OLEADA ES LITERATURAHamaca Paraguaya
Por Gabi Borrelli
Ficción

Le pedimos a distintes autores que vuelvan sobre su propia obra y recuperen un fragmento de su producción. El proceso de escribir, lecturas simultáneas, decisiones, la posibilidad de una reescritura. Formas de revisitar una obra para que, en su recorte, se deje ver cómo, al menos en parte, les autores se leen a sí mismes en un momento puntual: el de la publicación de esta entrevista.

Gabriela Borrelli Azara nació en Buenos Aires en 1980, es escritora, crítica literaria y conductora de radio. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y Locución en el ISER. Lleva publicados dos libros de poemas, Océano (Lamás Médula, 2015) y Hamaca Paraguaya (Patronus Ediciones, 2019). Además, en 2018 publicó Lecturas feministas (Ediciones Futurock, 2018), una compilación de textos fundamentales del feminismo, que reúne escritoras, filósofas y militantes diversas: Safo de Lesbos, Sor Juana Inés de la Cruz, Eva Duarte, Alfonsina Storni, Lohana Berkins, Virgine Despentes, entre otras. Es militante feminista y referente de un periodismo con perspectiva de género, en radio y prensa escrita. Actualmente, conduce un programa de radio en Futurock. 

—¿Qué estabas leyendo cuando escribiste esta obra?

Estaba leyendo a Pasolini, un libro que me costó bastante: La divina némesis. Un texto casi en proceso, abierto, exploratorio que me iba contaminando. La brisa del Dante y sobre todo un pasaje al que recurre Pasolini, una visión sobre unas florcitas: “yo era como ellas: que no creen en su muerte, y están destinadas a una vida de pocos días. Florcitas por todas iguales en la ignorancia de la caducidad, de la vanidad: de la poquedad de sus vidas.” 

—¿Cómo fue el proceso de escritura de esta obra?

Beatriz Vallejos, poeta santafesina, dice algo precioso sobre la aparición de los poemas: aparecen cuando una está haciendo cosas comunes como pelar una papa o tejer una boina. Creo que apareció el primer poema después de una siesta en una hamaca paraguaya, después de salir de una resaca con la ayuda de la hamaca. Desde allí, desde esa esa primera aparición solo resta insistir en el objeto, observarlo de todas las maneras posibles, seguir la voz de las cosas. Insistir sobre todo. Nunca escribo poemas sueltos, salvo uno o dos que tengo, pienso los poemas en serie, como si fueran con el sonido explorando las cosas, sobre todo me interesa eso: explorar lo que hay fuera de mi, observar las cosas y su historia. Tengo otro libro que se llama Holter, y estoy trabajando en unos poemas sobre la nieve. 

—¿Compartís con alguien tus textos antes de publicarlos?

Sí, con Javier Roldán (mi editor y amigo) con Laura Pensa, con mis hermanos…..a veces en una lectura con un montón de gente.

—¿Por qué elegís ese fragmento?

Porque son una muestra del libro, que es muy pequeño y es casi como compartirlos entero.

—¿Le cambiarías algo?

No. Ya está escrito. Y está ahí con todos mis errores. Los pasados y los futuros.

Foto de portada: Lucía De la Torre.

Entrevista: Tomás Schuliaquer y Candela Perichon.

Poemas de Hamaca paraguaya, publicado por Patronus Ediciones en 2019.

Quiero casarme

con una hamaca paraguaya.

Ponerme las bermudas plumantes

de los gallos

lucir mi panza,

como las perras

cuando se rascan

la espalda contra el pasto.

Tener dientes nuevos

como los cachorros

para probarlos todo el tiempo.

Y así, con bermudas, hamaca y panza

viajar a Williamsburg,

desayunar con frío y lluvia.

Recordar

cómo los patos

esconden sus piernas cortas

para volverse pura cadera.

No se sabe qué añoran: el agua o la tierra.

 La hamaca paraguaya no es clara.

Se esconde entre las ramas

en la madrugada

y el viento

no me deje entrar en ella.

Pero una vez que nos abrazamos,

es el mismo viento el que nos acuna.

Sabemos las dos que no es fácil llegar

al lugar en el que una quiere estar    


Si me extiendo lo suficiente

abriendo mis abrazos en diagonal

llegando a formar una línea con el talón y el dedo gordo

si me extiendo lo suficiente

intentando formar una estrella con mi cuerpo

te abrís cada vez con más placer.

Tomar dimensión de lo que somos al solo extender la mano

saber que si la saco

todo cambia de forma.

Todo espacio se rehace

cuando quiero conocerlo.


3-    La primera vez que entré a tu casa

no tenías cama ni sillón

solo una hamaca paraguaya

que colgaba con dos ganchos de pared a pared

era una esquina llena de libros,

y la hamaca estaba

rodeada de hojas sin árboles. 

Era marrón con los hilos blancos

y en el medio le habías puesto una almohada de cama.

¿Lees ahí?

A veces.

¿Y dormis?

También.

Te habías inventado una selva

en Rincón y San juan

porque para acceder a tu casa

(había que subir)

dos escaleras

atravesar la terraza

sortear dos animales.

Igualito que escalar el morro

abrirse paso entre los yuyos

evitar ser comida por felinos salvajes.

Sabía que esa selva me devoraría

y que vos y yo

jamás

encontraríamos

la forma

de volver a la ciudad. 

Como tampoco la de volver

a dormir en una cama.