No tan distintos
Por Agustín Rodríguez Uria
La globalización ha muerto

¿Hay realmente tanta distancia entre el macrismo y el fenómeno Bolsonaro? ¿Qué elementos de la coyuntura brasileña son extrapolables a la realidad argentina?

En las últimas semanas se ha escrito mucho explicando que la situación de Brasil y el triunfo de Bolsonaro son la consecuencia necesaria de una crisis de representación política. Pero después de procesarlo un poco, al igual que en Argentina, parece ser una definición insuficiente y problemática que requiere de cierta profundización si queremos evitar caer en lecturas políticas desafinadas.

En ese sentido, el argumento que trataremos de desarrollar se reduce a lo siguiente: lo que sucedió en las últimas elecciones brasileras, lejos de corresponderse con una crisis de identificaciones políticas, tiene más que ver con el producto de una sobre-politización que interviene el espacio social, dicotomizándolo entre una voluntad colectiva de tipo popular y una voluntad reaccionaria-neo restauradora.

Por supuesto que esta última es capaz de articular muchos elementos antipolíticos, pero su fundamento central se reduce a un rechazo por derecha de las políticas de redistribución económica, social y cultural de la década precedente. Se fundan en el desprecio a los sectores populares, en la impugnación de cualquier principio igualitario esbozado en las políticas públicas, en una agresiva deslegitimación de las políticas de DDHH y ahora como novedad, en el rechazo a la irrupción del movimiento de mujeres y disidencias… por eso no se trata de una falta de representación política, sino más bien de una politización por derecha. Que Bolsonaro haya crecido después de la marcha de #EleNao es la más clara ejemplificación de este proceso.

Lo único que puede considerarse en crisis, en todo caso y como casi siempre ha sido en estas situaciones, es el liberalismo democrático centrista que en algunas coyunturas históricas había logrado representar establemente a la clase media, tal como son los casos del PSDB en Brasil o la UCR en Argentina. El liberalismo ilustrado siempre ha llamado crisis de representación nada menos que a su propia crisis, cuando se ve desbordado por posiciones extremadas, tanto a su izquierda como a su derecha.

De todas formas, es cierto que en Brasil, se atravesó un fuerte proceso de deslegitimación institucional, iniciado por la operación Lava Jato, seguido por el impeachment a Dilma y la instalación del gobierno de Temer sin ninguna base de sustentación, por el encarcelamiento de Lula, entre otros factores que socavaron los cimientos del sistema político. Pero estas especificidades brasileñas no hacen al núcleo de la cuestión, sino que más bien son simplemente un modo particular-nacional de desenvolvimiento de una dinámica muchos más general y estructural que atraviesa a toda la región.

Que en Brasil la derecha neoliberal haya retornado al gobierno a través de un golpe institucional y el encarcelamiento del principal dirigente de la oposición, y recién ahora lo consiga a través de las urnas como en el caso argentino, fue más producto de la torpeza de sus elites políticas y su precipitación golpista, que de algún tipo de determinación estructural que atañase a Brasil en particular.

Lo mismo podemos decir en el caso ecuatoriano, en donde el proceso de recomposición de la derecha tuvo la especificidad de darse desde dentro de la propia alianza gobernante. Todas estas son contingencias producto de la sobredeterminación de cada historia nacional, de las que debemos tomar distancia para ver la foto integral de lo que verdaderamente está en juego en el conjunto de esos procesos.

Con esto no pretendemos tampoco anular el análisis de cada una de estas especificidades, como por ejemplo la extraordinaria capacidad del macrismo para construir una maquinaria electoral eficiente en Argentina, pero sí situar estos componentes en su justa medida. El bosque fue y sigue siendo que todas son fuerzas articuladoras de una nueva identidad social profundamente conservadora, que se funda (y a la vez construye) sobre la impugnación de las identidades populares previamente desplegadas. La efectividad electoral del macrismo debe analizarse sobre estos elementos, y recalcar sobre todo su capacidad para convertirse en la fuerza capaz de representar esta tendencia estructural y darle la forma política que finalmente adquirió, lo cual es algo mucho más complejo que un simple eslogan de campaña y que las recetas comunicacionales del tan mentado duranbarbismo

En síntesis, podríamos definir que durante muchos años se incubó desde dentro de los propios procesos populares, un segmento social altamente reaccionario y ansioso de encontrar representación política, y si eso se consolida mediante Macri o mediante Bolsonaro es simplemente un detalle nacional. A confesión de partes, Bolsonaro no hace más que decir con firmeza lo que en Macri es balbuceo. Nunca más evidente aquella sentencia de Bertolt Brecht: un fascista no es más que un liberal asustado.

Queremos insistir en esta cuestión, porque en las semanas transcurridas entre la primera vuelta y el reciente balotaje han salido numerosos análisis de parte de la izquierda tradicional, que en su afán de auto-justificar el llamado a votar al PT y distanciarse de aquel dramático voto en blanco en la Argentina de 2015, elaboraron caracterizaciones que distanciarían a Macri de Bolsonaro. En estos análisis, Bolsonaro representaría una experiencia abiertamente fascista mientras que Macri habría ganado con una suerte de engaño a los sectores populares bajo promesas de tipo “pobreza cero” y “combate al narcotráfico”.

Desde nuestro punto de vista, este análisis subestima terriblemente al electorado. Por supuesto que algún votante desprevenido puede haber sido interpelado por varias de estas consignas, pero lo que se desconoce allí es que lo que le permitió al macrismo consolidarse como una nueva mayoría electoral no fueron ni los globos ni el inverosímil programa económico ofrecido en campaña, sino su capacidad para representar conscientemente una voluntad profundamente antikirchnerista con todo lo que ello implica, que reunía todas las mismas características que hoy reúne Bolsonaro y su antipetismo. De hecho, el macrismo viene revalidándose e incluso ampliando su caudal electoral a nivel nacional en 2017, luego de ser gobierno durante más de dos años y haber clarificado masivamente su programa económico-social. La diferencia entre Macri y Bolsonaro es solo de grado e intensidad, pero son parte del mismo registro.

Algunas conjeturas para el campo popular

Este análisis arrastra entonces otras dos definiciones sustanciales para la orientación de las diferentes organizaciones del campo popular en nuestro país y Latinoamérica:

1- Si lo que encontramos es una radicalización política entre voluntades antagónicas, en la cual una (la reaccionaria) se constituye sobre la negación de la otra (la popular), no hay espacio estructural para una “emergencia por izquierda” de una nueva representación, sencillamente porque ese espacio ya está ocupado. A saber, mientras el kirchnerismo, PT, correísmo, evismo, etc. existan como identidades significativas en el contexto latinoamericano, los “outsider” o las “salidas”, si las hubiera, siempre van a ser por derecha. Por tanto, cualquier política orientada a tratar de capitalizar por izquierda el rechazo hacia los gobiernos populares es casi un oxímoron condenado a la marginalidad electoral, en el mejor de los casos. (Resultan ejemplificadores para este debate los recientes resultados de Guilherme Boulos, candidato presidencial del PSOL y representante del MTST en Brasil, que apenas alcanzó el 0,5% de los votos en la primera vuelta).

2- Ante ese panorama, las fuerzas de izquierda y populares quedan relegadas a una posición de representación de “lo viejo”, de defensa de ” las instituciones”, e incluso, podríamos decir, a un “rol conservador”, en la medida que tienen la obligación de poner sobre la mesa aquello que se venía logrando en favor de las mayorías sociales y merece ser conservado. Esto, en política electoral y escenarios convulsionados, contra fuerzas que se pueden presentar a sí mismas como la renovación, es casi siempre un problemón.

Absolutamente todo el futuro se juega en la creatividad que el campo popular tenga para salir de esa posición, construir nuevas coordenadas, pero sin perder en el camino el legado emancipador que previamente estos procesos habían abierto. Esta parece ser la cuestión clave. ¿Cómo reconfigurarse, producir nuevos puntos de identificación, reinventar un proyecto colectivo, a la vez que es asediado por un polo reaccionario cada vez más radicalizado, que intensifica la persecución judicial y el sometimiento mediático como mecanismos paradigmáticos de deslegitimación y encasillamiento en las viejas posiciones? En Brasil encontramos una paradoja trágica, el partido (PT) cuyo principal dirigente es un preso político tiene que presentarse a sí mismo como el garante de la institucionalidad democrática. En Argentina los dilemas que atraviesan la figura de Cristina Fernández y Unidad Ciudadana son similares.

Todo se jugará en nuestra capacidad para reconvertir a las fuerzas populares en una fuerza de futuro con capacidad de triunfo, atravesando la tensión fundamental de no perder en ese proceso su sentido de existencia política como fuerza de transformación social. En estos tiempos históricos, indefectiblemente los marcos de alianzas electorales son el campo minado donde se explicita parte de esta disputa, y será menester no cae en las tentaciones (nuevamente) de supuestos candidatos de la moderación que no aseguran una victoria electoral y sí aseguran el abandono del sentido emancipador del proyecto político. En criollo, ni el centroizquierdista Ciro Gómez en Brasil ni Felipe Solá en Argentina aseguran un triunfo ni de cerca, pero sí implican con bastante más certeza una asunción de los consensos básicos del neoliberalismo.

De tal manera, lo que los sectores populares en Argentina necesitamos es la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner en 2019, por el carácter intransferible de su legado, pero lo que la situación brasilera nos deja, es que tan imprescindible como su figura es la necesidad multiplicar al máximo los esfuerzos por una reinvención generalizada de su campo de representación, que debe adquirir urgentemente nuevas modalidades e intensidades que las desplegadas hasta ahora.

Los recientes resultados del balotaje en Brasil deben considerarse una nueva derrota, e incluso un fracaso, desde este punto de vista. Ampliar la representación no significa simplemente sumar actores políticos o acumular el apoyo de nuevos movimientos sociales, sino conectar nuevamente con la sensibilidad e intereses de los millones de ciudadanos y ciudadanas. Significa también ser capaces de ofrecer un nuevo horizonte social y para ello habrá que incorporar numerosas demandas, hasta el momento ajenas a las propuestas políticas del campo popular. Estamos ante la urgencia histórica de insistir en la reconstitución de una Nueva Mayoría. Hay demasiado en juego.