La pesadilla de la democracia brasileña
Por Julián Aguirre
La globalización ha muerto

Con la condena y desplazamiento -o proscripción, en los hechos- de Lula, uno de los principales polos del mapa político brasileño aparece parcialmente jaqueado. Pero toda polarización requiere de un segundo extremo, el hijo -¿no deseado?- del derrumbe de la democracia brasileña podría estar dispuesto a darle su empujón final: Bolsonaro. Entre el orden y el incendio, la ultraderecha tiene candidato y compite por el sillón presidencial.

Su rabiosa nostalgia, desde la cual reivindica el pasado militar del país y su impugnación anti establishment lo ubican como un híbrido entre las viejas y nuevas derechas. El antilulismo y antiprogresismo general de Jair Messias Bolsonaro le ganan simpatías entre aquellos sectores de las élites económicas y políticas brasileras que aspiran a barrer de una buena vez y para siempre con la experiencia de los gobiernos del PT. Pero también reúne a una parte de quienes culpan a esas mismas élites por la situación que atraviesa el país. Se lo suele asociar a las llamadas “derechas populistas”, de corte neofascista y xenófobo, que han emergido en Europa, y se ha vuelto común llamarlo el “Trump brasileño”.

Este ex oficial del cuerpo de paracaidistas comparte con el actual titular de la Casa Blanca su estilo incendiario, opuesto por completo a toda noción de corrección política. Libra una guerra verbal abierta contra todo aquello que esté asociado a un sentir y actuar progresista o de izquierda.

Su desdén bien puede ser presentado como honestidad brutal, seguridad en sí mismo y fuerza de liderazgo, dotes que ensalza ante lo que explica como una crisis general de valores en la sociedad brasileña propiciada por su clase política. En esa línea inscribe su apoyo incondicional a las más variadas formas de violencia policial, su cruzada anticorrupción o su condena a “desviaciones” como la homosexualidad y el consumo de drogas.

Las primeras lecturas suelen ubicarlo en el rubro del “outsider”. Pero su despegue acelerado y reciente en las encuestas (que lo han vuelto la segunda figura en intención de voto de cara a los comicios de octubre con un piso de 19-20 puntos, solo detrás de Lula) no oculta su larga trayectoria política. Desde sus inicios como concejal de Río de Janeiro en 1988, ha migrado por más de siete sellos políticos hasta alcanzar su actual banca como diputado. Es el pilar de un activo clan político, acompañado por tres de sus hijos, quienes cuentan con sus propias carreras políticas. Lo que lo destaca no es su origen sino su presente.

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Encima de todos

La crisis política, institucional y económica que atraviesa Brasil lo condujo aceleradamente a ser el presidenciable portavoz de un sector dentro de la opinión pública brasileña. El fenómeno Bolsonaro es el correlato de una reacción de conservadurismo social radical(izado) que hasta entonces no poseía canales políticos efectivos por donde expresarse, pero que existía en parte del imaginario brasileño. Encontró eventualmente su traducción durante las protestas de 2014, las cuales, junto al retroceso económico y errores políticos, forjaron la crisis política y posterior destitución del gobierno de Dilma Rousseff.

Este sector de la sociedad se afinca en una identidad atravesada por el sentimiento de inseguridad aparejado al de ascenso individual, el apego a los valores e instituciones tradicionales como la familia y la fe (Brasil es un país profundamente religioso); y una manifestación de revancha ante quienes consideran que han venido a perturbar las bases fundamentales de la comunidad, se trate del PT, los sindicatos, los movimientos campesinos, colectivos de género o minorías étnicas. Bolsonaro no vino a transformar. Él es un restaurador. “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” es su lema de campaña.

El fenómeno Bolsonaro es el correlato de una reacción de conservadurismo social radical(izado) que hasta entonces no poseía canales políticos efectivos por donde expresarse, pero que existía en parte del imaginario brasileño.

Es entre estos sectores donde puede encontrar su principal terreno y también a sus primeros competidores; como otros exponentes de la nueva derecha brasileña, entre los que se cuentan el juvenil Movimiento Brasil Livre (MBL), abanderado de las protestas contra la presidencia de Dilma Rousseff en 2014.

Procesos judiciales abiertos contra él por racismo o contra su hijo por amenazas a una periodista podrán empañar su carrera hacia las urnas en octubre. Pero como alguien que hace de la impunidad una poderosa herramienta de su “atractivo”, bien puede atravesarlas relativamente intacto. Si algo sobra en su historial son declaraciones que entran en la apología del delito y el odio.

En cambio lo que sin duda podría representarle un inconveniente mayor es el crecimiento exponencial que registra su patrimonio personal y el de sus tres hijos, como expuso el diario Folha de Sao Paulo, en enero de este año; lo cual entra en colisión con el tono de cruzada moral anticorrupción que le ha impreso a su discurso desde un principio.

Espejo roto

La encuestadora Ibope registró en un sondeo del 15 de marzo que un 72% de las personas consultadas elegirían a su candidato o candidata independientemente del partido al que pertenezca. Un 48% afirmó no tener simpatía o identificarse con partido alguno. El PT generó una respuesta del 19% (poco más de la mitad de la intención de voto que registra en promedio Lula), el MDB un 7%, el PSDB un 6% y el PSOL un 2%. En un contexto de radicalización de las opiniones, las estructuras políticas tradicionales parecen no ser suficientes para canalizarlas por sí solas.

En cuanto a los aspectos personales de cada candidato o candidata, la misma encuesta registra que un 79% valora o ve como importante que “crea en Dios”, aún si no pertenece a la misma corriente o confesión religiosa. Otros elementos que aparecieron como prioritarios son: la “honestidad” (87%), que no esté involucrado en casos de corrupción (84%), que conozca los problemas del país (89%), entre otros.

En cuanto a las opiniones sobre el proceso mismo, la percepción mayoritaria (44%) es de pesimismo con los resultados, señalando a la corrupción (30%) como la causa más nombrada.

La coyuntura actual se presta para que esta idea (la corrupción de y en la política) movilice los humores públicos. Otra encuestadora, Datafolha, registró en noviembre del año pasado el repudio general a una vieja consigna criolla como el “roba pero hace”; un 80% de las personas encuestadas considera que “la corrupción es inaceptable en cualquier circunstancia”. Un 74% se opuso a la idea de que si “un gobernante administra bien el país, no importa si es corrupto o no”.

En una sociedad que ha registrado un aumento sensible del conservadurismo, donde se ha reafirmado el apoyo a la pena de muerte, el endurecimiento de las penas o la baja de la edad de imputabilidad; pero también la condena moral al aborto o los estigmas contra las disidencias sexuales. Precisamente todos los tópicos usuales de las polémicas que suscita Bolsonaro.

Es llamativo que en escenarios electorales hipotéticos presentados donde Lula no está presente, las figuras de Bolsonaro y de la ambientalista y ex petista Marina Silva (Partido Rede) crecen en detrimento del PT y el tradicional PSDB. Concretamente, si Lula aparece (aún tras la condena) con una intención de voto del 36%, uno de sus posibles reemplazantes, el ex ministro de educación y ex alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, por sí solo apenas si alcanza el 1 o 2%.

En la mayor parte de las encuestas, Lula recibe un apoyo que oscila entre 35 y 38 puntos, muy por encima de su principal competidor, Bolsonaro. Pero al lado del ex metalúrgico, el resto de las figuras del PT se vuelven minúsculas. Pareciera allí que la adhesión que recibe el ex presidente no se traslada automáticamente a su partido y a quienes decida delegar su candidatura. Aunque no es un comportamiento mayoritario, hay un sector que se desplaza hacia una opción y la otra, más allá de si se trata de la izquierda, el centro o la ultraderecha.

 

El hijo no tan pródigo

El proceso de intervención judicial sobre la política brasileña ha instigado el resquebrajamiento de los acuerdos básicos que ordenaban el juego político. Parte de las instituciones del país han acabado sirviendo a un proceso que acabó poniendo en crisis la misma normalidad que deberían sostener. Es inevitable que esto produzca sentimientos y percepciones de desencanto y desconfianza hacia el funcionamiento del sistema político.

Con el destape de un escenario de corrupción generalizada que ha golpeado sin distinguir pertenencias partidarias y con la anulación de la principal figura que lidera la intención del voto popular, la incertidumbre se vuelve norma. La pueden acompañar el escepticismo y el desencanto general hacia las alternativas leídas como “tradicionales” o “procedentes del sistema”. “Más de lo mismo” sentenciaría el sentido común. Cuando las opciones que quedan en el centro de la escena son objeto de una profunda falta de legitimidad y confianza, las adhesiones en la opinión pública pueden seguir -y lo están haciendo-, tendencias centrífugas hacia los extremos del arco político.

Pero la foto -y una foto es un recorte necesariamente parcial y sesgado de la realidad- se completa cuando esos aspectos se combinan con tendencias y ansiedades sociales asociadas a la insatisfacción y la inseguridad que claman ser representadas. En especial esta última, que abarca desde la inseguridad personal (real o percibida) ante el delito y la violencia social, hasta la inseguridad como incertidumbre o falta de perspectivas de realización alcanzables en el futuro próximo.

Cuando las opciones que quedan en el centro de la escena son objeto de una profunda falta de legitimidad y confianza, las adhesiones en la opinión pública pueden seguir -y lo están haciendo-, tendencias centrífugas hacia los extremos del arco político.

Aquí se encuentra particularmente golpeada la juventud, y no es casual que muchos análisis señalen la simpatía que Bolsonaro despierta entre muchos jóvenes de clase media y alta de entre 18 y 35 años. Precisamente la generación que se integró al mercado y la política durante pleno ciclo progresista, donde el “orden establecido” se correspondía con el PT. Jóvenes de instrucción profesional en su mayoría (Bolsonaro logra mayores adhesiones entre votantes con niveles de instrucción superior o universitaria) que vieron golpeadas sus expectativas para desenvolverse junto a la retracción de la economía. Esto genera un terreno susceptible para una radicalización de su disconformidad que fue capitalizada por las opciones de derecha no asociadas a la política tradicional.

No puede subestimarse la adhesión que genera la impugnación moral(ista) contra las clases políticas en un país donde convergen la suba de las desigualdades, el estancamiento económico y el alza pronunciada de la criminalidad.

La bandera anticorrupción puede lograr sumar el mismo ímpetu de disconformidad con el status quo que en el pasado reciente pudieron canalizar los discursos igualitaristas. Y dirigir los cañones del malestar contra un chivo expiatorio bien definido: es la aparente decadencia y crisis de un sistema de valores representada en el delincuente y el funcionario corrupto como sus causantes.

Frente a estos grupos, Bolsonaro se presenta y es presentado como quien podría formular el curso correcto para restaurar el orden. Sus valores no están constreñidos por extrañas formulas ideológicas ajenas a la realidad inmediata. “Sabe lo que quiere” y no muestra deseos de verse limitado por la construcción de consenso en una democracia pluralista. Las redes sociales son un terreno propicio para las manifestaciones explosivas, donde Bolsonaro se destaca, que añaden un nivel extra a un lenguaje político cada vez más marcado por la rapidez con la que se consumen consignas y novedades antes que con complejas propuestas de gobierno. Se prestan a la perfección para la agitación de pasiones en un clima de opinión y comportamientos electorales ampliamente volátil.

La bandera anticorrupción puede lograr sumar el mismo ímpetu de disconformidad con el status quo que en el pasado reciente pudieron canalizar los discursos igualitaristas. Y dirigir los cañones del malestar contra un chivo expiatorio bien definido: es la aparente decadencia y crisis de un sistema de valores representada en el delincuente y el funcionario corrupto como sus causantes.

Esto conecta con el despertar emocional que generan los liderazgos excepcionales en tiempos de crisis (sea ésta real o percibida); con un cultura política como la latinoamericana donde los liderazgos personales han ocupado un rol importante en situaciones de debilidad de las estructuras políticas. Todo eso (y más) es o puede ser Jair Bolsonaro.

Por supuesto, nada es lineal ni esto quiere decir que nos encontramos ante un ascenso inevitable de lo impensado. En un país con la extensión y las complejidades sociales y territoriales de Brasil, la ausencia de un aparato político-partidario sólido es una limitante. Y la retórica de Bolsonaro, así como le ha ganado adeptos, promueve un modelo de sociedad por definición excluyente. Sus inconsistencias en materia económica son otro de sus puntos débiles que muy bien ha buscado evitar. Pero aún así nadie hubiera predicho hace tan solo un par de años que uno de los principales candidatos a conducir el país más grande de Latinoamérica pareciera ser la personificación misma de las pesadillas de la democracia.