Pandemia, un jaque mate: ¿del o hacia el Capital?
Por Nicolás Enríquez
La globalización ha muerto

La Pandemia de COVID-19 está funcionando como una verdadera impugnación a la visión neoliberal de la sociedad, este acontecimiento (bien podría haber sido otro) despertó malestares ocultos y anestesiados, corrió el velo de maya que mantenía sin fisuras a un sistema que por definición es sísmico.

La situación viene de arrastre, se puede esbozar como una continuación de la crisis inmobiliaria no resuelta del 2008. En su momento, para tapar ese bache, el sistema barrio los problemas bajo la alfombra, sin tratarlos en su raíz. Ya en 2019 se vislumbraron descontentos y cimbronazos ante este statu quo, con la juventud y las clases populares como actores políticos de vanguardia, cuestionadores de 40 años de predominancia neoliberal. El coronavirus, y el consiguiente terremoto que le causó a la globalización financiera, viene a funcionar como una continuación de dichos malestares, que en este caso no se visualizan en plazas colmadas y reprimidas, sino en el miedo y paranoia de los individuos recluidos en sus hogares.

La cuarentena mundial generó discursos y posiciones encontradas e insospechadas por parte de sus propios interlocutores. Es el caso del Financial Times, usina del laissez-faire financiero, que subrayó la necesidad de avanzar en reformas radicales que inviertan la política económica predominante en los últimos 40 años, llegando incluso a plantear conceptos como la redistribución de la riqueza, el papel activo del Estado en la economía y hasta la necesidad de impuestos sobre la renta y la riqueza. Otro caso representativo, plagado de ironía, es el de Boris Johnson, quien en un principio, haciendo gala de la filosofía británica del “keep calm”, fue fiel a la línea trumpista de privilegiar la “economía” antes que la salud; pero un verdadero vuelco de la situación, llegando hasta al punto de que la Reina Isabel diese su cuarto discurso desde el inicio de su reinado y el propio Johnson sea internado en una sala de terapia intensiva, cambió rotundamente su discurso al punto de declarar que: “sí existe algo como la sociedad, y es la única que nos puede salvar”, contradiciendo así a su mentora teórica Margaret Thatcher, quien planteaba la inexistencia de este cuerpo social, suscitando de esta forma un individualismo extremo en el que cada quien se encuentra a la deriva de sí mismo. Boris logró recuperarse y grabó unas declaraciones agradeciéndole a una médica neozelandesa y a un médico portugués por salvarle la vida. Podemos decir que un político antiinmigración dándole las gracias a médicos extranjeros y desdiciendo a la mismísima Thatcher le está hablando de frente al corazón del conservadurismo británico, signo de los tiempos.

La situación actual solo se comprende dirigiendo una mirada a la estructura que la sustenta. El capitalismo, por su propia naturaleza, necesita de las crisis para funcionar, es un eterno rey con su espada de Damocles sobre la cabeza. Los llamados “ciclos de Kondratiev” atestiguan esto, eternos ciclos de 60 años que empiezan con la bonanza del crecimiento económico y terminan con la explosión de la burbuja financiera. Marx se apresuró al plantear las sucesivas crisis de 1840 y 1870 como “la crisis” que acabaría con la predominancia del capital, ya que estas mismas no solo permitieron el resurgimiento de su enemigo, sino que también le añadieron nuevas características en su estructura y relaciones de producción. Siguiendo a Alejandro Galliano, la confusión de Marx era leer cada crisis como apocalíptica, cuando estas mismas son la dimensión existencial del capitalismo, su propio funcionamiento, ya que, y bien lo atestigua el momento actual, el capitalismo es una experiencia que consiste en vivir el fin del mundo todos los días.

Por lo tanto, la mentada necesidad de “volver a lo normal” en esta irrealidad pandémica, es una vuelta a la normalidad capitalista, una vuelta a la crisis cotidiana de las relaciones sociales atravesadas por la lógica financiera y especulativa. Volver a la normalidad, entonces, es volver al aturdimiento neoliberal, a la mecanización de los cuerpos, al movimiento vertiginoso y despersonalizante en el que una vez adentro nos es imposible salir y combatir. Como diría Charly: “poco a poco vos te acostumbras”.

Esta radiografía del sistema debe ahondar en la especificidad de nuestro tiempo entendiendo la propia naturaleza que la dominación del Capital adoptó en los últimos 40 años, en los cuales se abandonó la idea del Estado protector de la sociedad y humanizador del Capital, para dar paso a una valorización financiera rapaz. Dicho modelo es el neoliberal, que pregona como principio la maximización de los beneficios y el crecimiento ilimitado, lo que conlleva a la necesidad de reducir todos los costos a cero, y siendo el ser humano un costo más, un capital humano, nada implica que tampoco se busque que él también sea reducido a cero. Por ende, el accionar neoliberal necesariamente supone una subsunción y destrucción del cuerpo en pos de la valorización del Capital. Citando a Berardi: “No debemos olvidar que el resto de la filosofía del neoliberalismo es fundado esencialmente por los mismos principios que se funda el nazismo hitleriano: selección natural, imposición de la ley del más fuerte en la esfera social, eliminación de cualquier diferencia entre la sociedad y la jungla”.

¿Qué es lo que se puede pensar ante tal situación, que no parece plantear ningún otro horizonte que no se mantenga bajo el halo del pesimismo? En los momentos de incertidumbre el cuestionamiento de lo estatuido aflora como un menester, ante la voracidad del capital se vuelve imprescindible la aparición de nuevas formas de solidaridad para resguardar la existencia humana, nuevas maneras de pensar las estructuras de la sociedad, nuevas relaciones societales comunitarias que pongan la primacía sobre el nosotros, pero que a la vez sean garantes de la constitucionalidad y la libertad de los cuerpos, no tecno totalitarismos basados en la violencia y el control despótico como pilares de funcionamiento.

Siguiendo con el análisis de Berardi, que nos brindó una de las miradas más lúcidas de la actualidad de la pandemia, lo que estamos viviendo no es una simple crisis, es un reset, es un apagar la máquina y volverla a encender después de un parate, como también dijo Martín Rodríguez: “Paramos al capitalismo para salvar al mundo”, pero cuando la reiniciemos podemos optar por volver a la normalidad neoliberal de la que hablamos o reprogramarla otorgándole primacía a conceptos hoy en segundo plano como la conciencia o la sensibilidad. Una reprogramación que conciba áreas por fuera de lo económico y necesarias para el buen funcionamiento del cuerpo social, áreas de interés público, donde se privilegie la idea de utilidad por sobre la de valor de cambio, aquí podemos mencionar la desmercantilización de sectores como la salud, la revalorización de bienes públicos, la desprivatización de servicios públicos, etc.

En otras palabras, plantear visiones que busquen terminar con el aceleracionismo neoliberal, miradas heterogéneas y populares, funcionamientos donde lo plebeyo se posicione en el centro del plano político y cristalice sus demandas en nuevas formas de comunidad que no se atengan a la lógica del sálvese quien pueda, de la maximización de ganancias y del fetichismo del consumo, sino que pongan énfasis en visiones solidarias y colectivas que impliquen mejoras y libertades de los cuerpos, de las sociedades y del medioambiente. Visiones que, en definitiva, permitan pensar en un placer que no lleve necesariamente al consumo.

Como vemos, la partida ya está en juego, solo resta ver si seremos capaces de cuestionar la fuente de legitimidad de lo que concebimos como la normalidad, si nos podremos dar el trabajo, y la lucha, de pensar nuevas relaciones que pongan el eje en la existencia de una vida digna de ser vivida, si seremos capaces de hacerle jaque a la lógica del capital que impera sobre nosotrxs.