La pandemia como revolución de lo ausente
Por Ezequiel Ivanis
La globalización ha muerto

Ante la ausencia de alternativas que caracteriza al neoliberalismo, fue la pandemia quien abrió las puertas a cuestionar la normalidad a la que estamos acostumbrados. ¿Puede tomar el poder una política de la vulnerabilidad, para pensar nuevas formas de normalidad, más justas y solidarias?

La historia se repite. Varias veces. Como tragedia, como farsa, como ausencia. Nuestra historia como humanidad está signada por la indeterminación que surge del producto del azar y la potencia, permitiendo una finitud de muchas o pocas alternativas pero que siempre son contingentes y no-infinitas.

Desde hace años estamos sumergidos en una forma de mentalidad denominada neoliberalismo que se despliega objetivamente en el campo político, económico y social, cuya mayor potencialidad es erradicar cualquier forma de alternativa posible. El neoliberalismo ha sido profundamente efectivo en trazar un laberinto mutable con incontables minotauros, donde cualquier horizonte posible de una nueva forma de humanidad se termina diluyendo en la resignación y la desesperanza.

En este sentido, hace tiempo que no asistimos a la emergencia de una nueva teoría del cambio social que pueda seducir nuestros anhelos de un mundo mejor, sobrevivir a los ataques de los minotauros neoliberales y, a la vez, instalarse como horizonte de sentido emancipatorio traducido en prácticas, sentimientos, relaciones, subjetividades y formas alternativas de ejercer el poder político y el poder económico.

Muchos pensadores y muchas pensadoras, como Nancy Fraser o Byung Chul Han, coinciden en que no hay revolución posible porque no hay horizonte de sentido emancipatorio vigente y compartido. No solo no están dadas las condiciones materiales y objetivas para un cambio, sino que la mentalidad neoliberal está tan arraigada en nuestra humanidad, que es imposible pensar nuevas formas de lo social por fuera de lo que nos permite el pensamiento neoliberal. Además, y para añadir aún mayor dificultad, el neoliberalismo también ha sido tremendamente efectivo en reducir el universo de lo posible y de lo decible. Por lo tanto, ya este tibio, impotente y estúpido artículo es, a los ojos neoliberales, una proclama revolucionaria que está fuera de tiempo y de lugar. Pensar hoy el cambio de nuestra subjetividad y de la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con el Otro y con un Exterior es, para el pensamiento neoliberal, una anacronía y un absurdo; al igual que hablar de la reforma agraria, de la justicia social o de la distribución equitativa de la riqueza socialmente generada.

Sin embargo, la torpe astucia de la historia, en su carácter indeterminado y contingente, y ante la ausencia de una potencia discursiva emancipadora que nos haga soñar con nuevos horizontes de sentido, ha borrado, mucho más rápido que la bala de un fusil revolucionario, las tontas vidas que teníamos. Hoy ha quedado de manifiesto el cotillón que recubría nuestras vidas y que no nos permitían ver y distinguir lo importante de lo fugaz, lo sublime de lo absurdo, la dignidad de una vida creativa del repetitivo hacer esperando la muerte.

Con mayor rapidez que cualquier insurgente, hoy se desnuda nuestra vida individual, nuestra vida social y nuestra Tierra, para demostrarnos las vacías y opresivas vidas que llevamos, las enfermas relaciones que entablamos y la basura que recubre nuestro hogar en común llamado Tierra. Solo la pandemia pudo, con la inocencia de un niño, exclamar: “Ese Rey que camina entre nosotros, va desnudo”. Ante esto, hoy nuestro deber es exclamar entre todos y entre todas, ese Rey que se llama neoliberalismo va desnudo y, además, nos lleva a la muerte. Ese Rey que nos hace estar constantemente ocupados en fabricarnos tumultos ruidosos para no escucharnos en nuestro silencio; que nos obliga a identificar al Otro como un enemigo y una competencia; y que nos hace romper toda empatía con el Exterior para explotarlo sin piedad en la búsqueda de más ruido que acalle nuestro potente silencio. Ese Rey, en definitiva, nos impide oír nuestro silencio, sentir amor por el Otro, y ver lo bello de la Naturaleza.

Cuando la pandemia pase y su efecto de revolución ausente quede, ¿sobre qué construiremos una nueva humanidad? ¿Sobre qué valores, sobre qué mentalidades? Muchos y muchas repiten expresiones tales como “cuando volvamos a la normalidad”. ¿De qué normalidad hablan? Tal vez hablen de esa normalidad que nos trajo hasta aquí, de esa normalidad que hoy, en realidad, es un problema. Quizá hablen de esa normalidad que es burbuja financiera, que es la existencia de un puñado de ultra-millonarios que poseen más que el 99% de la población mundial. Tal vez esa normalidad sea la multiplicación de compañías comerciales (aéreas, financieras, especulativas, etc.) que solo son rentables con niveles de explotación indignantes. En resumen, quizá la normalidad sea la meritocracia individual exacerbada al punto tal de creerse impunes hasta de un virus que no reconoce mérito, clase, color, género o edad. Esa normalidad es, en verdad, una anormalidad problemática. Y llena ruidosamente nuestra vida social e individual de superfluidades que hoy se desnudan. Hacia esa normalidad habría que evitar volver.

Es curioso que esta pandemia ataque más a los que se sienten impunes que a los que nos sentimos vulnerables. A algunos y algunas la impunidad económica y social, sumada a la reivindicación del goce de una libertad negativa (individual e irresponsable), los ha hecho soberbiamente estúpidos y se han contagiado. En cambio, a muchos y muchas de nosotros el sentimiento de la vulnerabilidad y contingencia de nuestra vida y el goce pleno de nuestra libertad positiva (elegir y decidir no salir para no poner en riesgo la vida mía y la del Otro) nos ha hecho inteligentemente inmunes. Necesitamos una política de la vulnerabilidad, como la descripta por Judith Butler, para reconocer el carácter contingente y frágil de nuestra existencia individual y social; y por lo tanto necesitamos de Estados sensatos, con sentido común y con sentido de lo común que protejan, precisamente, lo común y lo individual, la vida colectiva y la vida singular. Porque los Estados que han vivido como impunes Imperios se han llenado de una soberbia que los aniquila. Son muchos los países que se animaron a decir que no creían en el virus. Esa soberbia, ese no reconocimiento de la propia vulnerabilidad, destruirá la vida individual y la vida colectiva de sus integrantes. Hoy, debemos entronizar una política de la vulnerabilidad propia y de la vulnerabilidad ajena y, aprovechar esta revolución ausente llamada pandemia para crear nuevas normalidades; más justas, más dignas y, sobre todo, mucho más humanas.