Coronavirus y estado de excepción
Por Axel Kesler
La globalización ha muerto

La sociedad globalizada como una sociedad en cuarentena. La irrupción del coronavirus abre una oportunidad para reflexionar sobre las dinámicas individuales y el posible (re)encuentro contemporáneo con lo colectivo.

Al asomo de una nueva hecatombe mundial por la guerra económica entre China y Estados Unidos, se le sumó una pandemia. Si el mundo ya venía sintiendo los movimientos sísmicos que generaban estas dos potencias mundiales, con el Coronavirus se terminó de generar un terremoto. Subestimado en un principio por líderes mundiales como Donald Trump (“es una gripe”) y refutado su potencial peligro al difundirse información sobre enfermedades que se vienen llevando más vidas, aun así, algo cierto es que el COVID-19 ha alterado el orden mundial y ya se prevén efectos de acá a un futuro.

El miércoles 11, la Organización Mundial de la Salud declaró al Coronavirus como una pandemia señalando que se trata de “una palabra que, si se usa incorrectamente, puede causar un miedo irrazonable” ya que “nunca antes hemos visto una que pueda controlarse al mismo tiempo”. De esta forma, incitó a los Estados del mundo a “cambiar el curso de esta pandemia” con políticas de salud pública. Poco a poco esto fue generando una oleada de medidas en diferentes países que ni el político más liberal pudo disimular la necesidad de intervenir sobre la vida social.

La “cuarentena” se volvió una palabra muy en boga y comenzó a aplicar su aislamiento a personas y países enteros. El cierre de fronteras, la suspensión de vuelos y de algunas actividades comerciales, la prohibición de actividades masivas y en algunos países de clases, y hasta el encierro estricto en otros, generó un shock en la economía mundial.

Los costos económicos no tienen que ver solamente con los gastos en medidas de prevención y tratamiento del virus, sino también con la parálisis de actividades que producían valor. Se habla de una pérdida de un costo global de 2.7 billones de dólares y de un descenso a la mitad del crecimiento económico mundial. Esta fase recesiva, en un corto plazo ya genera escasez de ciertos productos y un aumento de la vulnerabilidad de los sectores más afectados por el capitalismo y los países más inestables (como es hoy la Argentina).

Las intervenciones de los gobiernos del mundo rondan aquí entre las “políticas de cuarentena” y las “políticas de protección social”. No es lo mismo un Estado que sólo incita al aislamiento que un Estado que, además de tomar estas medidas de precaución, distribuye productos gratuitamente, fija precios, atiende casos particulares e intenta garantizar una vida social lo más fluida posible. Si concebimos esas dos formas como tipos ideales, poniéndolo en términos de Weber, la cuarentena abona al aislamiento y la individualidad propias de la globalización. Hay un proceso de atomización de las relaciones sociales, una reducción de los vínculos a círculos cada vez más pequeños y a la centralidad del yo, que viene intensificándose con el proceso de globalización. Si bien las distancias son más cercanas a través de la pantalla, son sólo una proyección de proximidad que no se termina de corresponder con lo real. La sociedad globalizada es la sociedad de la cuarentena. Las políticas de protección social, en cambio, atienden la problemática desde la presencia del Estado. De un Estado que te dice “arréglatelas” se pasa a uno que marca presencia y se postula como reactivador de los lazos sociales. En éste, el aislamiento funciona para casos sumamente necesarios y se busca que las actividades sociales y las instituciones estatales sigan atendiendo con precauciones, pero sin interrupciones.

En términos prácticos, ambos tipos ideales actúan en conjunto, pero siempre la balanza se inclina para un lado. En eso, hay una línea muy fina entre qué políticas tomar y ésta se encuentra muy condicionada por la opinión pública. “El coronavirus es un virus que te hace hablar todo el día sobre el coronavirus” twitteaba Martín Piroyanski y bastante razón tenía. El bombardeo en los medios de comunicación alimenta un clima de paranoia que pide a gritos cuarentena. Giorgio Agamben presenta esta situación como producto de la necesidad de generar estados de excepción. El clima de miedo generalizado en los últimos años en las conciencias de los individuos promueve una necesidad real de provocar estados de pánico colectivo. El coronavirus sería un pretexto ideal para ceder a esta demanda inconsciente, se convierte en un significante que agrupa todas esas demandas de orden. Esteban Di Paola va un poco más allá y plantea “la invención de un virus en el sentido sociológico del término, es decir, la invención de una manera más de constituir subjetividades ajenas al compromiso con la otredad y, contrariamente, reforzadas en el repliegue sobre sí, el encierro para no contaminarse”.

No estamos discutiendo las políticas de salud pública ni las medidas individuales de prevención. Es claro que el coronavirus es un problema mundial al que tienen que atender los Estados. Día a día viene demostrando su rapidez en el contagio y el ascenso de la cantidad de muertes, y eso exige intervención pública. Lo que estamos discutiendo es estas medidas cuando ceden a la paranoia colectiva. Una paranoia que vuelve circular el proceso y retroalimenta los Estados de incertidumbre social. Cuando la información se convierte en una demanda constante, los fakes (noticias o consejos falsos) se vuelven un alivio temporal a la vez que un combustible para todos los miedos, y las cosas empeoran. Sabemos que los medios de comunicación actúan bajo cierta lógica de mercado mostrando aquello que se quiere ver, así como sabemos que actúan como un refuerzo de algunas sensibilidades del terreno social; hay un doble juego ascendente-descendente en la formación de opinión. En ese sentido, la responsabilidad de los formadores de opinión en estos momentos es mucho más grande. Ver a actores y actrices, periodistas, políticos y políticas, entre otras personalidades públicas, alimentando este clima de paranoia a través de un aparato masivo de comunicación se vuelve algo tan grave como el coronavirus, ya que intensifica la cuarentena individualista. Ante esto, reivindicar el encuentro con lo colectivo, o con el Estado como herramienta de lo colectivo, podría ser la apuesta para romper esa cadena.