8 minutos y 46 segundos: la larga lucha de ser afroamericano en EEUU
Por Geneva Smith
La globalización ha muerto

Las protestas de estos días en diferentes ciudades a lo largo del país expresan mucho más que un asesinato. Este texto-testimonio, escrito en primera persona desde el torbellino de los acontecimientos, permite acceder a una realidad marcada por el color de la piel.

8 minutos y 46 segundos. Durante 8 minutos y 46 segundos un oficial de policía, hombre, blanco, apretó el cuello de George Floyd con su rodilla. George intentó buscar aire y advirtió que no podía respirar. Quienes contemplaban la escena le suplicaron al oficial que parase. Pero, como suele pasar en Estados Unidos, los policías ignoraron las voces de los civiles.

El policía blanco que asesinó a George Floyd tenía más de 19 denuncias en su haber, de las cuales varias involucraban el uso excesivo de la fuerza. Sin embargo, se lo mantuvo dentro de la institución. Sin dudas, esa impunidad lo alentó a cometer semejante crimen a plena luz del día, en frente de varios testigos, mientras otros tres oficiales miraban.

¿Cuál fue la respuesta inmediata? Ninguna. Hasta que no se filtró el video en el que se registra el asesinato, la policía de Minnesota no adoptó ninguna medida. Exactamente lo mismo que había sucedido con las muertes de Ahmaud Arbery y Breonna Taylor. Estas imágenes muestran una realidad que los afroamericanos de Estados Unidos conocemos bien: nuestros cuerpos y nuestros derechos no están a salvo. Las protestas de estos días en diferentes ciudades a lo largo del país expresan mucho más que un asesinato. No fueron solamente esos 8 minutos y 46 segundos. La muerte de George Floyd refleja la larga y peligrosa lucha de las comunidades negras en Estados Unidos. Obligan a preguntar: ¿cuántos más tenemos que morir para que haya cambios?

Estados Unidos ha estado bajo diferentes niveles de encierro durante los últimos tres meses, en un intento por controlar el COVID-19. Pronto quedó claro que el virus afectaba desproporcionadamente más a la población negra, en especial en la cantidad de muertos. Esto se debía, en parte, a que la mayoría de los trabajadores esenciales (trabajadores de supermercados, repartidores, etc.) son afroamericanos. Por otro lado, el COVID convirtió a las cárceles de Estados Unidos, donde los afroamericanos están sobrerrepresentados, en reductos mortales. Así es como en los últimos meses las comunidades negras hemos sufrido numerosas pérdidas. Como muchos otros alrededor del mundo, no pudimos juntarnos para hacer el duelo por estas muertes debido al distanciamiento social.

El virus no iguala, sino que devela las inequidades que ya estaban ahí. Esas desigualdades se expresan también en el vínculo con la medicina. En el siglo XIX, J. Marion Sims, el “padre de la ginecología”, desarrolló sus conocimientos a través de experimentos realizados con esclavas negras sin su consentimiento y sin usar anestesia. A principios del siglo XX, el Tuskegee Institute junto al gobierno, en un experimento ahora considerado aberrante, infectó afroamericanos con sífilis sin avisarles. Este tipo de eventos contribuyeron a crear una desconfianza de larga data frente al sistema de salud, que a su vez agravó todavía más los efectos de la pandemia.

Los problemas actuales no son nuevos, sino que se inscriben en una larga historia de opresiones

La migración forzada de africanos a Norteamérica para producir bienes de exportación fue una de las características más salientes de la colonización europea. Junto a la prohibición que pesaba sobre afroamericanos y pueblos originarios para poseer propiedades, llevar armas o poder casarse, el racismo proveyó una herramienta útil para justificar e imponer el sistema de plantaciones basado en el trabajo esclavo durante todo el período colonial.
Hacia medidos del siglo XIX, las diferencias entre los estados del sur y del norte respecto a cómo regular la esclavitud llevaron a la Guerra Civil (1861-1865) y, con ella, a la emancipación de las 3,9 millones de personas esclavizadas en el país. Los afroamericanos lograron por entonces ciertos avances en materia de derechos. Los hombres consiguieron el derecho al voto, y algunos de ellos empezaron a servir tanto en las administraciones locales como en el gobierno federal. Fundaron iglesias y universidades.

La respuesta de los blancos del sur de Estados Unidos no se hizo esperar, inaugurando una nueva era en materia de discriminación racial. El período conocido como Jim Crow se extendió entre finales del siglo XIX y mediados del XX, y estuvo caracterizado por un sistema de normas que mantuvieron la subordinación de los afroamericanos limitando su capacidad de voto, los barrios en los que podían residir o la posibilidad de ser empleados en ciertos trabajos. La imposición de estas leyes descansaba sobre la violencia más cruda. Si intentaban subvertir alguna de estas normas, los afroamericanos quedaban expuestos a linchamientos, eventos muy populares y de gran difusión.

El movimiento por los derechos civiles de la década del ´60, al igual que el Black Power Movement de los ´70, enfrentaron con éxito esta hegemonía blanca. Militantes y líderes de movimientos por los derechos civiles lograron el apoyo para aprobar nuevas regulaciones que garantizasen el derecho al voto, con el objetivo de dejar sin efecto a las leyes de Jim Crow. A su vez, las organizaciones por los derechos civiles promovieron el caso en el que la Corte Suprema eliminó las leyes de segregación. Sin embargo, esto no implicó un aumento significativo en el número de afroamericanos ocupando posiciones de poder o en el gobierno.

Esta ausencia no tardó en volverse evidente: nuevos mecanismos aparecieron para doblegar el legado de esos años. La diseminación de prácticas financieras discriminatorias y créditos abusivos contribuyeron a limitar la capacidad de ahorro de las comunidades negras y a reforzar la segregación urbana. En los últimos tiempos se produjo la reaparición de nuevas estrategias de parte de los gobiernos estatales para limitar el derecho al voto: desde leyes innecesariamente restrictivas para acreditar identidad hasta la manipulación de distritos electorales, el objetivo ha sido limitar la influencia de las distintas minorías en las elecciones.

Terror policial

La vigilancia policial siempre ha sido una de las herramientas fundamentales para mantener el orden racial predominante en Estados Unidos. Mientras estuvo vigente la esclavitud, en las comunidades existían patrullas dedicadas exclusivamente a perseguir a los esclavos que huían. Su objetivo era el de encontrarlos, castigarlos y devolverlos a sus amos a cambio de una recompensa.

A medida que las fuerzas policiales se fueron volviendo más y más militarizadas a lo largo del siglo XX, las poblaciones más vulnerables comenzaron a ser tratadas más como combatientes que como civiles. Gracias a las redes sociales, el terror que tanto los oficiales de policía como otros estadounidenses blancos infunden en las comunidades negras se ha vuelto más visible.

Esta violencia sistemática nos ha agotado mental, emocional y físicamente a los afroamericanos. No podemos salir a correr (#AhmaudArbery). No podemos avistar aves en parques (#ChristianCooper). No podemos relajarnos en nuestras propias casas (#BothemJean and #AtatianaJefferson). No podemos ir al negocio de la esquina (#MikeBrown). No podemos ir a la iglesia (#Charleston). No podemos comprar Skittles en una tienda (#TrayvonMartin). No podemos pedir ayuda luego de un accidente con el auto (#JonathanFerrell and #RenishaMcBride). Cuando decimos Black Lives Matter estamos pidiendo que reconozcan que sistemáticamente se nos niega el derecho a vivir sin el temor de ser asesinados. Hasta tanto no desmilitaricen a la policía, le den entrenamiento en tácticas no violentas, la hagan reflexionar sobre los sesgos raciales involucrados en su accionar y se la obligue a escuchar a las comunidades que dicen proteger, los afroamericanos y nuestros aliados vamos a continuar tomando las calles para pedir justicia.

Pero mientras continuamos protestando por todos estos asesinatos, nuestros cuerpos siguen ahí, expuestos, descartables. Cada mañana me levanto para encontrar un nuevo video de la policía atropellando multitudes con sus autos, arrestando masivamente y disparando balas de goma y gas lacrimógeno contra quienes protestan pacíficamente.

Para quienes pretenden justificar la brutalidad policial con los saqueos y el daño a la propiedad privada, les pido que presten atención a los contrastes. Hace algunas semanas, un grupo de hombres blancos se reunió para protestar contra las medidas de distanciamiento social frente a la casa de gobierno del estado de Wisconsin. De hecho, hubo varias protestas por el estilo a lo largo del país, con una metodología semejante: hombres blancos rodeando edificios gubernamentales armados con rifles de asalto, chalecos antibalas y otros elementos de combate. La respuesta de la policía en estos casos fue la de observar pasivamente. El mensaje era claro: si sos blanco, podés pasearte por los edificios de gobierno portando armas de guerra. Mientras tanto, el presidente les responde por Twitter a los afroamericanos que se movilizan pacíficamente: “cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”. En paralelo, la policía arresta a un equipo de periodistas de la CNN compuesto por afroamericanos mientras hacían su trabajo.

Por otra parte, los edificios que ardieron en las protestas no son más que una gota en el océano. En un declaración realizada por Target, una cadena de supermercados atacada durante las manifestaciones, la compañía destacó que “el asesinato de George Floyd ha desatado un dolor reprimido por años, como antes las muertes de Ahmaud Arbery y Breonna Taylor”. Sobre el final, se lamentaba: “decimos sus nombres y llevamos en nuestros corazones una lista demasiado larga de todos los demás”. Las empresas y sus directivos, casi todos blancos, pueden decir sus nombres. Pero somos los afroamericanos a lo largo de todo el país los que sentimos la pena, el dolor y la angustia de haber perdido familiares sin ningún motivo.

Los afroamericanos nunca pudimos darnos el lujo de descansar. Tener que luchar todo el tiempo para que nos reconozcan y para conseguir algunas protecciones mínimas es extenuante. Pero tenemos que estar siempre alerta, cuidando nuestros cuerpos y tratando de no parecer “peligrosos”. Mientras las medidas de distanciamiento social parecen haber llegado para quedarse, el miedo circula entre nuestras comunidades. Es que tememos que el uso de barbijos pueda implicar un riesgo a la hora de protegernos o denunciar cualquier peligro: tener la cara tapada incrementa el riesgo de ser apremiado por la policía. Y a pesar de todo esto, tenemos que seguir haciendo oír nuestras voces y defendiendo nuestros derechos. Necesitamos más afroamericanos en los lugares donde se toman las decisiones. Necesitamos políticas para afroamericanos hechas por afroamericanos. Mientras tanto estaremos en las calles clamando justicia. Sólo podremos avanzar cuando saldemos las cuentas con nuestro pasado. El tiempo es ahora.

Nota de traducción: La traducción de términos como “Black” y “African American” dista de ser sencilla. En Estados Unidos, mientras “African American” implica una descendencia de orígenes africanos, mayormente consecuencia del tráficos de esclavos, el uso de “Black” remite a un componente racial y es empleado de forma reivindicativa como elemento de pertenencia identitaria. En Argentina, donde las discusiones sobre la existencia de prácticas abiertamente racistas recién comienzan a ser reconocidas públicamente, el término “negro/a” tiene un sentido y una historia ligeramente diferentes. Tanto la historia del mestizaje, las políticas de enblanquecimiento y la invisibilizacion como la asociación del color con la clase tomaron un rumbo distinto. En este texto, optamos por emplear “afroamericano/a” como sustantivo y “blanco/a” como adjetivo, siempre con aprobación de la autora.