símbolo de una catarsis aprovechada por la reacción; sino, al decir de Gramsci, el disparador de una catarsis transformadora, el puntapié para la eclosión de una revolución ciudadana.

[1] Movimiento político-sindical de la clase media francesa de la década del 50. Anclado en un conservadurismo pequeño-burgués. Su discurso se centraba en el rechazo a las cargas fiscales, a la casta estatal y parlamentaria y a la intelectualidad progresista. Es considerado por muchos como una de las raíces de la extrema derecha francesa contemporánea.

[2] Ver gráfico de votantes de Le Pen.

[3] Contra esta simplificación idealista de la Discourse Theory, Jean-Luc Mélenchon afirma: “No identifico ni resumo la construcción del pueblo al acto puramente subjetivo de la autodefinición de un nosotros.” Ver entrevista: https://lvsl.fr/peuple-revolutionnaire-diner-gala-jean-luc-melenchon.

[4] Iñigo Errejón ha resaltado la importancia de considerar las “condiciones de posibilidad” de las estrategias discursivas: “El reconocimiento de que todas las identidades políticas son construidas debe ser acompañado por la constatación de que no todas tienen la misma posibilidad de éxito en sus esfuerzos por ser hegemónicas. Esto conduce de forma necesaria a estudiar las “condiciones de posibilidad” de la hegemonía”. Errejon, I. “La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en Bolivia (2006-2009): un análisis discursivo.” Madrid, 2012, p.229