EEUU patea el tablero. Trump, Irán y el nuevo (des)orden mundial
Por Julián Aguirre
La globalización ha muerto

El 2020 ya ha iniciado con una crisis de implicancias globales. Al matar a un oficial de alto rango iraní, EEUU ha dado un salto de calidad en la manera como proyecta poder para dirimir sus disputas.

En las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

El fin del comandante en las sombras

Qassem Soleimani ocupaba desde finales de los años 90 el rol de comandante de la Fuerza Quds, el brazo para operaciones en el exterior de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI). Formados tras la Revolución de 1979 para responder a la guerra con Irak (1980-1988), los CGRI fueron fundados originalmente para proveer a la recién fundada República Islámica de Irán de una fuerza militar que además estuviera formada en los principios ideológicos de la revolución, a diferencia de las fuerzas armadas iraníes convencionales que retuvieron un perfil “políticamente neutro”. Desde entonces, los “guardianes” (pasdaran) pasaron a convertirse en un actor político de peso en la dinámica interna de la toma de decisiones en Teherán, extendiendo su rol e influencia al manejo de otras agencias estatales, medios de comunicación, y algunos de los principales conglomerados de empresas estatales o semiestatales iraníes. Dentro del espectro político iraní, se los ubica en el ala dura, nacionalista y marcadamente anti norteamericana y anti israelí.

Como miembro del Consejo Superior de Seguridad Nacional de Irán, Soleimani participaba del máximo nivel en la toma de decisiones en cuanto a política exterior; para luego supervisar y ejecutar las operaciones de inteligencia y otras operaciones especiales de naturaleza secreta de la política exterior iraní. Se lo ha señalado como el arquitecto en la construcción y proyección del poder e influencia de Irán en la región, el “comandante en las sombras” como famosamente lo apodó una columna del New Yorker en el año 2013. Estaba encargado de articular las relaciones con un conjunto de actores estatales y no estatales que representan el principal arco de alianzas que Teherán tiene en la región, haciendo sentir su influencia en varios de los escenarios de crisis que emergieron desde principios de siglo (Líbano, Irak, Yemen, Siria, Bahrein). Contrario al bajo perfil que suelen asumir figuras de estos ámbitos, en su país la prensa y la opinión pública iraní le han reservado un lugar especial, rodeado de un aura heroica cuasi épica, semejante en intensidad a la retórica anti-iraní que han desplegado algunos de los principales rivales regionales, especialmente los gobiernos israelí y saudita.

Desde 2003, Soleimani supervisó el apoyo iraní a la insurgencia iraquí contra la ocupación estadounidense de ese país; desde 2014 al menos ha dirigido las operaciones iraníes en apoyo del gobierno en la guerra civil siria. Todo esto sirve para resaltar que su muerte en un ataque de la aviación norteamericana está lejos de ser un gesto menor, ya que su figura era vista como un obstáculo y una amenaza para los intereses y estrategias norteamericanas en la región. A mediados de 2019, el Departamento del Tesoro de EEUU aplicó sanciones contra él y otros miembros de alto rango del CGRI y otras instituciones iraníes, congelando bienes y activos y bloqueando operaciones financieras en el exterior. Esto fue acompañado por la designación del CGRI como organización terrorista, una novedad ya que hasta entonces esta decisión se había limitado a organizaciones no estatales, abriendo la puerta a tomar acciones contra instituciones y entidades privadas iraníes y de otros países que mantuvieran vínculos con la guardia revolucionaria.

Escalada

EEUU había renovado y extendido la presencia de personal militar (que hoy se cuenta en cerca de 5800 efectivos) dentro de Irak como parte de acuerdos con el gobierno iraquí en la guerra contra el grupo Estado Islámico. La presencia de tropas estadounidenses ha generado tensión y reacciones de parte de varias milicias y grupos políticos iraquíes que se oponen a su estadía, algunos de los cuales mantienen relaciones (económicas, militares) con el gobierno iraní, incluyendo la agencia que dirigía Soleimani.

El último de estos episodios se dio el 26 de diciembre, cuando uno de estos grupos (Kataib Hezbollah) bombardeó una base operada por fuerzas estadounidense, matando a un contratista civil. Dos días después, y como represalia, la aviación estadounidense bombardeó una base en la frontera sirio-iraquí utilizada por este grupo. El propio gobierno iraquí denunció el bombardeo como una violación a la soberanía y a los acuerdos existentes con Washington. Esto condujo a la protesta y cerco de la embajada estadounidense en la llamada “zona verde” de Bagdad, que la Casa Blanca calificó como “un ataque” por el cual responsabilizaba al gobierno iraní. Para el 31 la situación parecía estabilizarse, con el refuerzo de tropas estadounidense y de fuerzas de seguridad iraquíes a los alrededores de la embajada. Fue entonces que se dió el bombardeo que acabó con Soleimani, a quien la declaración del Departamento de Defensa de los EEUU acusaba de estar planificando más ataques contra blancos norteamericanos. Junto a él, también fue muerto Abu Mahdi al-Muhandis, jefe de Kataib Hezbollah, considerada una de las facciones más “pro iraníes” entre las milicias paraestatales iraquíes. Kataib Hezbollah forma parte de las Unidades de Movilización Popular (al Hasd ash-Sha’bi) o UMP. Estas fueron formadas en 2014 ante el colapso y desborde que vivían las fuerzas armadas y de seguridad regulares iraquíes frente a la aparición y expansión del grupo Estado Islámico.

Ante el descrédito e incapacidad del aparato de seguridad estatal iraquí para garantizar la seguridad del país, figuras políticas y religiosas llamaron a la población a movilizarse e integrar esta coalición de milicias, que según distintas fuentes rondan entre los 100 mil y 200 mil combatientes. No se trata solo de grupos armados, ya que muchos realizan desde trabajo social hasta ocupar puestos en el Parlamento nacional. Si bien no comparten una agenda unificada, desde Washington se ha visto con mucho recelo la consolidación de estos grupos ya que considera a algunos de los más poderosos como una extensión de la influencia iraní en el país.

Irak hoy se encuentra en un momento de particular incertidumbre desde que un nuevo ciclo de protestas callejeras y conflictividad social iniciara en el país a principios de octubre. El reclamo de organizaciones civiles y autoconvocados, mayormente jóvenes, contra la corrupción endémica, la violencia institucional, los déficits en cuanto a provisión de servicios y el desempleo exponen el malestar y las deudas irresueltas de un Estado iraquí que no ha logrado escapar a los ciclos de crisis que han sido la norma desde la invasión norteamericana de 2003. La represión a la protesta, en la cual participaron algunas de las facciones que forman las UMP y que dejó cerca de 400 víctimas fatales, catapultó la renuncia del Primer Ministro, Adel Abdul-Mahdi, profundizando aún más la crisis. Esto es relevante ya que el curso que adopte el proceso político en Irak se retroalimentará con la disputa regional entre Irán y EEUU, condicionando o fortaleciendo la capacidad de maniobra de uno y otro.

Fuego y Furia

“Llegamos, vimos, él murió”. Entre risas durante una entrevista con la cadena de noticias CBS, Hillary Clinton, en ese entonces secretaria de Estado del gobierno de Barack Obama, se refería al derrocamiento y muerte de Muammar Gaddafi. El líder libio fue ejecutado por milicianos rebeldes que lo capturaron después de que la aviación de la OTAN bombardeara el convoy en el que intentaba abandonar la ciudad de Sirte, un 20 de octubre de 2011. Casi un año después el humor se convirtió en consternación ante la noticia de que un grupo armado había asaltado el consulado estadounidense en la ciudad de Benghazi, lo que terminó con la muerte del embajador estadounidense en Libia, Christopher Stevens. Sucedió el 11 de septiembre de 2012, aniversario del derribo de las Torres Gemelas, el suceso que marcaría el fin de la Pax Americana e inauguraría la Guerra Global contra el Terror, un salto cualitativo en la proyección de poder estadounidense que ha modelado cómo imaginamos y enunciamos más cosas de las que a simple vista supondríamos. El siglo XXI iniciaba dando fin a la idea de que el fin de la Guerra Fría traería consigo un mundo armónicamente integrado.

Compareciendo ante una sesión del Congreso estadounidense, Clinton debió cargar con la responsabilidad política por no poder garantizar la seguridad de las instalaciones diplomáticas. Sin embargo poca atención se le dio a las condiciones que hicieron viable el ataque: desde 2011 difícilmente puede decirse que en Libia haya algo cercano a un Estado funcional con capacidad para regular y estabilizar el territorio nacional. La proliferación de grupos armados con diferentes agendas y alineamientos regionales -que se disputan especialmente el control de las instalaciones petroleras y puertos- han llevado a la deriva de una crisis institucional a otra, mientras la ausencia de una autoridad central ha hecho del país, cuyas costas miran al sur de Italia, tierra fértil para las redes de tráfico de personas que hacen presa de los movimientos de migrantes en la ruta entre el África Subsahariana y el sur y centro de Europa.
Pero no es el propósito de este artículo discutir Libia, por más que el derrotero de ese país es un triste recordatorio de las consecuencias de una política exterior estadounidense atrapada en enfoques a corto plazo. Libia ha pasado a ser parte del ruido de fondo de imágenes de inestabilidad y violencia con las que las audiencias globales ya han saturado sus capacidades para la empatía. Fantasmas que se agitan en aquellos reservorios de relativa tranquilidad, utilizados por candidatos xenófobos partidarios de la securitización y el control de fronteras ante un mundo que los flujos acelerados de información en internet y las redes sociales nos lo revelan tan inmediato como hostil, confuso y caótico.

Imagen icónica de la toma de la embajada estadounidense en Teherán, en 1979.

Sin duda que el episodio de Benghazi moldeó los miedos, percepciones e imaginarios en la Casa Blanca cuando se encontró con las protestas que el 30 de diciembre pasado cercaron su embajada en Bagdad. Lo mismo que la crisis de rehenes durante la toma de la embajada en Teherán (del 4 de noviembre de 1979 al 20 de enero de 1981), punto de inflexión que dio inició a la conflictiva relación entre Irán y EEUU.

El asesinato de Soleimani no debe oscurecer que la facultad que EEUU se adjudica para dispensar justicia desde los cielos contra sus enemigos no reconoce diferencias partidarias. La Administración Obama hizo uso extensivo de las nuevas facultades de los avances de la aviación militar -en especial el desarrollo de vehículos aéreos no tripulados o drones, hoy un avistaje común en los cielos de muchas zonas en conflicto- para propiciar golpes quirúrgicos sobre individuos e infraestructura. El filósofo Carl Schmitt advertía que con el desarrollo tecnológico aéreo y los medios para librar una guerra total(izante), el conflicto bélico adquiere una nueva dimensión moralista donde “el vencedor considerará la superioridad de sus armas como una prueba de su justa causa y declarará criminal al enemigo, puesto que ya no es posible realizar el concepto de iustus hostis”. Sin duda, él tendría mucho que decir sobre el liderazgo estadounidense en el siglo XXI, conforme la concepción de la guerra contra el terrorismo y la invocación de la responsabilidad de proteger habilitaron una globalización del uso y los objetivos de la fuerza militar. En el empleo de esta modalidad hay una alternativa al dilema de la presencia en el terreno (referida coloquialmente como boots on the ground), es decir, el despliegue de tropas cuyos costos -económicos y políticos- los gobiernos estadounidenses han tratado de evitar o al menos de disminuir para escapar al fantasma de aventuras intervencionistas como las invasiones a Irak y Afganistán. La diferencia más visible con el periodo de Obama reside en que el gobierno de Trump se muestra poco interesado en sustentar sus acciones sobre consensos y acuerdos internacionales o siquiera invocar el acompañamiento de sus aliados, en línea con su escepticismo hacia el multilateralismo.

Como un vuelo sin destino

3 de julio, 1988. El capitán de la marina estadounidense William C. Rogers III debió haber sentido alivio y satisfacción instantes después de recibir confirmación de que el blanco enemigo había sido derribado. El navío que comandaba, el USS Vincennes, había entrado en aguas territoriales iraníes en el Estrecho de Hormuz, la estratégica garganta que conecta el tráfico marítimo entre el Golfo Pérsico y el Océano Índico, cuando su radar detectó una aeronave acercándose en su dirección, lo cual fue rápidamente interpretado como una amenaza. Con precisión, los sistemas de armas del barco dispararon un misil antiaéreo guiado y acabaron con el objetivo. La “amenaza” resultó ser el Vuelo 655 de la compañía civil Iran Air, que se encontraba volando en dirección a Dubai. Las 290 personas a bordo, la gran mayoría de ellas civiles iraníes, murieron en la mayor tragedia aérea en la historia de Irán.

El USS Vincennes estaba allí como parte de las operaciones de patrullaje y control que militarizaron las rutas en el Golfo Pérsico. Ocho años antes, y aprovechando el desorden que sigue a toda revolución, el gobierno iraquí de Saddam Hussein decidió invadir Irán. Hacía tan solo meses que la monarquía del Shah Reza Pahlevi había sido derrocada en un proceso de movilización de masas para dar nacimiento a la República Islámica, cuya dirección era hegemonizada por el movimiento que encabezaba el Ayatollah Jomeini. La razón invocada para justificar la invasión se fundaba en una disputa fronteriza arrastrada de largo tiempo, pero el interés por controlar las reservas petroleras iraníes y el temor ante el ímpetu de expansión de una revolución que impugnaba la legitimidad de los regímenes vecinos sostuvieron la guerra. Hussein gozaba del respaldo de EEUU, la URSS y la Liga Árabe, quienes veían en la revolución iraní una incógnita y una amenaza al status quo regional.

Podría fácilmente afirmarse que Rogers actuó en forma sesgada y precipitada al asumir que la aeronave, por provenir de territorio iraní, era una amenaza. Pero desde el gobierno del entonces presidente estadounidense, Ronald Reagan, afirmaron que su navío actuó en legítima defensa; se adjudicó el derribo a un “error” técnico y se echó toda la responsabilidad sobre Irán al señalar que, anteriormente, botes de la marina iraní se encontraban hostigando embarcaciones norteamericanas. Recién en 1996, tras la mediación de la Corte Internacional de Justicia, se pagaron reparaciones económicas, pero aún es un recuerdo amargo presente en la memoria colectiva iraní.

El episodio del Vuelo 655 es una historia oportunamente olvidada en la larga cadena de tensiones, escaladas y choques en las relaciones Irán-EEUU; es también un ejemplo de cómo prejuicios, errores de cálculo, lógicas no cooperativas en la negación del otro como un actor legítimo y percepciones mal ingeniadas acerca de sus intenciones pueden conducir, en instantes, a tragedias humanas. También es un ejemplo de cómo puede operar la soberbia de reafirmar, por sobre todas las cosas, la autoridad unilateral para responder con la fuerza de forma irrestricta. En contextos de alta volatilidad, incertidumbre y hostilidad entre aquellos actores, individuales y colectivos, que participan de la dinámica internacional, una crisis está siempre a la vuelta de la esquina. Y el periodo 2010-2020 ha abundado en crisis de estas características.

En los discursos que predominan en la prensa y los círculos políticos de este lado del mundo, es común ver cómo las políticas de los sucesivos gobiernos iraníes han sido enmarcadas, sin atención a las dinámicas internas del país o a los cambios en el contexto regional y global, en una mirada esencialista y moralizante que ha hecho de la nación persa la “causa de todos los males”.

Pero lo que a menudo se deja de lado, más allá de la instrumentalización que reciba de parte de los discursos gubernamentales iraníes, es la huella que Washington ha dejado en la mentalidad y cosmovisión de la sociedad y élites políticas en Irán. El respaldo de la CIA al golpe de Estado que en 1953 derrocó al primer ministro electo, Mohammad Mossadeq, y que canceló el proceso de democratización iraní para restaurar la autocracia de la dinastía Pahlevi; el apoyo diplomático, económico y logístico al gobierno de Saddam Hussein durante la guerra Irán-Irak (1980-1988); el respaldo incondicional que la Casa Blanca provee a los principales rivales regionales de Irán, Israel y Arabia Saudita; el bloqueo y las sanciones como mecanismo para castigar por ahogo la economía iraní.

Sin esta historia no puede comprenderse cómo el sentimiento anti-estadounidense se complementa con la retórica nacionalista y antiimperialista como guías de la política iraní. Tras el asesinato de Soleimani, Trump también puede haber anulado una de las cartas con las que contaba para presionar sobre el gobierno iraní: el descontento expresado en el ciclo de protestas callejeras que inició en octubre ante el recorte de los subsidios al combustible. El martirio de una figura de tanta relevancia bien puede cohesionar a la opinión pública y parte de los bloques políticos iraníes ante la amenaza de una agresión externa, y deslegitimar cualquier expresión de disenso como funcional al agresor.

Las reglas de juego

El asesinato de Soleimani puede ser en la práctica como una declaración de guerra, aún si en los próximos días y semanas se realiza un esfuerzo por reducir las tensiones y evitar una confrontación de mayor magnitud. La decisión del gobierno norteamericano ha desafiado la capacidad de análisis de los especialistas, afianzando el carácter impredecible que ha acompañado otras decisiones de la Administración Trump. Supone en los hechos una redefinición de las reglas de juego que sienta precedentes para el uso de la fuerza directa como resolución de disputas entre Estados. El asesinato de individuos no es extraño en la política exterior norteamericana, pero hasta hoy EEUU había centrado el uso de la fuerza letal en sus “operaciones quirúrgicas” públicas contra entidades y organizaciones no gubernamentales en lo que denomina la Guerra Global contra el Terror. El bombardeo de ayer extiende de facto los márgenes de qué es esperable a la hora de lidiar con rivales a la supremacía global norteamericana. La muerte de una figura de este tipo profundiza un escenario que encaja con lo que suele llamarse dilema de seguridad, donde las percepciones, tenencia o ausencia de información, y preconcepciones de actores trabados en una lógica de suma cero se alimentan con la incertidumbre. Como un gobierno ve que cualquier avance o fortalecimiento de “su rival” supone a la vez un retroceso propio, procurará hacer todo lo posible para subsumirlo.

No se conciben salidas que distiendan la situación o bajen la escalada de provocaciones. Una no reacción del gobierno iraní ante una agresión de esta magnitud podría ser leída fácilmente como debilidad, ya sea por EEUU como por los socios de Washington y rivales de Irán en la región, principalmente Arabia Saudita e Israel.

2019 fue un año particularmente complejo en cuanto a la escalada de tensiones. Junto a la salida norteamericana del acuerdo nuclear y el endurecimiento de la estrategia de sanciones comerciales y financieras contra el país (parte de lo que en la Casa Blanca llaman “estrategia de máxima presión”), a mediados de año varios buques comerciales transportando petróleo en el Golfo Pérsico fueron dañados por minas submarinas, por lo cual desde la UE y EEUU se responsabilizó a Irán. En respuesta, fuerzas especiales británicas ocuparon un buque tanque petrolero iraní cuando atravesaba el Estrecho de Gibraltar en dirección a Siria. Irán respondió con sus propias fuerzas especiales capturando un buque británico frente a sus costas en el Estrecho de Hormuz. A lo largo del año, EEUU ha incrementado su capacidad militar en la región, con el despliegue de tropas, baterías de misiles y navíos de guerra. Los costos económicos de la política de sanciones y aislamiento sobre Irán han pesado sobre el tejido social de la nación persa, alimentando una serie de protestas callejeras contra la decisión del gobierno del presidente Hassan Rouhani de recortar subsidios al combustible a fin de aliviar las cuentas del Estado. Sin embargo, lo sucedido el 2 de enero puede acabar afianzando, por el momento, la cohesión de buena parte de la población alrededor del gobierno si se percibe una amenaza aún mayor proveniente del exterior.

En septiembre, una de las principales refinerías en Arabia Saudita fue atacada y destruida en un ataque con misiles, reduciendo por varios días la producción de petróleo en ese país. Si bien hay versiones enfrentadas sobre los hechos (incluso acerca de si el misil fue disparado desde territorio iraquí o de Yemen), EEUU culpó a Irán por la acción. Estos hechos resaltan el factor principal que, de reinar el sentido común y el cálculo costos-beneficios, debiera servir para prevenir cualquier conflicto de mayores proporciones. La posibilidad de que el conflicto se desborde a toda la región son altas. Ante la enorme desigualdad de capacidades en un conflicto directo, convencional, Irán podría responder asimétricamente, golpeando blancos como infraestructura energética operada por EEUU o sus aliados, bloqueando las vías comerciales en el Golfo Pérsico (por las cuales pasa el 20% del petróleo que abastece al mercado mundial), entre otros. Al igual, una serie de actores no estatales con conexiones con el CGRI podrían movilizarse, exacerbando este nuevo ciclo de hostilidades en la región. El abanico de posibilidades es demasiado amplio y podría resultar demasiado costoso.

La nueva ronda de escaladas con Irán es también el epílogo de una oportunidad perdida: la que ofrecía el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC o JCPOA, por sus siglas en inglés), conocido comúnmente como el acuerdo nuclear iraní. El acuerdo preveía que Irán reajustase su programa de enriquecimiento de uranio, desarrollo e investigación nuclear y la expansión de sus instalaciones, a fin de no alcanzar la capacidad para darle una aplicación militar. A cambio, se desmantelarían gradualmente las sanciones y restricciones comerciales y financieras que han limitado la capacidad del país para interactuar con el exterior. Se trató del último episodio de esfuerzo concertado -no solo involucró a los cuerpos diplomáticos iraní y estadounidense, sino también a Rusia, China, Alemania, Francia y Gran Bretaña- para ofrecer una vía diplomática a la tensión regional, un nuevo capítulo en la región que abriera las puertas a expectativas más optimistas de relación e intercambio. En los meses de distensión que siguieron a la firma del acuerdo se siguieron rondas de negocios que preveían la apertura del mercado iraní -82 millones de habitantes en una economía relativamente diversificada de ingresos medios-, el gran premio que atraía a rivales y aliados de Teherán. Era también la bandera que levantó el presidente Hassan Rouhani -él mismo un veterano en los equipos de negociadores nucleares- desde que fue electo en 2013, contando que la apertura económica serviría para paliar la caída estrepitosa de los precios del petróleo. Y entonces llegó Trump.

El magnate devenido en presidente de los EEUU no ahorró críticas al acuerdo nuclear, al cual consideraba demasiado generoso en sus concesiones para con Irán. Con la retirada unilateral del acuerdo en mayo de 2018 y el endurecimiento de la presión económica como táctica de presión, el cierre del diálogo allanó el camino para los eventos de estos últimos días.

Otro posible desenlace es que esto se convierta en un patrón en las disputas EEUU-Irán, o incluso se extienda a la manera como Washington opte por resolver disputas y desafíos a su estatus de predominio global. Golpear para negociar y vincularse desde una posición de fuerza, donde la beligerancia y el unilateralismo reemplacen a los marcos legales internacionales y consensos. Y hacer de la imprevisibilidad un factor en la estrategia. Aún si se confía en que la racionalidad de quienes toman y ejecutan las decisiones les impedirá llegar a un resultado donde las pérdidas sean mayores que las “ganancias” inmediatas, lo cierto es que 2020 se ha iniciado con un muestra feroz del carácter más caótico y vertiginoso de nuestro mundo.