George Floyd y el fuego del capitalismo en Estados Unidos
Por Iván Soler
La globalización ha muerto

El asesinato del afroestadounidense de 46 años George Floyd a manos del policía blanco Derek Chauvin y las manifestaciones pidiendo algo más que justicia por el hecho vuelven a dirigir las miradas al gigante del norte. Un nuevo horizonte de posibilidades se abre en la principal potencia global.

Under the raging sun’s open fire, fire, fire

Ain’t nothin’ new, ain’t nothin’ new

We all have desires

Black Moon Rising – Black Pumas

El foco político a nivel global estaba puesto en Estados Unidos y sus elecciones primarias cuando el COVID tomó por asalto la normalidad en marzo de este año. La -en un principio promisoria y más tarde truncada- candidatura de Bernie Sanders sobre la plataforma Demócrata disparaba la posibilidad de un liderazgo orientado a la igualdad de oportunidades y un reparto más equitativo de las riquezas. Por diversas razones, Donald Trump y el ala dura republicana fogoneaban esta candidatura e incluso el propio presidente desde su cuenta de Twitter criticó a la maquinaria demócrata cuando se orientaron las fuerzas a un candidato más amigable con el establishment como lo es Joe Biden. Poco después, la pandemia tomó por asalto cualquier tipo de proyección a mediano plazo, Bernie Sanders se bajó oficialmente de la carrera a la Casa Blanca y los cañones mediáticos de Trump empezaron a apuntar contra China y cualquier tipo de intento de enfriar la economía en pos de la salud de su pueblo.

Para fines de mayo el desempleo en los Estados Unidos tocó su pico con más de 20 millones de trabajos perdidos. Uno de ellos fue el de George Floyd, un hombre negro de 46 años residente de la ciudad de Minneapolis, en el norteño Estado de Minnesota. Floyd era empleado de un restaurante antes de que cerrara sus puertas por la crisis y, ante la acusación de haber utilizado un billete falso de veinte dólares para intentar comprar en un comercio, fue violentamente abordado por tres policías. Uno de ellos, el ahora detenido Derek Chauvin, lo tiró al suelo y apoyó su rodilla sobre su cuello durante nueve minutos. Esto ante la impávida mirada de los otros dos oficiales que, por lo visto en el video que se viralizó el mismo día del hecho, nada hicieron para que se detuviera la tortura. George Floyd murió camino al hospital luego de perder la consciencia por asfixia.

Estados Unidos explica gran parte de su desarrollo económico y social en base a la esclavitud del pueblo negro que creció en su corazón desde el siglo XVII, a partir del tráfico de humanos desde el continente africano repartido en América del Norte, el Caribe y América del Sur. El cruel destino de millones de africanos traficados hacia “la América Inglesa” es llamada por el historiador Edmund S. Morgan como “la paradoja norteamericana”: la libertad de los blancos está fundamentada en la esclavitud de los negros.  Lejos de reducirse al interior de los estados del sur (otrora defensores de la Confederación encabezada por el General Lee en la Guerra Civil entre 1861 y 1865), el racismo formó y forma parte de la estructura social y política de la (hasta la fecha) principal potencia económica y militar del mundo. Si bien casi el 12% de la población estadounidense es negra, la brecha racial atraviesa múltiples dimensiones de la vida de los afrodescendientes. Empleo, salud, educación y vivienda son preocupaciones de las mayorías populares de los Estados Unidos. Sin embargo, aún anida en el sentido común de los trabajadores y las trabajadoras estadounidenses blancas la culpabilización a la población negra de ese país antes que al establishment que los oprime. 

La consigna que más se levantó durante las noches ardientes que se extendieron desde el norte hacia ambas costas del país fue la inequívoca “I can’t breathe” (no puedo respirar). Últimas palabras tanto de George Floyd como de Eric Garner (otra víctima afroestadounidense muerta por asfixia a manos de la policía, aquélla vez neoyorkina), se convirtieron en símbolo de lucha de manifestantes y algunas celebridades que, ante las provocaciones de Trump y la impotencia de la alcaldía de Minneapolis, encontraron al fuego como principal método de lucha a lo largo del territorio. 

Coherente con su estilo de liderazgo, poco hizo Donald Trump desde Washington para apaciguar la situación: “Si hay saqueos hay tiroteos” disparó desde Twitter, su canal predilecto. Impotente ante una situación que no paró de escalar, el alcalde de Minneapolis le pidió a la Justicia local por el procesamiento inmediato de los policías que detuvieron y torturaron a Floyd. Sin embargo esto no fue suficiente. El sistema político local y nacional se vieron desbordados tanto por las protestas que piden una inmediata re-estructuración de un sistema basado en el racismo como por grupos supremacistas que ven en las manifestaciones signos inequívocos de una amenaza comunista latente. 

Esto tiene explicación en la raíz profundamente cristiana en diferentes ramas. Desde los “predicadores de frontera” hasta el evangelismo más ortodoxo claman por una guerra racial que servirá de puerta hacia el éxtasis (rapture), la purificadora segunda llegada del Mesías al mundo luego de esparcir matanzas y plagas (atención a esto) por todo el territorio. Todo esto sazonado con 40 millones de norteamericanos poseedores legítimos de armas de fuego y pocas razones para creer que algún dirigente político de alguna de las lejanas metrópolis costeras solucionará los problemas estructurales en cuanto a salud o pensión. 

Joe Bageant en su “Crónicas de la América Profunda” escribió en 2008: “Lo que me angustia es la creciente proximidad de un monstruo fascista de tres cabezas, dirigido por cristianos, militares y grandes empresarios”. No es difícil imaginar que eso es lo que ven a través de sus capuchas los miles de jóvenes que hoy toman por asalto las calles a lo largo y ancho de Estados Unidos. 

La agresividad con la que la pandemia golpeó a la civilización no hizo más que desnudar algunas lógicas que ya estaban impregnadas desde hace tiempo tanto en las grandes economías como en los países en vías de desarrollo. A principios de año, la administración Trump y los medios opositores veían a la aparente recuperación económica de Estados Unidos como vector central en la casi segura re-elección del actual presidente. Sin embargo, las peleas en las calles de las principales ciudades del país y las previas demostraciones de fuerza de grupos supremacistas desnudan contradicciones que necesitaban de una gota para tirar abajo la represa. No es casualidad que esa gota salga de la sangre de un hombre negro, desempleado, muerto a manos de la policía. 

15 estados han activado a la Guardia Nacional. En casos extremos, los gobernadores de cada uno de los Estados tienen la potestad de darle orden de represión a esta reserva militar. Días atrás, el propio Donald Trump había amenazado con empezar a disponer de esta fuerza para controlar las manifestaciones. Lejos de amedrentarlos, esto potenció el mensaje de los manifestantes: el pedido de justicia por George Floyd es tan solo un eslabón más en una cadena de demandas históricas. A esto se le sumó en la noche del sábado la reaparición del grupo “Anonymous”, una organización de cyber-activistas que, luego de un pliego de demandas que iba desde la reforma del sistema educativo hasta la remoción de todo el plantel de policías de todo el país, filtró una lista en la que acusa a numerosas figuras públicas de formar parte de una red internacional de pedofilia. Uno de los acusados es Donald Trump.

Numerosos análisis y reflexiones han surgido desde el comienzo de la pandemia acerca de qué sociedad nacerá tras esta crisis civilizatoria. Los pensadores y las pensadoras de Europa y Asia -en su mayoría anclados y ancladas en países centrales- hacen foco en el rol de Estado y cómo éste extiende sus tentáculos sobre la indefensa ciudadanía. Fue quizá el surcoreano Byung Chul Han quien más lejos ha llegado en sus afirmaciones pesimistas respecto al futuro: “El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte”. 

Si bien su reflexión fue conocida hace ya poco más de dos meses y poco se podía prever entonces acerca del desarrollo de los acontecimientos en los Estados Unidos (o cualquier parte del mundo), sí hay que decir que en varios lugares el virus desnudó un sentimiento de solidaridad de la sociedad civil ante la amenaza de algo nunca antes visto, sobre todo en los sectores populares. Pensar el avance de los desarrollos tecnológicos en abstracto sin ningún tipo de consideración por las fuerzas vivas de la historia -encarnadas en el pueblo trabajador- no hace más que llevar a la miopía política. Esto ya se ha visto en octubre pasado: el aumento en el precio del boleto de metro en Santiago de Chile ha disparado una cadena de manifestaciones y expresiones sociales tales que, aún hoy, es impreciso saber qué tipo de sociedad edificará. 

Estados Unidos tiene 320 millones de habitantes a lo largo de sus casi 10 millones de kilómetros cuadrados. Fue el primer país del mundo occidental en declarar su independencia de cualquier tipo de imperio en 1776, trece años antes de la Revolución Francesa. Mucho tiempo ha pasado y muchos pueblos han sufrido sus peores calamidades a costa del crecimiento de su poderío económico, militar y político. También es cierto que pocas de esas riquezas han ido a los bolsillos de su gente, en las profundidades de su vasto territorio. Salud, educación, jubilación, alimentación: derechos garantizados incluso en gran parte de estas latitudes están vedados para gran parte de las mayorías populares estadounidenses. 

En muchas oportunidades el propio pueblo norteamericano ha votado y optado en contra de sus propios intereses, apoyando guerras al otro lado del mundo o hipotecando la mayor parte de su salario por una casa rodante, de las millones que abundan en lo profundo del país. ¿Por qué subastarían sus propios intereses si ningún líder político más que el pastor de su barrio o el vecino armado hasta los dientes veló por ellos? George Floyd quizá pensaba esto, quizá no. Pero lo seguro es que sintió una violencia histórica en carne propia. Eric Garner también. 

Poco cambió desde la sanción de los Derechos Civiles de 1964, estableciendo una igualdad ante la ley pero no en los hechos. Sin embargo y viendo los fuegos de Minneapolis, podemos recordar al historiador y diplomático Germán Arciniegas. Él decía, elocuentemente, que si bien el aspecto más oscuro de Estados Unidos es la esclavitud, fue por causa de ello el lugar en donde la humanidad inició el debate sobre el problema de la esclavitud. Por qué no pensar lo mismo sobre el problema del capitalismo, esta vez.