Entrevista a Jorge Sharp, alcalde de Valparaíso
Por Lola Castella y Manuel Martínez
La globalización ha muerto

Jorge tiene 33 años y es Alcalde de Valparaíso. Gobierna la segunda ciudad más importante de Chile desde una perspectiva antagónica a los partidos tradicionales y neoliberales que hegemonizaron el sistema político en las últimas décadas. En Oleada lo entrevistamos para conocer más sobre su experiencia paradigmática.

¿Cuáles son las principales dificultades de tu gobierno?

Se podría hacer un libro de las dificultades, más que de los aciertos.

Una primera dificultad es la consolidación de nuestra alianza de gobierno. El constituir una alianza fuerte, madura, que entienda que no siempre se va a poder avanzar a la velocidad que se espera: ahí hay una consciencia colectiva que hoy no existe.

Otra cuestión importante es lo institucional: nosotros no controlamos completamente la institucionalidad, tenemos a muchos actores que se resisten a trabajar en conjunto.

Tercero, te diría la constitución de equipos que tengan vocación política pero también capacidad técnica. Nosotros antes de llegar al gobierno no teníamos ni un solo concejal, ni un diputado. “Llegamos con lo puesto”, como se dice.

Cuarto, diría la tensión entre lo local y lo nacional. La Alcaldía Ciudadana es una experiencia local, pero tiene resonancia nacional, por lo que se reclama de nosotros claridades al respecto. De repente, a uno como vocero, le reclaman que habla mucho de lo nacional y olvida lo local, y cuando nos centramos fuerte en lo local nos reclaman hablar de lo nacional.

Sin técnicos, sin concejales ni diputados: ¿cómo se explica el triunfo del 54% en 2016?

Pecaríamos de excesiva vanidad si al triunfo lo explicamos solamente por virtudes propias. Ganamos, entre otras razones, porque teníamos en frente a candidatos que expresaban la crisis de los partidos políticos tradicionales, vinculados a la corrupción.

Por otro lado, el tipo de alianza y los pasos que dimos fueron importantes para nuestro triunfo. A mediados de 2016 realizamos la “primaria ciudadana”, que fue una práctica democrática de auto-gestión. No tuvo que ver con las primarias que realiza el Estado sino con cómo los ciudadanos nos organizábamos para ver quién queríamos que sea nuestro Alcalde. Participaron 5 mil personas, un número bastante importante para lo que esperábamos. Eso fue muy importante, porque nos dio un envión para llegar a la etapa electoral con más fuerza.

Otro aspecto del triunfo es la vocación que tuvimos siempre. Me acuerdo que cuando ganamos la primaria, pensamos: “Tenemos que transmitir un mensaje”. Y el llamado fue ir por los que no están. No queríamos aplaudirnos por lo hecho, sino ir por más: dejamos de hablarle a los convencidos y comenzamos a hablarle a aquellos y aquellas que se no se sentían representados por los partidos tradicionales. También fuimos por los jóvenes. No tuvo que ver con una técnica electoral, sino que más bien tuvo que ver con la vocación de mayorías.

¿Cuáles son los principales poderes fácticos que disputan poder en la Ciudad?

Es interesante preguntarse por los enemigos de la Ciudad. Y esa pregunta en Valparaíso tiene que ver con aquellos y aquellas que no están dispuestos a contribuir con el bien común (algo que suena muy cliché). Eso no quiere decir que deban renunciar a sus legítimas aspiraciones individuales o corporativas, sino que tengan la disposición de contribuir a lo común.

Así, tuvimos problemas con varias industrias, principalmente la inmobiliaria, que tiene una forma agresiva de invertir en la Ciudad. Por otra parte, hemos chocado con intereses de la industria portuaria. Ahora bien: no todos los empresarios están en una posición de “dientes apretados” frente a lo que estamos haciendo en la Alcaldía. Entonces, hemos aprendido que no se puede pelear con todos a la vez.

Uno tiene que elegir bien cuáles son las batallas a dar. Y lo más importante: batallas que puedas ganar, porque uno no puede jugar con las expectativas de una ciudad entera. Es irresponsable hacerlo. Sin perder esos principios, esa responsabilidad que nos mueve, esa visión estratégica, la responsabilidad de mover una ciudad es muy grande. Le hemos dado pelea a los actores que te nombré y más, pero siempre sabiendo que se pueden ganar. ¿Sino para qué darlas?

Y en segundo lugar, el único camino para poder ganar esas peleas es con la gente. Con la gente cuando se organiza y cuando se empodera. Eso hace que en la pelea que está la institución también está la gente. Eso nos pasó claramente en la lucha contra la industria inmobiliaria

Esa forma es, además, riesgosa…

Pero es la única manera de ganar. Si tu no arriesgas no ganas. No hay otra posibilidad. Es la única posibilidad de derrotar al que te quiere destituir. Si descansas un rato, si te inmovilizas, olvídate. Te pillan y te pegan. Este proyecto es peligroso para aquellos que quieren que siga todo igual.

¿Cómo encarar el desafío de feminizar la política?

El movimiento feminista en Chile logró subvertir el sentido común conservador imperante. El feminismo es, por una parte, una teoría emancipatoria y eso nos hace pensar que no es solamente una cuestión de mujeres, sino también de hombres: cómo producir relaciones sociales emancipadas, sin desigualdades, cómo pensar una democratización en las instituciones, en las casas y en las camas. El feminismo es también una propuesta política.

En Ciudades sin Miedo pudimos escuchar a las diputadas brasileñas decir que el movimiento de mujeres es la oposición a Bolsonaro. ¡Es muy potente eso! Están cumpliendo un rol político sumamente relevante.

¿Cómo se baja esa idea a la construcción de la Alcaldía Ciudadana?

En términos institucionales hay varias políticas que estamos implementando. Cosas básicas y que no agotan la potencia que tiene el feminismo. Por ejemplo, heredamos una oficina de la mujer, que lo que hacía era permitirle a madres y abuelas de Valparaíso el acceso a cursos de tejido. ¡Esa era la política de géneros! Ahora recuperamos esa casa-taller, la renombramos “Violeta Parra” y es un lugar de encuentro de espacios feministas. Ahora: no ha sido fácil, porque hay un sentido común conservador potente respecto a lo que tiene que hacer la Municipalidad en relación con las mujeres. Ha habido un trabajo importante de las compañeras a cargo de eso, para hacer que el Centro de Madres no hable solamente del tejido sino que las señoras mayores que lo habitan puedan comenzar a hablar de sexualidad, del goce, del cuidado, de un montón de asuntos que nunca hablaron.

Foto: Paola Guzmán Santis

Nos dimos cuenta que no podemos cambiar todo de la noche a la mañana, que va a ser un proceso más lento. Yo no soy quien para dar ningún tipo de consejo al movimiento feminista ni nada por el estilo, pero creo que un gran desafío es salir de la academia e ir al territorio. Ir a disputar ahí donde está el patriarcado más flagrantemente actuando.

Por otro lado, tenemos en los principales cargos de gestión de la Municipalidad a compañeras. Hemos tratado de actuar con un criterio más que de “cupo”, más que de “paridad”, con la idea de poner a las mejores y los mejores. Y las mejores han resultado ser compañeras. Compañeras que están al pie del cañón y que han sufrido ataques machistas por parte del propio sistema político. En Chile hay mucha misoginia y creo que nos falta mucho.

Finalmente, y acá nos chocamos de nuevo con el problema entre la política y la técnica, la necesidad de incorporar la perspectiva feminista al desarrollo urbano. ¿Cómo hacemos que esa decisión política sea incorporada por la cantidad de técnicos que estaban desde antes en la Municipalidad y tienen que ejecutarla?  ¡Eso es jodidísimo! Y también: ¿cómo planificas una ciudad de manera “feminista”? No hay manual. También tiene que ver con nuestra actitud, de los compañeros, los hombres. Tenemos una deuda pendiente. Mi compañera, que es feminista y de la que he aprendido mucho, dice que las mujeres no tienen por qué enseñarnos a los hombres cómo ser feministas y me parece correcto.

Finalmente, preguntarte por el peso de la corrupción en Chile. Estuvimos viendo los casos de enorme trascendencia respecto de la corrupción del Ejército chileno y los carabineros. ¿Crees que estos hechos pueden determinar futuros procesos políticos en Chile?

La cuestión de la corrupción en Chile, a diferencia de otros países, no ha tenido la capacidad de ser un factor destituyente del sistema de partidos. Sí un factor de deslegitimación profunda. En Perú sí es un factor destituyente: se llevó cuatro presidentes. Pero sí ha sido un factor de deslegitimación. Lo que estamos viendo ahora es fruto de eso. Hace un par de años en Chile el cuestionamiento estuvo a lo que uno puede llamar “el circuito institucional del poder”, es decir, partidos políticos, el Estado, etc. Hoy lo que estamos viviendo es la crisis extra-institucional del poder: iglesias, carabineros, fuerzas armadas.

Sin embargo, Chile se diferencia del resto de los países de Latinoamérica bajo el manto del republicanismo y la transparencia.

Eso es lo que construimos para afuera. Hace poco tuvimos acceso a un audio donde el comandante en jefe del Ejército reconoce que hay oficiales que le venden armas a los narcos. ¡Estamos en un país más bananero del que se cree! Sin embargo, hay importantes diferencias, por ejemplo, con Argentina. Hay una institucionalidad que igual aguanta.

Eso del “que se vayan todos”, del helicóptero, de De la Rúa, acá no. Hay que convivir con ellos, hay que ir corriéndolos a codazos. Es un factor que a la larga te deslegitima, la gente ya no confía en la política. Eso nunca es positivo y nosotros también sufrimos sus consecuencias, porque somos parte de la institución. La tarea, entonces, es la de construir una práctica institucional distinta, que marque todo el tiempo esas diferencias y le transmita a la gente que tu eres distinto a ellos.