Perfil de La Cámpora

La tercera vida de La Cámpora

Por Ulises Bosia Zetina
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En este ensayo, Ulises Bosia escribe sobre las distintas vidas de una organización que fue y es, a la vez, una de las más estigmatizadas de los últimos tiempos; protagonista en la vida política argentina de la última década; y central, hoy en día, en las estructuras de gobierno del Frente de Todos.

Escribir sobre La Cámpora, analizar el recorrido, el presente y las perspectivas de esta agrupación, debería ser algo normal para cualquier observador de la realidad política nacional. Sin embargo, desde hace años, las miradas sobre la agrupación conducida por Máximo Kirchner muy pocas veces suponen perspectivas realistas que, por lo menos, utilicen los mismos criterios para analizarla que usan para cualquier otro aspecto de la escena argentina.

Entre las muchas razones de esta situación, se señalan aquí dos de ellas. Por un lado, la acumulación de años de estigmatización y subestimación, tanto como corolario del periodismo de guerra por parte de sus enemigos declarados, como también producto de rencores poco sutiles por parte de sus aliados-adversarios. Por otro lado, el halo de misterio y de logia carbonaria que rodea a la “orga” de ribetes ricoteros, amplificado por una decisión de mantener su interior siempre refractario al juego mediático. Ambos fenómenos dieron lugar a un resultado paradójico: sobre La Cámpora se escribe mucho, se dice poco y se entiende menos.  

Dos rasgos de un estilo de militancia

La vida política de La Cámpora, hasta el día de hoy, puede dividirse en tres grandes momentos a raíz de las distintas circunstancias en las que debió actuar. Pero, al mismo tiempo, hay dos elementos identitarios que la atraviesan desde sus inicios hasta la actualidad.

El primero, un estilo de militancia política que puede ser entendida a través de un prisma tradicional. Se trata de una agrupación pensada y planificada para generar una renovación de cuadros políticos en clave de gestión estatal-democrática. La Cámpora hizo carne aquel apotegma de Néstor Kirchner sobre “la política como herramienta de transformación”, interpretado de forma contrapuesta con cualquier herencia posible del espíritu zapatista que signó el cambio de siglo, con su promesa de que era posible “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Pese a las distancias políticas, quizás la juventud radical de los años ochenta puede pensarse como antecedente, en parte frustrado, de ese estilo de militancia.

La Cámpora da su pelea principal en el terreno de las elites políticas, de la renovación generacional de la clase dirigente. Desde allí se relaciona con el resto de las formas de la organización popular. A diferencia de otras militancias, organizadas con enfoques más holísticos, esa suerte de “especialización” deriva en la decisión de no desarrollar su propia rama sindical o su propio movimiento social, sino priorizar la construcción de acuerdos con otras experiencias sectoriales. Por eso su legitimidad no surge del mandato de asambleas barriales, comisiones internas ni nada parecido -a veces incluso choca con ellas-, sino de la representatividad electoral como resultado de la fidelidad a un proyecto de país. No se trata de ignorar su despliegue militante ni tampoco de contraponer el “palacio” con la “calle” –si hay un país donde esas fronteras se difuminan es el nuestro-, sino de asumir que el Estado es el centro de sus preocupaciones, quizás no siempre entendido como sujeto exclusivo de las transformaciones, pero sí como la trinchera privilegiada a la hora de elegir desde donde asumir los combates y debates de la época. Este rasgo identitario convoca a un conjunto de pasiones latentes en el mundo de las sensibilidades políticas.

Para algunas de ellas, a gusto con una dosis de jacobinismo juzgada imprescindible, La Cámpora evoca una voluntad de poder que hermana su estilo con el de la generación setentista, para la cual militancia rima con conspiración. Una suerte de Logia Lautaro del siglo XXI que se prepara para ejecutar su Plan Revolucionario de Operaciones; una tentativa de ser al interior del peronismo actual lo que el GOU supo ser al interior del Ejército. En cambio, una sensibilidad alternativa observa a La Cámpora con desconfianza, mientras cavila sobre las diferencias que encuentra entre la militancia y la política: la primera como expresión del poner el cuerpo junto a las bases populares, en clave comunitaria o misional, de idealismos exuberantes y heroísmos desmedidos; la segunda como el terreno del cálculo y la negociación, donde las convicciones se intercambian por cargos, remarcando el hiato que supone siempre el lazo de representación.

El segundo aspecto identitario es lo que podríamos llamar, buscando una analogía, el rasgo jesuítico de La Cámpora. En efecto, como se sabe, dentro del amplio cauce del catolicismo, además del clero secular, convive un conjunto de órdenes religiosas. Todas las órdenes coinciden en tres votos principales: el de pobreza, el de obediencia y el de castidad. Pero la Compañía de Jesús, por su parte, agrega a estos tres votos uno más: el de obediencia al Papa, que establece una verticalidad directa –“hasta que duela”, como sucedió por ejemplo cuando debieron abandonar todos sus emprendimientos en nuestras tierras, a mediados del siglo XVIII- entre la principal autoridad política del catolicismo y los jesuitas. La Cámpora parece poder ser pensada a través de este prisma: en el ancho cauce del peronismo, se trata de la corriente que hace de la lealtad absoluta a Cristina su punto de diferenciación con otros sectores políticos. Además, las acusaciones y las desconfianzas que resultan de que es percibida, con no poco realismo, como una suerte de “partido dentro del partido”, es decir, de que se la observa como una fracción con su propios objetivos al interior del peronismo, también permite trazar esta misma analogía con la Compañía de Jesús.  

La primera vida: irrupción

La primera vida de La Cámpora está signada por la irrupción. Arranca desde sus orígenes y se desarrolla hasta diciembre de 2015. Como todo proceso de aglomeración impulsado desde la cúpula de un gobierno, su crecimiento fue de tipo aluvional, de manera poco controlable incluso para una conducción centralizada. Luego habría tiempo para un proceso de “filtrado” de sus integrantes. La consigna militante con la que se estructuró fue la de “defender al gobierno de Cristina”, a partir de una percepción generalizada de que estaba asediado por poderes destituyentes. De ahí, la idea de constituir una suerte de guardia pretoriana alrededor de la entonces presidenta, un ánimo que se transmitió a los principales cuadros camporistas, llevándolos a posiciones de firmeza que apuntalaron al gobierno, pero al costo de un gran sectarismo y una muy escasa capacidad de diálogo que, por momentos, llegó a equiparar a cualquier no-oficialista con un opositor y a cualquier opositor con un enemigo político.

(2014) Acto de La Cámpora en la cancha de Argentinos Jrs.

Dos hechos fueron característicos de este periodo, con claras consecuencias sobre el ethos militante de La Cámpora: el primero, que luego del fallecimiento de Néstor Kirchner, la sucesión presidencial pasó a ser un nudo político a desentrañar; el segundo, el fracaso de la Concertación Plural acordada con el radicalismo cobista tras la 125 y la defección de una parte del peronismo, acentuada en 2013 tras la ruptura de Massa. Ambos hechos condujeron a Cristina a priorizar desde entonces la construcción de “fuerza propia”, retomando el leit motiv del “trasvasamiento generacional” como remedio ante las sucesivas frustraciones derivadas de rupturas que fueron consideradas “traiciones”, lo cual reforzó su percepción ultracrítica de la dirigencia política, empresarial y sindical que gestionó la democracia argentina desde 1983.  

Durante esta primera vida, la estigmatización de La Cámpora por parte de la oposición y de los medios de comunicación formó parte de la guerra contra el gobierno levantada tras el estandarte de la grieta. A su vez, las principales críticas desde dentro del frente nacional se debieron a su desembarco en gran cantidad de despachos oficiales, aunque no en tantos de primera jerarquía, como se quiso mostrar, desplazando a funcionarios de carrera o a otros sectores con mayor trayectoria del Frente para la Victoria. De ahí las acusaciones de “soberbia” y “autoritarismo” que resultan típicas de cualquier proceso de brusca renovación dirigencial, en general apoyadas en una combinación de abusos e injusticias ciertas, muchas evitables, con rencores inconfesables de quienes fueron justamente desplazados.  

La segunda vida: resistencia

La segunda vida de La Cámpora se caracterizó por la salida del gobierno y la resistencia al macrismo. Se inició el 10 de diciembre de 2015 y empezó a quedar atrás en diciembre de 2017, cuando se generó una nueva dinámica política. En este caso, lo primero que se puede decir es que, pese a muchos pronósticos, la agrupación no solamente sobrevivió fuera del Estado Nacional –únicamente mantuvo una presencia significativa en el Congreso Nacional-, sino con buena parte del sistema político en su contra. A la persecución política previsible en caso de que accediera al poder otro sector del peronismo dispuesto a realizar una renovación política, se agregó la revancha judicial debido al triunfo del macrismo. Esta suerte de peregrinación por el desierto resultó una prueba para la militancia de La Cámpora, que sufrió algunas defecciones importantes, pero que logró emerger fortalecida.

Si la primera vida se había caracterizado por un “estar a la defensiva” desde el gobierno, en eso que muy bien se describió como ser “oposición de la oposición”, durante la segunda vida este estilo defensivo fue profundizado, por momentos alcanzando proporciones desmesuradas, de gran dogmatismo, que solo se pueden entender a raíz de un contexto en el que buena parte del peronismo estuvo dispuesto a adoptar posiciones dialoguistas con el macrismo. Los desencuentros con otros sectores fueron moneda corriente de esta etapa, quizás el más emblemático de ellos fue con los movimientos sociales que reclamaban la emergencia social.

(2017) Acto de Unidad Ciudadana en la cancha de Racing

En ese marco, La Cámpora fue la columna vertebral a la hora de ejecutar la decisión cristinista de sostener la hegemonía de una posición intransigente en la oposición. La formación de Unidad Ciudadana le dio carnadura a esta política que resultó, en su objetivo central, exitosa. Con el diario del lunes, es visible el cambio producido en diciembre de 2017, cuando hubo unidad en el Congreso contra la reforma previsional, Cristina se reencontró con Alberto Fernández y reanudó el diálogo con Massa.  

En esta segunda vida, a la persecución y la estigmatización gubernamental, judicial y periodística se sumó la ofensiva dentro del propio peronismo, en virtud de un proceso de renovación que siempre generó más entusiasmo entre la dirigencia que entre sus votantes, como concluyó Alberto tras la aventura randazzista, con una gran lucidez autocrítica que lo terminó por llevar a la presidencia.  

La tercera vida: articulación y gobierno

Sobre la base de la representatividad revalidada en las urnas en 2017, se inició la tercera vida de La Cámpora, aún en curso. Los siguientes dos años La Cámpora se permitió, quizás por primera vez, poner por delante la articulación con otros sectores por sobre la autoafirmación, el diálogo por sobre la lealtad, la flexibilidad por sobre la intransigencia. Dejar de estar a la defensiva y construir política. Así, logró establecer o restablecer el diálogo con diversos sectores de la dirigencia política, sindical y de los movimientos sociales.

El resultado de este proceso para La Cámpora fue su protagonismo en la construcción del Frente de Todos, primero como coalición electoral y luego como coalición de gobierno. Dirigentes que ya habían conseguido insinuar sus virtudes como articuladores, estaban preparados para aprovechar las nuevas condiciones. Máximo Kirchner en primer lugar, pero también Wado de Pedro y Fernanda Raverta, entre los casos más destacados, en los que es inevitable hacer referencia a Axel Kicillof, que si bien nunca formó parte orgánica de la agrupación, mantuvo a su círculo íntimo como compañero de ruta camporista.

(2019) Máximo Kirchner y Sergio Massa se abrazan en el Bunker del Frente de Todos tras conocer los resultados de las P.A.S.O.

Si la primera vida permitió una experiencia de gestión para una camada de cuadros jóvenes y la segunda vida la consolidación política desde el refugio legislativo, la tercera vida condujo a La Cámpora a un regreso a la gestión de gobierno, enriquecida por el recorrido realizado, esta vez sí en puestos ejecutivos de primera línea, sin por eso resignar espacios en el terreno legislativo, donde amplió su presencia en el Senado de la Nación.

Su apuesta visible sigue siendo aportar a una renovación dirigencial. En este sentido, es preciso señalar que en 2019 fue muy visible la vocación camporista por conducir espacios de poder territorial con sus propios dirigentes o a través de personalidades muy cercanas, principalmente intendencias, lo que supone cambiar de óptica y pasar de ser representantes de una parte del movimiento a conducir al conjunto. La estrategia se puso a prueba en varios municipios bonaerenses de mucho peso: General Pueyrredón, La Plata, Tres de Febrero, Quilmes, Bahía Blanca, Junín, San Nicolás, Tandil, Luján, entre otros; a eso deben sumarse los casos de la provincia de Mendoza, mediante la candidatura de Anabel Fernández Sagasti, y los de Santa Rosa, Usuahia y Río Grande, entre muchas otras ciudades. Los resultados electorales, si se mira la foto de 2019, fueron sensiblemente menores que las ambiciones, por lo que marcaron el límite actual de la agrupación para avanzar hacia sus objetivos, pero al mismo tiempo, si se mira la película completa, dejaron una base para insistir en 2023.

¿Qué le depara el futuro a La Cámpora? Nadie podría ponerle un techo a sus aspiraciones, empezando por las de Máximo Kirchner. Como muestra este breve recorrido, si se mira el conjunto de la experiencia, es evidente el despliegue de una lógica que fue sorteando obstáculos. Habrá que esperar para saber cómo continúa esta película.

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Etiquetas: Populismos
Ulises Bosia Zetina

Nací un siglo tarde. Filósofo, historiador y docente. Comprometido con una Argentina Humana.