Ser gorde no es un sentimiento
Por Nicole Castillo
Ensayo

Estos últimos días, la discusión sobre la hegemonía de los cuerpos fue tendencia. Se retomó un debate necesario para la construcción de un nuevo sentido común feminista, aunque con las matices que traen las redes sociales. Nos obliga a preguntarnos, ¿por qué hablamos de hegemonía dentro de los cuerpos? ¿cómo responden los cuerpos a la norma que perpetúa el patriarcado?

La discusión se hizo masiva luego de un video de Oriana Sabatini, donde muestra su cuerpo con un discurso que explaya una historia personal sobre TCA (trastornos de la conducta alimentaria). Más allá de su publicación, que tiene la particularidad de exponer una situación atravesada por esa persona, previamente habían salido otros videos de “influencers” flacas de instagram que militan el amor propio, desde un lugar que les gordes decimos que no les pertenece. Publicaciones sacudiendo grasa inexistente, centímetros rodeando cinturas diminutas, la palabra “gorda” escrita en un cuerpo delgado. Todo esto con textos de autosuperación, amor propio y “body positive”.

Como militantes feministas sabemos que una discusión en redes sociales no determina nuestra realidad, pero sí construye una representación, y es ahí donde está nuestra disputa. 

El patriarcado opera en todos los ámbitos de nuestra existencia de manera estructural, con una norma que funciona como régimen para regular lo que es válido y lo que no. Las vidas que valen y las que están destinadas a los márgenes. Esta norma tiene muchas aristas, y es necesario poder identificarlas para reconocer nuestros lugares de opresión y, también, de privilegios. Porque muchas y diversas identidades podemos habitar esos márgenes, pero no por las mismas razones ni del mismo modo. Por eso, es fundamental estudiar la interseccionalidad. Pero no estudiarla en la teoría (aunque también sirva), sino estudiar la interseccionalidad en nuestros propios cuerpos e identidades. Asumir en qué aspectos configuramos la norma y en cuáles no. Reconocer privilegios para ceder espacios y reconocer opresiones para transformarlas en identidades políticas.

Así como existe un privilegio cuando sos cis, heterosexual, varón, blanco, de clase media/alta, con las capacidades físicas y mentales convencionales; también lo existe cuando habitás un cuerpo delgado. Con esto no digo que todos los cuerpos flacos son la imagen perfecta de la hegemonía y la norma, porque hay tantos cuerpos como personas. Pero pueden no ser la imagen normativa que nos venden, e igual estar cerca de ese ideal. Eso, en nuestra sociedad, conlleva privilegios.

Por otro lado, existen aquellas corporalidades que son expulsadas a esos márgenes anteriormente mencionados: los cuerpos gordos. Esos cuerpos que configuran la desobediencia a la norma, que no se ajustan ni están cerca de los cuerpos correctos y permitidos. Sobre esos cuerpos opera una opresión estructural.

Foto: Ana Harff.

A los cuerpos gordos se nos patologiza. Nos miden con un índice de masa corporal inventado en 1835 en Europa. Somos categorizados como cuerpos enfermos con términos como “obesidad” o “sobrepeso”, que denotan que hay un peso correcto y otro que debe corregirse. Se nos niega el acceso a obras sociales por enfermedad preexistente. Cuando vamos a un consultorio médico se reducen todos nuestros padecimientos a una “cuestión de peso”.

A los cuerpos gordos se nos niega el privilegio de vestirnos. No podemos ver vidrieras porque sabemos que lo que hay adentro no nos va y, si entramos a preguntar, las miradas que escanean nuestro cuerpo con repugnancia nos dicen que para nosotres no hay. Se determina qué tipo ropa puede usar una persona gorda y qué ropa no queda bien en ese cuerpo. Nos niegan el derecho a expresar nuestra identidad porque no existe una regulación implementada sobre los talles.

A los cuerpos gordos se nos expulsan del mercado del deseo. Se torna prohibido sentir deseo por una corporalidad gorda y, si sucede, se habla de “comegordas” u ofensas similares. Algunes se permiten ese deseo sólo como un fetiche. Nos convencen que nuestro cuerpo no es merecedor de desear ni ser deseado, que hay que “conformarse con lo que hay”.

A los cuerpos gordos se nos expulsa de todos los espacios por nuestro cuerpo. Se construye, de nuestra vida, un insulto. Se nos expulsa hasta de lo más cotidiano, como un simple asiento de colectivo o un pupitre de la escuela.

Nos convencemos que hay un futuro mejor, uno en el que tendremos un cuerpo delgado, y que nuestro presente no es una opción válida. Si sos gorde, ¿cuántas veces dijiste “cuando sea flaque voy a hacer, decir o sentir tal cosa”? Quienes hacemos de nuestro cuerpo un espacio de militancia, estamos construyendo ese futuro en el presente. Sin esos privilegios, pero con la convicción de que tenemos derecho a vivir dignamente.

Más allá de lo que muches creen, no exponemos nuestras vivencias para competir con las personas flacas. Esta no es ninguna batalla entre nosotres. Lo que intentamos resaltar es que el sistema nos afecta de diferentes maneras. No es lo mismo la presión social y estética que existe debido a los estereotipos de belleza que vemos representados en los medios de comunicación, que la expulsión estructural que atravesamos los cuerpos desobedientes. Estamos luchando contra el sistema que degrada constantemente nuestras vidas, pero no todes ocupamos el mismo lugar en todas las luchas. 

En los debates públicos, como los de la semana pasada, es fundamental que seamos las personas gordas las que representemos nuestras propias vivencias. Cuando una flaca se expone como si fuera gorda diciendo que así se siente y lucrando con el discurso de amor propio, se construye una representación errónea que fortalece los discursos de odio hacia les gordes.

Ser gorde no es un sentimiento, es una realidad que muches experimentamos. Y, desde nuestro lugar, en primera persona, somos les que luchamos por hacer visibles nuestras reivindicaciones. A las personas flacas que se sienten interpeladas por esta lucha les digo: para nosotres es más fructífero que expongan todo esto teniendo en cuenta su lugar de privilegios. Cedan espacios, dennos voz para contar lo que significa ser gorda. Generemos redes amorosas ocupando los lugares que nos pertenecen (ya sea como protagonista o acompañando) para construir un futuro más justo e igualitario. Hay que reconocer esos privilegios para habitar esas luchas de manera respetuosa hacia quienes viven constantemente en esos márgenes.