D10S ha muertoLos afectos también juegan
Por Nicolás Fava
Ensayo

La despedida fue absoluta, pero la elaboración continúa. Quizás eternamente.

Hubo una vez un pibe de villa Fiorito que se hizo conocido en el mundo. Ganó y perdió millones de dólares. Saboreó todos los placeres del planeta. Se convirtió en una celebridad a la que los reyes pedían besarle la mano y en un Dios hecho a medida para los condenados de la tierra. Unió al jet set con la Camorra y La Habana con Dubai. Los poetas le hicieron canciones. Las personas bautizaron a sus hijos con su nombre. Fue reconocido en las mejores universidades e hizo conocer nuestra bandera en todos los rincones. Inventaba frases ocurrentes. Era sensible a la injusticia. Verlo feliz, hacía feliz a mucha gente. Su gran dificultad fue su consumo problemático. Nadie que lo haya conocido personalmente habla mal de él. Bailaba bien. Supo llorar escuchando un chamamé. Le gustaban los relojes caros. Defendía gobiernos populares. Tenía debilidad por las mujeres rubias. Fue celoso de sus hijas. Nunca olvidó su primer amor. Nunca olvidó dónde nació. Cuando murió, un río se podría haber formado con las lágrimas derramadas a su memoria. A veces, jugaba a la pelota.

Pobre, lo que se dice pobre, es pensar que fue solamente el mejor jugador de fútbol. Pareciera que podría haberse dedicado a cualquier cosa. Pareciera que no podría haber hecho nada más. Como dijo la mamá de Forrest Gump: haz lo mejor que puedas con lo que Dios te ha dado. Y él solo tuvo a mano un potrero y una pelota. Estamos en Argentina: fútbol, catolicismo y peronismo son las estructuras simbólicas disponibles para envolver cualquier pasión. El deporte funciona solo como un canal de expresión. O alguien piensa que esos varones, cortados por la tijera patriarcal, lloran por un juego cuando se besan o se consuelan tras un enfrentamiento. Las horas fueron plagadas de anécdotas en este sentido: “Para mí, es mi papá. Mi viejo no era muy cariñoso, pero cuando él metía un gol, mi papá me abrazaba”.

En términos de argentinidad, su figura comparte podio con elementos como el mate y el tango. En términos de universalidad, deberíamos pensar en alguna de las religiones monoteístas que se extienden omnipresentes sobre el globo. Ensayando explicaciones, se lo comparó con Borges y con el Che. Hubo que recurrir a la idea de Dios. Donde dice idolatría pagana, debe decir sincretismo. Nada más lejos que una afrenta a lo sagrado haber usado la metáfora de Dios. Es la misma estructura de lo sagrado lo que habilitó la comparación. El hecho de que, al menos tal como expresan los manuales, el proceso histórico de la secularización todavía no culminó. Quién sabe si hay comunidad posible sin alguna idea de lo sagrado. Donde dice contradicción debe decir paradoja. Quien haga un homenaje con beneficio de inventario, no entendió nada. O, en una pretendida perspectiva laica, entre ingenua y peligrosa, aloja la esperanza real de personas verdaderamente inmaculadas. Al pueblo no hace falta aclararle nada. Hasta Jesús tropezó, como diría Rodrigo. El Dios del antiguo testamento es un tremendo sádico.

Como la de Dios, su historia se carea con toda la filosofía. Sin entrar en detalle, miren nomás cómo marida con estos titulares: El ser y la nada; Crítica de la razón pura; El banquete; El capital. No es exagerado decir que tuvo una existencia filosófica, a la manera de lo que los clásicos referían, practicando una mayéutica criolla que ponía en su lugar cualquier atrevimiento. Una vida apasionada y puesta a prueba en cada jirón, donde la teoría se demuestra ad-hominen, donde vivir es tomar partido. No habrá sido un literato, pero dejó más huellas en la lengua popular que la mayoría de ellos. Los lingüistas podrían hacerse un festín. Si alguien decía fango, él corregía: barro. No habrá sido canciller, pero incidió en la geopolítica como ninguno. Se convirtió en una especie de pasaporte para toda persona argentina en el exterior. Dije que era argentina, me dijeron Maradona: no me cobraron, me ayudaron, me dejaron pasar, me regalaron esto y aquello, me salvé de un robo. Como toda persona de bien, no era demasiado bueno con los números. Dicen que el Diablo anda en los cálculos. No habrá sabido hacer cuentas, pero le dio un nuevo valor al número diez.

Evo Morales, Lula Da Silva, Díaz Canel, son algunos de los líderes populares que le rindieron homenaje al militante, al pedagogo, al (¿por qué no?) intelectual, en nombre de sus respectivos pueblos. En el concepto de genio, en cambio, hay un consenso general. Hasta los presidentes liberales más pálidos decidieron homenajearlo como jugador y no perderse la oportunidad de capitalizar su nombre como una mercancía simbólica. Cada um dá o que tem. Para los más, también es una moneda, pero de otro orden. Un amuleto. Un Don. Una estampita. Una razón de intercambio. Una unidad de valor de transacciones espirituales. Un fondo de inversión de emociones. Un riesgo. Una deuda.

Asociarlo a la figura de Evita es una tentación. Como reencarnación. Más bien sería una extensión. O un producto de la patria peronista. Acá no funciona la mitología del selfmade man. Nació en el hospital Evita en el 60, deslumbró en los juegos Evita del 73. Doña Tota decía que le dolía el estómago para que su prole pueda comer más. ¿Alguien dijo ejemplo de superación individual? ¿Alguien dijo soldado de batallas personales? Pero es también hijo de políticas públicas. De disputas de poder. E hijo de lo que hicimos con lo que hicieron de él, admirándolo inescrupulosamente. No hace falta que la UNESCO declare su obra como patrimonio cultural de la humanidad. Pero el mundo todavía es injusto en reconocer la potencia que es Argentina en ese campo. La Argentina misma. Cuando a alguien se le ocurra hacer la economía política de los afectos debería inventar algo así como una tasa Tobin por la que los países nos retribuyan el aporte que hacemos en ese rubro. La mal llamada división internacional del trabajo, en vez de mandarnos producir soja, nos debería asignar la producción de mitología popular. No es un chiste. Se sabe que la mística es un commodity del soft power más potente que miles de tanques. Lo saben los youtubers que hacen video reacciones del pogo más grande del mundo para conseguir suscriptores. Lo sabe Hollywood, que hace cinco películas de Rocky para que los malinches y cipayos de nuestras naciones puedan emocionarse en abstracto, mientras desprecian en concreto a los Rockys de carne y hueso que pululan a la vuelta de la esquina en nuestras barriadas.

¿Que no moralicen? ¿Cómo? Si claro que es una cuestión moral. Pero como diría Dolina, citando a José María Rosa, hay una moral burguesa y hay una moral heroica. Una moral plebeya, digamos. La moral burguesa se basa en la prosperidad. La prosperidad se asocia con la propiedad. En los barrios privados de propiedad, los valores son otros. Los colores son otros. Desde la negritud se ve todo más claro. Defender a los íconos populares es un deber cuando la operación simbólica de atacarlos con dardos de moral de plástico pretende llevarse puesto, pretende desmoralizar lo que representan. El gorilismo no es el anti-peronismo. El gorilismo es una forma de racismo. Es el desprecio de las masas a través de la impugnación de sus referencias populares. Es condenar de antemano a una porción de la población por su posición en el sistema económico y socio-cultural, donde la carga de melanina en la piel es solo una variable más. Se dirá que no hay que romantizar la pobreza. Que las personas pobres son de igual manera potencialmente machistas, racistas, fascistas. Es cierto. En la dialéctica del amo y del esclavo, los de abajo hacen lo que pueden con las herramientas que gotean de arriba. Pero en ese intercambio en que el cálculo solo prevé la extracción de plusvalía se produce algo más: saberes, habilidades, solidaridades. Por eso un plomero puede arreglar una bacha mejor que su dueño y un pueblo puede tramitar mejor la gloria que se derrama de los grandes escenarios. Entre miles de definiciones de cultura, otra posible: lo que los pobres hacen con los instrumentos de los ricos para dejar de ser instrumentalizados. El fútbol es, en este sentido, un deporte de caballeros practicado por atorrantes. Aunque lo hayan inventado los guaraníes.

Acá viene la cuestión del odio. Como dijo @tomasrebord, el Dolina de los centennials, “le convidaron arrepentirse y que no pierda, a cambio de un rinconcito en sus altares y, por no aceptar, hoy tiene altares en todos los rinconcitos del mundo”. Un error de la Matrix. ¿Cuánta gente rasca dos pesos, un título, un cargo, quince minutos de fama y empieza a mirar al resto por arriba del hombro? ¿Cuántos dan la vuelta al mundo con su bandera, la imagen de su madre y el lugar donde nacieron permanentemente en su valija emocional? Para algunos es inaceptable. Les enoja no haber logrado capturarlo en el discurso meritocrático. Les produce urticaria, acaso por envidia, que no se haya domesticado en las pautas del pacto de hipocresía tácito que regula nuestras sociedades. Que haya sido tan libre. Que no haya aceptado el orden presuntamente natural de las cosas. Que haya decidido que la capital del mundo puede estar en La Habana y no en Washington. Que haya dejado pasar algunos de los negocios que el mundo tenía preparado para él. Explotan sesos. Por qué no aceptó un título nobiliario del Reino de España como Vargas Llosa y se dejó de hinchar. Qué no habíamos quedado ya en que cada cual se mueve por su interés personal, buscando el confort, la comodidad, la maximización racional del beneficio. Por qué no usó la libertad del mundo libre del modo en que se lo impusimos. Qué superstición medieval se vino a interponer a la lógica del progreso. Sin embargo, no dejaron de hacer guita con él, cuando metía un gol o cuando la pateaba afuera.

Para quienes ni siquiera entienden que los sindicatos son instituciones de la república como cualquier otra y desprecian toda gremial que oficie de tal, es inasimilable que una persona pueda encarnar algo así como la internacional de los trabajadores del fútbol. Pero también tuvo que ocupar ese rol. Los trabajadores de la pelota ocupan un lugar destacado en el breviario de sus quijotadas. Y, sabiéndose un fuera de serie, cada tanto se veía en la necesidad de recordarnos que era una persona más. Una breve anécdota cuenta que en 2002 Grondona quiso retirar la camiseta número 10 en homenaje, pero él se negó porque en esa selección estaba el burrito Ortega. Hay instituciones de la vida pública que la perspectiva de la democracia liberal no logra o no quiere captar. Es el punto ciego de un avejentado liberalismo. Mal que le pese a sus promotores, los liberales de izquierda y derecha harían bien en actualizar sus manuales de instrucción cívica. Hay una diferencia sustancial entre LA política, con sus reglas, sus programas y sus partidos, y LO político, como nudo de conflictividad en que se resuelve el misterio de la representación y la identificación popular. La voluntad popular no solo pasa a través de las urnas, pasa a través de los cuerpos. El pueblo no selecciona a sus representantes a través de un cálculo racional comparando opciones como quien compra un producto en el supermercado (seguramente ni siquiera el supermercado funciona así). Más aún, a veces el pueblo decide que sus referencias no ocuparán ningún cargo. De repente, el pueblo vota con las tripas. Estallan sesos, otra vez. Un finlandés se suicida.

En su carácter de argentino arquetípico, las tensiones entre singularidad y universalidad, endiosamiento e identificación, imagen de la parte y del todo. Plebs y populus. No nos representa, protestan sus detractores. ¿Por qué es necesario ese subrayado? Porque su nombre, como el de cualquier figura populista, desde una particularidad que se yergue sobre las particularidades, detenta con cierto éxito la representación del conjunto, con sus pros y sus contras (valga la redundancia), con sus pliegues y fisuras, con una definición inacabada, contingente, que no cierra, en perpetuo cambio, una cadena de sentido que no admite sutura. No molesta que no represente la argentinidad, que nos haga quedar mal en el mundo (nada más alejado de la realidad), sino que efectivamente nos represente en potencia, la resignación de aceptar que esa puede ser nuestra mejor cara, nuestra verdadera cara. Del otro lado de la grieta, los afectos también operan. Si allí el discurso racional enmascara las pasiones y aquí las razones se visten con ropajes míticos, hay un efecto de espejo clave en la interpretación de todo esto. La lógica antagónica hace constituir la identidad por oposición. Esto, es materia de teoría política. Analizar la proyección de la fragilidad propia en su historia personal ya es tarea de profesionales de la psicología. Máxime en momentos de la partida. No merecen un párrafo aparte. ¿Acostumbrará esa gente asistir a los velorios para recordarle a los deudos que sus familiares no fueron tan buenos? El control policial, simbólico y material, completó el cuadro de la despedida. ¿Alguien se imaginó algo distinto? Fue necesario. No podía encajar tanto cariño en el capricho normativo. Tenían que pelearse la alegría con las pasiones tristes.

Lo que sí merece un párrafo aparte es el feminismo popular. La estrategia sensible de dejarse conmover y permitirse integrar la celebración de la vida que acompañó la conmoción general. Sin pose. Sin impostar la voz. No como concesión. No como capitulación. No como debilidad, sino todo lo contrario. Solo un movimiento nacional, popular, democrático y feminista en su mejor momento podía hacer eso. Un movimiento sin centro con múltiples capitanas que al unísono se pusieron la diez para salir jugando. La perspectiva de género, raza y clase se impuso como parte del planteo táctico. Claro que el partido sigue. Claro que hay discusiones abiertas y por abrir. Claro que interseccionalidad no es una palabra mágica que resuelva todos los problemas. Pero donde dice contradicción, debería decir coherencia. Luego, podríamos verbalizar y empezar a discutir con buena fe los modelos de masculinidad hegemónicos. También él nos puede dar una mano con eso. Podríamos empezar por los pañuelos verdes en su funeral. Por el abrazo de Claudia y Cristina. Por las despedidas de Dalma y Gianinna. Por el recuerdo de Jana o de Coppola. O por el llanto de Rocío Oliva y de Verónica Ojeda.

La despedida fue absoluta, pero la elaboración continúa. Quizás eternamente. ¿Cuántas veces murió Dios? ¿Cuántas ya mataron a Perón? Es posible que esa discusión, que ese enfrentamiento de espectros fantasmáticos signe en buena medida el devenir nacional. Acá vale recordar a Sartre y a Cristina: El infierno son los otros. La patria también son los otros. Los descamisados se distinguen porque los otros se dejaron puesta la remera. Sin adversario no hay partido. Se juega en una cancha simbólica, pero esos símbolos se entrometen en el alma. Cada etapa un nuevo campeonato. Cada equipo su propia formación de fantasmitas. Cada hinchada sus respectivas cábalas. Al cierre de esta nota, el movimiento de los pañuelos celestes reversiona canciones de cancha con letras antiderechos frente al Congreso de la Nación. Lo que no se expresa con palabras es a veces lo más significativo. Los afectos también juegan.