Asoma un nuevo horizonte para el petróleo: dejar de ser commodity
Por Nicolás Malinovsky y José Pagliero
La globalización ha muerto

El COVID-19 ha cambiado el rumbo de nuestra vida y desde su rápida expansión global ha puesto en alerta a toda la humanidad. A partir de la declaración del estado de Pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el impacto se apreció no sólo en las acciones de los diferentes Estados para su control y contención, sino también en los grandes movimientos estructurales de las economías globales. La caída estrepitosa de los precios del petróleo llevó incertidumbre a todos los rincones del mundo y obliga a los países productores a replanteárselo todo. Barajar y dar de nuevo.

Según informó el Financial Times el pasado viernes, el COVID-19 ha provocado la reducción mundial de un tercio en la demanda del petróleo, es decir, un 33% menos del consumo mundial, lo que representa la mayor caída de la historia.

El jueves 9 de abril, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y Rusia, grupo conocido como la OPEP+, acordaron hacer un recorte de 10 millones de barriles de petróleo por día (bpd) hasta junio, que equivale al 10% de la producción mundial, lo cual no produjo una respuesta favorable en el mercado.

Arabia Saudita y Rusia, los dos mayores productores de crudo, acordaron reducir unos 5 millones de bpd (5% de la producción mundial), mientras que otros productores de OPEP+ eliminarán 5 millones de barriles adicionales en total. Esto elimina las presiones políticas sobre Rusia y Arabia Saudita pero no solucionaría el problema de la demanda.

México, por su parte, reducirá su producción en 100 mil bpd (0,1% de la producción mundial) a partir de mayo, y Donald Trump se comprometió a reducir la producción de Estados Unidos en 250 mil bpd adicionales (0,25% de la producción mundial) con el propósito de compensar a México, según las palabras del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Trump agregó “los Estados Unidos ayudarán a México y nos reembolsaran en una fecha posterior cuando estén preparados para hacerlo”.

Las novedades no dejaron conformes a todos. Bjornar Tonhaugen, jefe de Mercados de Petróleo de Rystad Energy, dijo “aunque 10 millones de bpd ayudarán al mercado a corto plazo a no llenar el almacenamiento, es un desarrollo decepcionante para muchos, que todavía se dan cuenta del tamaño de la sobreoferta de petróleo”.

Por su parte, Goldman Sachs, uno de los grupos de banca de inversión y de valores más grande del mundo, advirtió esta semana que el golpe que sufrió la demanda a partir de la crisis mundial significa que la reducción de 10 millones de bpd “no sería suficiente” a pesar de que constituye el mayor acuerdo de suministro en la historia.

El G20 terminó de cerrar esta primera secuencia sin mayores anuncios. En la reunión llevada a cabo el viernes 10 de abril, dijo que los países miembros se “comprometerían a hacer lo que sea necesario, tanto individual como colectivamente” para garantizar que el sector energético se recupere, evitando así hablar de volúmenes de recortes de producción o aumento de la demanda.

¿Cómo llegamos a este asunto? ¿Qué sucedió desde el No acuerdo de la OPEP+ del pasado 07 de marzo hasta el acuerdo actual?

A principios de marzo, la OPEP intentó en vano un acuerdo entre Rusia y Arabia Saudita para recortar 1,5% la producción mundial. El fracaso no sólo aumentó las tensiones entre los productores, sino que además, Arabia Saudita aumentó su producción, llevándola al récord de 12 millones de bpd, inundando el mercado de crudo y empujando el valor del barril a un mínimo de casi u$s 22.

A partir de este movimiento, tal como planteamos en “La burbuja de petróleo: ¿una nueva crisis financiera en puerta?” el pasado miércoles 1° de abril, se produjo el estallido de la primera burbuja petrolera: la empresa estadounidense Whiting Petroleum -fundada en 1980 cuyos principales accionistas son los gigantes de las finanzas Black Rock, State Street Global Advirsors y Grupo Vanguard– anunció la quiebra al quedarse sin liquidez. Chris Midgley, analista jefe de Standard & Poors Global Platts, dijo al respecto: “el shale de Estados Unidos es económicamente inviable. Algunas áreas y plantas volverán cuando los precios suban”.

Al día siguiente de la caída de la primera pieza del dominó, Whiting Petroleum, el presidente Trump declaró por Twitter: “Espero que estén recortando aproximadamente 10 millones de barriles, y tal vez sustancialmente más, lo que, si sucede, ¡será GENIAL para la industria del petróleo y el gas!”. “Podría ser tan alto como 15 millones de barriles. ¡Buenas (GRANDES) noticias para todos!”. Pedía así un recorte de producción por parte de la OPEP+.

Inmediatamente, Vladimir Putin, presidente de Rusia, declaró en una reunión de funcionarios gubernamentales y ejecutivos de compañías petroleras: “Podemos hablar de una reducción en el volumen de unos 10 millones de barriles por día, un poco menos, tal vez un poco más”. “Por supuesto, todo esto debe hacerse en una sociedad. (…) Estamos listos para la cooperación con los Estados Unidos en este tema”.

Luego de estas declaraciones, pero centralmente, luego de las palabras incitadoras del mandatario estadounidense, Arabia Saudita, líder de producción de la OPEP, convocó a una reunión de la OPEP+ con el fin de acordar con Rusia un recorte de entre un 10 y un 15% de la producción.

Finalmente, el lunes 6 de abril, Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), incitó a los grandes productores de petróleo dentro del grupo G20 -que incluyen a Estados Unidos, Canadá, Arabia Saudita, Rusia y Brasil- a reducir la producción para abordar un exceso de oferta de al menos 25 millones de bpd.

Bajo esta sucesión de acontecimientos nos preguntamos ¿qué pasa si la demanda no llega a recuperarse?

La industria y los sectores productivos a nivel internacional se preguntan si la demanda de petróleo se recuperará a su nivel anterior a la crisis o no.

El acuerdo de la OPEP+ y el compromiso del G20 sólo pospone los desequilibrios de oferta y demanda por un mes, aproximadamente. El precio del Brent probablemente tocó su mínimo en marzo al alcanzar los u$s 22 por barril. Esto hace que las perspectivas de una recuperación sostenida sean muy escasas en este contexto.

Esto, sin duda alguna, podría traer aparejado un cambio de paradigma: miles de nuevos desempleados debido al cierre de comercios e industrias y cambios en el sistema productivo y de trabajo, apoyado en los nuevos desarrollos tecnológicos.

Esta disputa, ¿es una muestra más de que se está configurando un nuevo orden mundial? No podemos afirmarlo aún. Ahora bien, ni los principales productores de petróleo, ni los grandes consumidores que alimentan la demanda global, están exentos de los cambios que estamos viviendo. Quizá este momento represente para unos el “peligro” de su status quo. Quizá para otros significa el desafío de lo “nuevo”.

Lo que no se puede negar es la necesidad de transformar esta crisis en oportunidad para las grandes mayorías a escala global, donde el petróleo se convierta al fin en uno de los tantos recursos para garantizar el bienestar social y deje de ser un commodity para la acumulación del capital financiero.

Todos estos movimientos nos invitan a dejar abiertas algunas preguntas para responder en lo inmediato. La primera: ¿cómo repercuten los últimos acontecimientos del mercado internacional del petróleo en lo regional, pero centralmente en lo local? ¿Qué debe hacer la Argentina, que proyectó una industria petrolera en base a un mercado que ya no existe?

Por último, ya apelando a un rol activo que nos saque de la mera apreciación del fenómeno, ¿cuál es la salida que pensamos construir? ¿Qué piensan ustedes?