Venezuela: ¿qué pasa después de las elecciones?
Por Julián Aguirre y Lucas Villasenin
La globalización ha muerto

Los resultados de la elección del domingo 20 de mayo fueron valiosos para la revolución bolivariana. Tras estabilizarse el panorama político en la segunda mitad de 2017 la estrategia chavista se fortaleció con la profunda crisis de liderazgo y credibilidad que padece la oposición venezolana.

Los resultados de la elección del domingo 20 de mayo fueron valiosos para la Revolución Bolivariana. Tras estabilizarse el panorama político en la segunda mitad de 2017, la estrategia chavista se fortaleció con la profunda crisis de liderazgo y credibilidad que padece la oposición venezolana.

La reelección de Maduro como presidente hasta 2025 expresa un cambio de ciclo político en Venezuela que pone tanto al chavismo como a la oposición ante nuevos desafíos. El escenario internacional también tendrá la llave para determinar el futuro de un proceso político complejo y plagado de tensiones.

Una triunfo legítimo

De acuerdo a los datos oficiales del Consejo Nacional Electoral 6.233.838 votantes (el 67,8% del total) eligieron a Nicolás Maduro para ser presidente por un nuevo mandato. Los opositores Henri Falcón y Javier Bertucci obtuvieron 1.925.239 (el 20,9%) y 988.761 (el 10,8%) respectivamente.

La participación electoral fue de 46,09%, contabilizándose un total de 9.132.655 sufragios. Es justo reconocer que es un porcentaje bajo comparado con la participación de la anterior elección presidencial en 2013, cuando hubo una participación del 79,6%. Pero el escenario actual difiere sumamente de aquél.

Foto: Julián Aguirre

El dato sin el cual no se comprende el triunfo del chavismo fue el llamado a desconocer la elección por parte de los grupos más radicales de la oposición. No fue la primera vez que han convocado a no participar.

En 2005 toda la oposición decidió no presentar candidatos para la elección parlamentaria, entregando el control total de la Asamblea Nacional al chavismo. En aquella ocasión solo participó el 25,2% de quienes estaban habilitados. Un escenario similar se repitió en 2017 cuando en la convocatoria para elegir representantes a la asamblea constituyente la oposición saboteó la elección y hubo una participación del 41,5%.

Teniendo en cuenta estos precedentes, la elección del último domingo con una participación del 46% es elevada respecto a los saboteos electorales previos. Más aún teniendo en cuenta los pronósticos opositores que anunciaban entre un 30% y un 10% de participación.

Más legitimada aún es esta participación comparando con el ámbito internacional. En las últimas primeras vueltas electorales para elegir presidentes en países como Colombia o Chile el porcentaje fue inferior o similar. En Colombia, en 2014, sólo participó el 40,6% de quienes estaban habilitados y en Chile, en 2017, el 46,7%. En toda América, Juan Manuel Santos, Sebastián Piñera e incluso Donald Trump en Estados Unidos son presidentes que obtuvieron un menor porcentaje de votos que Nicolás Maduro, sobre el total de personas habilitadas para votar en sus países.

Los más de 4.300.000 votos de ventaja por los que ganó Maduro evitan la posibilidad de construir cualquier marco que deslegitime matemáticamente su derecho a ser reelecto. El desconocimiento de los resultados por parte de la oposición, los gobiernos y los medios internacionales estaba dado de antemano sin información alguna.

Las denuncias de fraude han sido una constante en los 24 procesos electorales que se llevaron a cabo en el país desde que Hugo Chávez fue elegido presidente en 1998. Henri Falcón desconoció el resultado por acusar al oficialismo de utilizar puntos de difusión de la misma forma en que tradicionalmente los utilizó la oposición en otras elecciones. Pidió que haya nuevas elecciones pero sin Maduro como candidato. Mientras que Javier Bertucci reconoció el resultado aunque denunció lo mismo que Falcón. Las demás voces de la oposición, que optaron por boicotear el llamado a las urnas, aprovechan la ocasión para defenestrar el reclamo de sus antiguos aliados por considerarlos “funcionales” a la estrategia oficialista.

 

La estrategia de esta oposición fue más parecida a la que se usó en Nicaragua para derrotar a la Revolución Sandinista en los 80´, entre los “contras” y la alternativa institucional que terminó representando Violeta Chamorro. Terrorismo e instituciones fue lo que predominó. Esta estrategia terminó de ser derrotada el último domingo.

 

Tras años de vulnerabilidad, el chavismo logró reconstruir una mayoría electoral relativa, demostrando además que cuenta con un núcleo duro más disciplinado que el prevaleciente en la oposición. Quedará por ver su capacidad para construir -como se propone- una mayoría sustentada fuera de las urnas en nuevos consensos.

Crisis de oposición

La Revolución Bolivariana contó con distintos tipos de adversarios. En un primer momento, antes de los intentos golpistas de 2002, aún intentaban resurgir las viejas referencias ligadas a los partidos tradicionales como COPEI o Acción Democrática vinculados a la Iglesia, las centrales sindicales y empresarias conservadoras y grupos de las fuerzas armadas. Su estrategia golpista, que buscó derrotar al chavismo con un golpe cívico-militar corto y efectivo al estilo de Pinochet en Chile, fracasó en 2002.

Luego de su derrota apareció una nueva generación que contaba con hijos de las élites empresariales que se habían profesionalizado en ONGs y en nuevos partidos políticos. María Corina Machado, Leopoldo López y Henrique Capriles serían sus principales referentes. Esta renovada generación de dirigentes opositores, que convivió con las viejas fuerzas, en los últimos años ha llegado a tener éxitos electorales con la Mesa de Unidad Democrática.

Foto: Julián Aguirre

De forma audaz se aprestó a disputar el uso de símbolos y discursos hasta entonces asociados a la tradición chavista, aunque traducidos en su propia clave: así, al poder popular se le contraponía la participación ciudadana; a la promoción de nuevas formas de ordenar la economía, que hacían hincapié en el control y gestión obrera o comunal, las fórmulas de empresas mixtas; gorras, camperas y toda la parafernalia con los tres colores nacionales. Finalmente, se hizo con la propiedad sobre la misma idea de democratización que inspiró el ascenso del chavismo, aunque fuera una democratización vagamente definida.

Su estrategia de combinar una guerra híbrida (económica, mediática, militar y psicológica) con participación institucional tuvo su apogeo en el aplastante triunfo de 2015, en la elección de representantes para la Asamblea Nacional. Pero en lugar de apoyarse en su capital electoral y esperar los tiempos institucionales para derrotar al oficialismo, apenas conformada la nueva Asamblea Nacional se dedicó a usar el parlamento para promover la vía insurreccional y violenta. Desconoció al poder ejecutivo, votó leyes inconstitucionales y se preocupó más por sacar de la Asamblea Nacional los cuadros de Bolívar y Chávez, que por responder a las demandas de sus votantes.

Tras quemar su capital político en la derrota que sufrió la agenda de calle y violencia callejera de abril-julio de 2017, la oposición en su conjunto decidió salirse de la vía institucional desconociendo la Asamblea Constituyente. Finalmente estalló en su propio seno, cuando en las elecciones regionales del año pasado no pudo tener una estrategia conjunta.

Y así llegó a 2018: con un saboteo mayoritario al proceso electoral y un candidato poco competitivo y cuestionado en su legitimidad. Henri Falcón pudo hacer una elección digna para su estatura pero insuficiente para superar una crisis que en buena medida fue provocada por los mismos anti-chavistas.

Con el resultado electoral del domingo podría cerrarse un ciclo en el proceso histórico de la Revolución Bolivariana. Luego del fallecimiento de Chávez en 2013, la oposición (con todos sus matices) se debatió entre la vía insurreccional -promoviendo la violencia- y la vía institucional. El domingo la oposición actualmente existente sepultó cualquier aspiración institucional. Por sesgos ideológicos, por exceso de confianza tras la partida de Chávez, por urgencia revanchista, malinterpretó el caudal electoral que había logrado acumular en la presidencial de 2013 y la legislativa de 2015 como un cheque en blanco a su deseo de acabar con el chavismo. 

La estrategia de esta oposición fue más parecida a la que se usó en Nicaragua para derrotar a la Revolución Sandinista en los 80´, entre los “contras” y la alternativa institucional que terminó representando Violeta Chamorro. Terrorismo e instituciones fue lo que predominó. Esta estrategia terminó de ser derrotada el último domingo. Ahora solo cabe lugar para que despliegue todo su arsenal bélico -como parece más probable- o que se adapte a la institucionalidad que rechaza.

Superar la crisis

Por su extensión en el tiempo y por su profundidad, la crisis que empieza a superar el chavismo no tiene comparación con las que se dieron con los intentos golpistas de 2002 o la derrota electoral de 2007. Esta crisis ha tenido un carácter específico: supone la confluencia de diferentes ejes de tensión (económico, institucional, regional, mediático, militar) durante un periodo prolongado. Contra todos los pronósticos y manifestaciones de deseo de sus detractores, Maduro ha conducido al chavismo a la finalización de su primer mandato, atravesando la mayor crisis de su corta historia.

Foto: Julián Aguirre

Haber mantenido la unidad popular y desarrollar coherentemente una estrategia para aprovechar las debilidades opositoras han sido las principales virtudes políticas del chavismo. La crisis de hegemonía que aún padece el chavismo abarca varias dimensiones:

  • crisis del modelo de acumulación centrado en la economía rentista petrolera, con los consiguientes efectos sociales desastrosos;
  • crisis de liderazgo a partir de la desaparición física de Chávez en tanto conductor político y estratega, pero también como comunicador, pedagogo, orientador y referente de sentidos;
  • crisis institucional, a partir de la reafirmación del rumbo antidemocrático que adoptaron las facciones que hegemonizaron a la MUD en el periodo 2013-2017;
  • crisis del marco de alianzas regionales, a partir del cambio de signo político en la mayoría de los países de la región, con especial peso en los casos de Argentina y Brasil;
  • crisis migratoria, la Oficina Internacional de Migraciones (OIM), en su informe de febrero de 2018 afirma que desde 2015 habrían salido del país un aproximado de 924.547 personas.

Lo que fracasó (nuevamente) no fueron solamente los métodos elegidos por la oposición para provocar la salida anticipada de Maduro; ha fracasado un modelo de interpretación del chavismo que lo redujo a la clave de la demagogia y la coerción “populista”. La fortaleza popular del chavismo en un momento de crisis social -solo asimilable al llamado “periodo especial” en la década del 90´ en Cuba- da cuenta de una construcción política, social e ideológica sumamente sólida para le época contemporánea.

La necesidad de una nueva hegemonía

La nueva fase de la Revolución Bolivariana va a requerir terminar de superar la crisis actual y formular las claves de una nueva construcción hegemónica. Puede apoyarse en sus fortalezas, pero para lograrlo va a necesitar soluciones ante los problemas que la crisis puso en evidencia.

Puede beneficiarse de un coyuntural aumento del precio del barril del petróleo, pero necesita cumplir con la tan mentada “siembra del petróleo” para avanzar en la soberanía alimentaria. Puede apoyarse en el probado liderazgo de Maduro, pero necesita de más protagonismo de jóvenes y mujeres en sus direcciones.

Foto: Julián Aguirre

Puede aprovecharse de las debilidades de la oposición realmente existente, pero necesita construir un nuevo sistema político e institucional que incluya a quienes no se identifican con el chavismo. Puede apoyarse en el pragmatismo y en las instituciones leales a la Revolución, como las fuerzas armadas, pero necesita nuevos dirigentes que sean eficientes en la gestión estatal. Puede continuar exponiendo la ideología bolivariana y las enseñanzas de Chávez, pero también necesita modernizarse comprendiendo las nuevas dinámicas comunicacionales.

Algo de todo esto estuvo insinuado en los últimos meses. La lucha anticorrupción, un mayor pragmatismo en la gestión pública, una apuesta tibia pero reconocible por la renovación de dirigentes, son algunos de los ensayos que buscan introducir cambios o innovaciones en las políticas de gobierno.

Un nuevo discurso, una nueva estética y hasta nuevos colores, sin desmarcarse demasiado de las tradiciones fundacionales, también han sido visibles en la última campaña electoral. Un reiterado llamado al diálogo a los opositores fue proclamado por Maduro en su discurso luego de anunciados los resultados.

No será tarea fácil, y el contexto se presta para acentuar las pujas por el poder tanto dentro de los aparatos de Estado como dentro de ese microuniverso de fuerzas sociales y políticas llamado chavismo. Coexisten múltiples interpretaciones acerca de las razones que tiene la crisis y de los caminos a tomar para superarla. Alcanzada la meta de garantizar la continuidad institucional del chavismo al frente del gobierno, ahora el nuevo gran desafío quedará centrado en devolver a la política al rol que supo dársele en Venezuela como medio de construcción de bienestar y empoderamiento popular.

Aislamiento o segunda oleada

El dato internacional más relevante es el enorme desconocimiento de los resultados electorales por parte de los gobiernos extranjeros, impulsado por Estados Unidos, la Unión Europea y el Grupo de Lima. Lejos de tratarse de una denuncia de irregularidades, que no supera el más mínimo análisis racional, la operación internacional consiste en negarle a la Revolución Bolivariana el derecho a existir. No se busca elecciones limpias ni control internacional, solo se busca que el gobierno abandone el poder político.

Los apoyos de países como Rusia y China, o de gobiernos aliados, no revierten una correlación de fuerzas sumamente negativa que requiere ser transformada para evitar el aislamiento político y las amenazas sistemáticas que apuestan a una intervención extranjera. Las nuevas medidas adoptadas por Estados Unidos y los países del Grupo de Lima apuestan a profundizar el cerco, apoyar a la oposición violenta y promover el caos absoluto en país.

Hay un elemento determinante en la historia de la Revolución Bolivariana, que fue reconocido en varias ocasiones por Hugo Chávez. El 1 de enero de 2003, mientras en Venezuela se desarrollaba el auge del golpe petrolero y el gobierno aún no había llegado a controlar a PDVSA, en Brasil asumió Lula da Silva como presidente. La llegada al gobierno del obrero metalúrgico no solo acompañó al proceso político venezolano a superar la crisis golpista sino que le permitió impulsar una proyección regional de integración. MERCOSUR, UNASUR, ALBA, entre otros proyectos, fueron herramientas de un paradigma diferente a la integración promulgada por el antes indiscutido Consenso de Washington. El actual retroceso de estas instancias de articulación también es expresión de los tiempos que corren.

Más de 15 años después, para evitar el aislamiento la Revolución Bolivariana necesita fervientemente que haya resultados favorables para las fuerzas progresistas en el continente. En junio habrá segunda vuelta en Colombia, en julio Andrés Manuel López Obrador podría llegar a la presidencia de México y en octubre debería haber elecciones en Brasil.

 

Alcanzada la meta de garantizar la continuidad institucional del chavismo al frente del gobierno, ahora el nuevo gran desafío quedará centrado en devolver a la política al rol que supo dársele en Venezuela como medio de construcción de bienestar y empoderamiento popular.

 

Un posible triunfo de Gustavo Petro en Colombia debilitaría las apuestas militaristas fomentadas por el uribismo desde Colombia contra la Revolución. Y, para que se cambie sustancialmente la correlación de fuerzas regional, hace falta que en octubre en Brasil triunfe la fuerza política que hoy lidera el prisionero político con más apoyo popular del mundo. Un triunfo de quienes luchan por la libertad de Lula reimpulsaría una segunda oleada que promueva la integración regional y fortalecería a la Revolución Bolivariana en su tarea de construir una nueva hegemonía.

En Venezuela la Revolución Bolivariana puede sobrevivir de manera aislada, pero necesita de cambios políticos favorables en la región para que su proyecto pueda consolidarse y renovarse.