75 años del 17 de octubreSinfonía de un sentimiento
Por Nicolás Enríquez
Ensayo

Todo país se puede definir por las fechas conmemorativas que agazapa en su calendario nacional. En el caso de Argentina, el 17 de octubre de 1945 marcó un clivaje que definió para siempre la división política y social existente. Con agudeza y una lectura “a contra pelo”, Nicolás Enriquez nos rememora los anhelos de aquella patria sublevada que cambió la historia.

“Esas fuerzas, señores, son como ciertos ríos subterráneos que a veces brotan o se hunden y hasta parecen secarse, pero siempre avanzan empecinadamente, victoriosamente”.

Aníbal Ponce

Que una moneda tenga dos caras implica que la suerte se define cuando cae de un lado, entonces, seca o cara dibujarían el devenir de un movimiento, si es conservador o popular, revolucionario o contrarrevolucionario, burocrático o plebeyo. Esta diferenciación, desde el 17 de Octubre hasta la fecha, definió el cómo catalogar al peronismo, que, cual cubo Rubik, funciona como una estructura ósea movimientista que contiene dentro de sí diversas mareas políticas; sin embargo nos aventuramos a decir que este elefante en el bazar de la política argentina, aquello que no se puede no ver, tuvo los derroteros de ser tanto una herramienta de la emancipación popular, como de ser expropiado por los segmentos hegemónicos de turno.

Explorando las raíces del 17 de Octubre, sale a la vista el nacimiento del programa social enarbolado por un coronel, versado en la historia militar prusiana, que ocupó la Secretaría de Trabajo y Previsión del gobierno que depuso a Ramon Castillo, último exponente de la Década Infame. El gobierno del golpe del 43 debía asegurarse el apoyo del único sector que no respondía ante los partidos políticos: el movimiento obrero. En esta resolución se encausa el proyecto político del primer peronismo: darles la bienvenida a los obreros a la ciudadela burguesa, su carta de entrada a la República, antes vedada por la oligarquía. Pero la tolerancia de las elites llega hasta un punto. Cuando el programa social y las nuevas relaciones de igualdad entre trabajador y patrón son inaguantables, Perón, ya en ese momento Vicepresidente y Ministro de Guerra, es obligado a abandonar el barco, y he aquí lo neurálgico, porque él mismo llama el 10 de octubre a no movilizar, dando por acabado su proyecto político, pero el movimiento obrero con Cipriano Reyes (sindicalista líder del gremio de la carne) a la cabeza da el golpe de timón y saca al coronel de la Isla Martín García, revitaliza el movimiento y convierte a Perón en líder cuatripartito: de la clase obrera, del Estado, de las Fuerzas Armadas y de su Partido. La clase obrera había elegido su partido político, y se llamaba Peronismo.

Viendo de cerca la gesta del 17 de octubre, se entiende la furia hacia Perón como la oposición hacia la política social del golpe del 43. Perón ya estaba apresado. El sector más a la derecha de las FF.AA. (galardón histórico de la Marina), junto con los partidos políticos, proponía entregarle el poder a la Corte Suprema. Mientras que el Ejército, sector que se oponía a Perón, pero también a la Marina, era partidario de convocar elecciones y entregar el poder. Triunfa esta postura, por lo que Farrell debe encargarse de llamar a elecciones. Pero, tras la mentada retirada de Perón el 10 de octubre, las bases sociales y sindicales estaban incontenibles, en palabras de Luis Monzalvo, dirigente ferroviario: “La efervescencia incontrolable, en todo el ámbito del país, de las bases de las organizaciones que por propia determinación comenzaban a actuar”. Cabe destacar que, como dirigente ferroviario, y consecuentemente de las altas esferas de la CGT, él era reticente a la liberación de Perón y le relata al Ejército, con lujo de detalles, el estado de la situación: “Los ferroviarios habían abandonado al mediodía los talleres y exigían la inmediata libertad del coronel Perón. (…) En el caso de que ese objetivo no se pudiera lograr, se proponían hacer arder el país por los cuatro costados”. Se termina acordando el 16 llamar a la huelga general el 18, en medio de una CGT dividida: los que negociaban y los que veían a Perón como un fascista por un lado, y los que ya estaban en las calles por el otro. La mayoría de los trabajadores, tanto algunas direcciones orgánicas como el espontaneísmo de las bases, entendió la necesidad de librar una contraofensiva contra quienes buscaban quitarles los derechos obtenidos gracias a la política democrática de la Secretaria de Trabajo y Previsión. No había medias tintas en las voces obreras, la consigna era clara: Defender a Perón y su política social. Y es por eso mismo que las bases son quienes dinamizan el escenario. Rosa Luxemburgo ya había vaticinado esta verdad de la rebelión: “Dirige quien es capaz de producir la consigna justa”. La paciencia se dinamita ante la efervescencia de las fuerzas vivas ¿Cómo esperar hasta el 18 ante semejante atropello? La historia maneja otros tiempos, y la paciencia tiende a ceder ante el dinamismo de lo incontenible. 

La historia es conocida. El 17 de octubre comienza una gran movilización de masas provenientes de zonas obreras tales como La Boca y Berisso, que revienta la Plaza de Mayo, y otorga a un coronel, antes en desgracia, la unción del pueblo. De esta forma, el peronismo nace como una respuesta defensiva, como una liturgia que rescata al jefe militar del movimiento obrero. La masa obrera crea para sí misma el Día de la Lealtad, marcando un precedente en la historia argentina: el de una movilización pacífica de masas obreras que violentó la balanza donde anteriormente solo discurría la política burguesa. Por primera vez una mano obrera torcía el asunto a su propio favor, y se hacía ver ante los balcones de la Capital del país. Lo que comenzó de arriba hacia abajo en el 17 de octubre se cristaliza como de abajo hacia arriba, el Estado adquiere un cariz popular, por medio de acciones tales como la sanción de una nueva Constitución, basada en la propiedad social, con artículos que denotaban elementos de avanzada, por ejemplo el 39: “el capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social”, pero hay que entender al programa político en su conjunto y al propio Perón. El peronismo se planteaba como una alianza de clases contra el capital foráneo, y en ese planteo, el Estado tutelaba el desenvolvimiento equitativo de las relaciones entre el Capital y el Trabajo por medio de un jefe bonapartista que encarnaba los intereses mismos de la Nación, por ende, Perón estaba por fuera, por arriba, de los debates políticos. Apoyar solamente una campana política habría implicado la ruptura de ese equilibrio, el cual se forjó explícitamente. Dos hechos: La destrucción de la autonomía del partido laborista, reemplazando al viejo sindicalismo, entre ellos a Reyes, por sindicalistas afines, y el renunciamiento de Evita, a diferencia de Perón representante pura de los sectores desposeídos y surgida de ellos, a la vicepresidencia, implican, a su vez, el renunciamiento de la clase obrera a la transformación revolucionaria del peronismo, y su imposibilidad de vencer la asonada gorila del ‘55 con sus propias manos. El programa del primer peronismo no llevaba consigo la hegemonía obrera, no podía hacerlo, ya que de esa forma no hubiera existido tal alianza de clases. Y ese equilibrio se fractura luego del ‘55, en palabras de Cooke:  El programa ya estaba obsoleto. Ya aquí, aunque con menos relieve y espacio político que en los años sucesivos, se ven marcadas las 2 vertientes del peronismo, la plebeya y la del status quo, como bien lo describió Viñas: Arriba el friso de los grandes “alcahuetes”, abajo el pueblo tocando la urna. 

Del 55 hasta la vuelta de Perón se intentará por diversos caminos instaurar un país, y en algunos casos una institucionalidad política, sin el peronismo, tarea quijotesca y sin futuro, cuyo único logro será barnizar la historia argentina con una triste antología de sangre y fuego.

Al caer Perón, la breve presidencia de Lonardi no tendrá tanto antiperonismo como se esperaba, y es reemplazado por el dúo Aramburu-Rojas, quienes llevan la proscripción a su cenit prohibiendo mencionar al líder y al movimiento, y desapareciendo el cuerpo de Evita. Pero es necesario aclarar que entendemos al antiperonismo como anterior al peronismo, es decir, el primero existió desde antes, no con ese nombre, sino como revanchismo y odio de clase, primero hacia el indio y el gaucho, luego hacia el anarquista inmigrante, y encontró su representación lingüística con el peronismo. El odio de los años de proscripción generó que el peronismo obtenga mayor fuerza, que funcione como elemento combativo, en definitiva, la antítesis logró lo contrario a lo que buscaba: fortalecer la tesis. Citando al Agamenón de Esquilo: “Si respetan los templos y los dioses de los vencidos, los vencedores se salvarán”. El “Ni vencedores ni vencidos” no se respetó, y el odio de las clases populares hacia quienes les quitaban sus derechos obtenidos fue la llama que mantuvo vivo al peronismo, a base de caños y huelgas.

No todo fue una feroz defensa del movimiento. Un sector burocratizado, que tuvo al Lobo Vandor, sindicalista de la UOM, como su máxima expresión, vio la puerta abierta para afianzar sus posiciones de poder. John William Cooke, el más fiel representante del peronismo combativo y primer delegado de Perón, tuvo este título hasta el año 58. Luego comenzó a decrecer la línea combativa, y el pactismo tuvo vía libre. Ya podemos ver de manera explícita las bifurcaciones del peronismo: El plebeyo y el burócrata. Los sueños de Vandor, el peronismo sin Perón, la patria metalúrgica que podía prescindir de la democracia, ya que se basaba en el poder bipartito entre las fuerzas armadas y el sindicalismo, se vieron truncos con su asesinato en el 69, el no saber si sus verdugos fueron peronistas de izquierda o sus propios empleadores militares, es una expresión de los derroteros de la burocracia sindical. Como también es una expresión de la relación entre las dos vertientes del peronismo, la historia contada por Walsh en su Quién mató a Rosendo: El propio Vandor asesinando al dirigente de la UOM Rosendo García en la confitería La Real por temor a que le saque protagonismo y culpando de ello a peronistas de la tendencia combativa.

Tapa del diario La Época del 18 de octubre de 1945

Luego, vendrá el mal pasar de los gobiernos de Frondizi e Illia, ambos intérpretes del programa político de la clase media para deshacer al peronismo como alternativa política, el primero portando la brillantez de esa ilusión, el segundo ya con los jirones de ella. La sociedad argentina llega al Cordobazo como una olla que estalla, con el peronismo, a diferencia de sus primeros años, motorizado por el socialismo latinoamericanista y las clases medias, que ahora sumaban sus mocasines a las patas que estuvieron en la fuente del 17 de Octubre. Con la Dictadura militar tambaleándose, el General Lanusse llama a un Gran Pacto Nacional, que conduce a elecciones libres donde triunfa el Frente Justicialista de Liberación encabezado por Cámpora, debido a la proscripción de Perón, quien luego asumió el poder en la formula Peron-Peron, tras la renuncia del primero. Aquí, el enfrentamiento de ambos peronismos alcanza una escalada desconocida. La tendencia revolucionaria con Montoneros como su mayor intérprete, pierde la primacía que poseía en un principio cuando primaba el camporismo. Se genera una cruenta interna que produce su derrota, con la masacre de Ezeiza y el asesinato de Rucci como los mayores exponentes de dicho conflicto. El peronismo del 73, nace ya muerto. Perón se niega a cumplir el socialismo nacional de su juventud maravillosa y tampoco logra el Pacto Social mentado por su ministro de economía Ber Gelbard, tanto por la negativa de las patronales a controlar los precios, como por las disputas internas. Al morir el león herbívoro en el 74, y acceder al poder Isabel Perón -lo que en los papeles era López Rega haciéndose con él- se prefigura el modelo represivo y genocida, con la Triple A como principal brazo, que alcanza su perfección en la Dictadura del 76; lo mismo con el modelo económico que tendrá su exponente en el ministro de economía Celestino Rodrigo, que estableció a las leyes del mercado como el orden verdadero del país, tarea continuada y optimizada por el menemismo.

Ya en los 90, tras volver la democracia, y perder su primera elección, el peronismo logra volver al poder, se reinaugura el modelo neoliberal por métodos democráticos, el retroceso del salario y el consumo popular, la destrucción de las banderas históricas del peronismo, el deshacer su identidad política en burbujas de champagne.

El modelo económico de valorización financiera noventista desemboca en la crisis del 2001 y la deslegitimación de todo el arco político al grito de “que se vayan todos”. Sobre esas cenizas se supo erguir el kirchnerismo como una nueva canalización de la política como herramienta popular, reivindicando el papel de la juventud, con reminiscencias camporistas, dándole la entrada al panteón peronista a sectores progresistas, por medio de la sanción de leyes como la de identidad de género y el matrimonio igualitario. Este recorrido a lo largo de la historia política argentina desde el surgimiento del peronismo tiene su porqué, ya que, tal y como sentenciaba Mario Bunge: “El que no entiende al peronismo no entiende a la Argentina”. Un cataclismo que desde su génesis siempre prefiguró la política del país. Y utilizando esta línea histórica como caja de herramientas entendemos que se va a poder dotar al actual gobierno del Frente de Todos de la política popular del mejor peronismo, porque solo quien retoma las luchas del pasado puede asegurar que es capaz de producir y potenciar políticas con futuros de emancipación, teniendo para esta tarea como norte el significado del 17 de Octubre que supo vislumbrar Scalabrini Ortiz: “Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas (…) Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe (…) Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad (…) Era el subsuelo de la patria sublevado”. Rescatar la rebeldía popular, a fines de escarchar en el presente las banderas del 17 de Octubre, para ser el hecho maldito de aquellos que descansan sobre los músculos crispados de los desposeídos de la Patria.