Capitalismo y mandatosSerás productivo o no serás nada
Por Eliana Tornatore
Ensayo

El mandato de constante autovalorización neoliberal nos obliga a que no desaprovechemos el tiempo durante la cuarentena. ¿Por qué no podemos disfrutar el no hacer nada?Eliana Tornatore nos recuerda que “el aburrimiento es casi un lujo no apto para todos”, ya que se vive asediado por el mandato de la productividad o por las exigencias del mercado laboral.

“Las ideas dominantes en cualquier época no han sido otra cosa que las ideas de la clase dominante”

Karl Marx-Friedrich Engels
La ideología alemana

La cuarentena comenzó y parecía para algunos la oportunidad ideal de hacer esas cosas que antes no podíamos, establecer metas, proponerse tareas y actividades diversas. Durante los primeros días los medios de comunicación emprendieron toda una campaña para recomendar programas para quedarse en casa. Esto se vio asociado a una  idea de que estamos en una especie de “suspensión temporal” en la cual tenemos la posibilidad de hacer todo lo que antes no hacíamos. No sabíamos con certeza lo que iba a suceder, y dentro del contexto de incertidumbre, en muchos casos imperó la exigencia.

Buscando en internet me encuentro con cosas como: “ocho tips para ser productivos en la cuarentena”, “¿cómo organizarte y ser productivo en cuarentena?”, “aumenta tu productividad en tiempos de pandemia”. Pero voy más atrás y me pregunto qué estaremos entendiendo por ser productivos. Entonces googleo “¿qué es ser productivo?”, pero no encuentro definiciones claras ni cerradas. Salvo algunas que incluyen el término cadena productiva o factores de producción. Sacando eso, sobrevuela algo del orden de “para mí” o “considero que”, lo cual hablaría de lo que significa ser productivo para cada uno.

En general, pensamos en la idea del tiempo como algo que tenemos que llenar de cosas y explotar al máximo. Consumir el tiempo más que vivirlo y tener que ser productivos de algún modo. Esto va de la mano de un imperativo social, que da lugar a la idea de una “forma correcta de vivir”, relacionado con el deber ser. De todas formas, el imperativo social de productividad y de aprovechamiento al máximo de nuestro tiempo ya existía, solo que parece ser que en este contexto se ve visibilizado en mayor medida. Y no sólo se visibiliza el mismo, sino también su naturalización. Vivimos en una sociedad diseñada para generar necesidades. En esta época nunca tenemos tiempo, y cuando parece que lo tenemos, necesitamos y debemos aprovecharlo. Enfrentamos esta situación en un modelo cultural que pide exigencia, hacer cosas, ser feliz, sociable, sentirse bien con uno mismo, hacer ejercicio, emprender etc. Impera la idea (exigencia) de aprovechar al máximo el tiempo de confinamiento, una presión que puede terminar siendo agobiante y generar una gran ansiedad, al no cumplir con las expectativas propuestas (que en muchos casos son demasiadas).

Por otro lado,  hay que pensar que las metas establecidas al principio de la cuarentena pueden haber tenido que ver con los sentimientos de ese momento, sin poder dimensionar lo que vendría. Pero sabemos que los sentimientos son cambiantes y alternan, y ahora, meses después, puede que aparezca mayor desmotivación que al principio. Esa desmotivación, junto con el cansancio, también puede dar lugar en algunos casos, a un sentimiento de culpa por no haber logrado cumplir con los objetivos iniciales. Resulta esperable que se den estas situaciones de presión ante un cambio de vida tan radical, presión por hacer, y presión si no hacemos. Pero es importante no desesperarse y saber que esto es pasajero y que en ocasiones no hacer nada, puede ser necesario. Permitirse ser “menos productivos” también. Escucho algunas personas decir que no están rindiendo, que están perdiendo el tiempo. Hay que pensar que teníamos una vida y la vivíamos de determinada manera. Lo que antes representaba la normalidad, ir a trabajar, salir a pasear, juntarse con amigos, hacer deporte, ahora no puede sostenerse, o al menos no del mismo modo.  En el confinamiento quisimos seguir siendo productivos, pero quizás lo que antes tenía sentido, hoy constituye una exigencia vacía de contenido. 

Ante esta casi imposición de actividades, muchos se han encontrado con que no tienen ganas de hacer nada. Esta “inactividad elegida”, también puede dar lugar a la culpabilidad. Las redes sociales por su parte, incentivan a que así sea. Sabemos que muchas veces las personas exhiben su estilo de vida con un filtro de felicidad por estos medios, pero con la cuarentena, esta realidad con la que convivimos desde hace un tiempo, se ha agudizado. Eso también incide en que las personas puedan sentirse mal bajo la percepción de que están perdiendo un valioso tiempo. No hay que olvidar que la imagen que muestra es a la vez la imagen que esconde, muestra para esconder, es muchas veces un engaño, ya que vela lo que hay detrás.

 A veces también nos enfrentamos con el aburrimiento, y si bien el mismo es un estado vital imprescindible, está mal visto y por eso nos han bombardeado de actividades. Esto se relaciona con nuestra manera de mirar la realidad: desde la productividad. El aburrimiento se plantea como una experiencia negativa, entra en complicidad con esta óptica de la productividad y de estar insatisfecho por no producir. Eso forma parte de nuestra subjetividad y condiciona como nos miramos a nosotros mismos. Es importante entonces, dentro de lo posible, tener momentos en los que no estemos sometidos a exigencias externas o a este imperativo de producir. Aceptar el contexto, dejarnos acompañar y conectar con otros. Reconocer nuestras limitaciones y al mismo tiempo nuestros recursos y posibilidades. No ser productivo está muy estigmatizado, siempre nos han dicho que hemos de hacer algo en la vida, el placer y el descanso quedan por fuera. A raíz de eso, entendemos que “no hacer nada”, es perder el tiempo.

Sin embargo, no podemos negar que el aburrimiento es casi un lujo no apto para todos. Hay quienes ven acumularse las facturas impagas. Muchos realmente no tienen demasiado tiempo para aburrirse, y fuera del imperativo de productividad, deben trabajar o multiplicar sus actividades por una razón económica. Muchos directamente no están pudiendo trabajar y atraviesan serias dificultades, otros permanecen con chicos en la casa, llenos de actividades escolares, sin ayuda doméstica y con bastante trabajo en línea.

Respecto a niños y niñas, también se ven sometidos en la actualidad a agendas muy ocupadas. Se mezcla la sobrecarga escolar con actividades de todo tipo, planes de ocio, programas, recetas para que madres y padres puedan sentarse con sus hijos y hacer de este tiempo de aislamiento algo productivo. También al comienzo se sugirió que se sostenga una rutina de actividades diarias, incluyendo y priorizando horarios de estudio. En muchos casos, los más pequeños están inundados de obligaciones que deben cumplir aquí y ahora, tarea, clases virtuales, etc.  y no hay margen para que puedan pensar por sí mismos y generar sus propias ideas, sus propios entretenimientos fuera de los tecnológicos. Aquí también será importante acompañar y sostener las propuestas, pero enmarcar que todo esto cada uno lo va a llevar adelante en la medida de lo posible. No todos los padres pueden estar, no todos pueden hacer o saber hacer, no todos deben desear hacerlo.  Desde este lugar, también la idea es no culpabilizar a los mismos, no suponer que deben ser maravillosos y capaces. La idealización extrema suele terminar dando malos resultados.  Por otro lado, estar advertidos de que los niños pueden presentar cierto tipo de dificultades en este proceso. Pueden percibir la angustia que los adultos demuestran o evitan demostrar. Pueden no responder como quisiéramos a las propuestas. No todos los niños deben ser el ideal de niño que está en su casa, abierto al juego, con ganas de seguir un cronograma de actividades diarias, cuando todo su alrededor ha cambiado. La organización y planificación de rutinas ayuda, pero también en este caso, es sano no esperar que todo salga tal cual se planificó, y evitar angustiarse si esto acontece. Es sustancial tratar de ayudar, escuchar y contener.

Otro punto que surge en relación a estos temas, tiene que ver con entender como impactan las lógicas del ocio, el tiempo y la productividad según el género. Preguntarse si se espera lo mismo de mujeres que de hombres en este periodo, y si la consideración de trabajo productivo deja por fuera tareas esenciales de cuidado y protección. Nos encontramos con que, en algunos casos, la distribución desigual de cuidados que existía previamente, pudo verse agudizada, por la necesidad de compatibilizar en el mismo espacio físico trabajo y cuidados. En este caso, ninguna de las exigencias se ve disminuida, sino que es necesario seguir cumpliéndolas como si nada sucediera, y muchas mujeres se ven realmente sobrecargadas. A todo esto se le suman los mandatos sobre el físico y la belleza hegemónica, y el miedo a engordar más que al virus.

 Sin embargo, y más allá de las características y formas de malestar de cada uno, se observa que las personas están entrando en otra etapa en la vivencia de permanecer en casa, y pareciera necesario reinventarse. Hay gente que se ha ido acomodando y viendo aparecer ciertas ventajas, pero otras en cambio, están sintiendo un límite, incluso quienes venían llevando la cuarentena más relajados, están expresando un cansancio por la situación de encierro, angustia por la incertidumbre generalizada, aflicción acerca de cómo seguirá el mundo, entre otras cuestiones que llevan también en algunos casos, a actuar en consecuencia.